I
Sin oficio ni beneficio, sin parientes ni habientes, vagaba por Madrid
un servidor de ustedes, maldiciendo la hora menguada en que dejó su
ciudad natal por esta inhospitalaria Corte, cuando acudió a las páginas
del _Diario_ para buscar ocupación honrosa. La imprenta fue mano
de santo para la desnudez, hambre, soledad y abatimiento del pobre
Gabriel, pues a los tres días de haber entregado a la publicidad en
letras de molde las altas cualidades con que se creía favorecido por la
Naturaleza, le tomó a su servicio una cómica del teatro del Príncipe,
llamada Pepita González o _la González_. Esto pasaba a fines de 1805;
pero lo que voy a contar ocurrió dos años después, en 1807, y cuando yo
tenía, si mis cuentas son exactas, diez y seis años, lindando ya con
los diez y siete.
Después os hablaré de mi ama. Ante todo debo decir que mi trabajo, si
no escaso, era divertido y muy propio para adquirir conocimiento del
mundo en poco tiempo. Enumeraré las ocupaciones diurnas y nocturnas en
que empleaba con todo el celo posible mis facultades morales y físicas.
El servicio de la histrionisa me imponía los siguientes deberes:
Ayudar al peinado de mi ama, que se verificaba entre doce y una, bajo
los auspicios del maestro Richiardini, artista napolitano, a cuyas
divinas manos se encomendaban las principales testas de la Corte.
Ir a la calle del Desengaño en busca del _Blanco de perla_, del _Elíxir
de Circasia_, de la _Pomada a la Sultana_, o de los _Polvos a la
Marechala_, drogas muy ponderadas, que vendía un monsieur Gastan, el
cual recibiera el secreto de confeccionarlas del mismo alquimista de
María Antonieta.
Ir a la calle de la Reina, número 21, cuarto bajo, donde existía un
taller de estampación para pintar las telas, pues en aquel tiempo los
vestidos de seda, generalmente de color claro, se pintaban según la
moda, en términos que, cuando esta pasaba, se volvían a pintar con
distintos ramos y dibujos, realizando así una alianza feliz entre la
moda y la economía, para enseñanza de los venideros tiempos.
Llevar por las tardes una olla con restos de puchero, mendrugos de pan
y otros despojos de comida a D. Luciano Francisco Comella, autor de
comedias muy celebradas, el cual se moría de hambre en una casa de la
calle de la Berenjena, en compañía de su hija, que era jorobada, y le
ayudaba en los trabajos dramáticos.
Limpiar con polvos la corona y el cetro que sacaba mi ama haciendo de
reina de Mongolia en la representación de la comedia titulada _Perderlo
todo en un día por un ciego y loco amor, y falso zar de Moscovia_.
Ayudarla en el estudio de sus papeles, especialmente en el de la
comedia _Los inquilinos de sir John o la familia de la India, Juanito
y Coleta_, para lo cual era preciso que yo recitase la parte de _Lord
Lulleswing_, a fin de que ella comprendiese bien el de _milady Pankoff_.
Ir en busca de la litera que había de conducirla al teatro y cargar
también dicha litera cuando era preciso.
Concurrir a la cazuela del teatro de la Cruz, para silbar
despiadadamente _El sí de las niñas_, comedia que mi ama aborrecía,
tanto por lo menos como a las demás del mismo autor.
Pasearme por la plazuela de Santa Ana, fingiendo que miraba las
tiendas, pero prestando disimulada y perspicua atención a lo que se
decía en los corrillos allí formados por cómicos o saltarines, y
cuidando de pescar al vuelo lo que charlaban los de la Cruz en contra
de los del Príncipe.
Ir en busca de un billete de balcón para la plaza de toros, bien
al despacho, bien a casa del banderillero Espinilla, que le tenía
reservado para mi ama, cual obsequio de una amistad tan fina como
antigua.
Acompañarla al teatro donde me era forzoso tener el cetro y la corona,
cuando ella entraba después de la segunda escena del segundo acto,
en _El falso zar de Moscovia_, para salir luego convertida en reina,
confundiendo a Osloff y a los magnates que la tenían por buñolera de
esquina.
Ir a avisar puntualmente a los _mosqueteros_ para indicarles los
pasajes que debían aplaudir fuertemente en la comedia y en la
tonadilla, indicándoles también la función que preparaban _los de allá_
para que se apercibieran con patriótico celo a la lucha.
Ir todos los días a casa de Isidoro Máiquez con el aparente encargo de
preguntarle cualquier cosa referente a vestidos de teatro; pero con
el fin real de averiguar si estaba en su casa cierta y determinada
persona, cuyo nombre me callo por ahora.
Representar un papel insignificante, como de paje que entra con una
carta, diciendo simplemente _tomad_, o de _hombre del pueblo primero_,
que exclama al presentarse la multitud ante el rey: _Señor, justicia,
o a tus reales plantas, coronado apéndice del sol_. (Esta clase de
ocupación me hacía dichoso por una noche.)
Y por este estilo otras mil tareas, ejercicios y empleos que no cito,
porque acabaría tarde, molestando a mis lectores más de lo conveniente.
En el trascurso de esta puntual historia irán saliendo mis proezas y
con ellas los diversos y complejos servicios que presté. Ahora voy a
dar a conocer a mi ama, la sin par Pepita González, sin omitir nada que
pueda dar perfecta idea del mundo en que vivía.
Mi ama era una muchacha más graciosa que bella, si bien aquella primera
cualidad resplandecía en su persona de un modo tan sobresaliente que la
presentaba como perfecta sin serlo. Todo lo que en lo físico se llama
hermosura, y cuanto en lo moral lleva el nombre de expresión, encanto,
coquetería, monería, etc., estaba reconcentrado en sus ojos negros,
capaces por sí solos de decir con una mirada más que dijo Ovidio en su
poema sobre el arte que nunca se aprende y siempre se sabe. Ante los
ojos de mi ama dejaba de ser una hipérbole aquello de _combustibles
áspides_ y _flamígeros ópticos disparos_, que Cañizares y Añorbe
aplicaban a las miradas de sus heroínas.
Generalmente, de los individuos que conocimos en nuestra niñez
recordamos o los accidentes más marcados de su persona, o algún otro,
que a pesar de ser muy insignificante, queda sin embargo grabado de un
modo indeleble en nuestra memoria. Esto me pasa a mí con el recuerdo
de la González. Cuando la traigo al pensamiento, se me representan
clarísimamente dos cosas, a saber: sus ojos incomparables, y el taconeo
de sus zapatos, _abreviadas cárceles de sus lindos pedestales_, como
dirían Valladares o Moncín.
No sé si esto bastará para que ustedes se formen idea de mujer tan
agraciada. Yo, al recordarla, veo en aquellos grandes ojos negros,
cuyas miradas resucitaban un muerto, y oigo el _tip-tap_ de su ligero
paso. Esto basta para hacerla resucitar en el recinto oscuro de mi
imaginación, y, no hay duda, es ella misma. Ahora caigo en que no
había vestido, ni mantilla, ni lazo ni garambaina que no le sentase
a maravilla; caigo también en que sus movimientos tenían una gracia
especial, un cierto no sé qué, un encanto indefinible que podrá
expresarse cuando el lenguaje tenga la riqueza suficiente para poder
designar con una misma palabra la malicia y el recato, la modestia y
la provocación. Esta rarísima antítesis consiste o en que nada hay más
hipócrita que ciertas formas de compostura, o en que la malignidad ha
descubierto que el mejor medio de vencer a la modestia es imitarla.
Pero sea lo que quiera, lo cierto es que la González electrizaba al
público con el airoso meneo de su cuerpo, su hermosa voz, su patética
declamación en las obras sentimentales, y su inagotable sal en las
cómicas. Igual triunfo tenía siempre que era vista en la calle por
la turba de sus admiradores y mosqueteros, cuando iba a los toros en
calesa o simón, o al salir del teatro en silla de mano. Desde que
veían asomar por la ventanilla el risueño semblante guarnecido por
los encajes de la blanca mantilla, la aclamaban con voces y palmadas
diciendo: «Ahí va toda la gracia del mundo, viva la sal de España» u
otras frases del mismo género. Estas ovaciones callejeras les dejaban
a ellos muy satisfechos, y también a ella, es decir a nosotros, porque
los criados se apropian siempre una parte de los triunfos de sus amos.
Pepita era sumamente sensible, y según mi parecer, de sentimientos
muy vivos y arrebatados, aunque por efecto de cierto disimulo tan
sistemático en ella, que parecía segunda naturaleza, todos la tenían
por fría. Doy fe además de que era muy caritativa, gustando de aliviar
todas las miserias de que tenía noticia. Los pobres asediaban su casa,
especialmente los sábados, y una de mis más trabajosas ocupaciones
consistía en repartirles ochavos y mendrugos, cuando no se los llevaba
todos el señor de Comella, que se comía los codos de hambre, sin dejar
de ser el _asombro de los siglos_ y el primer dramático del mundo. La
González vivía en su casa, sin más compañía que la de su abuela, la
octogenaria doña Dominguita y dos criados de distinto sexo, que la
servíamos.
Y después de haber dicho lo bueno, ¿se me permitirá decir lo malo,
respecto al carácter y costumbres de Pepa González? No, no lo digo.
Téngase en cuenta, en disculpa de la muchacha ojinegra, que se había
criado en el teatro, pues su madre fue _parte de por medio_ en los
ilustres escenarios de la Cruz y los Caños, mientras su padre tocaba el
contrabajo en los Sitios y en la Real capilla. De esta infeliz y mal
avenida coyunda nació Pepita, y excuso decir que desde la niñez comenzó
a aprender el oficio, con tal precocidad, que a los doce años se
presentó por primera vez en escena, desempeñando un papel en la comedia
de D. Antonio Frumento, _Sastre, rey y reo a un tiempo, o el Sastre
de Astracán_. Conocida, pues, la escuela, los hábitos poco austeros
de aquella alegre gente, a quien el general desprecio autorizaba en
cierto modo para ser peor que los demás, ¿no sería locura exigir de mi
ama una rigidez de principios, que habrían sido suficientes, dadas las
circunstancias de su vida, para asegurarle la canonización?
Réstame darla a conocer como actriz. En este punto debo decir tan solo
que en aquel tiempo me parecía excelente: ignoro el efecto que su
declamación produciría en mí hoy si la viera aparecer en el escenario
de cualquiera de nuestros teatros. Cuando mi ama estaba en la plenitud
de sus triunfos, no tenía rivales temibles con quienes luchar. María
del Rosario Fernández, conocida por la _Tirana_, había muerto el año
de 1803. Rita Luna, no menos famosa que aquella, se había retirado de
la escena en 1806; María Fernández, denominada la _Caramba_, también
había desaparecido. La Prado, Josefa Virg, María Ribera, María García y
otras de aquel tiempo, no poseían extraordinarias cualidades; de modo
que si mi ama no sobresalía de un modo notorio sobre las demás, tampoco
su estrella se oscurecía ante el brillo de ningún astro enemigo. El
único que entonces atraía la atención general y los aplausos de Madrid
entero era Máiquez, y ninguna actriz podía considerarle como rival, no
existiendo generalmente el antagonismo y la emulación sino entre los
dioses de un mismo sexo.
Pepa González estaba afiliada al bando de los anti-Moratinistas, no
solo porque en el círculo por ella frecuentado abundaban los enemigos
del insigne poeta, sino también porque personalmente tenía no sé qué
motivos de irreconciliable resentimiento contra él. Aquí tengo que
resignarme a apuntar una observación que por cierto favorece bien poco
a mi ama; pero como para mí la verdad es lo primero, ahí va mi parecer,
mal que pese a los manes de Pepita González. Mi observación es que la
actriz del Príncipe no se distinguía por su buen gusto literario, ni
en la elección de obras dramáticas, ni tampoco al escoger los libros
que daban alimento a su abundante lectura. Verdad es que la pobrecilla
no había leído a Luzán, ni a Montiano, ni tenía noticia de la sátira
de Jorge Pitillas, ni mortal alguno se había tomado el trabajo de
explicarle a Batteux ni a Blair, pues cuantos se acercaron a ella,
tuvieron siempre más presente a Ovidio que a Aristóteles, y a Bocaccio
más que a Despréaux.
Por consiguiente, mi señora formaba bajo las banderas de D. Eleuterio
Crispín de Andorra, con perdón sea dicho de cejijuntos Aristarcos. Y
es que ella no veía más allá, ni hubiera comprendido toda la jerigonza
de las reglas, aunque se las predicaran frailes descalzos. Es preciso
advertir que el abate Cladera, de quien parece ser fidelísimo retrato
el célebre D. Hermógenes, fue amigote del padre de nuestra heroína, y
sin duda aquel gracioso pedantón echó en su entendimiento, durante la
niñez, la semilla de los principios que en otra cabeza dieron por fruto
_El gran cerco de Viena_.
Ello es que mi ama gustaba de las obras de Comella, aunque últimamente,
visto el descrédito en que había caído este dios del teatro, al
despeñarse en la miseria desde la cumbre de su popularidad, no se
atrevía a confesarlo delante de literatos y gente ilustrada. Como
tuve ocasión de observar, atendiendo a sus conversaciones y poniendo
atención a sus preferencias literarias, le gustaban aquellas comedias
en que había mucho jaleo de entradas y salidas, revistas de tropas,
niños hambrientos que piden la teta, decoración de _gran plaza con arco
triunfal a la entrada_, personajes muy barbudos, tales como irlandeses,
moscovitas o escandinavos, y un estilo con el cual podía decir la dama
en cierta situación de apuro: «_estatua viva soy de hielo_» o «_rencor,
finjamos... encono, disimulemos... cautela, favorecedme_.»
Recuerdo que varias veces la oí lamentarse de que el nuevo gusto
hubiera alejado de la escena diálogos concertantes como el siguiente,
que pertenece, si mal no recuerdo, a la comedia _La mayor piedad de
Leopoldo el Grande_: