Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda biológicas: el pueblo no

llevaba camino de cortar los jarretes de la burguesía, e incapaz de

luchar, iba cayendo en el surco.

Los síntomas de la derrota se revelaban en todo. En Madrid, la talla

de los jóvenes pobres y mal alimentados que vivían en tabucos, era

ostensiblemente más pequeña que la de los muchachos ricos, de familias

acomodadas que habitaban en pisos exteriores.

La inteligencia, la fuerza física, eran también menores entre la

gente del pueblo que en la clase adinerada. La casta burguesa se iba

preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.

VI

LA TIENDA DE CONFECCIONES

CERCA de un mes tardó Hurtado en ir a ver a Lulú, y cuando fué se

encontró un poco sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda

bastante grande, con el escaparate ancho y adornado con ropas de niño,

gorritos rizados y camisas llenas de lazos.

--Al fin ha venido usted--le dijo Lulú.

--No he podido venir antes. Pero ¿toda esta tienda es de

usted?--preguntó Andrés.

--Sí.

--Entonces es usted capitalista; es usted una burguesa infame.

Lulú se rió satisfecha; luego enseñó a Andrés la tienda, la trastienda

y la casa. Estaba todo muy bien arreglado y en orden. Lulú tenía una

muchacha que despachaba y un chico para los recados. Andrés estuvo

sentado un momento. Entraba bastante gente en la tienda.

--El otro día vino Julio--dijo Lulú--y hablamos mal de usted.

--¿De veras?

--Sí; y me dijo una cosa, que usted había dicho de mí, que me incomodó.

--¿Qué le dijo a usted?

--Me dijo que usted había dicho una vez, cuando era estudiante, que

casarse conmigo era lo mismo que casarse con un orangután. ¿Es verdad

que ha dicho usted de mí eso? ¿Conteste usted?

--No lo recuerdo; pero es muy posible.

--¿Que lo haya dicho usted?

--Sí.

--¿Y qué debía hacer yo con un hombre que paga así la estimación que yo

le tengo?

--No sé.

--¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera usted llamado mona!

--Otra vez será. No tenga usted cuidado.

Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, y los sábados se reunía

con Lulú y su madre en el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que el

señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era aquel señor un farmacéutico

que tenía la botica en la calle del Pez, hombre muy simpático e

instruído. Andrés y él hablaron de Lulú.

--¿Qué le parece a usted esta muchacha?--le preguntó el farmacéutico.

--¿Quién? ¿Lulú?

--Sí.

--Pues es una muchacha por la que yo tengo una gran estimación--dijo

Andrés.

--Yo también.

--Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.

--¿Por qué?

--Es mi opinión; a mí me parece una mujer cerebral, sin fuerza orgánica

y sin sensualidad, para quien todas las impresiones son puramente

intelectuales.

--¡Qué sé yo! No estoy conforme.

Aquella misma noche Andrés pudo ver que Lulú trataba demasiado

desdeñosamente al farmacéutico.

Cuando se quedaron solos, Andrés le dijo a Lulú:

--Trata usted muy mal al farmacéutico. Eso no me parece digno de una

mujer como usted, que tiene un fondo de justicia.

--¿Por qué?

--Porque no. Porque un hombre se enamore de usted, ¿hay motivo para que

usted le desprecie? Eso es una bestialidad.

--Me da la gana de hacer bestialidades.

--Habría que desear que a usted le pasara lo mismo, para que supiera lo

que es estar desdeñada sin motivo.

--¿Y usted sabe si a mí me pasa lo mismo?

--No; pero me figuro que no. Tengo demasiada mala idea de las mujeres

para creerlo.

--¿De las mujeres en general y de mí en particular?

--De todas.

--¡Qué mal humor se le va poniendo a usted, don Andrés! Cuando sea

usted viejo no va a haber quien le aguante.

--Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades de las mujeres. ¿Qué

le encuentra usted a ese hombre para desdeñarle así? Es un hombre

culto, amable, simpático, gana para vivir...

--Bueno, bueno; pero a mí me fastidia. Basta ya de esa canción.

VII

DE LOS FOCOS DE LA PESTE

ANDRÉS solía sentarse cerca del mostrador. Lulú le veía sombrío y

meditabundo.

--Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted?--le dijo Lulú un día que le vió

más hosco que de ordinario.

--Verdaderamente--murmuró Andrés--el mundo es una cosa divertida:

hospitales, salas de operaciones, cárceles, casas de prostitución;

todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del amor la casa de

prostitución; al lado de la libertad la cárcel. Cada instinto

subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su

gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres metan allí las patas

y la ensucien. Está en su naturaleza.

--¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le ha pasado a usted?--preguntó

Lulú.

--Nada; este empleo sucio que me han dado, me perturba. Hoy me han

escrito una carta las pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me

preocupa. Firman _Unas desgraciadas_.

--¿Qué dicen?

--Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades. Estas _desgraciadas_

que me envían la carta me dicen horrores. La casa donde viven se

comunica con otra. Cuando hay una visita del médico o de la autoridad,

a todas las mujeres no matriculadas las esconden en el piso tercero de

la otra casa.

--¿Para qué?

--Para evitar que las reconozcan, para tenerlas fuera del alcance de la

autoridad que, aunque injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las

amas.

--¿Y esas mujeres vivirán mal?

--Muy mal; duermen en cualquier rincón amontonadas, no comen apenas;

les dan unas palizas brutales; y cuando envejecen y ven que ya no

tienen éxito, las cogen y las llevan a otro pueblo sigilosamente.

--¡Qué vida! ¡Qué horror!--murmuró Lulú.

--Luego todas estas amas de prostíbulo--siguió diciendo Andrés--,

tienen la tendencia de martirizar a las pupilas. Hay algunas que

llevan un vergajo, como un cabo de vara, para imponer el orden. Hoy he

visitado una casa de la calle de Barcelona, en donde el matón es un

hombre afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda a la celestina

al secuestro de las mujeres. Este invertido se viste de mujer, se pone

pendientes, porque tiene agujeros en las orejas, y va a la caza de

muchachas.

--Qué tipo.

--Es una especie de halcón. Este eunuco, por lo que me han contado las

mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene

aterrorizadas--. Aquí, me ha dicho el Cotorrita, no se da de baja a

ninguna mujer.--¿Por qué?--le he preguntado yo.--Porque no--; y me ha

enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido interrogando a las

pupilas y he mandado al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.

--¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?

--Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni nada. Las llaman como

quieren; todas responden a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella,

África... En cambio, las celestinas y los matones están protegidos por

la policía, formada por chulos y por criados de políticos.

--¿Vivirán poco todas ellas?--dijo Lulú.

--Muy poco. Todas estas mujeres tienen una mortalidad terrible; cada

ama de esas casas de prostitución ha visto sucederse y sucederse

generaciones de mujeres; las enfermedades, la cárcel, el hospital, el

alcohol, va mermando esos ejércitos. Mientras la celestina se conserva

agarrada a la vida, todas esas carnes blancas, todos esos cerebros

débiles y sin tensión van cayendo al pudridero.

--¿Y cómo no se escapan al menos?

--Porque están cogidas por las deudas. El burdel es un pulpo que sujeta

con sus tentáculos a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan

las denuncian como ladronas, y toda la canalla de curiales las condena.

Luego estas celestinas tienen recursos. Según me han dicho en esa

casa de la calle de Barcelona, había hace días una muchacha reclamada

por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo

parecida físicamente a ella, que dijo al juez que ella vivía con un

hombre muy bien, y que no quería volver a su casa.

--¡Qué gente!

--Todo eso es lo que queda de moro y de judío en el español; el

considerar a la mujer como una presa, la tendencia al engaño, a la

mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica; tenemos la

religión semítica, tenemos sangre semita. De ese fermento malsano,

complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad,

vienen todos los males.

--¿Y esas mujeres son engañadas de verdad por sus novios?--preguntó

Lulú, a quien preocupaba más el aspecto individual que el social.

--No; en general no. Son mujeres que no quieren trabajar; mejor

dicho, que no pueden trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta

inconsciencia. Claro que nada de esto tiene el aire sentimental y

trágico que se le supone. Es una cosa brutal, imbécil, puramente

económica, sin ningún aspecto novelesco. Lo único grande, fuerte,

terrible, es que a todas estas mujeres les queda una idea de la honra

como algo formidable suspendido sobre sus cabezas. Una mujer ligera

de otro país, al pensar en su juventud seguramente, dirá: Entonces yo

era joven, bonita, sana. Aquí dicen: Entonces no estaba deshonrada.

Somos una raza de fanáticos, y el fanatismo de la honra es de los más

fuertes. Hemos fabricado ídolos que ahora nos mortifican.

--¿Y eso no se podía suprimir?--dijo Lulú.

--¿El qué?

--El que haya esas casas.

--¡Cómo se va a impedir! Pregúntele usted al señor obispo de Trebisonda

o al director de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, o a la

presidenta de la trata de blancas, y le dirán: Ah, es un mal necesario.

Hija mía, hay que tener humildad. No debemos tener el orgullo de creer

que sabemos más que los antiguos... Mi tío Iturrioz, en el fondo, está

en lo cierto cuando dice riendo que el que las arañas se coman a las

moscas no indica más que la perfección de la naturaleza.

Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba con tanta amargura.

--Debía usted dejar ese destino--le decía.

--Sí; al fin lo tendré que dejar.

VIII

LA MUERTE DE VILLASÚS

CON pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó el empleo, y por

influencia de Julio Aracil le hicieron médico de La Esperanza, Sociedad

para la asistencia facultativa de gente pobre.

No tenía en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones

éticas, pero, en cambio, la fatiga era terrible; había que hacer

treinta y cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos; subir

escaleras y escaleras, entrar en tugurios infames...

En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado. Aquella gente de las

casas de vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se

hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o la madre que veía

que el niño se le moría, necesitaba descargar en alguien su dolor, y

lo descargaba en el médico. Andrés algunas veces oía con calma las

reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad:

que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían nunca de

su postración por su incuria y su abandono.

Iturrioz tenía razón: la naturaleza, no sólo hacía el esclavo, sino que

le daba el espíritu de la esclavitud.

Andrés había podido comprobar en Alcolea como en Madrid que, a medida

que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes comunes

se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar que la fuerza de la ley

disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La

ley es siempre más dura con el débil. Automáticamente pesa sobre el

miserable. Es lógico que el miserable por instinto odie la ley.

Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del

pobre podía acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse

estérilmente de su estado.

La cólera y la irritación se habían hecho crónicas en Andrés; el calor,

el andar al sol le producían una sed constante que le obligaba a beber

cerveza y cosas frías que le estragaban el estómago.

Ideas absurdas de destrucción le pasaban por la cabeza. Los domingos,

sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros,

pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una

media docena de ametralladoras, y no dejar uno de los que volvían de la

estúpida y sangrienta fiesta.

Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los

cafés antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para

luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador

de corrida de toros se había revelado en ellos; la moral del cobarde

que exige valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, en

el histrión, o en el torero en el circo. A aquella turba de bestias

crueles y sanguinarias, estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto

Hurtado el respeto al dolor ajeno por la fuerza.

El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí, en la obscuridad y a la

fresca, se sentaba y hablaba.

Lulú mientras tanto, cosía, y, si llegaba alguna compradora, despachaba.

Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a su madre al paseo de Rosales.

Lulú y Andrés se sentaban juntos, y hablaban contemplando la hondonada

negra que se extendía ante ellos.

Lulú miraba aquella líneas de luces interrumpidas de las carreteras

y de los arrabales, y fantaseaba suponiendo que había un mar con sus

islas, y que se podía andar en lancha por encima de estas sombras

confusas.

Después de charlar largo rato volvían en el tranvía, y en la glorieta

de San Bernardo se despedían estrechándose la mano.

Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, todas las demás eran

para Andrés de disgusto y de molestia...

Un día, al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el

corredor de una casa de vecindad, una mujer vieja, con un niño en

brazos, se le acercó y le dijo si quería pasar a ver un enfermo.

Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en el otro tabuco. Un hombre

demacrado, famélico, sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos.

De cuando en cuando se levantaba en camisa, e iba de un lado a otro

tropezando con dos o tres cajones que había en el suelo.

--¿Qué tiene este hombre?--preguntó Andrés a la mujer.

--Está ciego y ahora parece que se ha vuelto loco.

--¿No tiene familia?

--Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.

--Pues por este hombre no se puede hacer nada--dijo Andrés--. Lo único

sería llevarlo al hospital o a un manicomio. Ya mandaré una nota al

director del hospital. ¿Cómo se llama el enfermo?

--Villasús, Rafael Villasús.

--¿Este es un señor que hacía dramas?

--Sí.

Andrés lo recordó en aquel momento. Había envejecido en diez o doce

años de una manera asombrosa; pero aún la hija había envejecido más.

Tenía un aire de insensibilidad y de estupor, que sólo un aluvión de

miserias puede dar a una criatura humana.

Andrés se fué de la casa pensativo.

--¡Pobre, hombre!--se dijo--. ¡Qué desdichado! ¡Este pobre diablo,

empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de

heroísmo más cómico! Y quizá si pudiera discurrir pensaría que ha hecho

bien; que la situación lamentable en que se encuentra es un timbre de

gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!

Siete u ocho días después, al volver a visitar al niño enfermo, que

había recaído, le dijeron que el vecino de la guardilla, Villasús,

había muerto.

Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco,

como le llamaban en la casa, había pasado tres días con tres noches

vociferando, desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas.

Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido en el suelo, envuelto en

una sábana. La hija, indiferente, se mantenía acurrucada en un rincón.

Unos cuantos desharrapados, entre ellos uno melenudo, rodeaban el

cadáver.

--¿Es usted el médico?--le preguntó uno de ellos a Andrés, con

impertinencia.

--Sí; soy médico.

--Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villasús no está

muerto. Esto es un caso de catalepsia.

--No digan ustedes necedades--dijo Andrés.

Todos aquellos desharrapados que debían ser bohemios, amigos de

Villasús, habían hecho horrores con el cadáver: le habían quemado los

dedos con fósforos para ver si tenía sensibilidad. Ni aun después de

muerto, al pobre diablo lo dejaban en paz.

Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento de que no había tal

catalepsia, sacó el estetoscopio y auscultó al cadáver en la zona del

corazón.

--Está muerto--dijo.

En esto entró un viejo de melena blanca y barba también blanca,

cojeando, apoyado en un bastón. Venía borracho completamente. Se acercó

al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática gritó:

--¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio! ¡Así moriré yo

también! ¡En la miseria!, porque soy un bohemio y no venderé nunca mi

conciencia. No.

Los desharrapados se miraban unos a otros como satisfechos del giro que

tomaba la escena.

Seguía desvariando el viejo de las melenas, cuando se presentó el mozo

del coche fúnebre, con el sombrero de copa echado a un lado, el látigo

en la mano derecha y la colilla en los labios.

--Bueno--dijo hablando en chulo, enseñando los dientes negros--. ¿Se va

a bajar el cadáver o no? Porque yo no puedo esperar aquí; que hay que

llevar otros muertos al Este.

Uno de los desharrapados, que tenía un cuello postizo, bastante sucio,

que le salía de la chaqueta, y unos lentes, acercándose a Hurtado le

dijo con una afectación ridícula:

--Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse una bomba de dinamita en el

velo del paladar.

La desesperación de este bohemio le pareció a Hurtado demasiado

alambicada para ser sincera, y dejando a toda esta turba de

desharrapados en la guardilla, salió de la casa.

IX

AMOR, TEORÍA Y PRÁCTICA

ANDRÉS divagaba, lo que era su gran placer, en la tienda de Lulú. Ella

le oía sonriente, haciendo de cuando en cuando alguna objeción. Le

llamaba siempre en burla don Andrés.

--Tengo una pequeña teoría acerca del amor--le dijo un día él.

--Acerca del amor debía usted tener una teoría grande--repuso

burlonamente Lulú.

--Pues no la tengo. He encontrado que en el amor, como en la medicina

de hace ochenta años, hay dos procedimientos: la alopatía y la

homeopatía.

--Explíquese usted claro, don Andrés--replicó ella con severidad.

--Me explicaré. La alopatía amorosa está basada en la neutralización.

Los contrarios se curan con los contrarios. Por este principio, el

hombre pequeño busca mujer grande, el rubio, mujer morena, y el moreno,

rubia. Este procedimiento es el procedimiento de los tímidos, que

desconfían de sí mismos... El otro procedimiento...

--Vamos a ver el otro procedimiento.

--El otro procedimiento es el homeopático. Los semejantes se curan con

los semejantes. Este es el sistema de los satisfechos de su físico.

El moreno con la morena, el rubio con la rubia. De manera que, si mi

teoría es cierta, servirá para conocer a la gente.

--¿Sí?

--Sí; se ve un hombre gordo, moreno y chato, al lado de una mujer

gorda, morena y chata, pues es un hombre petulante y seguro de sí

mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato tiene una mujer flaca,

rubia y nariguda, es que no tiene confianza en su tipo ni en la forma

de su nariz.

--De manera que yo, que soy morena y algo chata...

--No; usted no es chata.

--¿Algo tampoco?

--No.

--Muchas gracias, don Andrés. Pues bien; yo que soy morena, y creo que

algo chata, aunque usted diga que no, si fuera petulante, me gustaría

ese mozo de la peluquería de la esquina, y si fuera completamente

humilde, me gustaría el farmacéutico, que tiene unas buenas napias.

--Usted no es un caso normal.

--¿No?

--No.

--¿Pues qué soy?

--Un caso de estudio.

--Yo seré un caso de estudio; pero nadie me quiere estudiar.

--¿Quiere usted que la estudie yo, Lulú?

Ella contempló durante un momento a Andrés, con una mirada enigmática,

y luego se echó a reir.

--Y usted, don Andrés, que es un sabio, que ha encontrado esas teorías

sobre el amor, ¿qué es eso del amor?

--¿El amor?

--Sí.

--Pues el amor, y le voy a parecer a usted un pedante, es la

confluencia del instinto fetichista y del instinto sexual.

--No comprendo.

--Ahora viene la explicación. El instinto sexual empuja el hombre a la

mujer y la mujer al hombre, indistintamente; pero el hombre que tiene

un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la mujer dice: ese hombre.

Aquí empieza el instinto fetichista; sobre el cuerpo de la persona

elegida porque sí, se forja otro más hermoso y se le adorna y se le

embellece, y se convence uno de que el ídolo forjado por la imaginación

es la misma verdad. Un hombre que ama a una mujer la ve en su interior

deformada, y la mujer que quiere al hombre le pasa lo mismo, lo

deforma. A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el

uno al otro, y en la obscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más

que la especie.

--¡La especie! ¿Y qué tiene que ver ahí la especie?

--El instinto de la especie es la voluntad de tener hijos, de tener

descendencia. La principal idea de la mujer es el hijo. La mujer

instintivamente quiere primero el hijo; pero la naturaleza necesita

vestir este deseo con otra forma más poética, más sugestiva, y crea

esas mentiras, esos velos que constituyen el amor.

--¿De manera que el amor en el fondo es un engaño?

--Sí; es un engaño como la misma vida; por eso alguno ha dicho, con

razón: una mujer es tan buena como otra y a veces más; lo mismo se

puede decir del hombre: un hombre es tan bueno como otro y a veces más.

--Eso será para la persona que no quiere.

--Claro, para el que no está ilusionado, engañado... Por eso sucede que

los matrimonios de amor producen más dolores y desilusiones que los de

conveniencia.

--¿De verdad cree usted eso?

--Sí.

--¿Y a usted qué le parece que vale más, engañarse y sufrir o no

engañarse nunca?

--No sé. Es difícil saberlo. Creo que no puede haber una regla general.

Estas conversaciones les entretenían.

Una mañana, Andrés se encontró en la tienda con un militar joven

hablando con Lulú. Durante varios días lo siguió viendo. No quiso

preguntar quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se enteró de que era

primo de Lulú.

En este tiempo Andrés empezó a creer que Lulú estaba displicente con

él. Quizá pensaba en el militar.

Andrés quiso perder la costumbre de ir a la tienda de confecciones,

pero no pudo. Era el único sitio agradable donde se encontraba bien...

Un día de otoño, por la mañana, fué a pasear por la Moncloa. Sentía esa

melancolía, un poco ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo

anegaba su espíritu al contemplar el campo, el cielo puro y sin nubes,

el Guadarrama azul como una turquesa.

Pensó en Lulú, y decidió ir a verla. Era su única amiga. Volvió hacia

Madrid, hasta la calle del Pez, y entró en la tiendecita.

Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero los armarios. Andrés se

sentó en su sitio.

--Está usted muy bien hoy, muy guapa--dijo de pronto Andrés.

--¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés, para estar tan amable?

--Verdad. Está usted muy bien. Desde que está usted aquí se va usted

humanizando. Antes tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona,

pero ahora no; se le va poniendo a usted una cara más dulce. Yo creo

que de tratar así con las madres que vienen a comprar gorritos para sus

hijos se le va poniendo a usted una cara maternal.

--Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos para los hijos de

los demás.

--Qué ¿querría usted más que fueran para sus hijos?

--Si pudiera ser, ¿por qué no? Pero yo no tendré hijos nunca. ¿Quién me

va a querer a mí?

--El farmacéutico del café, el teniente... puede usted echárselas de

modesta, y anda usted haciendo conquistas...

--¿Yo?

--Usted, sí.

Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.

--¿Me tiene usted odio, Lulú?--dijo Hurtado.

--Sí; porque me dice tonterías.

--Deme usted la mano.

--¿La mano?

--Sí.

--Ahora siéntese usted a mi lado.

--¿A su lado de usted?

--Sí.

--Ahora míreme usted a los ojos. Lealmente.

--Ya le miro a los ojos. ¿Hay más que hacer?

--¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?

--Sí..., un poco..., ve usted que no soy una mala muchacha..., pero

nada más.

--¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a usted con cariño, con

amor, ¿qué me contestaría usted?

--No; no es verdad. Usted no me quiere. No me diga usted eso.

--Sí, sí; es verdad--y acercando la cabeza de Lulú a él, la besó en la

boca.

Lulú enrojeció violentamente, luego palideció y se tapó la cara con las

manos.

--Lulú, Lulú--dijo Andrés--. ¿Es que la he ofendido a usted?

Lulú se levantó y paseó un momento por la tienda, sonriendo.

--Ve usted, Andrés; esa locura, ese engaño que dice usted que es el

amor, lo he sentido yo por usted desde que le vi.

--¿De verdad?

--Sí, de verdad.

--¿Y yo ciego?

--Sí; ciego, completamente ciego.

Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas y las llevó a sus labios.

Hablaron los dos largo rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.

--Me voy--dijo Andrés, levantándose.

--Adiós--exclamó ella, estrechándose contra él--. Y ya no me dejes más,

Andrés. Donde tú vayas, llévame.

El árbol de la ciencia: novela · 第 13 / 15 段