hacia la puerta del mirador. Sobre su cabeza volaron las palomas como un
augurio feliz. El campo verde y húmedo, sonreía en la paz de la tarde,
con el caserío de las aldeas disperso y los molinos lejanos
desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules
con la primera nieve en las cumbres. Bajo aquel sol amable que lucía en
medio de los aguaceros, iba por los caminos la gente de las aldeas. Una
pastora con dengue de grana guiaba sus carneros hacia la iglesia de San
Gundián, mujeres cantando volvían de la fuente, un viejo cansado picaba
la yunta de sus vacas que se detenían mordisqueando en los vallados, y
el humo blanco parecía salir de entre las higueras... Don Juan Manuel
asomó en lo alto de la cuesta, glorioso y magnífico, con su montecristo
flotando. Al pie de la escalinata, Brión el mayordomo tenía de las
riendas un caballo viejo, prudente, reflexivo y grave como un
Pontífice. Era blanco con grandes crines venerables, estaba en el
Palacio desde tiempo inmemorial. Relinchó noblemente, y Concha al oirle
enjugó una lágrima que hacía más bellos sus ojos de enferma:
--¿Vendrás mañana, Xavier?
--Sí.
--¿Me lo juras?
--Sí.
--¿No te vas enojado conmigo?
Sonriendo con ligera broma le respondí:
--No me voy enojado contigo, Concha.
Y nos besamos con el beso romántico de aquellos tiempos. Yo era el
Cruzado que partía a Jerusalén, y Concha la Dama que le lloraba en su
castillo al claro de la luna. Confieso que mientras llevé sobre los
hombros la melena merovingia como Espronceda y como Zorrilla, nunca
supe despedirme de otra manera. ¡Hoy los años me han impuesto la tonsura
como a un diácono, y sólo me permiten murmurar un melancólico adios!
Felices tiempos los tiempos juveniles. ¡Quien fuese como aquella fuente,
que en el fondo del laberinto aún ríe con su risa de cristal, sin alma y
sin edad!...
[imagen]
[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Brandomin_]
[imagen: C]ONCHA, tras los cristales del mirador, nos despedía
agitando su mano blanca. Aún no se había puesto el sol, y el airoso
creciente de la luna ya comenzaba a lucir en aquel cielo triste y
otoñal. La distancia al Pazo de Lantañón era de dos leguas, y el camino
de herradura, pedregoso y con grandes charcos, ante los cuales se
detenían nuestras cabalgaduras moviendo las orejas, mientras en la otra
orilla, algún rapaz aldeano que dejaba beber pacíficamente a la yunta
cansada de sus bueyes, nos miraba en silencio. Los pastores que volvían
del monte trayendo los rebaños por delante se detenían en las revueltas,
y arreaban a un lado sus ovejas para dejarnos paso. Don Juan Manuel iba
el primero. A cada momento yo le veía tambalearse sobre el caballo, que
se mostraba inquieto y no acostumbrado a la silla. Era un tordo montaraz
y de poca alzada, de ojos bravíos y de boca dura. Parecía que por
castigo le llevaba su dueño tonsurado de cola y crin. Don Juan Manuel
gobernábale sin cordura: Le castigaba con la espuela y al mismo tiempo
le recogía las riendas, el potro se encabritaba sin conseguir
desarzonarle, porque en tales momentos el viejo hidalgo lucía una gran
destreza.
A medio camino se nos hizo completamente de noche. Don Juan Manuel
continuaba tambaleándose sobre la silla, pero esto no impedía que en los
malos pasos alzase su poderosa voz para advertirme que refrenase mi
rocín. Llegando a la encrucijada de tres caminos, donde había un retablo
de ánimas, algunas mujeres que estaban arrodilladas rezando, se pusieron
en pie. Asustado el potro de Don Juan Manuel, dió una huída y el jinete
cayó. Las devotas lanzaron un grito, y el potro, rompiendo por entre
ellas, se precipitó al galope, llevando arrastras el cuerpo de Don Juan
Manuel, sujeto por un pie del estribo. Yo me precipité detrás... Los
zarzales que orillaban el camino producían un ruido sordo cuando el
cuerpo de Don Juan Manuel pasaba batiendo contra ellos. Era una cuesta
pedregosa que baja hasta el río, y en la oscuridad, yo veía las chispas
que saltaban bajo las herraduras del potro. Al fin, atropellando por
encima de Don Juan Manuel, pude pasar delante y cruzarme con mi rocín en
el camino. El potro se detuvo cubierto de sudor, relinchando y con los
ijares trémulos. Salté a tierra. Don Juan Manuel estaba cubierto de
sangre y de lodo. Al inclinarme abrió lentamente los ojos tristes y
turbios. Sin exhalar una queja volvió a cerrarlos. Comprendí que se
desmayaba: Le alcé del suelo y le crucé sobre mi caballo. Emprendimos la
vuelta. Cerca del Palacio fué preciso hacer un alto. El cuerpo de Don
Juan Manuel se resbalaba y tuve que atravesarle mejor sobre la silla. Me
asustó el frío de aquellas manos que pendían inertes... Volví a tomar el
diestro del caballo que relinchaba, y seguimos acercándonos al Palacio.
A pesar de la noche vi que salían al camino por la cancela del jardín
tres mozos caballeros en sendas mulas. Les interrogué desde lejos:
--¿Sois alquiladores?
Los tres respondieron a coro.
--Sí, señor.
--¿Qué gente habéis llevado al Palacio?
--Una señora aún moza, y dos señoritas pequeñas... Esta misma tarde
llegaron a Viana en la barca de Flavia-Longa.
Los tres espoliques habían arrendado sus mulas sobre la orilla del
camino, para dejarme paso. Cuando vieron el cuerpo de Don Juan Manuel
cruzado sobre mi caballo, habláronse en voz baja. No osaron, sin
embargo, interrogarme. Debieron presumir que era alguno a quien yo
había dado muerte. Juraría que los tres villanos temblaban sobre sus
cabalgaduras. Hice alto en medio del camino, y mandé a uno de ellos que
echase pie a tierra para tenerme el caballo, en tanto que yo daba aviso
en el Palacio. El espolique se apeó en silencio. Al entregarle las
riendas reconoció a Don Juan Manuel:
--¡Válgame Nuestra Señora de Brandeso! Es el mayorazgo de Lantañón...
Asió los ramales con mano trémula y murmuró en voz baja, llena de
temeroso respeto:
--¿Alguna desgracia, mi Señor Marqués?
--Cayóse de su caballo.
--¡Parece que viene muerto!
--¡Parece que sí!
En aquel momento Don Juan Manuel alzóse trabajosamente en la silla:
--No vengo más que medio muerto, sobrino.
Y suspiró con la entereza del hombre que reprime una queja. Dirigió a
los espoliques una mirada inquisidora, y volvióse a mí:
--¿Qué gente es esa?
--Los alquiladores que han venido con Isabel y con las niñas.
--¿Pues dónde estamos?
--Delante del Palacio.
Hablando de esta suerte, volví a tomar el caballo del diestro y penetré
bajo la secular avenida. Los espoliques se despidieron:
--¡Santas y buenas noches!
--¡Vayan muy dichosos!
--¡El Señor les acompañe!
Se alejaban al paso castellano de sus mulas. Don Juan Manuel volvióse
suspirando, y apoyadas las manos en uno y otro borren, les gritó ya de
muy lejos, todavía con arrogante voz:
--Si topaseis mi potro, llevadlo a Viana del Prior.
A las palabras del hidalgo respondió una voz perdida en el silencio de
la noche, deshecha en las ráfagas del aire:
--¡Señor padrino, descuide!...
Bajo la sombra familiar de los castaños, mi rocín, venteando la cuadra,
volvió a relinchar. Allá lejos, pegados a las tapias del Palacio,
cruzaban dos criados hablando en dialecto. El que iba delante llevaba un
farol que mecía acompasado y lento. Tras los vidrios empañados de rocío,
la humosa llama de aceite iluminaba con temblona claridad la tierra
mojada, y los zuecos de los dos aldeanos. Hablando en voz baja se
detuvieron un momento ante la escalinata, y al reconocernos,
adelantaron con el farol en alto para poder alumbrarnos, desde lejos,
el camino. Eran los dos zagales del ganado que iban repartiendo por los
pesebres la ración nocturna de húmeda y olorosa yerba. Acercáronse, y
con torpe y asustadizo respeto bajaron del caballo a Don Juan Manuel. El
farol alumbraba colocado sobre el balaustral de la escalinata. El
hidalgo subió apoyándose en los hombros de los criados. Yo me adelanté
para prevenir a Concha.
¡La pobre era tan buena, que parecía estar siempre esperando una ocasión
propicia para poder asustarse!
[imagen]
[imagen: _Sonata de Otoño_]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: H]ALLÉ A CONCHA en el tocador rodeada de sus hijas y
entretenida en peinar los largos cabellos de la más pequeña. La otra
estaba sentada en el canapé Luis XV al lado de su madre. Las dos niñas
eran muy semejantes: Rubias y con los ojos dorados, parecían dos
princesas infantiles pintadas por el Tiziano en la vejez. La mayor se
llamaba María Fernanda, la pequeña María Isabel. Las dos hablaban a un
tiempo contando los lances del viaje, y su madre las oía sonriendo,
encantada y feliz, con los dedos pálidos, perdidos entre el oro de los
cabellos infantiles. Cuando yo entré sobresaltóse un poco, pero supo
dominarse. Las dos pequeñas me miraban poniéndose encendidas. Su madre
exclamó con la voz ligeramente trémula:
--¡Qué agradable visita! ¿Vienes de Lantañón? ¿Sin duda sabías la
llegada de mis hijas?...
--La supe en el Palacio. El honor de veros lo debo a Don Juan Manuel,
que rodó del caballo al bajar la cuesta de Brandeso.
Las dos niñas interrogaron a su madre:
--¿Es el tío de Lantañón?
--Sí, hijas mías.
Al mismo tiempo Concha dejaba preso en la trenza de su hija el peine de
marfil y sacaba de entre las hebras de oro una mano pálida, que me
alargó en silencio. Los ojos inocentes de las niñas no se apartaban de
nosotros. Su madre murmuró:
--¡Válgame Dios!... ¡Una caída a sus años!... ¿Y de dónde veníais?
--De Viana del Prior.
--¿Cómo no habéis encontrado en el camino a Isabel y a mis hijas?
--Hemos atajado por el monte.
Concha apartó sus ojos de los míos para no reirse, y continuó peinando
la destrenzada cabellera de su hija. ¡Aquella cabellera de matrona
veneciana, tendida sobre los hombros de una niña! Poco después entró
Isabel:
--¡Primacho, ya sabía que estabas aquí!
--¿Cómo lo sabías?
--Porque he visto al tío Don Juan Manuel. ¡Verdaderamente es milagroso
que no se haya matado!
Concha se incorporó apoyándose en sus hijas, que flaqueaban al
sostenerla y sonreían como en un juego.
--Vamos a verle, pequeñas. ¡Pobre señor!
Yo le dije:
--Déjalo para mañana, Concha.
Isabel se acercó y la hizo sentar:
--Lo mejor es que descanse. Acabamos de envolverle en paños de vinagre.
Entre Candelaria y Florisel le han acostado.
Nos sentamos todos. Concha mandó a la mayor de sus hijas que llamase a
Candelaria. La niña se levantó corriendo. Cuando llegaba a la puerta, su
madre le dijo:
--¿Pero adónde vas, María Fernanda?
--¿No me has dicho?...
--Sí, hija mía; pero basta que toques el "tan-tan" que está al lado del
tocador.
María Fernanda obedeció ligera y aturdida. Su madre la besó con ternura,
y luego, sonriendo besó a la pequeña, que la miraba con sus grandes ojos
de topacio. Entró Candelaria deshilando un lenzuelo blanco:
--¿Han llamado?
María Fernanda se adelantó:
--Yo llamé, Candela. Me mandó mamá.
Y la niña corrió al encuentro de la vieja criada, quitándole el lenzuelo
de las manos para continuar ella haciendo hilas. María Isabel, que
estaba sentada sobre la alfombra con la sien reclinada en las rodillas
de su madre, levantó mimosa la cabeza:
--Candela, dame a mí para que haga hilas.
--Otra llegó primero, paloma.
Y Candelaria, con su bondadosa sonrisa de sierva vieja y familiar, le
mostró las manos arrugadas y vacías. María Fernanda volvió a sentarse en
el canapé. Entonces mi prima Isabel, que tenía predilección por la
pequeña, le quitó aquel paño de lino que olía a campo y lo partió en
dos:
--Toma, querida mía.
Y después de un momento su hermana María Fernanda, colocando hilo a hilo
sobre el regazo, murmuró con la gravedad de una abuela:
--¡Vaya con la mimosa!
Candelaria, con las manos cruzadas sobre su delantal blanco y rizado,
esperaba órdenes en medio de la estancia. Concha le preguntó por Don
Juan Manuel:
--¿Le habéis dejado solo?
--Sí, señorita. Quedóse traspuesto.
--¿Dónde le habéis acostado?
--En la sala del jardín.
--También tenéis que disponer habitaciones para el Señor Marqués... No
es cosa de que le dejemos volver solo a Lantañón.
Y la pobre Concha me sonreía con aquella ideal sonrisa de enferma. La
frente arrugada de su antigua niñera tiñóse de rojo. La vieja miró a las
niñas con ternura y después murmuró con la rancia severidad de una dueña
escrupulosa y devota:
--Para el Señor Marqués ya están dispuestas las habitaciones del Obispo.
Se retiró en silencio. Las dos niñas se aplicaron a deshilar el
lenzuelo, lanzándose miradas furtivas, para ver cuál adelantaba más en
su tarea. Concha e Isabel secreteaban. Daba las diez un reloj, y sobre
los regazos infantiles, en el círculo luminoso de la lámpara, iban
formando lentamente las hilas, un cándido manojo.
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: T]OMÉ ASIENTO cerca del fuego, y me distraje removiendo
los leños con aquellas tenazas tradicionales, de bronce antiguo y
prolija labor. Las dos niñas habíanse dormido: La mayor con la cabeza
apoyada en el hombro de su madre, la pequeña en brazos de mi prima
Isabel. Fuera se oía la lluvia azotando los cristales, y el viento que
pasaba en ráfagas sobre el jardín misterioso y oscuro. En el fondo de la
chimenea brillaban los rubíes de la brasa, y de tiempo en tiempo una
llama alegre y ligera pasaba corriendo sobre ellos.
Concha e Isabel, para no despertar a las niñas, continuaban hablando en
voz baja. Al verse después de tanto tiempo, las dos volvían los ojos al
pasado y recordaban cosas lejanas. Era un largo y susurrador comento
acerca de la olvidada y luenga parentela. Hablaban de las tías devotas,
viejas y achacosas, de las primas pálidas y sin novio, de aquella pobre
Condesa de Cela, enamorada locamente de un estudiante, de Amelia
Camarasa, que se moría tísica, del Marqués de Tor, que tenía reconocidos
veintisiete bastardos. Hablaban de nuestro noble y venerable tío, el
Obispo de Mondoñedo. ¡Aquel santo, lleno de caridad, que había recogido
en su palacio a la viuda de un general carlista, ayudante del Rey! Yo
apenas atendía a lo que Isabel y Concha susurraban. Ellas de tiempo en
tiempo me dirigían alguna pregunta, siempre con grandes intervalos.
--Tú quizá lo sepas. ¿Qué edad tiene el tío Obispo?
--Tendrá setenta años.
--¡Lo que te decía!
--¡Pues yo le hacía de más!
Y otra vez comenzaba el cálido y fácil murmullo de la conversación
femenina, hasta que tornaban a dirigirme otra pregunta:
--¿Tú recuerdas cuándo profesaron mis hermanas?
Concha e Isabel me tomaban por el cronicón de la familia. Así pasamos la
velada. Cerca de media noche, la conversación se fué amortiguando como
el fuego de la chimenea. En medio de un largo silencio, Concha se
incorporó suspirando con fatiga, y quiso despertar a María Fernanda, que
dormía sobre su hombro:
--¡Ay!... ¡Hija de mi alma, mira que no puedo contigo!...
María Fernanda abrió los ojos cargados con ese sueño cándido y adorable
de los niños. Su madre se inclinó para alcanzar el reloj que tenía en un
joyero, con las sortijas y el rosario:
--Las doce, y estas niñas todavía en pie. No te duermas, hija mía.
Y procuraba incorporar a María Fernanda, que ahora reclinaba la cabeza
en un brazo del canapé:
--En seguida os acuestan.
Y con la sonrisa desvaneciéndose en la rosa marchita de su boca, quedóse
contemplando a la más pequeña de sus hijas, que dormía en brazos de
Isabel, con el cabello suelto como un angelote sepultado en ondas de
oro:
--¡Pobrecilla, me da pena despertarla!
Y volviéndose a mí, añadió:
--¿Quieres llamar, Xavier?
Al mismo tiempo Isabel trató de levantarse con la niña:
--No puedo: Pesa demasiado.
Y sonrió dándose por vencida, con los ojos fijos en los míos. Yo me
acerqué, y cuidadosamente cogí en brazos a la pequeña sin despertarla:
La onda de oro desbordó sobre mi hombro. En aquel momento oímos en el
corredor los pasos lentos de Candelaria que venía en busca de las niñas
para acostarlas. Al verme con María Isabel en brazos, acercóse llena de
familiar respeto:
--Yo la tendré, Señor Marqués. No se moleste más.
Y sonreía, con esa sonrisa apacible y bondadosa que suele verse en la
boca desdentada de las abuelas. Silencioso por no despertar a la niña,
la detuve con un gesto. Levantóse mi prima Isabel y tomó de la mano a
María Fernanda, que lloraba porque su madre la acostase. Su madre le
decía besándola:
--¿Quieres que se ofenda Isabel?
Y Concha nos miraba vacilante, deseosa por complacer a su hija:
--¡Dime, quieres que se ofenda?...
La niña volvióse a Isabel, suplicantes los ojos todavía adormecidos:
--¿Tú te ofendes?
--¡Me ofendo tanto, que no dormiría aquí! La pequeña sintió una gran
curiosidad:
--¿Adónde irías a dormir?
--¿Adónde había de ir? ¡A casa del cura!
La niña comprendió que una dama de la casa de Bendaña sólo debía
hospedarse en el Palacio de Brandeso, y con los ojos muy tristes se
despidió de su madre. Concha quedó sola en el tocador. Cuando volvimos
de la alcoba donde dormían las niñas, la encontramos llorando. Isabel me
dijo en voz baja:
--¡Cada día está más loca por ti!
Concha sospechó que era otra cosa lo que me decía y a través de las
lágrimas nos miró con ojos de celosa. Isabel aparentó no advertirlo:
Sonriendo entró delante de mí y fué a sentarse en el canapé al lado de
Concha.
--¿Qué te pasa, primacha?
Concha, en vez de responder, se llevó el pañuelo a los ojos y después lo
desgarró con los dientes. Yo la miré con una sonrisa de sutil
inteligencia, y vi florecer las rosas en sus mejillas.
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]
[imagen: A]L CERRAR la puerta del salón que me servía de alcoba,
distinguí en el fondo del corredor una sombra blanca que andaba
lentamente, apoyándose en el muro. Era Concha. Llegó sin ruido:
--¿Estás sólo, Xavier?
--Sólo con mis pensamientos, Concha.
--¡Qué mala compañía!
--¡Adivinaste!... Pensaba en ti.
Concha se detuvo en el umbral. Tenía los ojos asustados y sonreía
débilmente. Miró hacia el corredor oscuro y estremecióse toda pálida:
--¡He visto una araña negra! ¡Corría por el suelo! ¡Era enorme! No sé si
la traigo conmigo.
Y sacudió en el aire su luenga cola blanca. Después entramos, cerrando
la puerta sin ruido. Concha se detuvo en medio de la estancia,
mostrándome una carta que sacó del pecho:
--¡Es de tu madre!...
--¿Para ti o para mí?
--Para mí.
Me la dió, cubriéndose los ojos con una mano. Yo la veía morderse los
labios para no llorar. Al fin estalló en sollozos:
--¡Dios mío!... ¡Dios mío!
--¿Qué te dice?
Concha cruzó las manos sobre su frente casi oscurecida por un mechón de
cabellos negros, trágicos, adustos, extendidos como la humareda de una
antorcha en el viento:
--¡Lee! ¡Lee! ¡Lee!... ¡Que soy la peor de las mujeres!... ¡Que llevo
una vida de escándalo!... ¡Que estoy condenada!... ¡Que le robo su
hijo!...
Yo quemé la carta tranquilamente en las luces del candelabro. Concha
gimió:
--¡Hubiera querido que la leyeses!
--No, hija mía... ¡Tiene muy mala letra!
Viendo volar la carta en cenizas, la pobre Concha enjugó sus lágrimas:
--¡Que la tía Soledad me escriba así, cuando yo la quiero y la respeto
tanto!... ¡Que me odie, que me maldiga, cuando no tendría goce mayor
que cuidarla y servirla como si fuera su hija!... ¡Dios mío, qué
castigada me veo!... ¡Decirme que hago tu desgracia!...
Yo, sin haber leído la carta de mi madre, me la figuraba. Conocía el
estilo. Clamores desesperados y coléricos como maldiciones de una
sibila. Reminiscencias bíblicas. ¡Había recibido tantas cartas iguales!
La pobre señora era una santa. No está en los altares por haber nacido
mayorazga y querer perpetuar sus blasones tan esclarecidos como los de
Don Juan Manuel. De reclamar varonía las premáticas nobiliarias y las
fundaciones vinculares de su casa, hubiera entrado en un convento, y
hubiera sido santa a la española, abadesa y visionaria, guerrera y
fanática.
Hacía muchos años que mi madre--María Soledad Carlota Elena Agar y
Bendaña--llevaba vida retirada y devota en su Palacio de Bradomín. Era
una señora de cabellos grises, muy alta, muy caritativa, crédula y
despótica. Yo solía visitarla todos los otoños. Estaba muy achacosa,
pero a la vista de su primogénito, parecía revivir. Pasaba la vida en el
hueco de un gran balcón, hilando para sus criados, sentada en una silla
de terciopelo carmesí, guarnecida con clavos de plata. Por las tardes,
el sol que llegaba hasta el fondo de la estancia, marcaba áureos caminos
de luz, como la estela de las santas visiones que María Soledad había
tenido de niña. En el silencio oíase, día y noche, el rumor lejano del
río, cayendo en la represa de nuestros molinos. Mi madre pasaba horas y
horas hilando en su rueca de palo santo, olorosa y noble. Sobre sus
labios marchitos vagaba siempre el temblor de un rezo. Culpaba a Concha
de todos mis extravíos y la tenía en horror. Recordaba, como una afrenta
a sus canas, que nuestros amores habían comenzado en el Palacio de
Bradomín, un verano que Concha pasó allí, acompañándola. Mi madre era su
madrina, y en aquel tiempo la quería mucho. Después no volvió a verla.
Un día, estando yo de caza, Concha abandonó para siempre el Palacio.
Salió sola, con la cabeza cubierta y llorando, como los herejes que la
Inquisición expulsaba de las viejas ciudades españolas. Mi madre la
maldecía desde el fondo del corredor. A su lado estaba una criada pálida
y con los ojos bajos: Era la delatora de nuestros amores. ¡Tal vez la
misma boca habíale contado ahora que el Marqués de Bradomín estaba en el
Palacio de Brandeso!... Concha no cesaba de lamentarse:
--¡Bien castigada estoy!... ¡Bien castigada estoy!
Por sus mejillas resbalaban las lágrimas redondas, claras y serenas,
como cristales de una joya rota. Los suspiros entrecortaban su voz. Mis
labios bebieron aquellas lágrimas sobre los ojos, sobre las mejillas y
en los rincones de la boca. Concha apoyó la cabeza en mi hombro, helada
y suspirante:
--¡También te escribirá a ti! ¿Qué piensas hacer?
Yo murmuré a su oído:
--Lo que tú quieras.
Ella guardó silencio y quedó un instante con los ojos cerrados. Después,
abriéndolos cargados de amorosa y resignada tristeza, suspiró:
--Obedece a tu madre, si te escribe...
Y se levantó para salir. Yo la detuve.
--No dices lo que sientes, Concha.
--Sí lo digo... Ya ves cuánto ofendo todos los días a mi marido... Pues
te juro que en la hora de mi muerte, mejor quisiera tener el perdón de
tu madre que el suyo...
--Tendrás todos los perdones, Concha... Y la bendición papal.
--¡Ah, si Dios te oyese! ¡Pero Dios no puede oirnos a ninguno de
nosotros!
--Se lo diremos a Don Juan Manuel, que tiene más potente voz.
Concha estaba en la puerta y se recogía la cola de su ropón monacal.
Movió la cabeza con disgusto:
--¡Xavier! ¡Xavier!
Yo le dije acercándome:
--¿Te vas?
--Sí, mañana vendré.
--Mañana harás como hoy.
--No... Te prometo venir...
Llegó al fondo del corredor y me llamó en voz baja:
--Acompáñame... ¡Tengo mucho miedo a las arañas! No hables alto... Allí
duerme Isabel.
Y su mano, que en la sombra era una mano de fantasma, mostrábame una
puerta cerrada que se marcaba en la negrura del suelo por un débil
resplandor:
--Duerme con luz.
--Sí.
Yo entonces le dije, deteniéndome y reclinando su cabeza en mi hombro:
--¡Ves!... Isabel no puede dormir sola... ¡Imitémosla!
La cogí en brazos como si fuese una niña. Ella reía en silencio. La
llevé hasta la puerta de su alcoba, que estaba abierta sobre la
oscuridad, y la posé en el umbral.
[imagen]
[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]