Fontenoy permanecía impasible ó sonreía distraídamente durante los
breves momentos que Elena empleaba en descansar.
Volvió á acordarse Robledo de la expresión de lejanía que había
observado en todos los que tienen un pagaré de vencimiento próximo.
Pero este recuerdo pasó rápidamente por su memoria.
Miró con más atención al banquero, y se dió cuenta de que ya no
pensaba en cosas invisibles. La insistencia de Elena en bailar con el
mismo jovenzuelo había acabado por imprimir en su rostro un gesto de
descontento igual al que mostraba Torrebianca.
Siempre que pasaba ella en brazos de su danzarín, sonreía á Fontenoy
con cierta malicia, como si gozase viendo su cara de disgusto.
El español miró á un lado de la mesa, luego miró al lado opuesto, y
pensó:
«Cualquiera diría que estoy entre dos maridos celosos.»
* * * * *
#III#
En uno de los tés de la marquesa de Torrebianca conoció Robledo á la
condesa Titonius, dama rusa, casada con un noble escandinavo, el cual
parecía absorbido por su cónyuge, hasta el punto de que nadie reparase
en su persona.
Era una mujer entre los cuarenta años y los cincuenta, que todavía
guardaba vestigios algo borrosos de una belleza ya remota. Su obesidad
desbordante, blanca y flácida tenía por remate una cabecita de muñeca
sentimental; y como gustaba de escribir versos amorosos, apresurándose
á recitarlos en el curso de las conversaciones, sus enemigas la habían
apodado «Cien kilos de poesía».
Se presentaba en plena tarde audazmente escotada, para lucir con
orgullo sus albas y gelatinosas superfluidades. Usaba joyas
gigantescas y bárbaras, en armonía con una peluca rubia á la que iba
añadiendo todos los meses nuevos rizos.
Entre estas alhajas escandalosamente falsas, la única que merecía
cierto respeto era un collar de perlas, que, al sentarse su dueña,
venía á descansar sobre el globo de su vientre. Estas perlas
irregulares, angulosas y con raíces se parecían á los dientes de
animal que emplean algunos pueblos salvajes para fabricarse adornos.
Los maldicientes aseguraban que eran recuerdos de amantes de su
juventud, á los que la condesa había arrancado las muelas, no
quedándole otra cosa que sacar de ellos. Su sentimentalismo y la
libertad con que hablaba del amor justificaban tales murmuraciones.
Al saber por su amiga Elena que Robledo era un millonario de América,
lo miró con apasionado interés. Hablaron, con una taza de té en la
mano, ó más bien dicho, fué ella la que habló, mientras el ingeniero
buscaba mentalmente un pretexto para escapar.
--Usted que ha viajado tanto y es un héroe, ilústreme con su
experiencia... ¿Qué opina usted del amor?
Pero la poetisa, á pesar de sus ojeadas tiernas y miopes, vió que
Robledo huía murmurando excusas, como si le asustase una conversación
iniciada con tal pregunta.
Elena le rogó semanas después que asistiese á una fiesta dada por la
condesa.
--Son reuniones muy originales. La dueña de la casa invita á una
bohemia inquietante para que aplauda sus versos, y la mezcla con
gentes distinguidas que conoció en los salones. Algunos extranjeros
van de buena fe, creyendo encontrar autores célebres, y sólo conocen
fracasados viejos y ácidos. También protege á ciertos jóvenes que se
presentan con solemnidad, convencidos de una gloria que sólo existe
entre sus camaradas ó en las páginas de alguna revistilla que nadie
lee... Debe usted ver eso. Difícilmente encontrará en París una casa
semejante. Además, he prometido á la pobre condesa que asistirá usted
á su fiesta, y me enfadaré si no me obedece.
Por no disgustarla, se dirigió Robledo á las diez de la noche á la
avenida Kleber, donde vivía la condesa, después de haber comido con
varios compatriotas en un restorán de los bulevares.
Dos servidores alquilados para la fiesta se ocupaban en recoger los
abrigos de los invitados. Apenas entró el ingeniero en el
recibimiento, se dió cuenta de la mezcolanza social descrita por
Elena. Llegaban parejas de aspecto distinguido, acostumbradas á la
vida de los salones, vestidas con elegancia, y revueltas con ellas vió
pasar á varios jóvenes de abundosa cabellera, que llevaban frac lo
mismo que los otros invitados, pero se despojaban de paletós raídos ó
con los forros rotos. Sorprendió la mirada irónica de los dos
servidores al colgar algunos de estos gabanes, así como ciertos
abrigos de pieles con grandes calvas, pertenecientes á señoras que
ostentaban extravagantes tocados.
Un viejo con melenas de un blanco sucio y gran chambergo, que tenía
aspecto de poeta tal como se lo imagina el vulgo, se despojó de un
gabancito veraniego y dos bufandas de lana arrolladas á su cuerpo para
suplir la falta de abrigo. Retiró la pipa de su boca, golpeando con
ella la suela de uno de sus zapatos, y la metió luego en un bolsillo
del gabán, recomendando á los criados que lo guardasen cuidadosamente,
como si fuese prenda de gran valor.
El abrigo de pieles que llevaba Robledo atrajo el respeto de los dos
servidores. Uno de ellos le ayudó á despojarse de él, conservándolo
sobre sus brazos.
--Puede usted admirarlo; le doy permiso--dijo el ingeniero--. Lo
compré hace pocos días. Una rica pieza, ¿eh?...
Pero el criado, sin hacer caso de su tono burlón, contestó:
--Lo pondré aparte. Temo que á la salida se equivoque alguno y se lo
lleve, dejando el suyo al señor.
Y guiñó un ojo, señalando al mismo tiempo los gabanes de aspecto
lamentable amontonados en la antesala.
La noble poetisa mostró un entusiasmo ruidoso al verle en sus salones.
Apartando á los otros invitados, salió á su encuentro y le estrechó
ambas manos á la vez. Luego, apoyada en su brazo, lo fué llevando
entre los grupos para hacer la presentación. Le acariciaba con los
ojos, como si fuese el principal atractivo de su fiesta; parecía
sentir orgullo al mostrarlo á sus amigas. Con razón el día anterior le
había dicho, burlándose, Elena: «¡Mucho ojo, Robledo! La condesa está
locamente enamorada de usted, y la creo capaz de raptarle.»
Expresaba la poetisa su entusiasmo con una avalancha de palabras al
hacer la presentación del ingeniero.
--Un héroe; un superhombre del desierto, que allá en las pampas de la
Argentina ha matado leones, tigres y elefantes.
Robledo puso cara de espanto al oir tales disparates, pero la condesa
no estaba para reparar en escrúpulos geográficos.
--Cuando me haya contado todas sus hazañas--continuó--, escribiré un
poema épico, de carácter moderno, relatando en verso las aventuras de
su vida. A mí, los hombres sólo me interesan cuando son héroes...
Y otra vez Robledo puso cara de asombro.
Como la condesa no veía ya cerca de ella más invitados á quienes
presentar su héroe, lo condujo á un gabinete completamente solitario,
sin duda á causa de los olores que á través de un cortinaje llegaban
de la cocina, demasiado próxima.
Ocupó un sillón amplio como un trono, é invitó á sentarse á Robledo.
Pero cuando éste buscaba una silla, la Titonius le indicó un taburete
junto á sus pies.
--Así lograremos que sea mayor nuestra intimidad. Parecerá usted un
paje antiguo prosternado ante su dama.
No podía ocultar Robledo el asombro que le causaban estas palabras,
pero acabó por colocarse tal como ella quería, aunque el asiento le
resultase molesto, á causa de su corpulencia.
Copiaba la Titonius los gestos pueriles y el habla ceceante de su
amiga; pero estas imitaciones infantiles resultaban en ella
extremadamente grotescas.
--Ahora que estamos solos--dijo--, espero que hablará usted con más
libertad, y vuelvo á hacerle la misma pregunta del otro día: ¿Qué
opina usted del amor?
Quedó sorprendido Robledo, y al final balbuceó:
--¡Oh, el amor!... Es una enfermedad... eso es: una enfermedad de la
que vienen ocupándose las gentes hace miles de años, sin saber en qué
consiste.
La condesa se había aproximado mucho á él, á causa de su miopía,
prescindiendo del auxilio de unos impertinentes de concha que guardaba
en su diestra. Inclinándose sobre el emballenado hemisferio de su
vientre, casi juntaba su cara con la del hombre sentado á sus pies.
--¿Y cree usted--prosiguió--que un alma superior y mal comprendida,
como la mía, podrá encontrar alguna vez el alma hermana que le
complete?...
Robledo, que había recobrado su tranquilidad, dijo gravemente:
--Estoy seguro de ello... Pero todavía es usted joven y tiene tiempo
para esperar.
Tal fué su arrobamiento al oir esta respuesta, que acabó por acariciar
el rostro de su acompañante con los lentes que tenía en una mano.
--¡Oh, la galantería española!... Pero separémonos; guardemos nuestro
secreto ante un mundo que no puede comprendernos. Leo en sus ojos el
deseo ardiente... ¡conténgase ahora! Yo procuraré que nuestras almas
vuelvan á encontrarse con más intimidad. En este momento es
imposible... Los deberes sociales... las obligaciones de una dueña de
casa...
Y después de levantarse del sillón-trono con toda la pesadez de su
volumen, se alejó imitando la ligereza de una niña, no sin enviar
antes á Robledo un beso mudo con la punta de sus lentes.
Desconcertado por esta agresividad pasional, y ofendido al mismo
tiempo porque creía verse en una situación grotesca, el ingeniero
abandonó igualmente el solitario gabinete.
Al volver á los salones iba tan ofuscado, que casi derribó á un señor
de reducida estatura, y éste, á pesar del golpe recibido, hizo una
reverencia murmurando excusas. Le vió después yendo de un lado á otro,
tímido y humilde, vigilando á los servidores con unos ojos que
parecían pedirles perdón, y cuidándose de volver á su sitio los
muebles puestos en desorden por los invitados. Apenas le hablaba
alguien, se apresuraba á contestar con grandes muestras de respeto,
huyendo inmediatamente.
La Titonius tenía en torno á ella un círculo de hombres, que eran en
su mayor parte los jóvenes de aspecto «artista» vistos por Robledo en
la antesala. Muchas señoras se burlaban francamente de la condesa,
partiendo de sus grupos irónicas miradas hacia su persona. El viejo
que había dejado sus bufandas y su pipa en el guardarropa dió varias
palmadas, siseó para imponer silencio, y dijo luego con solemnidad:
--La asistencia reclama que nuestra bella musa recite algunos de sus
versos incomparables.
Muchos aplaudieron, apoyando esta petición con gritos de entusiasmo.
Pero la masa se mostró displicente y empezó á moverse en su asiento
haciendo signos negativos. Al mismo tiempo dijo con voz débil, como si
acabase de sentir una repentina enfermedad:
--No puedo, amigos míos... Esta noche me es imposible... Otro día, tal
vez...
Volvió á insistir el grupo de admiradores, y la condesa repitió sus
protestas con un desaliento cada vez más doloroso, como si fuese á
morir.
Al fin, los invitados la dejaron en paz, para ocuparse en cosas más de
su gusto. Los grupos volvieron sus espaldas á la poetisa, olvidándola.
Un músico joven, afeitado y con largas guedejas, que pretendía imitar
la fealdad «genial» de algunos compositores célebres, se sentó al
piano é hizo correr sus dedos sobre las teclas. Dos muchachas
acudieron con aire suplicante, poniendo sus manos sobre las del
pianista. Oirían después con mucho gusto sus obras sublimes; pero por
el momento debía mostrarse bondadoso y al nivel del vulgo, tocando
algo para bailar. Se contentaban con un vals, si es que sus
convicciones artísticas le impedían descender hasta las danzas
americanas.
Varias parejas empezaron á girar en el centro del salón, y cuando iba
aumentando su número y no quedaba quien se acordase de la condesa,
ésta miró á un lado y á otro con asombro y se puso en pie:
--Ya que me piden versos con tanta insistencia, accederé al deseo
general. Voy á decir un pequeño poema.
Tales palabras esparcieron la consternación. El pianista, por no
haberlas oído, continuó tocando; pero tuvo que detenerse, pues el
señor humilde y anónimo que iba de un lado á otro como un doméstico se
acercó á él, tomándole las manos. Al cesar la música, las parejas
quedaron inmóviles; y, finalmente, con una expresión aburrida,
volvieron á sus asientos. La condesa empezó á recitar. Algunos
invitados la oían con tina atención dolorosa ó una inmovilidad
estúpida, pensando indudablemente en cosas remotas. Otros parpadeaban,
haciendo esfuerzos para repeler el sueño que corría hacia ellos
montado en el sonsonete de las rimas.
Dos señoras ya entradas en años y de aspecto maligno fingían gran
interés por conocer los versos, y hasta se llevaban de vez en cuando
una mano á la oreja para oir mejor. Pero al mismo tiempo las dos
seguían conversando detrás de sus abanicos. En ciertos momentos
dejaban éstos sobre sus rodillas para aplaudir y gritar: «¡Bravo!»;
pero volvían á recobrarlos y los desplegaban, riendo de la dueña de la
casa bajo el amparo de su tela.
Robledo estaba detrás de ellas, apoyado en el quicio de una puerta y
medio oculto por el cortinaje. Como la condesa declamaba con
vehemencia, las dos señoras se veían obligadas á elevar un poco el
tono de su voz, y el ingeniero, que era de oído sutil, pudo enterarse
de lo que decían.
--Sería preferible--murmuraba una de ellas--que en vez de regalarnos
con versos, preparase un _buffet_ mejor para sus invitados.
La otra protestó. En casa de la Titonius, la mesa era más peligrosa
cuanto más abundante. Se necesitaba un valor heroico para aceptar la
invitación á sus comidas, que ella misma preparaba.
--A los postres hay que pedir por teléfono un médico, y alguna vez
será preciso avisar á la Agencia de pompas fúnebres.
Entre risas sofocadas, recordaban la historia de la dueña de la casa.
Había sido rica en otros tiempos; unos decían que por sus padres;
otros, que por sus amantes.
Para llegar á condesa se había casado con el conde Titonius, personaje
arruinado é insignificante, que consideró preferible esta humillación
á pegarse un tiro. Ocupaba en la casa una situación inferior á la de
los domésticos. Cuando la condesa tenía excitados los nervios por la
infidelidad de alguno de sus jóvenes admiradores arrojaba escaleras
abajo las camisas y calzoncillos del conde, ordenándole como una reina
ofendida que desapareciese para siempre. Pero pasada una semana, al
organizar la poetisa una nueva fiesta, reaparecía el desterrado,
siempre humilde y melancólico, encogiéndose como si temiese ocupar
demasiado espacio en los salones de su mujer.
--Yo no sé--continuó una de las murmuradoras--para qué da estas
fiestas estando arruinada. Fíjese en la mesa que nos ofrecerá luego.
Los grandes pasteles y las frutas ricas que adornan el centro son
alquiladas por una noche, lo mismo que sus domésticos. Todos lo saben,
y nadie se atreve á tocar esas cosas apetecibles por miedo á su
enfado. La gente se limita al té y las galletas, fingiéndose
desganada.
Cesaron en sus murmuraciones para aplaudir á la poetisa, y ésta,
enardecida por el éxito, empezó á declamar nuevos versos.
Como á Robledo no le interesaba la maligna conversación de las dos
señoras, y menos aún el talento poético de la dueña de la casa,
aprovechó un momento en que ésta le volvía la espalda para saludar á
sus admiradores, y pasó al gabinete donde había estado antes.
El mismo señor humilde y obsequioso con el que se había tropezado
repetidas veces estaba ahora medio tendido en un diván y fumando, como
un trabajador que al fin puede descansar unos minutos. Se entretenía
en seguir con los ojos las espirales del humo de su cigarrillo; pero
al ver que un invitado acababa de sentarse cerca de él, creyó
necesario sonreirle, preguntando á continuación:
--¿Se aburre usted mucho?...
El español le miró fijamente antes de responder:
--¿Y usted?...
Contestó con un movimiento de cabeza afirmativo, y Robledo hizo un
gesto de invitación que pretendía decirle: «¿Quiere usted que nos
vayamos?...» Pero los ojos melancólicos del desconocido parecieron
contestar: «Si yo pudiese marcharme... ¡qué felicidad!»
--¿Es usted de la casa?--preguntó al fin Robledo.
Y el otro, abriendo los brazos con una expresión de desaliento, dijo:
--Soy su dueño; soy el marido de la condesa Titonius.
Después de tal revelación, creyó oportuno Robledo abandonar su
asiento, guardándose el cigarro que iba á encender.
Al volver á los salones vió que todos aplaudían ruidosamente á la
poetisa, convencidos de que por el momento había renunciado á decir
más versos. Estrechaba efusivamente las manos tendidas hacia ella, y
luego se limpiaba el sudor de su frente, diciendo con voz lánguida:
--Voy á morir. La emoción... la fiebre del arte... Me han matado
ustedes al obligarme con sus ruegos insistentes á recitar mis versos.
Miró á un lado y á otro como si buscase á Robledo, y al descubrirle,
fué hacia él.
--Déme su brazo, héroe, y pasemos al _buffet_.
La mayor parte del público no pudo ocultar su regocijo al ver que se
abría la puerta de la habitación donde estaba instalada la mesa.
Muchos corrieron, atropellando á los demás, para entrar los primeros.
La Titonius, apoyada en un brazo del ingeniero, le miraba de muy
cerca con ojos de pasión.
--¿Se ha fijado en mi poema _La aurora sonrosada del amor_!...
¿Adivina usted en quién pensaba yo al recitar estos versos?
Él volvió el rostro para evitar sus miradas ardientes, y al mismo
tiempo porque temía dar libre curso á la risa que le cosquilleaba el
pecho.
--No he adivinado nada, condesa. Los que vivimos allá en el desierto,
¡nos criamos tan brutos!
Agolpáronse los invitados en torno á la mesa, admirando los grandes
platos que ocupaban su centro, como algo imposible de conquistar. Eran
magníficos pasteles y pirámides de frutas enormes, que se destacaban
majestuosos sobre otras cosas de menos importancia.
Los dos criados que estaban antes en el recibimiento y un _maître
d'hôtel_ con cadena de plata y patillas de diplomático viejo parecían
defender el tesoro del centro de la mesa, dignándose entregar
únicamente lo que estaba en los bordes de ella. Servían tazas de té,
de chocolate, ó copas de licor; y en cuanto á comestibles, sólo
avanzaban los platos de emparedados y galletas.
El viejo de las bufandas, al que llamaba la condesa _cher maître_, se
cansó sin éxito dirigiendo peticiones á un criado que no quería
entenderle. Avanzaba un plato vacío para obtener un pedazo de pastel ó
una de las frutas, señalando ansiosamente el objeto de sus deseos.
Pero el doméstico le miraba con asombro, como si le propusiese algo
indecente, acabando por volver la espalda, luego de depositar en su
plato una galleta ó un emparedado.
Robledo quedó junto á la mesa, cerca de aquellas materias preciosas y
alquiladas defendidas por la servidumbre. La condesa abandonó su brazo
para contestar á los que la felicitaban. Satisfecho de que la poetisa
le dejase en paz por unos instantes, fué examinando la mesa, con un
plato y un cuchillito en las manos. Como el _maître d'hôtel_ y sus
acólitos estaban ocupados en atender al público, pudo avanzar entre
aquella y la pared, y cortó tranquilamente un pedazo del pastel más
majestuoso. Aún tuvo tiempo para tomar igualmente una de las frutas
vistosas, partiéndola y mondándola. Pero cuando iba á comerla, la
dueña de la casa, libre momentáneamente de sus admiradores, pudo
volver hacia él su rostro amoroso, y lo primero que vió fué el enorme
pastel empezado y la fruta despedazada sobre el platillo que el héroe
tenía en una mano.
Su fisonomía fué reflejando las distintas fases de una gran revolución
interior. Primeramente mostró asombro, como si presenciase un hecho
inaudito que trastornaba todas las reglas consagradas; luego,
indignación; y, finalmente, rencor. Al día siguiente tendría que pagar
este destrozo estúpido... ¡Y ella que se imaginaba haber encontrado un
alma de héroe, digna de la suya!...
Abandonó á Robledo, y fué al encuentro del pianista, que rondaba la
mesa, pasando de un criado á otro para repetir sus peticiones de
emparedados y de copas.
--Déme su brazo... Beethoven.
Al deslizarse entre dos grupos, dijo, mostrando al músico:
--Voy á escribir cualquier día un libreto de ópera para él, y entonces
la gente se verá obligada á hablar menos de Wágner.
Se lo llevó al gran salón, que estaba ahora desierto, y le hizo
sentarse al piano, empezando á recitar á toda voz, con acompañamiento
de arpegios. Pero las gentes no podían despegarse de la atracción de
la mesa, y permanecieron sordas á los versos de la dueña de la casa,
aunque fuesen ahora servidos con música.
Los invitados de más distinción formaban grupo aparte en la plaza
donde estaba instalado el _buffet_, manteniéndose lejos de las otras
gentes reclutadas por la noble poetisa. Robledo vió en este grupo á
los marqueses de Torrebianca, que acababan de llegar con gran retraso,
por haber estado en otra fiesta. Elena hablaba con aire distraído,
pronunciando palabras faltas de ilación, como si su pensamiento
estuviese lejos de allí. Adivinando el ingeniero que la molestaba con
su charla, fué en busca de Federico, pero éste tampoco se fijó en su
persona, por hallarse muy interesado en describir á un señor los
importantes negocios que su amigo Fontenoy iba realizando en diversos
lugares de la tierra.
Aburrido, y no dándose cuenta aún de la causa del abandono en que le
dejaba la dueña de la casa, se instaló en un sillón, é inmediatamente
oyó que hablaban á sus espaldas. No eran las dos señoras de poco
antes. Un hombre y una mujer sentados en un diván murmuraban lo mismo
que la otra pareja maldiciente, como si todos en aquella fiesta no
pudieran hacer otra cosa apenas formaban grupo aparte.
La mujer nombró á la esposa de Torrebianca, diciendo luego á su
acompañante:
--Fíjese en sus joyas magníficas. Bien se conoce que á ella y al
marido les ha costado poco trabajo el adquirirlas. Todos saben que las
pagó un banquero.
El hombre se creía mejor enterado.
--A mí me han dicho que esas joyas son falsas, tan falsas como las de
nuestra poética condesa. Los Torrebianca se han quedado con el dinero
que dió Fontenoy para las verdaderas; ó han vendido las verdaderas,
sustituyéndolas con falsificaciones.
La mujer acogió con un suspiro el nombre de Fontenoy.
--Ese hombre está próximo á la ruina. Todos lo dicen. Hasta hay quien
habla de tribunales y de cárcel... ¡Qué rusa tan voraz!
Sonó una risa incrédula del hombre.
--¿Rusa?... Hay quien la conoció de niña en Viena, cantando sus
primeras romanzas en un _music-hall_. Un señor que perteneció á la
diplomacia afirma por su parte que es española, pero de padre
inglés... Nadie conoce su verdadera nacionalidad; tal vez ni ella
misma.
Robledo abandonó su asiento,. No era digno de él permanecer allí
escuchando silenciosamente tales cosas contra sus amigos. Pero antes
de alejarse sonó á sus espaldas una doble exclamación de asombro.
--¡Ahí llega Fontenoy--dijo la mujer--, el gran protector de los
Torrebianca! ¡Qué extraño verle en esta casa, que nunca quiere
visitar, por miedo á que su dueña le pida luego un préstamo!... Algo
extraordinario debe ocurrir.
El ingeniero reconoció á Fontenoy en el grupo de gente elegante
saludando á los Torrebianca. Sonreía con amabilidad, y Robledo no pudo
notar en su persona nada extraordinario. Hasta había perdido aquel
gesto de preocupación que evocaba la imagen de un pagaré de próximo
vencimiento. Parecía más seguro y tranquilo que otras veces. Lo único
anormal en su exterior era la exagerada amabilidad con que hablaba á
las gentes.
Observándole de lejos, el español pudo ver cómo hacía una leve seña
con los ojos á Elena. Luego, fingiendo indiferencia, se separó del
grupo para aproximarse lentamente al gabinete solitario donde habían
estado al principio Robledo y la condesa.
Tomaba al paso distraídamente las manos que le tendían algunos,
deseosos de entablar conversación. «Encantados de verle...» Y seguía
adelante.
Al pasar junto á Robledo le saludó con la cabeza, haciendo asomar á su
rostro la sonrisa de bondad protectora habitual en él; pero esta
sonrisa se desvaneció inmediatamente.
Los dos hombres habían cruzado sus miradas, y Fontenoy vió de pronto
en los ojos del otro algo que le hizo retirar el antifaz de su
sonrisa. Parecía que hubiese encontrado en las pupilas del español un
reflejo de su propio interior.
Tuvo el presentimiento Robledo de que se acordaría siempre de esta
mirada rápida. Apenas se conocían los dos, y sin embargo hubo en los
ojos de este hombre una expresión de abandono fraternal, como si le
librase toda su alma durante un segundo.