No quise estar más allí; salí decidido a huir para siempre del
vergonzoso arrimo de cómicos y danzantes, de damas intrigantuelas y de
hombres corrompidos y fatuos. Al salir, un vivo deseo de correr a casa
de Inés llenaba mi alma toda. Volé al cuarto piso tomando la pequeña
escalera, y por el camino, en mi precipitada marcha, iba arrojando los
postizos y adornos que me habían servido para la representación. Aquí
dejé las barbas y bigotes, allí las plumas de mi sombrero, más allá la
escarcela, y por último eché a rodar el tahalí y el collar. Me parecían
prendas de ignominia que no debían ir sobre mí al presentarme en la
casa del reposo.
Subí y entré: el padre Celestino me abrió la puerta, y al punto advertí
que sus ojos habían llorado.
--La pobre doña Juana ha muerto hace dos horas --dijo contestando a mis
preguntas.
Esta noticia dio a todo mi ser el frío y la inmovilidad de una estatua.
Sepulcral silencio reinaba en la casa. En el fondo del pasillo vi
la puerta de la sala, cuyo recinto iluminaba una claridad rojiza.
Acerqueme con pasos lentos y conteniendo con la mano el latir de mi
corazón que parecía querer salírseme del pecho. Desde el umbral vi el
cuerpo de la santa mujer vestido de negro, y sobre el mismo lecho en
que había sido abandonado por el alma: sus manos cruzadas en actitud
de orar, sus cerrados ojos y la apacible y tranquila expresión de
su semblante blanco como el mármol, más que el aspecto de la triste
muerte, dábanle la fisonomía propia de un recogimiento meditabundo y de
aquel místico sueño que es en las gentes de exaltada piedad, como un
viaje al cielo para volver.
Junto a ella, y sentada en el suelo, con la cabeza entre las manos
y apoyada en el lecho, estaba Inés. Su llanto tranquilo era el
natural desahogo de un dolor resignado, propio de quien acostumbraba
a relacionar las penas y las alegrías con la voluntad de arriba. No
hizo movimiento alguno para mirarme, ni yo seguramente lo merecía. Una
sola vela de cera, cuya llama puntiaguda y movible señalaba al cielo
con leve oscilación, iluminaba la silenciosa sala; y las imágenes de
vírgenes y santos que había en la pared, como afectadas del fúnebre
cuadro, parecían tener en sus rostros inusitada gravedad.
A pesar de mi aflicción, yo experimentaba ante aquel espectáculo una
especie de alivio moral que me es imposible expresar con palabras.
Aquella tranquilidad que acompañaba a una gran pena, aquella paz de
espíritu que cubría el dolor, como las alas del misterioso ángel
protegen el alma, al salir turbada y temerosa del cuerpo pecador; aquel
silencio de la mujer muerta, que me hacía oír en lo profundo de mi
mente un lejano y celeste coro de triunfante música; el sereno llorar
de la huérfana, cuyo dolor modesto no acusaba a la suerte, ni a la
casualidad, ni a otro alguno de los irrisorios dioses que ha creado
el holgazán entendimiento humano; aquel aspecto de resignación; el
reposo imperturbable que ni aun la muerte había alterado en aquella
mansión de la conciencia pura, de los deberes, de la religión, del
sencillo amor, fueron para mi espíritu como un aura serena, como un
templado y regenerador ambiente que equilibra y uniforma la atmósfera
por tempestades revuelta o agitada por opuestas corrientes. Jamás he
podido comparar con más propiedad mi alma con la imagen de un terso
lago, de igual y no alterada superficie, ni jamás he distinguido con
tanta claridad el lejano fondo. Cual si mi pecho hubiese estado por
largo tiempo privado de fácil respiración, mis pulmones se dilataron y
mi aliento sacaba del corazón un gran peso.
El cura me sacó de tales abstracciones llamándome fuera.
--La pobre Juana --me dijo enjugando una lágrima-- no tuvo tiempo de
ver satisfecho el deseo de toda mi vida.
--¿Pues qué? Usted...
--Sí, hijo mío; poco antes de su muerte recibí este papel en que se me
nombra ecónomo de la iglesia parroquial de Aranjuez. Al fin se me ha
hecho justicia. No me ha cogido de nuevo, y bien te decía yo que había
de ser esta semana. ¿Ves, Gabrielillo? Dios ha acudido oportunamente a
nosotros en esta desgracia. Ya Inés no quedará desamparada, ni tendrá
que pedir auxilio a los parientes de Juana.
--¡Pobre Inés! --exclamé--. A ella consagraré mi vida entera. Viviré
por ella y solo por ella.
--¡Ah! --dijo el clérigo--. Ocurre una cosa singularísima, querido
Gabriel. ¿Sabes que la pobre Juana me ha hecho antes de morir una
revelación que... a ti puedo confiarlo porque casi eres de la familia.
--¿Qué?
--Después que confesó, llamome aparte y me dijo que Inés no es hija
suya... ¡Si vieras qué historia tan singular! Estoy confundido,
absorto. Pues, sí, Inés no es hija suya, sino de una gran señora que...
--¿Qué dice usted? --exclamé con asombro.
--Lo que oyes: la verdadera madre... ya comprenderás que en esto hubo
una de esas secretas aventuras, que deshonran a una noble familia. La
verdadera madre abandonó a esa pobre niña, y... ya te contaré despacio.
--Pero el nombre, el nombre de esa señora es lo que quiero saber.
--Juana iba a revelármelo: su relación la había fatigado mucho, y la
palabra tembló en sus labios ya paralizados por la muerte.
Tal noticia produjo en mí espantosa confusión: volví a la sala y
contemplé a la muerta, casi esperando que sus labios pudieran articular
el deseado nombre.
--¿Es posible, Dios mío --dije dirigiendo mi mente al cielo--, que no
hagas bajar un rayo de vida a este yerto cadáver, para que su fría
lengua se mueva y pronuncie una sola palabra?
En mi ansiedad, hasta tuve por un momento la esperanza de que el
cadáver, reanimado por mis ruegos, volviese a la vida para revelarme el
nacimiento de Inés.
--¡Qué loco soy! --dije después--. No faltarán medios de averiguarlo.
Desde entonces Inés fue para mí el resumen de la vida. Si antes no la
hubiera amado, su desgracia me habría inclinado con invencible fuerza
hacia ella. Empleé los dos mil reales en el entierro de la difunta, y
en el viaje que el padre Celestino y la huérfana hicieron a Aranjuez,
donde se instalaron. Yo regresé a Madrid. Inés reclamada después
por los parientes de doña Juana sufrió martirios y desgracias, cuyo
recuerdo hace aún estremecer de angustia mi corazón. Creimos al fin
asegurada nuestra felicidad; pero vinieron aciagos y terribles días:
vino la revolución de Aranjuez; vino el Dos de mayo, día de sangre
y luto; los franceses inmolaron muchas víctimas; Inés cayó en poder
de los invasores... pero ahora me faltan fuerzas para relatar tan
horrorosos acontecimientos. Estoy fatigado y necesito tomar aliento
para seguir contando.