Este dilema se presentaba ante él. Si quería vivir con una mujer tenía

que casarse, someterse. Es decir, dar por una cosa de la vida toda su

independencia espiritual, resignarse a cumplir obligaciones y deberes

sociales, a guardar consideraciones a un suegro, a una suegra, a un

cuñado; cosa que le horrorizaba.

Seguramente entre aquellas muchachas de Alcolea, que no salían más que

los domingos a la iglesia, vestidas como papagayos, con un mal gusto

exorbitante, había algunas, quizá muchas, agradables, simpáticas. ¿Pero

quién las conocía? Era casi imposible hablar con ellas. Solamente el

marido podría llegar a saber su manera de ser y de sentir.

Andrés se hubiera casado con cualquiera, con una muchacha sencilla;

pero no sabía dónde encontrarla. Las dos señoritas que trataba un poco

eran la hija del médico Sánchez y la del secretario.

La hija de Sánchez quería ir monja; la del secretario era de una

cursilería verdaderamente venenosa; tocaba el piano muy mal, calcaba

las laminitas del _Blanco y Negro_ y luego las iluminaba, y tenía unas

ideas ridículas y falsas de todo.

De no casarse, Andrés podía transigir e ir con los perdidos del

pueblo a casa de la Fulana o de la Zutana, a estas dos calles en

donde las mujeres de vida airada vivían como en los antiguos burdeles

medioevales; pero esta promiscuidad era ofensiva para su orgullo. ¿Qué

más triunfo para la burguesía local y más derrota para su personalidad

si se hubiesen contado sus devaneos? No; prefería estar enfermo.

Andrés decidió limitar la alimentación, tomar sólo vegetales y no

probar la carne, ni el vino, ni el café. Varias horas después de comer

y de cenar bebía grandes cantidades de agua. El odio contra el espíritu

del pueblo le sostenía en su lucha secreta; era uno de esos odios

profundos, que llegan a dar serenidad al que lo siente, un desprecio

épico y altivo. Para él no había burlas, todas resbalaban por su coraza

de impasibilidad.

Algunas veces pensaba que esta actitud no era lógica. ¡Un hombre que

quería ser de ciencia y se incomodaba porque las cosas no eran como

él hubiese deseado! Era absurdo. La tierra allí era seca; no había

árboles, el clima era duro, la gente tenía que ser dura también.

La mujer del secretario del Ayuntamiento y presidenta de la Sociedad

del Perpetuo Socorro, le dijo un día:

--Usted, Hurtado, quiere demostrar que se puede no tener religión y ser

más bueno que los religiosos.

--¿Más bueno, señora?--replicó Andrés--. Realmente, eso no es difícil.

Al cabo de un mes de nuevo régimen, Hurtado estaba mejor; la comida

escasa y sólo vegetal, el baño, el ejercicio al aire libre le iban

haciendo un hombre sin nervios. Ahora se sentía como divinizado por

su ascetismo, libre; comenzaba a vislumbrar ese estado de _ataraxia_,

cantado por los epicúreos y los pirronianos.

Ya no experimentaba cólera por las cosas ni por las personas.

Le hubiera gustado comunicar a alguien sus impresiones y pensó en

escribir a Iturrioz; pero luego creyó que su situación espiritual era

más fuerte siendo él solo el único testigo de su victoria.

Ya comenzaba a no tener espíritu agresivo. Se levantaba muy temprano,

con la aurora, y paseaba por aquellos campos llanos, por los viñedos,

hasta un olivar que él llamaba el trágico por su aspecto. Aquellos

olivos viejos, centenarios, retorcidos, parecían enfermos atacados

por el tétanos; entre ellos se levantaba una casa aislada y baja con

bardales de cambroneras, y en el vértice de la colina había un molino

de viento tan extraordinario, tan absurdo, con su cuerpo rechoncho y

sus brazos chirriantes, que a Andrés le dejaba siempre sobrecogido.

Muchas veces salía de casa cuando aún era de noche y veía la estrella

del crepúsculo palpitar y disolverse como una perla en el horno de la

aurora llena de resplandores.

Por las noches, Andrés se refugiaba en la cocina, cerca del fogón bajo.

Dorotea, la vieja y la niña hacían sus labores al amor de la lumbre y

Hurtado charlaba o miraba arder los sarmientos.

IX

LA MUJER DEL TÍO GARROTA

UNA noche de invierno, un chico fué a llamar a Andrés; una mujer había

caído a la calle y estaba muriéndose.

Hurtado se embozó en la capa, y de prisa, acompañado del chico, llegó

a una calle extraviada, cerca de una posada de arrieros que se llamaba

el Parador de la Cruz. Se encontró con una mujer privada de sentido, y

asistida por unos cuantos vecinos que formaban un grupo alrededor de

ella.

Era la mujer de un prendero llamado el tío Garrota; tenía la cabeza

bañada en sangre y había perdido el conocimiento.

Andrés hizo que llevaran a la mujer a la tienda y que trajeran una luz;

tenía la vieja una conmoción cerebral.

Hurtado le hizo una sangría en el brazo. Al principio la sangre

negra, coagulada, no salía de la vena abierta; luego comenzó a brotar

despacio; después más regularmente, y la mujer respiró con relativa

facilidad.

En este momento llegó el juez con el actuario y dos guardias, y fué

interrogando, primero a los vecinos y después a Hurtado.

--¿Cómo se encuentra esta mujer?--le dijo.

--Muy mal.

--¿Se podrá interrogarla?

--Por ahora, no; veremos si recobra el conocimiento.

--Si lo recobra avíseme usted en seguida. Voy a ver el sitio por donde

se ha tirado y a interrogar al marido.

La tienda era una prendería repleta de trastos viejos que había por

todos los rincones y colgaban del techo; las paredes estaban atestadas

de fusiles y escopetas antiguas, sables y machetes.

Andrés estuvo atendiendo a la mujer hasta que ésta abrió los ojos y

pareció darse cuenta de lo que le pasaba.

--Llamadle al juez--dijo Andrés a los vecinos.

El juez vino en seguida.

--Esto se complica--murmuró--; luego preguntó a Andrés. ¿Qué? ¿Entiende

algo?

--Sí, parece que sí.

Efectivamente, la expresión de la mujer era de inteligencia.

--¿Se ha tirado usted, o la han tirado a usted desde la

ventana?--preguntó el juez.

--¡Eh!--dijo ella.

--¿Quién la ha tirado?

--¡Eh!

--¿Quién la ha tirado?

--Garro... Garro...--murmuró la vieja haciendo un esfuerzo.

El juez y el actuario y los guardias quedaron sorprendidos.

--Quiere decir Garrota--dijo uno.

--Sí, es una acusación contra él--dijo el juez--. ¿No le parece a

usted, doctor?

--Parece que sí.

--¿Por qué la ha tirado a usted?

--Garro... Garro...--volvió a decir la vieja.

--No quiere decir más sino que es su marido--afirmó un guardia.

--No, no es eso--repuso Andrés--. La lesión la tiene en el lado

izquierdo.

--¿Y eso qué importa?--preguntó el guardia.

--Cállese usted--dijo el juez--. ¿Qué supone usted, doctor?

--Supongo que esta mujer se encuentra en un estado de afasia. La lesión

la tiene en el lado izquierdo del cerebro; probablemente la tercera

circunvolución frontal, que se considera como centro del lenguaje,

estará lesionada. Esta mujer parece que entiende, pero no puede

articular más que esa palabra. A ver, pregúntele usted otra cosa.

--¿Está usted mejor?--dijo el juez.

--¡Eh!

--¿Si está usted ya mejor?

--Garro... Garro...--contestó ella.

--Sí; dice a todo lo mismo--afirmó el juez.

--Es un caso de afasia o de sordera verbal--añadió Andrés.

--Sin embargo..., hay muchas sospechas contra el marido--replicó el

actuario.

Habían llamado al cura para sacramentar a la moribunda.

Le dejaron solo y Andrés subió con el juez. La prendería del tío

Garrota tenía una escalera de caracol para el primer piso.

Este constaba de un vestíbulo, la cocina, dos alcobas y el cuarto

desde donde se había tirado la vieja. En medio de este cuarto había un

brasero, una badila sucia y una serie de manchas de sangre que seguían

hasta la ventana.

--La cosa tiene el aspecto de un crimen--dijo el juez.

--¿Cree usted?--preguntó Andrés.

--No, no creo nada; hay que confesar que los indicios se presentan como

en una novela policíaca para despistar a la opinión. Esta mujer que se

le pregunta quién la ha tirado, y dice el nombre de su marido; esta

badila llena de sangre; las manchas que llegan hasta la ventana, todo

hace sospechar lo que ya han comenzado a decir los vecinos.

--¿Qué dicen?

--Le acusan al tío Garrota, al marido de esta mujer. Suponen que el

tío Garrota y su mujer riñeron; que él le dió con la badila en la

cabeza; que ella huyó a la ventana a pedir socorro, y que entonces él,

agarrándola de la cintura, la arrojó a la calle.

--Puede ser.

--Y puede no ser.

Abonaba esta versión la mala fama del tío Garrota y su complicidad

manifiesta en las muertes de dos jugadores, el Cañamero y el Pollo,

ocurridas hacía unos diez años cerca de Daimiel.

--Voy a guardar esta badila--dijo el juez.

--Por si acaso no debían tocarla--repuso Andrés--; las huellas pueden

servirnos de mucho.

El juez metió la badila en un armario, lo cerró y llamó al actuario

para que lo lacrase. Se cerró también el cuarto y se guardó la llave.

Al bajar a la prendería Hurtado y el juez, la mujer del tío Garrota

había muerto.

El juez mandó que trajeran a su presencia al marido. Los guardias le

habían atado las manos.

El tío Garrota era un hombre ya viejo, corpulento, de mal aspecto,

tuerto, de cara torva, llena de manchas negras, producidas por una

perdigonada que le habían soltado hacía años en la cara.

En el interrogatorio se puso en claro que el tío Garrota era borracho,

y hablaba de matar a uno o de matar a otro con frecuencia.

El tío Garrota no negó que daba malos tratos a su mujer; pero sí que la

hubiese matado. Siempre concluía diciendo:

--Señor juez, yo no he matado a mi mujer. He dicho, es verdad, muchas

veces que la iba a matar; pero no la he matado.

El juez, después del interrogatorio, envió al tío Garrota incomunicado

a la cárcel.

--¿Qué le parece a usted?--le preguntó el juez a Hurtado.

--Para mí es una cosa clara; este hombre es inocente.

El juez, por la tarde, fué a ver al tío Garrota a la cárcel, y dijo

que empezaba a creer que el prendero no había matado a su mujer. La

opinión popular quería suponer que Garrota era un criminal. Por la

noche el doctor Sánchez aseguró en el casino que era indudable que el

tío Garrota había tirado por la ventana a su mujer, y que el juez y

Hurtado tendían a salvarle, Dios sabe por qué; pero que en la autopsia

aparecería la verdad.

Al saberlo Andrés fué a ver al juez y le pidió nombrara a don Tomás

Solana, el otro médico, como árbitro para presenciar la autopsia, por

si acaso había divergencia entre el dictamen de Sánchez y el suyo.

La autopsia se verificó al día siguiente por la tarde; se hizo una

fotografía de las heridas de la cabeza producidas por la badila y se

señalaron unos cardenales que tenía la mujer en el cuello.

Luego se procedió a abrir las tres cavidades y se encontró la fractura

craneana, que cogía parte del frontal y del parietal y que había

ocasionado la muerte. En los pulmones y en el cerebro aparecieron

manchas de sangre, pequeñas y redondas.

En la exposición de los datos de la autopsia estaban conformes los tres

médicos; en su opinión, acerca de las causas de la muerte, divergían.

Sánchez daba la versión popular. Según él, la interfecta, al

sentirse herida en la cabeza por los golpes de la badila, corrió a

la ventana a pedir socorro; allí una mano poderosa la sujetó por el

cuello, produciéndole una contusión y un principio de asfixia que se

evidenciaba en las manchas petequiales de los pulmones y del cerebro,

y después, lanzada a la calle, había sufrido la conmoción cerebral y

la fractura del cráneo, que le produjo la muerte. La misma mujer, en

la agonía, había repetido el nombre del marido indicando quién era su

matador.

Hurtado decía primeramente que las heridas de la cabeza eran tan

superficiales que no estaban hechas por un brazo fuerte, sino por

una mano débil y convulsa; que los cardenales del cuello procedían

de contusiones anteriores al día de la muerte, y que, respecto a las

manchas de sangre en los pulmones y en el cerebro, no eran producidas

por un principio de asfixia, sino el alcoholismo inveterado de la

interfecta. Con estos datos, Hurtado aseguraba que la mujer, en un

estado alcohólico, evidenciado por el aguardiente encontrado en su

estómago, y presa de manía suicida, había comenzado a herirse ella

misma con la badila en la cabeza, lo que explicaba la superficialidad

de las heridas, que apenas interesaban el cuero cabelludo, y después,

en vista del resultado negativo para producirse la muerte, había

abierto la ventana y se había tirado de cabeza a la calle. Respecto a

las palabras pronunciadas por ella, estaba claramente demostrado que al

decirlas se encontraba en un estado afásico.

Don Tomás, el médico aristócrata, en su informe hacía equilibrios, y en

conjunto no decía nada.

Sánchez estaba en la actitud popular; todo el mundo creía culpable al

tío Garrota, y algunos llegaban a decir que, aunque no lo fuera, había

que castigarlo, porque era un desalmado capaz de cualquier fechoría.

El asunto apasionó al pueblo; se hicieron una porción de pruebas; se

estudiaron las huellas frescas de sangre de la badila, y se vió no

coincidían con los dedos del prendero; se hizo que un empleado de la

cárcel, amigo suyo, le emborrachara y le sonsacara. El tío Garrota

confesó su participación en las muertes del Pollo y del Cañamero; pero

afirmó repetidas veces, entre furiosos juramentos, que no y que no. No

tenía nada que ver en la muerte de su mujer, y aunque le condenaran por

decir que no y le salvaran por decir que sí, diría que no, porque esa

era la verdad.

El juez, después de repetidos interrogatorios, comprendió la inocencia

del prendero y lo dejó en libertad.

El pueblo se consideró defraudado. Por indicios, por instinto, la gente

adquirió la convicción de que el tío Garrota, aunque capaz de matar

a su mujer, no la había matado; pero no quiso reconocer la probidad

de Andrés y del juez. El periódico de la capital que defendía a los

Mochuelos, escribió un artículo con el título «¿Crimen o suicidio?»,

en el que suponía que la mujer del tío Garrota se había suicidado; en

cambio, otro periódico de la capital, defensor de los Ratones, aseguró

que se trataba de un crimen y que las influencias políticas habían

salvado al prendero.

--Habrá que ver lo que habrán cobrado el médico y el juez--decía la

gente.

A Sánchez, en cambio, le elogiaban todos.

--Ese hombre iba con lealtad.

--Pero no era cierto lo que decía--replicaba alguno.

--Sí; pero él iba con honradez.

Y no había manera de convencer a la mayoría de otra cosa.

X

DESPEDIDA

ANDRÉS, que hasta entonces había tenido simpatía entre la gente pobre,

vió que la simpatía se trocaba en hostilidad. En la primavera decidió

marcharse y presentar la dimisión de su cargo.

Un día de mayo fué el fijado para la marcha; se despidió de don Blas

Carreño y del juez y tuvo un violento altercado con Sánchez, quien,

a pesar de ver que el enemigo se le iba, fué bastante torpe para

recriminarle con acritud. Andrés le contestó rudamente y dijo a su

compañero unas cuantas verdades un poco explosivas.

Por la tarde, Andrés preparó su equipaje y luego salió a pasear. Hacía

un día tempestuoso con vagos relámpagos, que brillaban entre dos nubes.

Al anochecer comenzó a llover y Andrés volvió a su casa.

Aquella tarde, Pepinito, su hija y la abuela, habían ido al Maillo, un

pequeño balneario próximo a Alcolea.

Andrés acabó de preparar su equipaje. A la hora de cenar entró la

patrona en su cuarto.

--¿Se va usted de verdad mañana, don Andrés?

--Sí.

--Estamos solos; cuando usted quiera cenaremos.

--Voy a terminar en un momento.

--Me da pena verle a usted marchar. Ya le teníamos a usted como de la

familia.

--¡Qué se le va a hacer! Ya no me quieren en el pueblo.

--No lo dirá usted por nosotros.

--No, no lo digo por ustedes. Es decir, no lo digo por usted. Si siento

dejar el pueblo es, más que nada, por usted.

--¡Bah! Don Andrés.

--Créalo usted o no lo crea, tengo una gran opinión de usted. Me parece

usted una mujer muy buena, muy inteligente...

--¡Por Dios, don Andrés, que me va usted a confundir!--dijo ella riendo.

--Confúndase usted todo lo que quiera, Dorotea. Eso no quita para que

sea verdad. Lo malo que tiene usted...

--Vamos a ver lo malo...--replicó ella con seriedad fingida.

--Lo malo que tiene usted--siguió diciendo Andrés--es que está usted

casada con un hombre que es un idiota, un imbécil petulante, que

le hace sufrir a usted, y a quien yo como usted le engañaría con

cualquiera.

--¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué cosas me está usted diciendo!

--Son las verdades de la despedida... Realmente yo he sido un imbécil

en no haberle hecho a usted el amor.

--¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés?

--Sí, ahora me acuerdo. No crea usted que no lo he pensado otras veces;

pero me ha faltado decisión. Hoy estamos solos en toda la casa. ¿No?

--Sí, estamos solos. Adiós, don Andrés; me voy.

--No se vaya usted, tengo que hablarle.

Dorotea, sorprendida del tono de mando de Andrés, se quedó.

--¿Qué me quiere usted?--dijo.

--Quédese usted aquí conmigo.

--Pero yo soy una mujer honrada, don Andrés--replicó Dorotea con voz

ahogada.

--Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos

solos, nadie habría de saber que usted había sido mía. Esta noche para

usted y para mí sería una noche excepcional, extraña...

--Sí ¿y el remordimiento?

--¿Remordimiento?

Andrés, con lucidez, comprendió que no debía discutir este punto.

--Hace un momento no creía que le iba a usted a decir esto. ¿Por qué se

lo digo? No sé. Mi corazón palpita ahora como un martillo de fragua.

Andrés se tuvo que apoyar en el hierro de la cama, pálido y tembloroso.

--¿Se pone usted malo?--murmuró Dorotea con voz ronca.

--No; no es nada.

Ella estaba también turbada, palpitante. Andrés apagó la luz y se

acercó a ella.

Dorotea no resistió. Andrés estaba en aquel momento en plena

inconsciencia...

Al amanecer comenzó a brillar la luz del día por entre las rendijas de

las maderas. Dorotea se incorporó. Andrés quiso retenerla entre sus

brazos.

--No, no--murmuró ella con espanto, y, levantándose rápidamente, huyó

del cuarto.

Andrés se sentó en la cama atónito, asombrado de sí mismo.

Se encontraba en un estado de irresolución completa; sentía en la

espalda como si tuviera una plancha que le sujetara los nervios y tenía

temor de tocar con los pies el suelo.

Sentado, abatido, estuvo con la frente apoyada en las manos, hasta que

oyó el ruido del coche que venía a buscarle. Se levantó, se vistió y

abrió la puerta antes que llamaran por miedo al pensar en el ruido de

la aldaba; un mozo entró en el cuarto y cargó con el baúl y la maleta

y los llevó al coche. Andrés se puso el gabán y subió a la diligencia,

que comenzó a marchar por la carretera polvorienta.

--¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo es todo esto!--exclamó luego--. Y

se refería a su vida y a esta última noche tan inesperada, tan

aniquiladora.

En el tren su estado nervioso empeoró. Se sentía desfallecido, mareado.

Al llegar a Aranjuez se decidió a bajar del tren. Los tres días que

pasó aquí tranquilizaron y calmaron sus nervios.

SEXTA PARTE

La experiencia en Madrid

I

COMENTARIO A LO PASADO

A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés se encontró con la sorpresa

desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos.

Había alborotos, manifestaciones en las calles, música patriótica a

todo pasto.

Andrés no había seguido en los periódicos aquella cuestión de las

guerras coloniales; no sabía a punto fijo de qué se trataba. Su único

criterio era el de la criada vieja de la Dorotea que solía cantar a voz

en grito mientras lavaba, esta canción:

Parece mentira que por unos mulatos

estemos pasando tan malitos ratos;

a Cuba se llevan la flor de la España

y aquí no se queda más que la morralla.

Todas las opiniones de Andrés acerca de la guerra estaban condensadas

en este cantar de la vieja criada.

Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención de los Estados

Unidos, Andrés quedó asombrado.

En todas partes no se hablaba más que de la posibilidad del éxito o

del fracaso. El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero

en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores

de tocino, al ver a los primeros soldados españoles, dejarían las

armas y echarían a correr. El hermano de Andrés, Pedro, hacía vida

de _sportman_ y no le preocupaba la guerra; a Alejandro le pasaba lo

mismo; Margarita seguía en Valencia.

Andrés encontró un empleo en una consulta de enfermedades del estómago,

sustituyendo a un médico que había ido al extranjero por tres meses.

Por la tarde Andrés iba a la consulta, estaba allí hasta el anochecer,

luego marchaba a cenar a casa y por la noche salía en busca de noticias.

Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas; los yanquis

no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para sus

soldados. En el país de las máquinas de coser el hacer unos cuantos

uniformes era un conflicto enorme, según se decía en Madrid.

Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis.

Cierto que no tenía las proporciones bufo-grandilocuentes del

manifiesto de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran París;

pero era bastante para que los españoles de buen sentido pudieran

sentir toda la vacuidad de sus grandes hombres.

Andrés siguió los preparativos de la guerra con una emoción intensa.

Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a

creer que había alguna razón para los optimismos.

Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en la calle.

--¿Qué le parece a usted esto?--le preguntó.

--Estamos perdidos.

--¿Pero si dicen que estamos preparados?

--Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese chino, que los españoles

consideramos como el colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas

que nos están diciendo los periódicos.

--Hombre, yo no veo eso.

--Pues no hay más que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las

escuadras. Tú, fíjate; nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos

viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen veintiuno, casi todos

nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad. Los seis nuestros en

conjunto desplazan aproximadamente veintiocho mil toneladas; los seis

primeros suyos sesenta mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique

toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a tener sitio dónde apuntar.

--¿De manera, que usted cree que vamos a la derrota?

--No a la derrota, a una cacería. Si alguno de nuestros barcos puede

salvarse, será una gran cosa.

Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse, pero pronto los

acontecimientos le dieron la razón. El desastre había sido como decía

él: una cacería, una cosa ridícula.

A Andrés le indignó la indiferencia de la gente al saber la noticia.

Al menos él había creído que el español, inepto para la ciencia y para

la civilización, era un patriota exaltado y se encontraba que no;

después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y

en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo;

aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja,

nada.

Cuando la impresión del desastre se le pasó, Andrés fué a casa de

Iturrioz; hubo discusión entre ellos.

--Dejemos todo eso, ya que afortunadamente hemos perdido las

colonias--dijo su tío--y hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en

el pueblo?

--Bastante mal.

--¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?

--No; tuve suerte. Como médico he quedado bien. Ahora, personalmente,

he tenido poco éxito.

--Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de Don Quijote.

Andrés contó sus impresiones en Alcolea; Iturrioz le escuchó

atentamente.

--¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado

el medio?

--Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una bacteridia colocada en un

caldo saturado de ácido fénico.

--Y esos manchegos ¿son buena gente?

--Sí, muy buena gente; pero con una moral imposible.

--Pero esa moral ¿no será la defensa de la raza que vive en una tierra

pobre y de pocos recursos?

--Es muy posible; pero si es así, ellos no se dan cuenta de este motivo.

--¡Ah, claro! ¿En dónde un pueblo del campo será un conjunto de gente

con conciencia? ¿En Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas

partes, el hombre, en su estado natural, es un canalla, idiota y

egoísta. Si ahí en Alcolea es una buena persona, hay que decir que los

alcoleanos son gente superior.

--No digo que no. Los pueblos como Alcolea están perdidos, porque el

egoísmo y el dinero no está repartido equitativamente; no lo tienen más

que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres no hay sentido

individual. El día que cada alcoleano se sienta a sí mismo y diga: no

transijo, ese día el pueblo marchará hacia adelante.

El árbol de la ciencia: novela · 第 11 / 15 段