Este acero os lo señala.
Diciendo esto, Isidoro desenvainó la daga; en lugar de la hoja de
madera plateada, vimos brillar en su mano una reluciente hoja de acero.
La conmoción fue general entre bastidores. Lanzose Edelmira del lecho
con precipitación y azoramiento, y recorrió la escena gritando como una
loca:
--¡Favor, favor... que me mata!... ¡Al asesino!
No puedo pintaros lo que fue aquel momento en la escena y fuera de
ella. Los espectadores de primera fila trataron de subir al escenario
en el momento en que Lesbia perseguida por Isidoro fue asida por el
vigoroso brazo de este. En el mismo instante, no pudiendo contenerme,
me abalancé hacia la dama como impulsado por un resorte, y abraceme
estrechamente a ella. El puñal de Isidoro se levantó sobre mí. La
presencia inesperada de una víctima extraña hizo sin duda que el moro
volviera en sí de su furiosa obcecación; conmoviose todo, pareció que
un velo se descorría ante sus ojos, arrojó el puñal, quiso recobrar su
aplomo, pronunció algún verso tremendo clavando sus manos en mí, como
si yo fuera Edelmira; esta, desprendiéndose de mis brazos, cayó al
suelo desmayada, y al punto nos vimos rodeados de multitud de personas.
Todo esto pasó en unos cuantos segundos.