Durante no breve tiempo, la atención del público inteligente, y, sobre
todo, de las pocas personas que leen en España, se fijó con tal ahinco y
con tan candorosa admiración en el movimiento intelectual de Francia, y
quizá de algún otro país de los que en el día se consideran al frente de
la civilización de Europa, que descuidamos mucho el conocimiento de
nuestros autores, y aun llegamos á mirarlos con desdén, más ó menos
encubierto.
[1] _Catálogo razonado, biográfico y bibliográfico, de los
autores portugueses que escribieron tn castellano_, por D. Domingo
García Pérez, Doctor en Medicina y Cirujía, antiguo Diputado de la
nación portuguesa por la ciudad de Setubal.--Madrid, 1890.
De aquí sin duda el escaso cultivo que hemos dado á nuestra historia
literaria, de la cual no tenemos aún tratado de conveniente extensión y
escrito por un español en nuestro propio idioma; Amador de los Ríos dejó
en el punto más interesante su grande obra, y lo menos malo completo que
tenemos hasta hoy, prescindiendo de la frialdad y pobre sentir de las
bellezas, es el libro del anglo-americano Jorge Tiknor.
Recientemente, acaso desde ñnes del primer tercio de este siglo, el amor
propio nacional nos ha estimulado, y la afición á las letras patrias se
ha despertado en España, al menos en el pequeño circulo de los que
gustan de libros y no se emplean enteramente en las interminables
discusiones políticas.
Nuestros antiguos libros, ó circulaban en ediciones detestables, que
arredraban á los tibios y no consentían que los leyesen, ó se habían
hecho raros, cayendo los ejemplares que aún quedaban en poder de
bibliófilos, que hacían de ellos misterioso tesoro, estimando á menudo
con perversa crítica, cada libro, más por su rareza que por su valor
literario.
En esta situación, empezó á publicarse en 1847 ó 1848 la _Biblioteca de
autores españoles_, de Rivadeneyra, la cual hizo un gran servicio,
divulgando el saber de nuestra literatura y procurando que este saber
pudiese ser algo más que somero, sin convertirse en ciencia oculta, de
la que sólo entienden los iniciados.
Desde entonces, así los que compusieron los prólogos, introducciones y
notas á los varios autores que publicó Rivadeneyra, como otros eruditos
que tal vez han venido después, y entre los que descuellan Menéndez y
Pelayo, Adolfo de Castro, Laverde y Canalejas, han ido juzgando y
estimando en lo que se debe nuestra amena literatura, poesía lírica y
épica, novelas y teatro, y hasta nuestros historiadores, filósofos y
demás hombres de ciencia.
Aún queda bastante que hacer en este punto de la crítica, y es harto
difícil ponerse en el medio razonable para no desdeñar demasiado ni
encomiar tampoco sin medida lo que no lo merece. El segundo escollo es
el más peligroso de los dos. Quien en él se coloca, en vez de ganarse
las voluntades y de fomentar la afición á los antiguos libros españoles,
infunde al vulgo, á la gente de mundo semi-ilustrada, miedo y hasta
repugnancia, no falta de fundamento, porque si alguien lee un libro que
el crítico le ponderó como un primor, lleno de ingenio y de gracia, oro
de Tíbar de poesía, etc., y se aburre leyéndole y le halla tonto é
inaguantable, creerá que con todos los demás libros que le pondere el
crítico le sucederá lo mismo, y no leerá ninguno, y tendrá vehementes
sospechas de que no es muy divertida la antigua literatura española.
Harto sabemos todos que la moda, las ideas del tiempo en que se vive, el
chiste de fecha reciente, es lo que el vulgo literario penetra bien y
aquello en que se complace. De lo pasado suele penetrar poco, y no se
divierte ni se interesa por ello; pero, en otros países, no son los
hombres tan rebeldes á toda férula como en España; no tienen tanto el
valor de sus opiniones, y reconocen las autoridades y las acatan y se
someten. Aquí no. Un inglés irá á oir un drama de Shakespeare, y
bostezará y se fastidiará de muerte, pero no se atreverá á decir que el
drama es malo; antes bien, le declarará maravilloso y estupendo:
mientras que todo español, y más aún toda española, si va al teatro y se
fastidia ó se duerme con Tirso ó con Lope, dirá desenfadadamente que
Lope y Tirso nada valen. La otra noche, por ejemplo, representaron aquí,
en uno de nuestros mejores teatros, una comedia de Molière, traducida
por Moratín, y el público, que era de lo más selecto de esta coronada
villa, echó á rodar sin el menor escrúpulo la gloria del gran dramaturgo
francés y de nuestro egregio poeta clásico, y salió casi unánime
sentenciando que era estúpida la tal comedia.
El critico y el historiador de nuestra literatura deben tener presente
todo esto para no excitar con sus alabanzas á la lectura de libros que
no merezcan ser leídos, pero tampoco deben escatimar el encomio á todo
libro ó trabajo que sea digno de él, aunque la generalidad del público
no sepa apreciarle.
La lectura de libros antiguos, aun de puro pasatiempo, requiere cierto
aparato de erudición y bastante fantasía, discreta é ilustrada, para
trasladarse en espíritu á la edad en que cada autor escribió, y
comprenderle y sentir con él como su contemporáneo, juzgándole después
sin pasión y volviendo, al hacer el oficio de juez, á vivir en la edad
en que ahora vivimos.
Sólo así se podrá componer al cabo una historia completa de nuestra
literatura ó de nuestra cultura en general, donde se tase su valor, ya
absoluto, ya con relación á la cultura de Alemania, Italia, Francia é
Inglaterra, que son los cuatro pueblos que con los de esta Península han
estado alternativa ó simultáneamente á la cabeza de la civilización del
mundo, desde que empezó la historia moderna hasta hoy.
En España podemos jactarnos de la cantidad de lo que se ha escrito.
Somos ricos en obras. No hay una sola lengua literaria, sino tres: la
castellana, la portuguesa y la catalana. Y en cada una de estas tres
lenguas, sobre todo en las dos primeras, ha habido un enjambre de
fecundísimos autores. Pero como muchos catalanes y muchísimos
portugueses han escrito en castellano, la literatura castellana, aunque
sólo fuese por esto, sería la más rica de las tres.
Aún nos queda mucho por hacer á fin de lograr una cosa con la que yo
sueño: una literatura selecta española: una bibliotequita, por ejemplo,
de cuarenta ó cincuenta volúmenes, chiquitos, elegantes y primorosos,
donde se reuniese lo mejor de nuestra inmensa riqueza intelectual;
bibliotequita que leyesen las damas sin fatiga y hasta con gusto, y que
ellas pudiesen tener en sus habitaciones, al lado ó en lugar de los
autores franceses que leen ahora cuando algo leen.
Esta selección atinada no se ha hecho bien aún. Hay motivos, que sería
prolijo exponer aquí y que la dificultan. De ello proviene que las
letras en España son menos populares y divulgadas que en otros países; y
que pasado el momento de la moda, si llega durante su vida á estar de
moda un autor, todo cuanto se ha escrito se hunde en el más profundo
olvido para el público, y sólo permanece para los eruditos, casi como si
fuera una reconditez. De ello proviene también algo de muy lamentable ó
de muy risible, según el humor con que se considere: un divorcio casi
completo entre lo literario y lo ameno ó interesante, sobre todo en el
teatro, que es por donde el vulgo, que apenas lee, penetra en el
santuario de las letras. A menudo se oye decir á la salida de los
teatros--la comedia no tiene sentido común, pero me ha interesado ó me
ha divertido:--ó bien,--mucho me ha fastidiado el drama, pero confieso
que tiene mérito literario y _¡qué buen verso!_--Lo cual da malísima
idea de autores y de público, porque razonablemente no se concibe que lo
absurdo divierta ó interese, ni menos aún que tenga _buen verso_ ni
mérito literario lo fastidioso.
De todo lo dicho se infiere que debemos propender á que salgan en España
las letras amenas del apartamiento en que viven, con respecto á la
generalidad del público, y lo que es más de sentir, con respecto á lo
que ahora llaman _high life_, en cuyos centros rara vez se ve un libro
en castellano.
Alguna culpa tienen de esto los bibliófilos. No pocos de los libros que
publican en ediciones elegantes, que jamás ó rara vez tuvieron en
España los autores que todo el mundo debiera leer sin aburrirse, son
libros que valen por su rareza, y no valen nada en cuanto dejan de ser
raros; libros que suele no ver sino por el forro el curioso ó vanidoso
que los compra, pudiendo afirmarse que de los trescientos ó
cuatrocientos ejemplares de que consta la tirada, las dos terceras
partes quedan con las hojas unidas sin que llegue á separarlas la
plegadera.
Mi espíritu muy inclinado á las contradicciones, si bien más aparentes
que reales, me ha llevado á decir cuanto va dicho, sobrado extensamente
si se mira al objeto que hoy me mueve á escribir, y me lleva en seguida
á añadir algo que parece diametralmente opuesto. Y lo parece aunque no
lo es, porque, á fin de llegar á la clasificación y selección deseada, á
que tengamos bien determinadas nuestras obras maestras, y á que salgan,
digámoslo así, de entre el ingente cúmulo de cuanto se ha escrito, para
que el vulgo las admire, importa que ese ingente cúmulo se forme todo y
venga á ser conocido, al menos por los que especialmente se dedican al
estudio.
En este sentido, sin salvedad ninguna y con toda el alma, es menester
declarar que son altamente beneméritos de la patria y de la cultura
castiza, Gallardo, Estébanez Calderón, Gayangos, Durán, Barrera y
Leirado, Sancho Rayón, Zarco del Valle, Valmar, Cañete, los dos
Fernández-Guerra y algunos otros.
El autor del libro de que voy aquí á dar cuenta, ha venido á colocarse
á no poca altura, en compañía de tan ilustres críticos y eruditos.
Aunque D. Domingo García Pérez es portugués de nación, pasó su primera
mocedad en Granada, y estudió en el colegio del Sacro-Monte, donde fué
compañero de los Fernández-Guerra, y donde, sin duda, tuvo por maestros
á D. Juan de Cueto y á D. Baltasar Lirola, quienes hubieron de
inspirarle su buen gusto en literatura y su amor á la de Castilla y al
idioma de Castilla. Dan prueba de ello el estilo fácil y castellano
castizo con que su libro está escrito; la gran copia de noticias
curiosas é interesantes que el libro contiene sobre la vida y las obras,
de quinientos ó seiscientos autores, y la multitud de composiciones, muy
raras ó inéditas, que en sus páginas encierra.
Sin duda el Sr. García Pérez debe bastante, como él mismo confiesa, á
trabajos anteriores de los críticos eruditos castellanos que mencionamos
ya, y también á los trabajos de algunos egregios portugueses, como
Barbosa, Inocencio de Silva y Costa Silva; pero es de admirar lo mucho
enteramente nuevo con que ha sabido enriquecer su obra.
Ésta sigue el orden alfabético por los apellidos de los autores, que nos
atreveremos aquí á distinguir y á clasificar.
Unos son celebérrimos en Portugal; son los principes de las letras de
aquel pueblo. Lo que han escrito en portugués casi siempre vale ó
importa más que lo que han escrito en castellano. En este número pueden
ponerse Camoens, Gil Vicente, Bernardín Riveiro, Mousinho de Quevedo, el
P. Vieira y dos condes y una condesa de Ericeira. Otros son tan ilustres
y tan dignos de serlo en Portugal como en Castilla; así, por ejemplo, Sa
de Miranda. Otros, aunque portugueses, alcanzan más gloria y nombradía
por sus escritos en castellano, y se cuentan entre nuestros clásicos,
como Jorge de Montemayor, Gregorio Silvestre y D. Francisco de Melo. Y
otros que, si menos gloriosos, son en España muy conocidos por su
laboriosidad fecunda, como Faría y Souza.
Es muy grande el número de dramaturgos portugueses que, sobre todo, bajo
el dominio de los tres Felipes, escribieron en castellano sus comedias.
El más ilustre fué Matos Fragoso. Síguenle dos Pachecos, Cayetano Souza
Brandao y otros varios, entre ellos algunas poetisas. De todos trae
García Pérez noticias biográficas y bibliográficas en abundancia.
Más interesante, y casi siempre más nuevo, suele ser lo que nos enseña
el Sr. García Pérez sobre otros portugueses que también escribieron en
castellano, y son célebres por su ciencia, por sus hazañas, por sus
peregrinaciones ó por el brillante papel que representaron en la
historia de la Península, y aun de todo el mundo, interviniendo en
nuestros descubrimientos, colonizaciones, misiones y conquistas. Así el
infante D. Pedro; García de Santisteban, compañero del Infante y
narrador de sus viajes por las _siete partidas del mundo_; el gran
Fernán Méndez Pinto, cuya veracidad se va limpiando de sospecha conforme
se conocen mejor el Asia Central y el extremo Oriente; Pedro Texeira,
que nos describió la Persia; el eminente geómetra y cosmógrafo Pedro
Núñez; el astrónomo Silva Freire y bastantes misioneros y médicos,
escritores y á menudo peregrinos, que nos han informado de la fauna, de
la flora y de las lenguas, usos, religión y costumbres de tierras y
naciones remotas.
No pequeña parte del libro del Sr. García Pérez la ocupa otro linaje de
escritores, que por su casta y creencias se pueden agrupar, y cuyos
escritos y vidas eran hasta ahora muy poco ó nada conocidos, á no ser
por sujetos de mucha erudición ó muy consagrados á un estudio especial.
Hablo de la multitad de judíos portugueses, que huyendo de la
Inquisición fueron casi todos á refugiarse á Amsterdam y en otras
ciudades de Holanda y Francia, donde escribieron en castellano poesías,
novela, filosofía, religión, política y otras ciencias. En esta cuenta,
si bien alguno pueda tenerse por español, como Miguel de Barrios, que
nació en Montilla, aunque de origen portugués, pone nuestro autor á
Manasés ben Israel, á los Abarbanel y Abohab, á Baruch Nehemias, á David
Neto, á Isaac Orovio de Castro, á Samuel Silva, á Moisés Pinto Delgado,
á Abraham Pizarro, á Abraham Ferreira, á Antonio Henríquez Gómez, y á no
pocos más, mostrando notable diligencia en los informes que da de las
varias andanzas y de los escritos de cada uno de ellos.
Algunos artículos del _Catálogo_ del Sr. García Pérez tienen
extraordinaria extensión y retratan hábilmente la condición moral y la
vida del personaje á que se refieren. Entre estos artículos merece
mencionarse aquí el del famoso conde de Villamediana, poetizado por su
trágica muerte y por los bellos romances históricos del duque de Rivas.
La circunstancia de haber nacido el Conde en Lisboa, por haber ido allí
sus padres cuando Felipe II se coronó rey de Portugal, hace que el Sr.
García Pérez le incluya en su catálogo. De su vida y de sus escritos
inéditos publicó, pocos años ha, un libro interesante el Sr. Cotarelo y
Mori. El asesinato del Conde hace ganar á éste alguna simpatía; pero
justo es declarar que, si la venganza fué criminal é infame, casi puede
calificarse de merecida. Villamediana abusó de su ingenio, que le tuvo
sin duda, aunque estragado por el mal gusto, la pedantería y la carencia
de sentido moral, y abusó de su riqueza, de su posición, de sus bríos y
de otras buenas prendas personales, para ser procaz y satírico,
pendenciero, vicioso y con las mujeres violento y desenfrenado. Su lance
con la marquesa del Valle, que fue su amiga, y á quien, por celos,
arrancó las joyas que le había dado, desgarrándole el vestido,
abofeteándola y magullándola hasta el punto de que aquella dama estuvo á
la muerte, es acción tan brutal que no tiene perdón, fuesen las que
fuesen las traiciones é infidelidades de la víctima. Y no contento
Villamediana con el material ultraje, volvió á ofender á la dama
hiriéndola en el alma y pisoteando su honra en un romance que hizo
circular, y donde la acusa de que el caudal de él no bastó á saciar la
codicia de ella, y donde, aludiendo al glorioso Hernán Cortés, de quien
procedía el título de la Marquesa, dice á ésta jugando del vocablo:
_De la herencia de Cortés,_
_Que en herencia te cabia,_
_Heredas ser cortesana,_
_Repudias la cortesia._
De otro singular personaje nos informa también muy detenidamente el Sr.
García Pérez, prometiéndonos casi la publicación de un curioso
manuscrito que de él posee. Es una relación circunstanciada de lo que
vió, observó é hizo el autor, durante algunos meses del año de 1605, que
estuvo pretendiendo en Valladolid, donde residía entonces la corte. Por
lo que se puede presumir de las muestras que he visto de esta obra, hay
en ella mucho chiste y gracejo, si bien combinado con el deplorable mal
gusto, el enmarañado y pedantesco culteranismo, la impertinente
erudición y el abuso de los retruécanos. Aunque el autor, que se llamaba
Tomé Pinheiro da Veiga, natural de Coimbra, logró el empleo que
pretendía, no parece que salió muy prendado de Valladolid, ni bastante
agradecido, para no decir mil horrores de todo. Su relación, no
obstante, debe ser animado retrato de la alta sociedad española de
entonces. A ser el retrato fiel, dicha alta sociedad quedaría muy
malparada. Triste es tener que confesar que la corrupción había de ser
grande; pero algo ha de atribuirse también á la mordaz maledicencia de
que se hacía gala, y á cierto odio contra Castilla, que siempre ha
solido brotar con lastimosa lozanía en las almas de algunos habitantes
de las diversas regiones de esta Península. Los españoles, ó para que la
voz sea más comprensiva, sin anfibología, los _iberos_, solemos ser muy
biliosos y con frecuencia murmuramos de los propios más que de los
extraños. El Sr. García Pérez inserta en su libro unas quintillas
tremendas de Pinheiro da Veiga, por donde ya se puede comprender el tono
y carácter maleantes y desvergonzados de la prosa. Si damos crédito á
las quintillas, no había en Valladolid, en 1605, señora que no fuese una
perdida, ni galán que no fuese un tunante.
En el _Catálogo_ hay para todos los gustos. Si Pinheiro da Veiga es todo
sal y pimienta, ó, si se quiere, hiel y vinagre, otro autor y poeta,
llamado Simón García del Brito, es todo almíbar en punto de caramelo.
También estuvo éste en la corte de las Españas, pero sin duda fué menos
afortunado. No logró empleo ni tuvo buena ventura, y hubo de volverse á
su lugar lusitano. Retirado allí, escribió muy lindos versos
sentimentales, llenos de _saudades_ de una dama, con quien tuvo en
Madrid relaciones amorosas. Estos versos son naturales, sencillos, y se
recomiendan por cierta delicada ternura y profundidad verdadera de
afecto, poco comunes en los poetas peninsulares de aquella edad.
En suma: el libro del Sr. García Pérez es digno por todos estilos del
buen informe que la. Real Academia Española dió sobre él y en cuya
virtud el Gobierno le ha hecho imprimir á sus expensas. Es un
complemento necesario para la historia de nuestras letras y de nuestro
idioma castellano.
[Illustration]
LOS JESUITAS DE PUERTAS ADENTRO Ó UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAÑÍA
DE JESÚS
No hace muchos días que, con el título que antecede y sin nombre de
autor, salió á luz un libro en extremo interesante por el asunto de que
trata y de agradabilísima lectura por el ingenio, la gracia, la fecunda
vena satírica y el estilo castizo y magistral con que está redactado.
Sin que se adviertan mucho el esfuerzo y la afectación, el libro no
parece escrito en el lenguaje vulgar y corriente de ahora, sino como un
autor clásico de la edad de oro de nuestra literatura hubiera podido
escribirle.
Aunque no hubiesen llegado á mi noticia por diversos caminos claros
indicios de quién es el autor del libro, creo que de seguro hubiera yo
adivinado el nombre del autor; pero como él entró en el palenque y
combate con la visera calada, yo no quiero ser ni seré quien le quite la
visera y descubra su rostro y su nombre. Diré, sin embargo, que es, en
mi sentir, persona apasionada, movida por quejas justas, y que deja
notar en cuanto afirma cierto enojo harto motivado, que tal vez le
impulsa á ir más allá de lo merecido en la reprobación y en la censura.
Como yo en este punto, remedando al historiador romano, puedo decir de
los jesuítas que no los conozco _nec beneficio, nec injuria_, trataré
aquí del libro y daré sobre él y sobre la Compañía mi opinión imparcial,
movido por el aliciente que tiene para mí la materia, y exponiéndome á
no agradar á nadie, ni á los jesuítas, ni al autor incógnito.
Como el primer fundamento de las acusaciones es la supuesta carencia de
humildad cristiana que hay en los jesuítas, empezaré por hablar de la
humildad y de la manera en que yo la entiendo.
Bueno y santo es ser humilde, no rebajar á nadie para realzarse á si
propio, y reconocer nuestra condición miserable y pecadora, sobre todo
cuando pensamos en Dios y en sus perfecciones infinitas, y cuando,
encendidas ya en amor de Dios nuestras almas, volvemos los ojos hacia
las criaturas que son obra de Dios y á quienes por amor de Él amamos,
procurando, en vez de rebajarlas, poner en ellas un reflejo, un
destello, un trasunto de las mencionadas perfecciones divinas. Así, por
virtud de este procedimiento mental, el buen cristiano ensalza y encomia
á cuantos seres le rodean y se muestra lleno de candorosa indulgencia
para con todos ellos, siendo sólo severo consigo mismo y reconociendo y
confesando los propios defectos, pecados y vicios. Esto, á mi ver, es la
humildad cristiana. Pero si miramos el caso de otra manera y con más
hondo mirar, yo creo que el cristianismo, en vez de hacernos humildes y
abyectos, según no pocos impíos le acusan, eleva los espíritus y los
corazones y los enorgullece, magnifica y endiosa. ¿Qué razón ni motivo
tiene el buen cristiano para humillarse después de exclamar con San
Agustín: _gran cosa es el hombre, hecho á imagen y semejanza de Dios_? Y
no sólo su alma sino su cuerpo tiene mucho de digno y no poco de sagrado
cuando se considera como templo del espíritu, cuando se piensa que el
mismo Verbo divino, no sólo se unió á un alma humana, por inefable y
sublime misterio, sino también á un cuerpo de hombre de la condición y
forma de nuestro cuerpo, deificando así hasta cierto punto nuestra doble
naturaleza, y dándole para término de sus aspiraciones y para blanco de
sus esperanzas la misma perfección de Dios. Es extraño, aunque se
comprende y se admira, que sea, con pequeñísima diferencia, el fin que
propuso el demonio del orgullo á nuestros primeros padres casi idéntico
al consejo ó más bien al precepto principal que nos dio Cristo en el
Sermón de la Montaña. Si coméis del fruto del árbol prohibido, seréis
como dioses, dijo la serpiente. Y Cristo dijo: _Sed perfectos como es
perfecto vuestro Padre que está en el cielo_.
El error, pues, está en el camino que hay que seguir para llegar á la
perfección, pero no en aspirar á ella. Y ciertamente quien aspira á ser
perfecto como Dios, no se comprende que pueda ser humilde, á no ser en
el primer sentido arriba expresado.
Y si descendemos de las alturas teológicas y pensamos en esto de la
humildad ó de la soberbia, mundanamente y en la práctica, yo no me
explico tampoco cómo el muy humilde, á no ser exterior su humildad,
confundiéndose con la buena crianza y con la afable dulzura, acierte á
hacer cosa de provecho y á ser útil para algo. Lo primero es tener
confianza en el propio valer y contar con que no han de fallecernos las
fuerzas y el ánimo. El individuo ó la colectividad que acomete grandes
empresas y que tiene elevados propósitos y miras, no puede menos de
tener también el inevitable orgullo ó sea la creencia de que es capaz de
dar cima á aquellas empresas y de realizar aquellos propósitos, claro
está que contando siempre con el auxilio divino, lo cual será muy
piadoso, pero, francamente y en realidad, no es humilde. La humildad
existirá acaso con relación al Omnipotente, mas para todo lo que hay, y
no es Dios, no entiendo yo qué humildad cabe en la firme esperanza de
que Dios ha de ayudarnos á fin de que se logre y se cumpla lo que
queremos.
Partiendo de las anteriores consideraciones, entiendo yo que el autor de
que hablo acusa con poca razón á los jesuítas de no ser humildes, sino
orgullosos. Nada más natural, en mi sentir, que creer la mejor del mundo
la sociedad ó compañía á que pertenecemos. Todavía, si el acaso, si
circunstancias independientes de nuestra voluntad ó si una providencial
disposición nos colocase entre ésta ó entre aquella gente, podría
parecer soberbia de nuestra parte el considerar como la mejor del mundo
á la gente entre la cual estuviésemos colocados. Y con todo, aun así,
más suele aplaudirse que vituperarse este modo de sentir y de pensar. Yo
no soy español, por ejemplo, porque lo he querido, sino porque el cielo
ha dispuesto que lo sea, y, sin embargo, no pocas personas celebran y
muchas disculpan el elevado concepto que tengo yo de los españoles. Y si
esto es así en una sociedad en donde yo no entro voluntariamente, ¿cómo
ha de poder censurarse el altísimo concepto que forme cualquiera de la
sociedad ó compañía en cuyas filas se alista por voluntad propia? Nadie
ama sino bajo el concepto de bueno; todos buscan y procuran lo mejor; y
el hombre honrado que se asocia con otros hombres, no sólo es discupable
que crea, sino que debe creer que la tal asociación es la mejor del
mundo, y que los fines á que se ordena y endereza son por todo extremo
excelentes.
Justo es, pues, y sobre justo inevitable, que todo jesuíta, y más aún
mientras mayores sean su candor y su buena fe, esté persuadido de que la
Compañía de Jesús es la mejor del mundo, de que no hay virtud ni ciencia
que en ella no resida y de que proceden de ella y procederán muchos
bienes para el linaje humano.
No creer lo antedicho y hacerse, sin embargo, jesuíta, presupondría
falta de discreción ó razones y motivos egoístas y bajos en quien tal
hiciese. Alistarse en las filas del jesuitismo sin creer en su superior
condición, sólo se explicaría entonces por la gana de tener una posición
ó una carrera, de buscarse un modo de vivir, de ingeniarse ó de
industriarse en suma. Y aun así, aun en esta bajeza, la predilección
precedería á la elección, y todavía, sin elevarse sobre tan bajos
motivos, ó carecería de juicio el que se hiciese jesuíta, ó consideraría
que el serlo era mejor profesión ó carrera que todas las otras que
hubiera podido seguir.
Por consiguiente no hay pecado, ni falta, ni defecto en la voluntad de
los jesuítas cuando forman de la Compañía á que pertenecen un concepto
sublime. Esto no se opone á que en dicho concepto haya error ó
exageración del entendimiento.
Apartando de mi espíritu toda prevención apasionada, no considerando el
asunto ni como católico, ni como sectario de ninguna otra doctrina
religiosa, aceptando por un momento la más completa indiferencia en
punto á religión, hablando y decidiendo en virtud de un criterio
librepensador y racionalista, yo, lejos de condenar la Compañía de
Jesús, me siento irresistiblemente inclinado á glorificarla y á dar por
seguro que honra en extremo á España que entre nosotros naciese su
fundador, cuya obra pasmosa me parece que importó muchísimo en la
historía del linaje humano, haciendo de Ignacio de Loyola, no sólo el
digno rival de Lulero, sino el personaje que se le sobrepone y le
eclipsa. Se diría que cuando la Reforma parecía que iba á extenderse
como voraz incendio por todo el mundo civilizado, y ya que no á
extinguir á empequeñecer la cristiandad católica, Dios suscitó para ésta
un campeón poderoso, cuyas huestes combatieron sin descanso la herejía y
la vencieron á menudo en Europa, mientras que al mismo tiempo extendían
la fe católica por el resto del mundo, ganando para ella más almas en
países remotos y en inexploradas regiones que las que en Europa había
perdido por culpa de Lutero y de los otros heresiarcas del siglo XVI.
En la Compañía hay que admirar el feliz consorcio del pensamiento y de
la acción, de lo práctico y de lo especulativo. Fue un ejército
conquistador, sin más armas que la palabra, que se extendió por el mundo
con extraña rapidez, avasallándole y dominándole. Si contemplamos en
espíritu al fundador glorioso en el momento de su muerte, nos parece á
modo de un Alejandro incruento. Sus dominios se han dilatado ya sobre
toda la redondez de la tierra. La Compañía tiene casas y colegios, gran
poder é influjo en Castilla, en Portugal, en Alemania, en Francia y en
las Indias Orientales y Occidentales. Bien puede sin vanidad ni soberbia
exclamar el Padre Rivadeneyra que al mismo tiempo que Martín Lutero
«quitaba la obediencia á la Iglesia Romana y hacía gente para combatirla
con todas sus fuerzas, levantaba Dios á este santo capitán para que
allegase soldados por todo el mundo y resistiese con obras y con
palabras á la herética doctrina.»
Y no hay sólo en el P. Ignacio el espíritu conservador, sino también el
de reforma y el de progreso. «Todos sus pensamientos y cuidados, dice el
ya citado biógrafo, tiraban al blanco de conservar en la parte sana ó de
restaurar en la caída, por sí y por los suyos, la sinceridad y limpieza
de nuestra fe.» Todavía hay otra idea elevadísima, si no desconocida y
seguida en otros institutos religiosos, por ninguna observada y seguida
con más firmeza y perseverancia que por la Compañía de Jesús: la idea y
el propósito de divulgar las ciencias, las letras y toda cultura,
haciendo de ellas y del progreso humano preciosos y dignos auxiliares de
la religión.
Con notable injusticia se acusa á la Compañía de que aniquila las
voluntades y nivela y pone trabas á los entendimientos con los firmes y
duros lazos de su obediencia ciega. No puede haber acusación menos
razonable. Jamás se ha formado una sociedad con el intento de producir
_genios_. El genio es una virtud ó un poder que tiene algo de
sobrehumano, y que aparece individualmente en el espíritu de este ó
aquel hombre cuando Dios ó la naturaleza así lo decretan. Y este genio,
virtud ó poder, ni hay sociedad que le cree ni tampoco hay sociedad que
le destruya. Es además harto arbitrario y vago el determinar ó medir la
altura que ha de tener un hombre para ser genio y no ser medianía. No
seré yo quien clasifique y coloque entre las medianías ó entre los
genios á muchísimos Padres de la Compañía de Jesús; pero sí me atrevo á
asegurar que, durante los tres siglos XVI, XVII y XVIII, hasta después
de su extinción bajo el pontificado de Clemente XIV, figura en ella una
brillantísima serie de varones admirables por la acción, como
predicadores, viajeros, mártires heróicos y exploradores atrevidos de
países incógnitos y bárbaros, y una lucidísima cohorte de hombres
eminentes en ciencias y en letras, descollando entre ellos muchísimos
españoles, por lo cual, estando España hoy tan decaída, no goza acaso el
nombre de ellos de toda la fama y el alto aplauso que merecen.
Para infundir en la mente de mis lectores un elevadísimo concepto y para
entonar un himno en alabanza de la Compañía de Jesús, no he de ir yo á
buscar frases y datos en libros escritos por jesuítas, ni en
disertaciones é historias de católicos fervorosos y hasta fanáticos,
sino que tomaré los datos y frases en un autor inglés, criado en el
protestantismo y librepensador más tarde: en el famoso historiador y
_ensayista_ lord Macaulay. Harto merece ser traducido todo lo que él
dice de los jesuítas y de su fundador; pero, á fin de no ser prolijo, me
limitaré á traducir algunos trozos. «Ignacio de Loyola en la gran
reacción católica tuvo la misma parte que Lutero en el gran movimiento
del protestantismo. Pobre, obscuro, sin protector, sin recomendaciones,
entró en Roma, donde hoy dos regios templos, ricos en pinturas y en
mármoles y jaspes, conmemoran sus grandes servicios á la Iglesia; donde
su imagen está esculpida en plata maciza; donde sus huesos, en una urna
cubierta de joyas, se ven colocados ante el altar de Dios. Su actividad
y su celo vencieron todas las oposiciones, y bajo su mando el orden de
los jesuítas empezó á existir y creció rápidamente hasta el colmo de sus
gigantescos poderes. Con qué vehemencia, con qué política, con qué
exacta disciplina, con qué valor indomable, con qué abnegación, con qué
olvido de los más queridos lazos de amistad y parentesco, con qué
intensa y firme devoción á un fin único, con qué poco escrupulosa
laxitud y versatilidad en la elección de los medios riñeron los jesuítas
la batalla de su Iglesia, está escrito en cada página de los anales de
Europa, durante muchas generaciones. En el Orden de Jesús se concentró
la quinta esencia del espíritu católico: la historia del Orden de Jesús
es la historia de la gran reacción del catolicismo. Este Orden se
apoderó de todos los medios y fuerzas con que se dirige y manda el
espíritu del pueblo: del pulpito, de la prensa, del confesionario y de
las academias. Donde predicaba el jesuíta, la iglesia era pequeña para
el auditorio. Su nombre en la primera página aseguraba la circulación de
un libro. A los pies del jesuíta la juventud de la nobleza y de la clase
media era guiada desde la niñez á la edad viril y desde los primeros
rudimentos hasta la filosofía. La literatura y la ciencia, que parecían
haberse asociado con los infieles y con los herejes, volvieron á ser las
aliadas de la ortodoxía. Dominante ya en el Sur de Europa, la grande
Orden se extendió pronto, conquistando y para conquistar. A despecho de
Océanos y desiertos, de hambre y peste, de espías y leyes penales, de
calabozos y torturas y de los más espantosos suplicios, los jesuítas
penetraban, bajo cualquier disfraz, en todos los países; como maestros,
como médicos y como siervos; arguyendo, instruyendo, consolando,
cautivando los corazones de la juventud, animando el valor de los
tímidos, presentando el Crucifijo ante los ojos del moribundo. El orbe
antiguo no fué bastante extenso para la extraña actividad de los
jesuítas. Ellos invadieron todas las regiones que los grandes y
recientes descubrimientos marítimos habían abierto al emprendedor genio
de Europa. Los jesuítas aparecían en las profundidades de las minas del
Perú, en los mercados de esclavos de Africa, en las costas de las islas
de las Especias y en los observatorios de la China; y hacían prosélitos
y conversiones en países adonde ni la avaricia ni la curiosidad habían
tentado aún á sus compatricios para que penetrasen; y predicaban y
disputaban en idiomas de los que ningún otro natural de nuestro
Occidente entendía palabra.»
Cuando la Reforma se levantó contra la Iglesia católica, el clero
secular y regular, aun en la misma Roma, estaba corrompido y viciado y
hasta lleno de descreimiento: «sólo el Orden de los jesuítas, añade
nuestro historiador, pudo mostrar muchos hombres no inferiores en
sinceridad, constancia, valor y austeridad de vida á los apóstoles de la
Reforma». A los jesuítas, pues, á su poder persuasivo y al influjo de su
palabra, se debió en gran parte la restauración y reverdecimiento en el
seno de la Iglesia católica de aquel hondo sentir religioso y de aquella
«extraña energía que eleva á los hombres sobre el amor del deleite y el
miedo de la pena; que transforma el sacrificio en gloria y que trueca la
muerte en principio de más alta y dichosa vida».
Declara asimismo Macaulay que el prodigioso cambio, que el triunfo
inesperado del catolicismo sobre el protestantismo se debió en gran
parte á los jesuítas y á la profunda política con que Roma supo valerse
de ellos. «Cincuenta años después de la separación de Lutero, el
catolicismo apenas podía sostenerse en las costas del Mediterráneo: cien
años después apenas podía el protestantismo mantenerse en las orillas
del Báltico. Grandes talentos y grandes virtudes se desplegaron por
ambas partes en esta tremenda lucha. La victoria se declaró al fin en
favor de la Iglesia romana. Al expirar el siglo XVI, la vemos triunfante
y dominante en Francia, en Bélgica, en Baviera, en Bohemia, en Austria,
en Polonia y en Hungría. El protestantismo en los siglos que han venido
después no ha podido reconquistar lo que perdió entonces.» Y añade
Macaulay: «He insistido detenidamente sobre este punto, porque creo que
de las muchas causas á las que debió la Iglesia de Roma su salvación y
su triunfo al terminar el siglo XVI, la causa principal fué la profunda
política con que dicha iglesia se aprovechó del _fanatismo_ de personas
tales como San Ignacio y Santa Teresa.»
Es muy de notar que esto que Macaulay, con su criterio protestante ó
racionalista, _fanatismo_, podrá ser llamado así por el brio y la
intensidad con que se sintió y se pensó, pero tanto el sentimiento como
el pensamiento, analizados, examinados y juzgados hasta por un hombre
descreído del siglo XIX, fueron, en el siglo XVI, permitánsenos las
palabras, más razonables y más progresistas que cuanto Lulero, Calvino y
los otros apóstoles de la reforma pensaron, sintieron y dijeron. No fué
el misticismo español de entonces huraño, egoísta y meramente
contemplativo, aspirando á elevarse y á unirse con Dios para aniquilarse
allí confundiéndose en la esencia infinita y desvaneciéndose en un
perpetuo _nirvana_. El amor de Dios y la aspiración á unirse con él,
según mil veces lo explican nuestros místicos, fueron una preparación y
habilitación de las almas para que obrasen luego, en la vida terrenal,
inauditos prodigios de amor al prójimo, y para que diesen cima á casi
sobrehumanas empresas. Las almas, según dichos místicos, cuando ardían
en el fuego del amor divino y derretidas por la fuerza de este fuego se
diría que se identificaban con Dios, eran como la espada que parece
fuego en la fragua, de donde sale después con más fino temple y con
superior aptitud para ejercer sus funciones. Lo místico y lo
contemplativo en los jesuítas no fué el fin, sino el medio para
apercibirse á la acción y cobrar fuerzas y virtud mayores con que
alcanzar en ella la victoria. Y no fué la victoria en favor sólo del
catolicismo, sino también para conservar ó restaurar el lazo ó principio
unificante de la civilización europea, que los protestantes habían roto;
para hacer que triunfase dicha civilización, amenazada por nueva
barbarie, y para salvar la libertad y el valor y mérito de nuestras
obras, casi negados por el fatalismo cruel y pesimista con que los
protestantes denigraban y hacían odiosa á la divinidad y esclavizaban á
la humana naturaleza, sacrificándola en aras de una _predestinación_ y
de una _gracia_, caprichosas y ciegas.
Nadie podrá acusar de jesuítico al célebre y malogrado historiador y
polígrafo Oliveira Martins, y, sin embargo, en este punto que tocamos
ahora, ensalza como nadie á los jesuítas, haciendo que la gloria de
ellos y su triunfo en el Concilio de Trento aparezcan acaso como el
mayor triunfo y como la más espléndida gloria de la civilización ibérica
en el siglo XVI. «Los protestantes, dice Oliveira Martins, no excluyen
las buenas obras; pero no es el mérito de ellas el que redime: es
únicamente el mérito de Cristo, independiente del hombre. Esta doctrina,
añade, es la condenación del hombre y de su actividad, de su voluntad,
de la fuerza íntima que constituye su vida. Condenando al hombre, los
protestantes condenan el mundo: transfiguran la realidad y conducen á
los abismos de la esclavitud trascendente. En cambio, la doctrina de los
jesuítas Salmerón y Lainez, vencedora en Trento, diviniza al mundo y al
hombre, revelando y haciendo resplandecer la justicia de Dios en la fe
del hombre y en sus buenas obras, cuyos méritos elevan á la gracia. El
genio español, añade Oliveira Martins, fué, pues, por la boca elocuente
de Lainez y de Salmerón, el defensor de la cultura humana, deteniendo á
Europa en la pendiente de una predestinación fatalista.»
Debo observar que yo no cito aquí á Oliveira Martins como quien cita á
un padre de la Iglesia; que en asunto tan difícil como la conciliación
de la gracia y del libre albedrío, no le doy autoridad alguna; y que no
hago á los jesuítas pelagianos, ó semi-pelagianos, para ponderar lo que
valían. Sólo afirmo que, sin incurrir en error contra la fe, porque ni
el molinismo, ni menos su mitigación por el congruismo de Suárez, fueron
nunca calificados de heréticos, los jesuítas defendieron y sostuvieron
la libertad del hombre, sin salir fuera del circulo de la creencia
católica, y en cuestión la más oscura y difícil de la teología, y aun de
todo pensar filosófico, por donde será siempro para teólogos y filósofos
manantial y semillero de disputas hasta la consumación de los siglos. No
quiero seguir ponderando aquí y recapitulando todo lo que en alabanza de
los jesuítas puede decirse y se ha dicho hasta la extinción de la Orden
en el siglo pasado. Las acusaciones lanzadas contra ellos y la multitud
de enemigos acérrimos que tuvieron, primero entre los protestantes,
después entre los jansenistas, y, por último, entre los librepensadores,
redundan en cierto modo en elogio de los jesuítas, ya que prueban el
extraordinario poder y la importancia que tenían. El mérito de ellos, no
obstante, tiene que ser reconocido hasta por sus mayores contrarios, si
se precian de candorosos é imparciales. Así, por ejemplo, Mosheim dice:
«El candor y la imparcialidad me obligan á confesar que los adversarios
de los jesuítas, al mostrar la torpeza y negrura de varias de sus
máximas y opiniones, han ido más allá de lo que debían, y han exagerado
las cosas para abrir más extenso campo á su celo y á su elocuencia.
Fácil me sería probarlo con ejemplos sacados de las doctrinas de la
_probabilidad_ y de la _restricción mental_, imputadas como un crimen á
los jesuítas; pero esto me apartaría demasiadodemi asunto. Observaré
sólo que en la disputa se han atribuido á los jesuítas principios que
sus enemigos sacan por inducción de la doctrina de ellos, sin que ellos
los confiesen; que no siempre han interpretado sus términos y sus
expresiones en el verdadero sentido, y que nos han presentado las
consecuencias de su sistema de una manera parcial, que no está de
acuerdo con la equidad exacta.»
Esta confesión de Mosheim en favor de los jesuítas los honra mucho,
porque es uno de sus más declarados enemigos, y porque sin nombrarlas
censura de parcialidad y de más ó menos inconsciente falsía las
encomiadas _Provinciales_ de Blas Pascal, obra que, según muchos
afirman, ha hecho más daño á los jesuítas que la indignación de los
soberanos y que todas las calamidades que han caído después sobre su
Orden.
No he de dilatarme yo más, defendiéndola aquí. No ataca ni condena su
pasado el autor incógnito del libro de que doy cuenta. Sólo añadiré,
para terminar, que nadie puede pretender, ni los más fervorosos
jesuítas, que la Compañía estuvo exenta de faltas y que todos sus
individuos, que se contaban por miles, fueron unos santos, sin pecado y
sin vicio, hasta la extinción de la Compañía en 1773.
Al caer entonces los jesuítas cayeron como los héroes de una noble
tragedia, donde toda la simpatía y el aplauso fué para las víctimas, y
la reprobación, en los más elevados espíritus, para los tiranos y
opresores; para Pombal, para la Pompadour, para Tanucci y para el conde
de Aranda. Las alabanzas de la Orden extinguida se renovaron ó surgieron
entonces, derramándose sobre ella como sobre fúnebre monumento un
diluvio de flores. Los más eminentes personajes de Europa, aun entre los
no católicos, habían celebrado ó celebraron á los jesuítas: Enrique IV
de Francia, Catalina II de Rusia, Rousseau, Diderot, Leibnitz, Lessing,
Herder y mil otros.
Voltaire dice de ellos: «Tienen escritores de un mérito raro, sabios,
hombres elocuentes y _genios_.» D'Alembert: «Los jesuítas se han
empleado con éxito en todos los géneros: elocuencia, historia,
antigüedades, geometría y literatura profunda y agradable. Apenas hay
disciplina en que no cuenten ellos hombres de primer orden.»
Federico el Grande de Prusia, escribía á Voltaire: «Esta Orden ha dado á
Francia hombres del _genio_ más elevado.»
Después de suprimida la Compañía, los jesuítas, arrojados impíamente de
todos los dominios españoles y refugiados en Italia, se esmeraron en dar
clarísimo testimonio y brillantes muestras de su valer, redundando así
cuanto hicieron en mayor vergüenza y descrédito de sus perseguidores y
en alta honra de España, su patria.
Jamás, desde la toma de Constantinopla por los turcos y la venida á
Italia de los sabios griegos, había penetrado en aquella península
hueste más lucida y docta de extranjeros fugitivos. La historia
científica y literaria de los ex jesuítas españoles, que por toda Italia
se difundieron, carece todavía de un historiador digno. De esperar es
que lo sea con el tiempo el erudito y elegante escritor D. Marcelino
Menéndez y Pelayo. Entre tanto, no faltan eruditos italianos que se
ocupen con amor en este asunto. Recientemente la Real Academia de
Ciencias de Turín ha publicado sobre él una hermosa memoria, debida al
saber y talento del doctor Victorio Cian. Al dar cuenta de esta memoria
el ya citado Menéndez y Pelayo, en el número de Enero último de la
_Revista critica de historia y literatura_, amplifica y esclarece las
noticias del Doctor Cian con no pocas más que demuestran la importancia
y el valer de aquellos nuestros ilustres compatriotas. Los Padres
Andrés, Arteaga, Eximeno y Masdeu son elogiados por el Dr. Cian según su
mérito; pero en cambio, sólo hace rápida mención de Hervás y Panduro,
creador de una nueva ciencia: la filología comparativa; del Padre Juan
Bautista Gener, autor de los seis primeros tomos de una enciclopedia
teológica, que implica la renovación de los estudios eclesiásticos; del
Padre Tomás Serrano, elegante y sabio humanista; del gramático Garcés,
cuyo libro del _Vigor y elegancia de la lengua castellana_ se lee aún
con fruto; del Padre Aponte, egregio helenista, maestro del cardenal
Mezzofanti; del insigne historiador de Méjico Clavijero; del naturalista
chileno Molina; de Landival, cuya _Rusticatio Mexicana_ es uno de los
más curiosos poemas de la latinidad moderna, hasta por lo original y
exótico del asunto, y de Márquez, tan benemérito, por sus libros, de la
arqueología romana y de la historia de la arquitectura.
Aunque el Dr. Cian diga poco ó nada sobre los mencionados escritores,
todavía basta con los que celebra para hacer que se forme elevadísimo
concepto de los jesuítas españoles emigrados en Italia y de cuanto
trabajaron y escribieron desde 1767 hasta 1814. Acrecientan la elevación
de este concepto, las nobles palabras con que el Dr. Cian termina y
resume su memoria: «Aquellos hombres--dice--arrojados de su patria,
obligados á vivir entre las desconfianzas, las envidias, los rencores
antiguos y recientes, en país extranjero, guardan celosamente el culto
de la patria en su corazón, y al mismo tiempo se enlazan en afectuosa
amistad con algunos de los nuestros y de los mejores, estudian y adoptan
é ilustran la lengua y la literatura del país que les ha dado
hospitalidad; pero cuando ven que algún italiano quiere lanzar la más
leve sombra sobre el honor literario de España, se levantan con fiereza
caballeresca, propia de su raza, y no temen defenderse, y pasar muchas
veces de la defensa á la ofensa vigorosa y audaz... No podemos menos de
sentir una admiración profunda por estos emigrados que en tan breve
período de años respondieron tranquilos y altivos, con la mejor de las
venganzas, á las injurias de la fortuna, á las persecuciones, á los
odios de los hombres que pretendían extinguirlos; y se levantaron y se
purificaron á los ojos de la historia, á nuestros propios ojos, á los
ojos de aquellos mismos que creían y aspiraban á verlos aniquilados para
siempre. Su producción múltiple, varia y á veces profunda y original, es
un fenómeno singularísimo. En vano se buscaría en la historia de las
literaturas europeas otro fenómeno semejante de _colonización
literaria_; violenta, forzada en sus causas y en los medios con que fué
realizada; espontánea, duradera y digna en sus complejas
manifestaciones; útil y gloriosa para aquellos colonos, dotados de
extraordinaria flexibilidad y gran virtud asimiladora; no ingloriosa
para la madre patria que los desterraba; ventajosa y honorífica para la
nueva patria latina que los acogía en su seno hospitalario.»
Harto reconocerá el lector por lo expuesto hasta aquí que yo soy un
admirador fervoroso y sincero de la antigua Compañía de Jesús; pero esto
no se opone á que yo dé crédito é importancia á las tremendas
acusaciones que lanza contra la Compañía el autor anónimo, cuyo libro me
induce á escribir este articulo.
No recuerdo quien dijo, tal vez fué Cervantes, que las segundas partes
nunca fueron buenas; y yo confieso que me siento inclinado á aplicar el
dicho á la Compañía de Jesús restaurada, desde 1814 hasta ahora.
La primera revolución francesa, con tantos horrores y tanta sangre y
dando por último resultado á un déspota que sin propósito fijo,
civilizador y humano, mantiene durante años la confusión y la guerra en
Europa; la propensión del pensamiento filosófico hacia el pesimismo y
hacia el más grosero ateísmo y la aparición ó la mayor difusión y el más
hondo arraigo de espantosas doctrinas que, no sólo tiran á subvertir el
organismo social, sino á arrancar de cuajo los fundamentos en que el
orden actual se sostiene, han apocado acaso, con la repugnancia y el
terror que inspiran, el espíritu religioso de muchos individuos é
instituciones, y entre éstas la de los jesuítas sin duda. Lo cierto es
que ya no son como eran antes. A mi ver, ya no pueden decir: _sint ut
sunt, aut non sint_. Ya son otros de lo que eran. Antes, al defender la
fe católica, de que se hicieron y fueron maravillosos adalides, se
pusieron en el camino del progreso, á la cabeza de la humanidad,
levantando el lábaro y apareciendo casi, así por el amor de la religión
como por el amor de la ciencia, semejantes á la columna de fuego que
guió en el desierto á los israelitas durante la noche.
Hoy, por el contrario, faltos de fe los jesuítas y engañados por el
pesimismo, imaginan sin duda que la civilización ha descarrilado, que se
ha extraviado, saliendo de la senda que debía seguir, y en vez de
ponerse delante y servir de guía, se han puesto á la zaga y hacen todos
los posibles esfuerzos porque ceje y retroceda hacia un punto absurdo y
fantástico que jamás existió y con el que ellos sueñan. De aquí que todo
progreso, toda elevada cultura, todo pensamiento sano de libertad y de
mejoras, sea tildado por ellos de _liberalismo_ y aborrecido de muerte.
Esto es peor que carecer de un ideal, es tener un ideal falso é
inasequible por ser contrario á las ideas y á las esperanzas de la
porción más activa, inteligente y hábil de la novísima sociedad humana.
En esta situación, sin verdadero entusiasmo, porque reacción tan
disparatada no puede inspirarle, no es extraño que los jesuítas modernos
tengan todas las flaquezas y pequeñeces é incurran en cuantos vicios y
pecados el autor anónimo les imputa en su iracunda y despiadada sátira.
Todo lo que el autor anónimo nos declara que hay ahora de malo en la
Compañía, pudo existir y existió probablemente en ella, hasta cierto
punto, desde su origen. No era posible que entre millares de hombres,
formando una asociación poderosísima, no se albergasen la ambición, la
codicia, el apetito de deleites y regalos y otras mundanas pasiones;
pero entonces era tan elevado el propósito, era tan generoso y fecundo
el pensamiento capital que informaba á la Compañía, y era tan numerosa y
refulgente la falange de sus héroes, de sus santos, de sus exploradores,
de sus sabios y de sus mártires, que deslumbraba con su resplandor y no
dejaba ver lo vicioso y lo malo que había en la Compañía y que es tan
inherente y propio y tan difícil de extirpar por completo de nuestra
decaída naturaleza.
Es asimismo de recelar que el jesuitismo moderno, si bien fustiga con
sobrada acritud los vicios del día, se haya dejado, sin sentirlo,
inficionar por algunos de ellos, y en particular por los que afean más
ahora á las clases medias y elevadas de la sociedad, con las que los
jesuítas tratan y alternan frecuentemente. La afición, pues, al regalo,
á la pompa, á ciertos refinamientos y elegancias y al dinero que lo
proporciona todo, no deja de ser natural que se haya infiltrado en las
almas de los decaídos sucesores de Francisco Javier, de Francisco de
Borja, y de tantos y tantos gloriosos misioneros, confesores y mártires
de la fe de Cristo.
Cuantos hechos, anécdotas y casos refiere el autor incógnito para
rebajar y humillar á los jesuítas del día, tienen traza de verdaderos y
dejan harto mal parados á los Padres. Referidos con notable primor de
estilo, desenfado y gracia, entretienen tanto ó más que una novela
picaresca. Así los dos capítulos _Cuestión de cuartos_ y _Los dineros
del sacristán_, nos pintan á los Padres sedientos de oro y valiéndose
para adquirirle de mil medios poco decorosos; de la usura, del agio y de
la adulación para con los ricos, á fin de conseguir de ellos donaciones
y herencias: y nos los pintan al mismo tiempo manirrotos, despilfarrados
y faltos de juicio, de buen gusto y de previsión, para gastar, ó más
bien para derrochar estas poco bien adquiridas riquezas. En el capítulo
_El Politiqueo_ aparecen los Padres como facciosos, excitadores á guerra
civil y tan partidarios de D. Carlos, que cantaban el _Te Deum_ cuando
ocurría algún suceso funesto para las armas de España, v. gr.: la muerte
del caballeroso y heróico marqués del Duero.
Para no fatigar á los que me lean no seguiré extractando aquí el inmenso
cúmulo de acusaciones que lanza contra los jesuítas el autor anónimo.
Recomendaré, sin embargo, la lectura del capítulo _El Mujerío_, porque
tiene muchísimo chiste. Sobre todo en cuanto se refiere á las relaciones
espirituales de los Padres con las duquesas, marquesas y condesitas, y
en la descripción que hace de la devoción elegante, del misticismo
cómodo y de la religiosidad _high life_ y á la moda.
Todo esto, no obstante, por más que sea digno de reprobación y deba ser
condenado en este, en aquel ó en el otro individuo, tal vez afecte menos
á la Compañía en general de lo que el autor anónimo imagina y pretende.
En una asociación tan numerosa y que alcanza extraordinario influjo y
crédito, es difícil, es casi imposible evitar que algunos, que tal vez
muchos de los que á la asociación pertenecen, no se prevalgan de ese
influjo y de ese crédito para lograr provechos y ventajas materiales. Y
por otra parte, el despilfarro de esos provechos, casi siempre en cosas
deleitables para la colectividad ó que satisfacen y lisonjean su
orgullo, prueba que no hay grande egoísmo en el individuo que los ha
logrado, é inclina á creer que la codicia jesuítica más que viciosa es
poco juiciosa.
En mi sentir, pues, los capítulos de mayores culpas del libro del autor
anónimo contra los jesuítas, son los dos que se titulan: _De ciencia y
tantidad_, _la mitad de la mitad_.
Ni en ciencia, ni en literatura ni en artes, llegan hoy los jesuítas de
España á lo que fueron en lo pasado. Quedan además muy por bajo del
nivel de los escritores seglares y de los escritores del clero y de los
otros institutos religiosos. La fama al menos no hace resonar mucho sus
nombres ni difunde su gloria.
En este punto, sin embargo, y si hemos de dar crédito al autor anónimo y
no tildar de exageración sus alabanzas, él las prodiga de tal suerte al
P. Juan José Urraburu, que le coloca muy por encima de todos los
filósofos, pensadores y escritores aficionados á la filosofía que ha
habido en nuestra nación en el siglo presente. No he de negar yo que
sean muy estimables las obras filosóficas de Balmes, del P. Zeferino
González, de D. Manuel Orti y Lara, de Sanz del Rio y de la turba de sus
prosélitos; pero de ninguno de ellos se podría afirmar sin exagerada
benevolencia lo que el autor anónimo afirma de la obra filosófica del P.
Juan José Urraburu, declarando que es notabilísima, que hace honor á
España, y que debe contarse entre las mejores, si ya no es la mejor
publicada en Europa, después de la restauración filosófica pregonada por
León XIII. Es cierto que el autor anónimo limita luego la alabanza,
considerando la obra del P. Urraburu como mera exposición de la sana
filosofía escolástica. Pero aun así, la alabanza es muy grande, si la
tal exposición es completa y si es la mejor que se ha hecho en Europa,
comparando bien la antigua filosofía que expone, con todos los
ulteriores sistemas, y sacándola ilesa de los ataques, y victoriosa y
colocada por cima de todos.
Fuera de los méritos de este P. Urraburu, del que confieso ingenuamente
que ni había oído hablar, poco ó nada hay que el autor anónimo celebre y
estime en algo, en el movimiento intelectual de los jesuítas. Y la
verdad es que ninguno de sus escritos ha alcanzado en España la
popularidad y el aplauso que las obras de otros escritores
pertenecientes al clero. No tienen poetas como Mosén Jacinto Verdaguer;
ni ardientes y fervorosos polemistas como D. Miguel Sánchez; ni
entusiastas y candorosos moralizadores, de fecunda inspiración popular,
como el excelente P. Claret, harto injustamente ridiculizado por la
pasión política y por la ligereza de liberales y librepensadores.
La revista _El Mensajero del Corazón de Jesús_, está, según el autor
anónimo, muy por bajo de _La Ciudad de Dios_, de los Padres Agustinos. Y
lo que más desgracia dicha revista ó _Mensajero_, siempre, según nuestro
autor, son las novelas y cuentecitos que allí se insertan, «donde
hierven tales osadías de ideas y tales arrojamientos de frases y de
palabras, y donde se refieren lances y percances tan crudos y poco
decentes y situaciones tan escandalosas, que muchos padres de familia,
luego que recibían el tal _Mensajero_, le escondían con cuidado para que
no le leyesen sus hijas».
Son más de extrañar estas libertades si se atiende, según afirma el
autor anónimo, á que los Padres jesuítas de España han censurado al
Cardenal Wiseman por su _Fabiola_ y al inocentísimo Fernán Caballero por
varias de sus novelas, y á que (¡apenas parece creíble!), en un gran
colegio de la Compañía celebraron una muy devota procesión y quemaron
muchos libros por impíos, liberales y poco decentes, entre ellos _El
Quijote_.
El autor anónimo niega también historiadores á la moderna Compañía de
Jesús en España.
En lo que toca á ciencias naturales, no tienen nada de que jactarse. No
sólo, dice, «no pueden presentar una obra como la del Agustino P. Blanco
sobre la flora de Filipinas, pero ni un observador de la naturaleza como
el escolapio Padre Ainza».
En mi sentir, hay un punto sobre el cual no vierte bastante luz el autor
anónimo, ni nos habilita, fiándonos de lo que dice, para dar una
sentencia adversa ó favorable. Es este punto la virtud ó capacidad
docente de los Padres de la Compañía. Sobre ello, por lo tanto, no
daremos nuestra opinión, pero sí diremos que la del público en general
es muy favorable á los Padres, y lo prueban la multitud de colegios que
tienen, su prosperidad, y el empeño con que muchas personas, hasta
opuestas al jesuitismo, liberales y librepensadoras, envían á sus hijos
á los colegios de los jesuítas para que allí se eduquen. Y no puede
negarse que el buen éxito de los jesuítas en este ministerio de la
enseñanza de la juventud produce y puede producir los mejores efectos,
aunque no sea más que despertando la emulación y excitando el celo de
otros establecimientos pedagógicos, ya, por ejemplo de los Institutos
oficiales y laicos, ya de otras Ordenes religiosas ó clericales
congregaciones. Los Padres Augustinos, sin duda, se esmerarán más en sus
enseñanzas para competir con los Padres de la Compañía y vencerlos, si
pueden. Y es probable, que, contemplando la prosperidad y crédito de los
jesuítas como cuerpo docente, los canónigos del Sacro Monte se hayan
animado y resuelto á ampliar los estudios de su colegio, convirtiéndole
en Universidad católica, donde ya se enseña la jurisprudencia y donde se
aspira y se quiere enseñar (como complemento y corona de las asignaturas
de teología), griego, hebreo y árabe y otras lenguas orientales, así
como muchas ciencias profanas y muchas teorías y descubrimientos
novísimos, á fin de ponerlos en armonía con la Religión revelada y de
que valgan para su sostén y concurran á su triunfo en vez de parecer,
como parecen, un ariete en manos de los incrédulos.
Concretándome ahora al examen del libro del autor anónimo, y expresando
aquí sobre él mi parecer franco y sincero; diré, para concluir, aunque
me acusen como han sido acusados con frecuencia los jesuítas de tener la
manga muy ancha, que los pecados y vicios que saca á la vergüenza el
autor anónimo, si bien sería de desear que no los hubiese, no me mueven
tanto á condenar la Compañía, compuesta de seres humanos, entre los
cuales no puede menos de haber bastantes pecadores, como la carencia del
espíritu elevado, amplio, civilizador y progresivo que la inspiró en
mejores días. Volver á informarse de este espíritu es, en mi sentir, lo
que la Compañía necesita, y no las mejoras y modificaciones de sus
institutos, que el autor anónimo propone, manifestando deseo de que la
Iglesia las adopte y establezca.
No va por un lado el espíritu del siglo y no va por el lado opuesto el
espíritu de la verdadera Religión. Ambos caminan y deben caminar unidos
á fin de que la mente y el corazón de los hombres se eleven á superiores
esferas. Cristo no enseñó cuanto hay que saber, sino que dejó mucho, aun
en las cosas más esenciales, para que los hombres lo averiguasen y lo
enseñasen con el transcurso del tiempo. El adelanto, el desenvolvimiento
de la metafísica y de toda doctrina social, política y hasta ética, no
está reñido con la revelación, que no fué ni pudo ser de una vez, sino
que, en cierto modo y altamente aceptada, es progresiva. Las mismas
palabras del Redentor lo declaran: _Adhuc multa habeo vobis dicere, sed
non potesti portare modo_. Lo que entonces no dijo Cristo, porque no
hubieran acertado á entenderle; lo que, aun después de descender sobre
los apóstoles las lenguas de fuego, cuando estaban congregados en el
Cenáculo, no quiere ó no puede revelar San Pablo, constituye la ulterior
revelación, y presta, digámoslo así, una flexibilidad sublime á nuestro
dogma religioso, que le hace capaz de contener dentro de sí, sin
romperse ni quebrantarse, toda civilización futura, por grande y
maravillosa que sea.
Yo entiendo, pues, que la mejor reforma que pudieran adoptar los
jesuítas sería la de inspirarse en tan sublime y fundamental pensamiento
que, sin salir fuera de las vías católicas y sin cobardes
condescendencias y transacciones con incrédulos é infieles, hiciese
posible la aspiración de Jaime Freeman Clarke al terminar su obra sobre
las _Diez grandes Religiones_, y al proclamar la cristiana como la
religión definitiva é imperecedera del humano linaje: que no se amengüe
la libertad del espíritu; que no se acepte con ceguedad lo que
contradiga al sentido común; que no se achique ó mutile la ciencia por
miedo de que triunfe de la fe; que ningún placer inocente, que ninguna
natural alegría de la vida y que nada de cuanto hay de hermoso en la
literatura, en el arte, en la sociedad y en el hogar doméstico, sea
sacrificado; sino que todos los hombres vengan á Jesús y hallen en Él el
medio más poderoso de elevarse hasta su Eterno Padre y la revelación más
cumplida de perdón, paz, esperanza y vida eterna, indispensable para el
desarrollo perfecto y completísimo de nuestro ser humano.
En los jesuítas hay en nuestro tiempo una limitación y una estrechez de
miras harto contrarias á las susodichas aspiraciones. Se olvidan de que
la letra mata y el espíritu vivifica, y se olvidan de que el espíritu de
verdad hará resplandecer toda verdad ante los ojos de los que le
siguen.
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