Al día siguiente se levantó un servidor de ustedes de malísimo humor,
y su primera idea fue salir del Escorial lo más pronto que le fuera
posible. Para pensar en los medios de ejecutar tan buen propósito fuese
a pasear a los claustros del monasterio, y allí discurriendo sobre su
situación, se acaloró la cabeza del pobre muchacho revolviendo en ella
mil pensamientos que cree poder comunicar al discreto lector.
Los que hayan leído en el primer libro de mi vida el capítulo en que di
cuenta de mi inútil presencia en el combate de Trafalgar, recordarán
que en aquella alta ocasión y cuando la grandeza y majestad de lo que
pasaba ante mis ojos parecían sutilizar las facultades de mi alma, pude
concebir de un modo clarísimo la idea de la patria. Pues bien: en la
ocasión que ahora refiero, y cuando la desastrosa catástrofe de tan
ridículas ilusiones había conmovido hasta lo más profundo mi naturaleza
toda, el espíritu del pobre Gabriel hizo después de tanto abatimiento
una nueva adquisición, una nueva conquista de inmenso valor, la idea
del honor.
¡Qué luz! Recordé lo que me había dicho Amaranta, y comparando sus
conceptos con los míos, sus ideas con lo que yo pensaba, mezcla
de ingenuo engreimiento y de honrada fatuidad, no pude menos de
enorgullecerme de mí mismo. Y al pensar esto no pude menos de decir:
«Yo soy hombre de honor, yo soy hombre que siento en mí una repugnancia
invencible a acometer cualquier acción fea y villana que me deshonre
a mis propios ojos; y además la idea de que pueda ser objeto del
menosprecio de los demás me enardece la sangre y me pone furioso.
Cierto que quiero llegar a ser persona de provecho; pero de modo que
mis acciones me enaltezcan ante los demás y al mismo tiempo ante
mí, porque de nada vale que mil tontos me aplaudan, si yo mismo me
desprecio. Grande y consolador debe de ser, si vivo mucho tiempo, estar
siempre contento de lo que haga, y poder decir por las noches mientras
me tapo bien con mis sabanitas para matar el frío: _No he hecho nada
que ofenda a Dios ni a los hombres. Estoy satisfecho de ti, Gabriel._»
Debo advertir que en mis monólogos siempre hablaba conmigo, como si yo
fuera otro.
Lo particular es que mientras pensaba estas cosas, la figura de mi Inés
no se apartaba un momento de mi imaginación y su recuerdo daba vueltas
en torno a mi espíritu, como esas mariposas o pajaritas que se nos
aparecen a veces en días tristes trayendo, según el vulgo cree, alguna
buena noticia.
Tal era la situación de mi espíritu, cuando acertó a pasar cerca de mí
el caballero don Juan de Mañara, vestido de uniforme. Detúvose y me
llamó con empeño, demostrando que mi presencia era para él nada menos
que un buen hallazgo. No era aquella la primera vez que solicitaba de
mí un pequeño favor.
--Gabriel --me dijo en tono bastante confidencial y sacando de su
bolsillo una moneda de oro--, esto es para ti, si me haces el favor que
voy a pedirte.
--Señor --contesté--, con tal que sea cosa que no perjudique a mi
honor...
--Pero, pedazo de zarramplín, ¿acaso tú tienes honor?
--Pues sí que lo tengo, señor oficial --contesté muy enfadado--; y
deseo encontrar ocasión de darle a usted mil pruebas de ello.
--Ahora te lo proporciono, porque nada más honroso que servir a un
caballero y a una señora.
--Dígame usted lo que tengo que hacer --dije, deseando ardientemente
que la posesión del doblón que brillaba ante mis ojos fuera compatible
con la dignidad de un hombre como yo.
--Nada más que lo siguiente --respondió el hermoso galán, sacando una
carta del bolsillo--: llevar este billete a la señorita Lesbia.
--No tengo inconveniente --dije, reflexionando que en mi calidad de
criado, no podía deshonrarme llevando una carta amorosa--. Deme usted
la esquelita.
--Pero ten en cuenta --añadió entregándomela-- que si no desempeñas
bien la comisión, o este papel va a otras manos, tendrás memoria de mí
mientras vivas, si es que te queda vida después que todos tus huesos
pasen por mis manos.
Al decir esto el guardia, demostraba, apretándome fuertemente el
brazo, firme intención de hacer lo que decía. Yo le prometí cumplir su
encargo como me lo mandaba, y tratando de esto llegamos al gran patio
de Palacio, donde me sorprendió ver bastante gente reunida, descollando
entre todos algunas aves de mal agüero, tales como ministriles y demás
gente de la curia. Yo advertí, que al verles mi acompañante se inmutó
mucho, quedándose pálido, y hasta me parece que le oí pronunciar algún
juramento contra los pajarracos negros que tan de improviso se habían
presentado a nuestra vista. Pero yo no necesitaba reflexionar mucho
para comprender que aquella siniestra turbamulta nada tenía que ver
conmigo, así es que dejando al militar en la puerta del cuerpo de
guardia, y una vez trasladadas carta y moneda a mi bolsillo, subí en
cuatro zancajos la escalera chica, corriendo derecho a la cámara de la
señora Lesbia.
No tardé en hacerme presentar a su señoría. Estaba de pie en medio de
la sala, y con entonación dramática leía en un cuadernillo aquellos
versos célebres:
... todo me mata,
todo va reuniéndose en mi daño!
--Y todo te confunde, desdichada.
Estaba estudiando su papel. Cuando me vio entrar cesó en su lectura, y
tuve el gusto de entregarle en persona el billete, pensando para mí:
«¿Quién dirá que con esa cara tan linda eres una de las mejores piezas
que han hecho enredos en el mundo?»
Mientras leía, observé el ligero rubor y la sonrisa que hermoseaban su
agraciado rostro. Después que hubo concluido, me dijo un poco alarmada:
--¿Pero tú no sirves a Amaranta?
--No, señora --respondí--. Desde anoche he dejado su servicio, y ahora
mismo me voy para Madrid.
--¡Ah! Entonces, bien --dijo tranquilizándose.
Yo en tanto no cesaba de pensar en el placer que habría experimentado
Amaranta si yo hubiera cometido la infamia de llevarle aquella carta.
¡Qué pronto se me había presentado la ocasión de portarme como un
servidor honrado, aunque humilde! Lesbia, encontrando ocasión de
zaherir a su amiga, dijo:
--Amaranta es muy rigurosa y cruel con sus criados.
--¡Oh, no señora! --exclamé yo, gozoso de encontrar otra coyuntura de
portarme caballerosamente, rechazando la ofensa hecha a quien me daba
el pan--. La señora condesa me trata muy bien; pero yo no quiero servir
más en Palacio.
--¿De modo que has dejado a Amaranta?
--Completamente. Me marcharé a Madrid antes del medio día.
--¿Y no querrías tú entrar en mi servidumbre?
--Estoy decidido a aprender un oficio.
--De modo que hoy estás libre, no dependes de nadie, ni siquiera
volverás a ver a tu antigua ama.
--Ya me he despedido de su señoría y no pienso volver allá.
No era verdad lo primero, pero sí lo segundo.
Después, como yo hiciera una profunda reverencia para despedirme, me
contuvo diciendo:
--Aguarda: tengo que contestar a la carta que has traído, y puesto
que estás hoy sin ocupación y no tienes quien te detenga, llevarás la
respuesta.
Esto me infundió la grata esperanza de que mi capital engrosara con
otro doblón, y aguardé mirando las pinturas del techo y los dibujos
de los tapices. Cuando Lesbia hubo concluido su epístola, la selló
cuidadosamente y la puso en mis manos, ordenándome que la llevase
sin perder un instante. Así lo hice; pero ¡cuál no sería mi sorpresa
cuando al llegar al cuerpo de guardia me encontré con la inesperada
novedad de que sacaban preso a mi señor el guardia, llevándole
bonitamente entre dos soldados de los suyos! Yo temblé como un
azogado, creyendo que también iban a echarme mano, pues sabía que no
bastaba ser insignificante para librarse de los ministriles, quienes
deseando mostrar su celo en la causa del Escorial, comprendían en los
voluminosos autos el mayor número posible de personas.
Cometí la indiscreción de entrar en el cuerpo de guardia para
curiosear, lo cual hizo que un hombre allí presente, temerosa
estantigua con nariz de gancho, espejuelos verdes y larguísimos dientes
del mismo color, dirigiese hacia mi rostro aquellas partes del suyo,
observándome con mucha atención y diciendo con la voz más desagradable
y bronca que en mi vida oí:
--Este es el muchacho a quien el preso entregó una carta poco antes de
caer en poder de la justicia.
Un sudor frío corrió por mi cuerpo al oír tales palabras, y volví
la espalda con disimulo para marcharme a toda prisa; pero ¡ay! no
había andado dos pasos cuando sentí que se clavaban en mi hombro unas
como garras de gavilán, pues no otro nombre merecían las afiladas y
durísimas uñas del hombre de los espejuelos verdes en cuyo poder había
caído. La impresión que experimenté fue tan terrorífica, que nunca
pienso olvidarla, pues al encarar con su feísima estampa, los vidrios
redondos de sus gafas que remedaban la pupila cuajada, penetrante y
estupefacta del gato, me turbaron hasta lo sumo, y al mismo tiempo sus
dientes verdes, afilados sin duda por la voracidad, parecían ansiosos
de roerme.
--No vaya usted tan de prisa, caballerito --dijo--, que tal vez haga
aquí más falta que en otra parte.
--¿En qué puedo servir a usía? --pregunté melifluamente, comprendiendo
que no valdría mostrarme altanero con semejante lobo.
--Eso lo veremos --contestó con un gruñido que me obligó a encomendarme
a Dios.
Mientras aquel cernícalo, con la formidable zarpa clavada en mi
cuello, me llevaba a una pieza inmediata, yo evoqué mis facultades
intelectuales para ver si con el esfuerzo combinado de todas ellas,
encontraba medio de salir de tan apurado trance. En un instante de
reflexión, hice el siguiente rapidísimo cálculo: «Gabriel: este
instante es supremo. Nada conseguirás defendiéndote con la fuerza. Si
intentas escaparte, estás perdido. De modo que si por medio de algún
rasgo de astucia no te libras de las uñas de este pícaro, que te
enterrará vivo bajo una losa de papel sellado, ya puedes hacer acto de
contrición. Al mismo tiempo llevas sobre ti la honra de una dama que
sabe Dios lo que habrá escrito en esa endiablada carta. Conque ánimo,
muchacho, serenidad y a ver por dónde se sale.»
Afortunadamente, Dios iluminó mi entendimiento en el instante en que
el curial se sentó en un desnudo banquillo, poniéndome delante para
que respondiera a sus preguntas. Recordé haber visto al feroz leguleyo
en el cuarto de Amaranta, a quien gustaba de ofrecer servilmente sus
respetos, y esto con la idea de que mi antigua ama era desafecta a las
personas a quienes se formaba la causa, me dio la norma del plan que
debía seguir para librarme de aquel vestiglo.
--Conque tú andas llevando y trayendo cartitas, picaronazo --dijo
en la plenitud de su curial sevicia, gozándose de antemano con la
contemplación imaginaria de las resmas de papel sellado en que había
de emparedarme--. Ahora veremos para quiénes son esas cartas, y si te
ocupas en comunicar a los conjurados con los presos, para que burlen la
acción de la justicia.
--Señor licenciado --contesté yo recobrando un poco la serenidad--,
usted no me conoce, y sin duda me confunde con esos picarones que
se ocupan en traer y llevar papelitos a los que están presos en el
Noviciado.
--¿Cómo? --exclamó con júbilo--. ¿Estás seguro de que eso pasa?
--Sí, señor --respondí envalentonándome cada vez más--. Vaya usía ahora
mismo con disimulo al patio de los convalecientes, y verá que desde el
piso tercero del monasterio echan cartas a la buhardilla, valiéndose de
unas larguísimas cañas.
--¿Qué me dices?
--Lo que usía oye: y si quiere verlo con sus propios ojos vaya ahora
mismo: que esta es la hora que escogen los malvados para su intento,
por ser la de la siesta. Ya me podría usía recompensar por la noticia,
pues le doy este aviso, para que pueda prestar un gran servicio a
nuestro querido Rey.
--Pero tú recibiste una carta del joven alférez, y si no me la das ante
todo, ya te ajustaré las cuentas.
--¿Pero el señor licenciado no sabe --contesté-- que soy paje de la
excelentísima señora condesa Amaranta, a quien sirvo hace algún
tiempo? ¡Y que no me tiene poco cariño mi ama en gracia de Dios! Mil
veces ha dicho que ya puede tentarse la ropa el que me tocase tan
siquiera el pelo de la misma.
El leguleyo parecía recordar, y como era cierto que me había visto
repetidas veces en compañía de mi ama, advertí que su endemoniado
rostro se apaciguaba poco a poco.
--Bien sabe el señor licenciado --continué-- que la señora condesa me
protege, y habiendo conocido que yo sirvo para algo más que para este
bajo oficio, se propone instruirme y hacer de mí un hombre de provecho.
Ya he empezado a estudiar con el padre Antolínez, y después entraré
en la casa de pajes, porque ahora hemos descubierto, que yo aunque
pobre soy noble y desciendo en línea recta de unos al modo de duques o
marqueses de las islas Chafarinas.
El leguleyo parecía muy preocupado con estas razones, que yo pronuncié
con mucho desparpajo.
--Y ahora --proseguí--, iba al cuarto de mi ama, que me está esperando,
y en cuanto sepa que el señor licenciado me ha detenido se pondrá
furiosa: porque ha de saber el señor licenciado que mi ama me manda
recorrer estos patios y galerías para oír lo que dicen los partidarios
de los presos, y ella lo va apuntando en un libro que tiene no menos
grande que ese banco. Ella va a descubrir muchas cosas malas de esa
gente y está muy contenta con mi ayuda, pues dice que sin mí no sabría
la mitad de lo que sabe. Por ejemplo, lo de las cañas apuesto a que
nadie lo sabe más que yo, y agradézcame el señor licenciado que se lo
haya dicho antes que a ninguno.
--Cierto es --dijo el ministril-- que la señora condesa te protege,
pues ahora caigo en la cuenta de que algunas veces se lo he oído decir;
pero no me explico que tu ama se cartee con el alférez.
--También a mí me llamó la atención --repuse--, porque mi ama decía
que ese señor era de los que primero debían ser puestos a la sombra;
pero vea el señor licenciado. La carta que recibí era para mi ama, y le
decía que viéndose próximo a caer en poder de la justicia, solicitaba
protección de la señora condesa para librarse de aquella.
--¡Ah, Sr. Mañara, tunante, trapisondista! --exclamó el representante
de la justicia humana--. Quería escaparse de nuestras uñas, poniéndose
al amparo de una persona que está demostrando el mayor celo en favor de
la causa del Rey.
--Pero no le valieron sus malas mañas, señor licenciadito de mi alma
--añadí entusiasmándome--, porque mi ama rompió la carta con desdén, y
me mandó contestarle de palabra que nada podía hacer por él.
--¿Y a eso venías?
--Precisamente. Ya sabía yo que no lograba nada el señor alférez, y me
alegro, me alegro. Porque yo digo: esos picarones ¿no querían quitarle
al Rey su corona, y a la Reina la vida? Pues que las paguen todas
juntas, que bien merecido tienen el cadalso; y como se descuiden, el
Príncipe de la Paz no se andará por las ramas.
--Bien --dijo algo más benévolo para conmigo, pero sin que se
extinguiera su recelo--. Iremos juntos a ver a tu ama, y ella
confirmará lo que has dicho.
--Ahora se fue al cuarto del Príncipe de la Paz, a quien piensa
recomendarme para que entre en la casa de Pajes. Y como el señor
licenciado se descuide, no podrá ver a los que echan la caña por los
balcones del piso tercero del monasterio. Vaya usía a enterarse de
esto, y luego puede pasar al cuarto de mi ama donde le espero. Ella
estará prevenida y recibirá a usía con mucho agasajo, porque le aprecia
y estima mucho.
--¿Sí? ¿Le has oído hablar de mí alguna vez? --preguntó vivamente.
--¿Alguna vez? Diga el señor licenciado mil veces. La otra noche estuvo
hablando de usía más de dos horas con el Príncipe de la Paz y con el
marqués Caballero.
--¿De veras? --preguntó plegando su arrugada boca con una sonrisa
indefinible y dejando ver en todo su vasto desarrollo el mapa de su
verde dentadura--. ¿Y qué decía?
--Que al señor licenciado se deben todas las averiguaciones que se han
hecho en la causa, y otras cosas que no digo por no ofender la modestia
de usía.
--Dilas picarón, y no seas corto de genio.
--Pues hizo grandes elogios de usía, ponderando su talento, su
mucho saber, y su disposición para sacar leyes aunque fuera de un
canto rodado. Después añadió que si no le hacían al señor licenciado
consejero de Indias o de la sala de alcaldes de Casa y Corte, no
tendrían perdón de Dios.
--¿Eso dijo? Veo que eres un chico formal y discreto. Di a la señora
condesa que dentro de un momento pasaré a visitarla, para consultar con
ella gravísimas cuestiones. Ella sabrá cuánto la aprecio y estimo. Con
respecto a ti, al principio pensé que la carta entregada por el alférez
era para la duquesa Lesbia.
--¡Quiá! No voy yo al cuarto de esa señora, porque mi ama y ella están
reñidas.
--Y como hoy --continuó-- se procederá también a prender a esa señora,
que resulta complicada en el proceso lo mismo que su esposo el señor
duque...
--¡También prenden a la señora Lesbia! --exclamé asombrado.
--También; ya habrán subido mis compañeros a notificárselo. Conque,
joven, sube al cuarto de tu ama, y adviértele mi próxima visita.
No esperé más para separarme de hombre tan fiero, y bendiciendo
fervorosamente a Dios, salí del cuerpo de guardia, muy satisfecho de
la estratagema empleada. Mi primera intención fue correr al cuarto de
Lesbia, no solo para devolverle la carta, sino para prevenirla acerca
del gran riesgo que su libertad corría; mas cuando subí, noté que la
justicia había invadido su vivienda. Era preciso huir de Palacio, donde
corría gran peligro de caer en poder del atroz licenciado, en cuanto
este, conferenciando con mi ama, descubriese mis estupendas mentiras.
Pies, ¿para qué os quiero? dije, y al punto subí precipitadamente a
mi caramanchón, cogí y empaqueté de cualquier modo mi ropa, y sin
despedirme de nadie salí del Palacio y del monasterio, resuelto a no
detenerme hasta Madrid.
A pesar de mi zozobra, no quise partir sin provisiones, y habiéndome
surtido en la plaza del pueblo de lo más necesario, eché a andar,
volviendo a cada rato la vista, porque me parecía que el licenciado
caminaba detrás de mí. Hasta que no desapareció de mi vista la cúpula
y las torres del terrible monasterio no recobré la tranquilidad, y
después de dos horas de precipitada marcha, me aparté del camino, y
restauré mis fuerzas con pan, queso y uvas, seguro ya de que por el
momento las durísimas uñas del representante de la justicia no se
clavarían en mis hombros.
En aquel rato de descanso y esparcimiento me reí a mis anchas,
recordando las mentiras que había empleado para salvarme; pero no me
remordía la conciencia por haberlas desembuchado con tanta largueza,
puesto que aquellos embustes, con los cuales no perjudicaba a la honra
de nadie, eran la única arma que me defendía contra una persecución
tan bárbara como injusta. Los trances difíciles aguzan el ingenio, y
en cuanto a mí, puedo decir que antes de encontrarme en el que he
referido, jamás hubiera sido capaz de inventar tales desatinos. Bien
dicen que las circunstancias hacen al hombre tonto o discreto, aguzando
el más rústico entendimiento, u oscureciendo el que se precia de más
claro.
Más allá de Torrelodones encontré unos arrieros que por poco dinero
me dejaron montar en sus caballerías, y de este modo llegué a Madrid
cómodamente, ya muy avanzada la noche.