--¡Cuándo llegará el día que veamos la tierra de nuestros campos roja

y cubierta de agua, lo mismo que si fuesemos á hacer ladrillos con

ella!

Quedaban como extáticos al pensar en esto. Después miraban el reloj.

Era tarde, y había que ir á la cama para levantarse con el alba. Todos

al abandonar el boliche volvían sus ojos instintivamente hacia el río

obscuro que se deslizaba sordamente, durante miles y miles de años,

entre tierras yermas, negándolas su caricia gestadora de tantas

maravillas.

Mientras llegaba la hora de ser millonario gracias á la irrigación,

una de las mejores ganancias del dueño del boliche consistía en

organizar los domingos corridas de caballos. Para esto necesitaba el

permiso de don Roque, y no le era fácil conseguirlo.

El comisario tenía miedo á sus superiores. El gobierno federal había

prohibido esta fiesta en los territorios de vida primitiva, por ser

causa de borracheras y peleas. Pero el antiguo vecino de Buenos Aires,

para vivir resignadamente en la Patagonia, necesitaba una compensación

mayor que el sueldo dado por el gobierno; y á causa de esto, siempre

que el dueño del boliche le hablaba á solas, conseguía vencer sus

escrúpulos.

--Por Dios, no anuncies mucho, Gallego, que va á haber

corridas--suplicaba el comisario--. No haga el demonio, ché, que

tengamos una desgracia y lo sepan allá en Buenos Aires... Que sea

únicamente para los que habitan el campamento.

Pero el negocio exigía, por el contrario, una gran publicidad, y de

muchas leguas á la redonda iban llegando, á partir del sábado por la

tarde, numerosos jinetes.

En el país no abundaban las fiestas, y había que aprovechar las

corridas de la Presa. La población del campamento parecía triplicarse.

El boliche expendía en veinticuatro horas la provisión de bebidas

hecha para un mes.

Manos Duras saludaba á numerosos jinetes que vivían en ranchos

lejanísimos y le habían ayudado algunas veces en sus negocios. Todos

iban montados en sus mejores caballos, á los que llamaban «fletes»,

para tomar parte en las carreras.

Los premios dados por el Gallego no eran gran cosa: un billete de

veinte pesos, pañuelos de vistosos colores, un tarro de ginebra; pero

los gauchos, orgullosos de sus espuelas, de su cinturón y de su

cuchillo con mango de plata, venían á triunfar por el honor y la

gloria, regresando á sus ranchos satisfechos de haber demostrado su

guapeza ante los _gringos_ trabajadores, incapaces de montar un

caballo bravo.

Rara vez se volvían en la misma tarde. Consideraban necesario quedarse

para celebrar el triunfo, y las primeras horas nocturnas del domingo

eran las de mayor ganancia para el boliche. También resultaban las más

temibles para don Roque, y su recuerdo lo hacía vacilar en la

concesión de nuevos permisos, aún á riesgo de perder lo que le daba en

cambio el Gallego.

Como el público no cabía dentro del establecimiento, formaba corros

fuera de él; y Friterini, ayudado por las mujeres, entraba y salía

incesantemente con botellas y vasos. Sonaban las guitarras,

acompañando los gritos y los palmoteos de la gente amontonada en torno

á los bailarines. El comisario se mantenía á distancia con sus cuatro

soldados de largos sables, sabiendo que su presencia, las más de las

veces, servía para excitar los ánimos en vez de calmarlos.

Los que más le preocupaban eran los peones chilenos. En las fiestas

ordinarias, cuando estaban con sus camaradas de trabajo, su embriaguez

resultaba metódica y su humor no sufría sobresaltos. Acostumbrados al

trato con los peones europeos, cantaban y bailaban la _cueca_ sin que

se turbase la paz. Únicamente su patriotismo agresivo iba creciendo

según aumentaba la cantidad de bebida consumida.

--¡Viva Chile!--gritaban á coro entre una _cueca_ y otra.

Alguno, más entusiasta, completaba la aclamación, lanzándola con toda

su pureza clásica, como lo hacen los _rotos_ en las fiestas

patrióticas ó en la guerra al cargar á la bayoneta: «¡Viva Chile,

m...!»

Mas en las tardes de carreras, la presencia de gentes extrañas, y

especialmente á aquellos jinetes de aire arrogante, orgullosos de sus

sillas chapeadas de plata, de sus armas y de los adornos metálicos de

sus trajes, parecía esparcir un malestar provocativo, mezcla de odio y

de envidia, entre los _rotos_ que iban á pie.

De pronto cesaban de sonar las guitarras y había un rumor de disputa.

Chillaban las mujeres; sobre sus chillidos se destacaba un grito

mortal; luego venía un silencio profundo. Y la gente se apartaba,

dejando sitio á un hombre con ojos de loco y la diestra roja de

sangre.

--¡Abran cancha, hermanos, que me he desgraciao!...

Todos le abrían paso; nadie pretendía detenerle, ni aún el comisario,

que procuraba estar lejos.

Hubiera sido un atentado contra las leyes establecidas por los

antiguos, más conocedores de la vida que los hombres del presente. El

hermano del herido ó del muerto sólo atendía al que estaba en el

suelo, sin preocuparse de atajar á su agresor. Tiempo le quedaba de ir

en busca del que se había «desgraciado», allá donde estuviese, para

«desgraciarse» á su vez, ejerciendo el derecho de la venganza.

Cuando ocurría uno de estos incidentes, don Roque, olvidando las

larguezas de González, se mostraba indignado.

--¿No te decía yo que esto acabaría mal, Gallego?... Ahora veremos lo

que dicen de Buenos Aires. En una de éstas, ché, voy á perder mi

puesto.

Pero ni de Buenos Aires hablaban, ni don Roque perdía su cargo. Como

era la única autoridad y estaba de acuerdo con su colega de Fuerte

Sarmiento, se procedía al entierro del difunto, cuando lo había, y si

solamente era un herido, éste se dejaba curar, asegurando no haber

visto jamás al que le dió la cuchillada y añadiendo que no le

reconocería aunque se lo pusieran delante.

Transcurrían algunos meses sin que don Roque se ablandase. «¡Ché,

Gallego: no me pillarás otra vez!...» Pero la generosidad del

bolichero acababa con sus temores, y de nuevo se anunciaba una corrida

de caballos.

Si la fiesta había terminado sin peleas, González, triunfante, reñía

al comisario.

--¿Lo ve usted?... Este es un pueblo que progresa, y puede uno tener

confianza en su decencia. Lo de la otra vez fué un pequeño incidente.

Para no verse el bolichero desmentido por los hechos, ensanchaba su

largueza hasta Manos Duras, dándole algún billete de Banco á cambio de

que mantuviese la paz, valiéndose de sus amistades con unos y del

temor que inspiraba á otros.

Un sábado, al anochecer, entró Robledo por la calle central, de vuelta

de sus canales. Al pasar ante la casa de Pirovani miró al lado opuesto

y aceleró la marcha de su caballo, por temor á que Elena abriese una

ventana, llamándole. Iban transcurridos muchos días sin que él hubiese

vuelto á visitarla. Sentía esos temores vagos que anuncian la cercanía

del peligro, pero sin dejar adivinar de qué parte viene.

El campamento de la Presa le parecía ahora distinto al de algunas

semanas antes. Su aspecto exterior era el mismo, pero su vida interna

se transformaba de un modo inquietante. Iban perdiéndose la dulzura

monótona y la confianza algo grosera con que se trataban todos

siempre.

«Gualicho», el terrible demonio de la Pampa expulsado al mismo tiempo

que los indígenas, había vuelto á estas tierras que fueron suyas,

reconquistándolas. Robledo se acordó de cómo los indios solían

combatir á dicho genio del mal apenas iban notando su presencia entre

ellos.

Cuando sus expediciones para robar ganado ó sorprender á las tribus

vecinas empezaban á fracasar; cuando iban en aumento las enfermedades

en sus tolderías y las amenazas de hambre, todos los jinetes se

armaban y salían al campo para vencer al maldito Gualicho. Esgrimían

contra el enemigo invisible sus lanzas y sus mazas llamadas «macanas»,

arrojaban sus boleadoras, correas terminadas por dos esferas de piedra

que volteaban en el aire para envolver al adversario, acompañaban con

aullidos sus botes, tajos y estocadas, y las mujeres y los

pequeñuelos, marchando á pie, se unían á esta ofensiva general dando

palos y puñetazos al aire. Alguno de sus innumerables golpes había de

tocar forzosamente al mal espíritu, obligándolo á huir; y cuando, al

fin, caían todos en tierra extenuados, la tranquilidad volvía á ellos,

convencidos de que el enemigo estaba ya lejos de su campamento.

El español creía notar ahora en la Presa la presencia de Gualicho, el

diablo pampero, maligno y enredador. Empujaba á los hombres unos

contra otros. Todos se miraban con hostilidad, como si se viesen

diferentes á como eran antes... ¿Tendría, al fin, que juntarse el

pueblo en masa para ahuyentar á golpes al oculto enemigo?...

Iba pensando en esto, cuando su caballo se estremeció, deteniéndose

con tal brusquedad que casi le hizo salir disparado por encima de sus

orejas. En el mismo instante sonaron varios tiros de revólver y vió

cómo saltaban hechos pedazos los vidrios de las ventanas y de las dos

puertas del boliche.

Surgieron por estas aberturas, lo mismo que proyectiles, botellas,

vasos, y hasta un cráneo de caballo. A continuación aparecieron

algunos gauchos amigos de Manos Duras, que marchaban de espaldas

disparando sus revólveres. Varios trabajadores del pueblo salieron á

su vez del establecimiento, atacándolos igualmente á tiros. Otros que

ya habían agotado sus cartuchos avanzaban cuchillo en mano.

Cayó un herido y empezó á arrastrarse por el polvo. Luego el ingeniero

vió desplomarse á otro hombre. González apareció en mangas de camisa,

como siempre, con dos elásticos sobre los bíceps. Elevaba los brazos,

profiriendo súplicas, voces de mando y maldiciones, todo mezclado. Las

mestizas anexas al boliche, que completaban la venta del alcohol con

el ofrecimiento de sus gracias, salieron también, asustadas y dando

gritos, para huir hacia los extremos de la calle.

Robledo sacó su revólver, y espoleando á su caballo se fué metiendo

entre los contendientes, apuntando á unos y á otros, al mismo tiempo

que gritaba, exigiendo orden. Ayudado por los vecinos que iban

llegando, muchos de ellos con rifles, pudo restablecer una paz

momentánea. Huyeron los gauchos, perseguidos por los obreros del

dique, y acudieron las mujeres, lo mismo las danzarinas del

establecimiento que las pertenecientes á las familias del pueblo, para

rodear á los dos heridos y levantarlos.

González, que protestaba á gritos, sin que nadie le escuchase, hizo un

gesto de alegría al reconocer á Robledo, como si éste pudiera

arreglarlo todo.

--Son los amigos de Manos Duras--dijo--, que vienen á armar bochinche

porque á ese gaucho malo le quitan el suministro de la carne y le

impiden hacer otros negocios. Como mañana teníamos carreras de

caballos, Manos Duras me ha querido perjudicar, provocando esta

batalla. Parece como que el demonio ande suelto ahora, don Manuel.

¡Tan en paz que vivíamos antes!...

Sudoroso y emocionado aún por el combate, siguió balbuciendo

explicaciones. Reconocía que los chilenos provocaban peleas algunas

veces; pero era de tarde en tarde y á consecuencia de excesos en la

bebida. Ahora no había que imputarles ninguna responsabilidad. ¡Pobres

_rotos_!... Eran los del país los que habían procedido insolentemente,

como si obedeciesen una orden, provocando á los trabajadores para

perturbar la tranquilidad del pueblo.

--Y esto va á durar, don Manuel; conozco á Manos Duras. Si quisiera

dinero, habría venido á pedírmelo, y no sería la primera vez... Pero

debe haber de por medio algo que no adivino, y que le hace buscar el

escándalo, sea como sea.

Acababan de ser recogidos los heridos, y la gente los metía en el

boliche. Un hombre á caballo salió en busca del médico de Fuerte

Sarmiento, que sólo visitaba la Presa dos veces por semana. Varias

mujeres corrieron para traer antes á cierto peón siciliano que gozaba

fama de gran curandero. Los curiosos entraban en el almacén para

enterarse de la gravedad de las heridas. En medio de la calle, unas

comadres hablaban á gritos contra Manos Duras y sus camaradas.

Robledo volvió á emprender la marcha hacia su casa, con aire

pensativo. González tenía razón: el demonio andaba suelto. Alguien

había trastornado profundamente la vida de la Presa.

Al otro día notó también un gran cambio en los grupos que trabajaban

junto al río. Los obreros dependientes del contratista estaban

sentados en el suelo, fumando ó dormitando. Algunos de origen español

canturreaban, tocando palmas y mirando á lo lejos, como si

contemplasen la patria lejana.

El contramaestre chileno apodado el _Fraile_ iba de un grupo á otro

protestando de esta inercia, pero sólo conseguía que los trabajadores

riesen de él. Uno de los más viejos le contestó insolentemente:

--Tú no esperarás heredar al italiano... ¿por qué tienes, entonces,

más interés que él en obligarnos á trabajar? Hace muchos días que no

viene por aquí.

Otro jornalero más joven añadió, con una risa bestial:

--Anda como un perro detrás de esa gringa hermosota que huele tan bien

y á la que llaman «la marquesa». Yo también, si pudiera...

Y añadió algunas palabrotas que hicieron reir á muchos con expresión

salvaje de deseo. De pronto, un muchacho, un aprendiz, que estaba

sobre una pequeña altura vigilando los alrededores, lanzó el grito de

alarma:

--¡Un ingeniero!

Inmediatamente todos dieron un salto, buscando sus herramientas, y

empezaron á simular un trabajo ardoroso, mientras el español iba

avanzando entre los grupos al paso lento de su caballo.

Miraban de reojo á Robledo, y según éste se iba alejando, dejaban caer

sus herramientas, sentándose otra vez. Volvió repetidas veces su

cabeza el ingeniero, y se dijo, como el día anterior, que un poder

oculto había trastornado la vida de la colonia. Gualicho andaba

realmente por todas partes, y hasta hacía sentir su influencia fuera

del pueblo, desorganizando el trabajo de los hombres.

Dejó á sus espaldas los numerosos peones de Pirovani, llegando al

lugar donde sus propios obreros abrían los canales.

Estos trabajadores no permanecían en perezoso descanso. Torrebianca

los dirigía y vigilaba, dándoles ejemplo con su actividad. Al ver á

Robledo lo llevó aparte, como si tuviera que comunicarle una mala

noticia.

--El perverso ejemplo de los obreros del dique empieza á perturbar á

los demás. Nuestra gente quiere menos horas de trabajo, como los

otros... No comprendo en qué piensa ese pobre Pirovani. Tiene

completamente abandonadas sus obras.

Le miró fijamente Robledo, guardando silencio, mientras Torrebianca

continuaba dándole noticias.

--Anoche me dijo Moreno que Pirovani y Canterac empiezan á hacerse la

guerra. El uno se resiste á aprobar como ingeniero los trabajos que

hace el otro como contratista. Desea perjudicarle, retardando de este

modo los pagos del gobierno... Pirovani dice que suspenderá las obras

y se irá á Buenos Aires, donde tiene muchos amigos, á quejarse del

ingeniero.

Estas palabras hicieron salir al español de su indiferencia

silenciosa.

--Y mientras discuten--dijo con ira--llegará el invierno, crecerá el

río antes de que el dique esté terminado, las aguas destruirán y

arrastrarán el trabajo de varios años, y todo habrá que volverlo á

empezar.

El marqués, que parecía pensativo, exclamó de pronto:

--¡Esos dos hombres eran antes tan amigos!... Algo, indudablemente,

debe haberse interpuesto entre ellos...

Robledo hizo un esfuerzo para que sus ojos no transparentasen lástima

ni asombro, y movió la cabeza afirmativamente.

* * * * *

#XI#

Poco después de la salida del sol abandonó Moreno su casa, por haberle

llamado Canterac urgentemente.

Al entrar en el alojamiento del ingeniero encontró á éste paseando con

impaciencia. Se había puesto ya las botas altas y el pantalón de

montar. Un cinturón con revólver y su blusa estaban sobre una silla.

Con las mangas de la camisa recogidas y la pechera abierta, mostraba

aún las frescas señales de su ablución matinal. Su rostro era más duro

y autoritario que otros días. Una idea tenaz y molesta parecía colgar

de su fruncido entrecejo. Sobre los muebles y en los rincones había

numerosos paquetes envueltos en papel fino, atados y sellados

elegantemente.

Se adivinaba que el ingeniero había dormido mal, por culpa de aquella

idea que deseaba exponer á Moreno. Éste tomó asiento, preparándose á

oir. Canterac se mantuvo de pie para seguir paseando, y dijo al

oficinista:

-Ese Pirovani, á pesar de su ordinariez, me vence siempre. ¡Como es

rico!...

Luego señaló los numerosos paquetes que ocupaban una parte de la

habitación.

--Ahí tiene todos los perfumes que encargamos á Buenos Aires ¡Compra

inútil! Los del italiano llegaron antes.

Moreno se apresuró á disculparse. Había hecho lo necesario para que el

encargo viniese con rapidez; pero el otro, en vez de hacer el pedido

por carta, enviaba un mensajero á la capital.

Canterac quiso mostrarse bondadoso y aceptó las excusas del

oficinista, dándole unas palmaditas en la espalda.

--No he podido dormir en toda la noche, querido Moreno. Tengo un

proyecto y quiero consultarlo con usted. Necesito aplastar á ese

intrigante que se atreve á medirse conmigo... Aquí todos se consideran

iguales, como si se hubiesen suprimido en el mundo las jerarquías.

Hasta es posible que ese contratista se crea superior á mí, que soy su

jefe; todo porque tiene más plata.

Sonrió Canterac con una expresión cruel, y siguió hablando.

--Yo haré que tenga menos. Hasta ahora le había tolerado ciertas cosas

al aprobar sus obras. En adelante perderá muchos miles de pesos y se

verá obligado á rescindir su contrato, yéndose de aquí.

Luego se aproximó á Moreno para hablar en voz baja, como si temiese

ser oído.

--Quiero hacer algo extraordinario, algo que ese emigrante sin

educación no pueda discurrir. Anoche lo he pensado. En el primer

momento creí que era un disparate, pero después de reflexionar largas

horas reconozco que es algo original y digno de realizarse, si resulta

posible... Pirovani ha ofrecido una casa á la marquesa. Yo la ofreceré

un parque... un parque que haré surgir en pleno desierto patagónico.

¿Qué le parece mi idea, amigo Moreno?

El oficinista le escuchaba con interés y asombro, pero no supo qué

contestar. Necesitaba más explicaciones, y el otro siguió hablando.

--En ese parque daré una fiesta, una _garden-party_, en honor de

nuestra amiga la marquesa, y hasta me proporcionaré la venganza de

invitar á ese rústico enriquecido, para que se muera de envidia. Usted

me hará el favor de dirigirlo todo. Aquí tiene las instrucciones; las

escribí anoche, aprovechando mi falta de sueño.

Tomó el argentino el papel que le ofrecía Canterac, y luego de leerlo

miró al ingeniero con extrañeza, como si dudase de su razón.

--Comprendo su asombro... Resultará caro, lo sé; pero no importa.

Gaste sin miedo. Acabo de cobrar unos cuantos miles de pesos que

pensaba remitir á París. Prefiero asombrar á la marquesa con mi

parque. Ya ganaré otra plata más adelante: tengo confianza en el

porvenir.

Y dijo esto de buena fe, con el dulce optimismo de los que se sienten

enamorados.

Al día siguiente era domingo, y Watson fué por la mañana á la antigua

casa de Pirovani para ver á Torrebianca. Necesitaba hablarle de un

asunto relacionado con los trabajos de los canales. Robledo se había

marchado dos días antes á Buenos Aires para pedir á los Bancos un

nuevo crédito que le permitiese continuar sus obras, y también para

vender ciertos terrenos que poseía en la Pampa central.

Subió el joven con cierta inquietud la escalinata de madera, después

de mirar disimuladamente á las ventanas. Llamó á la puerta con recato,

como si no quisiera ser oído por todos los habitantes de la casa, y

sonrió al ver que era Sebastiana la que salía á abrirle.

--El señor no está: se fué con don Canterac á Fuerte Sarmiento esta

mañana. ¿Y don Robledo, está bueno?...

La mestiza, como muchas gentes del país, aplicaba el don

indistintamente á los nombres y los apellidos.

Iba Watson á retirarse, cuando se levantó un portier del recibimiento,

dejando visible una mano blanca rematada por una pulsera de reloj.

Esta mano le hacía señas cual si pretendiese atraerlo. Después

apareció Elena por entero, invitándole con palabras y sonrisas á pasar

adelante. Cohibido por su presencia, no tuvo fuerzas Ricardo para

negarse, y la siguió al salón, bajando los ojos al tomar asiento.

--Al fin le veo en mi casa... Debo serle muy antipática, pues nunca

quiere visitarme.

Watson se excusó. Había estado dos veces por la noche en compañía de

Robledo. No podía asistir diariamente á su tertulia, como los otros

visitantes: se levantaba más pronto que todos ellos. Por ser de menos

edad que su asociado, debía encargarse de los trabajos más penosos.

Ella fingió no escuchar estas explicaciones que desviaban el curso de

la conversación. Quería decir algo y necesitaba decirlo cuanto antes.

--Tal vez le han hablado mal de mí. No se esfuerce en negarlo: nada

tiene de raro que me traten de ese modo... ¡Las mujeres estamos tan

expuestas á la calumnia!... ¡Nos creamos tantos enemigos al no querer

acceder á ciertos deseos!

Elena había tomado un tono de dulce ingenuidad al formular sus quejas,

como si estuviese bajo el peso de las más injustas persecuciones. Se

aproximó á Ricardo, hablándole sin ningún recato femenil, como si

fuese un compañero de su infancia; y el joven empezó á sentir la

turbación que esparce el perfume de una carne sana y bien cuidada, la

proximidad de una mujer hermosa.

--Soy muy infeliz, Watson--siguió diciendo--. Deseaba una ocasión

oportuna para manifestárselo, y aprovecho este raro momento en que

podemos hablar á solas y tal vez no volverá á repetirse nunca... Me ve

usted rodeada de hombres que me hacen la corte y yo parece que

coqueteo con ellos. ¡Error!... Es únicamente por aturdirme, por

olvidar el vacío de mi vida. Hace años que me siento sola, como si no

existiese en el mundo otro ser que yo.

Ricardo había olvidado su inquietud de momentos antes, para escucharla

con un interés crédulo, aceptando todas sus palabras.

--Pero ¿y su marido?...

Una lucecita irónica pareció temblar en los ojos de ella al oir esta

pregunta inocente. Pero contuvo su burlona admiración, para contestar

con tristeza:

--No hablemos de él. Es un hombre buenísimo, pero no el esposo que

necesita una mujer como yo. Nunca ha sabido comprenderme. Además, es

un débil en la batalla de la vida; y yo, que he nacido para altos

destinos, estoy donde estoy por su falta de condiciones, habiendo

venido á parar á una tierra casi salvaje.

Miró intensamente á Ricardo, que bajaba los ojos, no sabiendo qué

decir, y añadió con expresión pensativa:

--Crea usted que un hombre joven y enérgico hubiera ido muy lejos

teniendo á su lado una mujer como yo.

Sorprendido Watson por estas palabras, levantó su mirada, pero volvió

á fijarla en sus pies, cual si temiera seguir viendo los ojos de ella.

Sonrió Elena levemente de su temor, al mismo tiempo que susurraba con

una vocecita melancólica:

--La vida es así; se fijan en nosotras los hombres que no deseamos, y

en cambio aquellos que nos interesan huyen casi siempre.

Al oir esto volvió el joven á levantar su cabeza, mirándola sin miedo

alguno, con una expresión interrogante... ¿Qué es lo que intentaba

decir aquella mujer?

Él no conocía la vida directamente; además, como hombre de acción,

amaba poco la lectura, y le había sido imposible adivinar la

existencia á través de los libros; pero guardaba en el fondo de su

memoria ciertos recuerdos de novelas simplistas é ingenuas, abundantes

en aventuras, leídas para combatir el aburrimiento durante los viajes

en ferrocarril ó las travesías marítimas. También llevaba vistas un

centenar de historias cinematográficas, y lo mismo en las páginas de

los libros que sobre las pantallas de los cinemas había conocido el

tipo de la «mujer fatal», la mujer hermosa de cuerpo y enrevesada y

maligna de espíritu, que tienta á los hombres, consiguiendo hacerlos

salir del camino del honor, y acaba perturbando la felicidad tranquila

y dulcemente monótona que debe proporcionarse todo joven, casándose y

formando una familia. ¿Si sería esta marquesa su mujer fatal? Robledo

no mostraba mucha simpatía por ella...

La Tierra de Todos · 第 11 / 22 段