No pudo hablar. Su cabeza lívida desfallecía sobre el respal

RENACIMIENTO.--MADRID

[imagen: OPERA OMNIA

SONATA DE OTOÑO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

VOL VII]

[imagen: SONATA DE OTOÑO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN LAS

PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN

OPERA OMNIA

VOL VII]

[imagen]

[imagen: MEMORIAS DEL MARQVÉS DE BRADOMÍN]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: M]i Amor Adorado, estoy muriéndome y sólo deseo verte!"

¡Ay! Aquella carta de la pobre Concha se me extravió hace mucho tiempo.

Era llena de afán y de tristeza, perfumada de violetas y de un antiguo

amor. Sin concluir de leerla, la besé. Hacía cerca de dos años que no me

escribía, y ahora me llamaba a su lado con súplicas dolorosas y

ardientes. Los tres pliegos blasonados traían la huella de sus

lágrimas, y la conservaron largo tiempo. La pobre Concha se moría

retirada en el viejo Palacio de Brandeso, y me llamaba suspirando.

Aquellas manos pálidas, olorosas, ideales, las manos que yo había amado

tanto, volvían a escribirme como otras veces. Sentí que los ojos se me

llenaban de lágrimas. Yo siempre había esperado en la resurrección de

nuestros amores. Era una esperanza indecisa y nostálgica que llenaba mi

vida con un aroma de fe: Era la quimera del porvenir, la dulce quimera

dormida en el fondo de los lagos azules, donde se reflejan las estrellas

del destino. ¡Triste destino el de los dos! El viejo rosal de nuestros

amores volvía a florecer para deshojarse piadoso sobre una sepultura.

¡La pobre Concha se moría!

Yo recibí su carta en Viana del Prior, donde cazaba todos los otoños.

El Palacio de Brandeso está a pocas leguas de jornada. Antes de ponerme

en camino, quise oir a María Isabel y a María Fernanda, las hermanas de

Concha, y fuí a verlas. Las dos son monjas en las Comendadoras. Salieron

al locutorio, y a través de las rejas me alargaron sus manos nobles y

abaciales, de esposas vírgenes. Las dos me dijeron, suspirando, que la

pobre Concha se moría, y las dos como en otro tiempo, me tutearon.

¡Habíamos jugado tantas veces en las grandes salas del viejo Palacio

señorial!

Salí del locutorio con el alma llena de tristeza. Tocaba el esquilón de

las monjas: Penetré en la iglesia, y a la sombra de un pilar me

arrodillé. La iglesia aún estaba oscura y desierta. Se oían las pisadas

de dos señoras enlutadas y austeras que visitaban los altares: Parecían

dos hermanas llorando la misma pena e implorando una misma gracia. De

tiempo en tiempo se decían alguna palabra en voz queda, y volvían a

enmudecer suspirando. Así recorrieron los siete altares, la una al lado

de la otra, rígidas y desconsoladas. La luz incierta y moribunda de

alguna lámpara, tan pronto arrojaba sobre las dos señoras un lívido

reflejo, como las envolvía en sombra. Yo las oía rezar medrosamente. En

las manos pálidas de la que guiaba, distinguía el rosario: Era de coral,

y la cruz y las medallas de oro. Recordé que Concha rezaba con un

rosario igual y que tenía escrúpulos de permitirme jugar con él. Era muy

piadosa la pobre Concha, y sufría porque nuestros amores se le figuraban

un pecado mortal. ¡Cuántas noches al entrar en su tocador, donde me

daba cita, la hallé de rodillas! Sin hablar, levantaba los ojos hacia mí

indicándome silencio. Yo me sentaba en un sillón y la veía rezar: Las

cuentas del rosario pasaban con lentitud devota entre sus dedos pálidos.

Algunas veces sin esperar a que concluyese, me acercaba y la sorprendía.

Ella tornábase más blanca y se tapaba los ojos con las manos. ¡Yo amaba

locamente aquella boca dolorosa, aquellos labios trémulos y contraídos,

helados como los de una muerta! Concha desasíase nerviosamente, se

levantaba y ponía el rosario en un joyero. Después, sus brazos rodeaban

mi cuello, su cabeza desmayaba en mi hombro, y lloraba, lloraba de amor,

y de miedo a las penas eternas.

[imagen]

Cuando volví a mi casa había cerrado la noche: Pasé la velada solo y

triste, sentado en un sillón cerca del fuego. Estaba adormecido y

llamaron a la puerta con grandes aldabadas, que en el silencio de las

altas horas parecieron sepulcrales y medrosas. Me incorporé

sobresaltado, y abrí la ventana.

Era el mayordomo que había traído la carta de Concha, y que venía a

buscarme para ponernos en camino.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: E]l mayordomo era un viejo aldeano que llevaba capa de

juncos con capucha, y madreñas. Manteníase ante la puerta, jinete en una

mula y con otra del diestro. Le interrogué en medio de la noche:

--¿Ocurre algo, Brión?

--Que empieza a rayar el día, Señor Marqués.

Bajé presuroso, sin cerrar la ventana que una ráfaga batió. Nos pusimos

en camino con toda premura. Cuando llamó el mayordomo aun brillaban

algunas estrellas en el cielo. Cuando partimos oí cantar los gallos de

la aldea. De todas suertes no llegaríamos hasta cerca del anochecer. Hay

nueve leguas de jornada y malos caminos de herradura, trasponiendo

monte. Adelantó su mula para enseñarme el camino, y al trote cruzamos la

Quintana de San Clodio, acosados por el ladrido de los perros que

vigilaban en las eras atados bajo los hórreos. Cuando salimos al campo

empezaba la claridad del alba. Vi en lontananza unas lomas yermas y

tristes, veladas por la niebla. Traspuestas aquellas, vi otras, y

después otras. El sudario ceniciento de la llovizna las envolvía: No

acababan nunca. Todo el camino era así. A lo lejos, por La Puente del

Prior, desfilaba una recua madrugadora, y el arriero, sentado a

mujeriegas en el rocín que iba postrero, cantaba a usanza de Castilla.

El sol empezaba a dorar las cumbres de los montes: Rebaños de ovejas

blancas y negras subían por la falda, y sobre verde fondo de pradera,

allá en el dominio de un Pazo, larga bandada de palomas volaba sobre la

torre señorial. Acosados por la lluvia, hicimos alto en los viejos

molinos de Gundar, y, como si aquello fuese nuestro feudo, llamamos

autoritarios a la puerta. Salieron dos perros flacos, que ahuyentó el

mayordomo, y después una mujer hilando. El viejo aldeano saludó

cristianamente:

--¡Ave María Purísima!

La mujer contestó:

--¡Sin pecado concebida!

Era una pobre alma llena de caridad. Nos vió ateridos de frío, vió las

mulas bajo el cobertizo, vió el cielo encapotado, con torva amenaza de

agua, y franqueó la puerta, hospitalaria y humilde:

--Pasen y siéntense al fuego. ¡Mal tiempo tienen, si son caminantes!

¡Ay! Qué tiempo, toda la siembra anega. ¡Mal año nos aguarda!

Apenas entramos, el mayordomo volvió a salir por las alforjas. Yo me

acerqué al hogar donde ardía un fuego miserable. La pobre mujer avivó el

rescoldo y trajo un brazado de jara verde y mojada, que empezó a dar

humo, chisporroteando. En el fondo del muro, una puerta vieja y mal

cerrada, con las losas del umbral blancas de harina, golpeaba sin

tregua: ¡Tac! ¡tac! La voz de un viejo que entonaba un cantar, y la

rueda del molino, resonaban detrás. Volvió el mayordomo con las

alforjas colgadas de un hombro:

--Aquí viene el yantar. La señora se levantó para disponerlo todo por

sus manos. Salvo su mejor parecer, podríamos aprovechar este huelgo. Si

cierra a llover no tendremos escampo hasta la noche.

La molinera se acercó solícita y humilde:

--Pondré unas trébedes al fuego, si acaso les place calentar la vianda.

Puso las trébedes y el mayordomo comenzó a vaciar las alforjas: Sacó una

gran servilleta adamascada y la extendió sobre la piedra del hogar. Yo,

en tanto, me salí a la puerta. Durante mucho tiempo estuve contemplando

la cortina cenicienta de la lluvia que ondulaba en las ráfagas del aire.

El mayordomo se acercó respetuoso y familiar a la vez:

--Cuando a vuecencia bien le parezca... ¡Dígole que tiene un rico

yantar!

Entré de nuevo en la cocina y me senté cerca del fuego. No quise comer,

y mandé al mayordomo que únicamente me sirviese un vaso de vino. El

viejo aldeano obedeció en silencio. Buscó la bota en el fondo de las

alforjas, y me sirvió aquel vino rojo y alegre que daban las viñas del

Palacio, en uno de esos pequeños vasos de plata que nuestras abuelas

mandaban labrar con soles del Perú, un vaso por cada sol. Apuré el vino,

y como la cocina estaba llena de humo, salíme otra vez a la puerta.

Desde allí mandé al mayordomo y a la molinera que comiesen ellos. La

molinera solicitó mi venia para llamar al viejo que cantaba dentro. Le

llamó a voces.

--¡Padre! ¡Mi padre!...

Apareció blanco de harina, la montera derribada sobre un lado y el

cantar en los labios. Era un abuelo con ojos bailadores y la guedeja de

plata, alegre y picaresco como un libro de antiguos decires. Arrimaron

al hogar toscos escabeles ahumados, y entre un coro de bendiciones

sentáronse a comer. Los dos perros flacos vagaban en torno. Fué un

festín donde todo lo había previsto el amor de la pobre enferma.

¡Aquellas manos pálidas, que yo amaba tanto, servían la mesa de los

humildes como las manos ungidas de las santas princesas! Al probar el

vino, el viejo molinero se levantó salmodiando:

--¡A la salud del buen caballero que nos lo da!... De hoy en muchos años

torne a catarlo en su noble presencia.

Después bebieron la mujeruca y el mayordomo, todos con igual ceremonia.

Mientras comían yo les oía hablar en voz baja. Preguntaba el molinero

adónde nos encaminábamos y el mayordomo respondía que al Palacio de

Brandeso. El molinero conocía aquel camino, pagaba un foro antiguo a la

señora del Palacio, un foro de dos ovejas, siete ferrados de trigo y

siete de centeno. El año anterior, como la sequía fuera tan grande,

perdonárale todo el fruto: Era una señora que se compadecía del pobre

aldeano. Yo, desde la puerta, mirando caer la lluvia, les oía emocionado

y complacido. Volvía la cabeza, y con los ojos buscábales en torno del

hogar, en medio del humo. Entonces bajaban la voz y me parecía entender

que hablaban de mí. El mayordomo se levantó:

--Si a vuecencia le parece, echaremos un pienso a las mulas y luego nos

pondremos en camino.

Salió con el molinero, que quiso ayudarle. La mujeruca se puso a barrer

la ceniza del hogar. En el fondo de la cocina los perros roían un hueso.

La pobre mujer, mientras recogía el rescoldo, no dejaba de enviarme

bendiciones con un musitar de rezo:

--¡El Señor quiera concederle la mayor suerte y salud en el mundo, y que

cuando llegue al Palacio tenga una grande alegría!... ¡Quiera Dios que

se encuentre sana a la señora y con las colores de una rosa!...

Dando vueltas en torno del hogar la molinera repetía monótonamente:

--¡Así la encuentre como una rosa en su rosal!

Aprovechando un claro del tiempo, entró el mayordomo a recoger las

alforjas en la cocina, mientras el molinero desataba las mulas y del

ronzal las sacaba hasta el camino, para que montásemos. La hija asomó en

la puerta a vernos partir:

--¡Vaya muy dichoso el noble caballero!... ¡Que Nuestro Señor le

acompañe!...

Cuando estuvimos a caballo salió al camino, cubriéndose la cabeza con el

mantelo para resguardarla de la lluvia que comenzaba de nuevo, y se

llegó a mí llena de misterio. Así, arrebujada, parecía una sombra

milenaria. Temblaba su carne, y los ojos fulguraban calenturientos bajo

el capuz del mantelo. En la mano traía un manojo de yerbas. Me las

entregó con un gesto de sibila, y murmuró en voz baja:

--Cuando se halle con la señora mi Condesa, póngale sin que ella le

vea, estas yerbas bajo la almohada. Con ellas sanará. Las almas son como

los ruiseñores, todas quieren volar. Los ruiseñores cantan en los

jardines, pero en los palacios del rey se mueren poco a poco...

Levantó los brazos, como si evocase un lejano pensamiento profético, y

los volvió a dejar caer. Acercóse sonriendo el viejo molinero, y apartó

a su hija sobre un lado del camino para dejarle paso a mi mula:

--No haga caso, señor. ¡La pobre es inocente!

Yo sentí, como un vuelo sombrío, pasar sobre mi alma la superstición, y

tomé en silencio aquel manojo de yerbas mojadas por la lluvia. Las

yerbas olorosas llenas de santidad, las que curan la saudade de las

almas y los males de los rebaños, las que aumentan las virtudes

familiares y las cosechas... ¡Qué poco tardaron en florecer sobre la

sepultura de Concha en el verde y oloroso cementerio de San Clodio de

Brandeso!

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[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: Y]o recordaba vagamente el Palacio de Brandeso, donde

había estado de niño con mi madre, y su antiguo jardín, y su laberinto

que me asustaba y me atraía. Al cabo de los años, volvía llamado por

aquella niña con quien había jugado tantas veces en el viejo jardín sin

flores. El sol poniente dejaba un reflejo dorado entre el verde sombrío,

casi negro, de los árboles venerables. Los cedros y los cipreses, que

contaban la edad del Palacio. El jardín tenía una puerta de arco, y

labrados en piedra, sobre la cornisa, cuatro escudos con las armas de

cuatro linajes diferentes. ¡Los linajes del fundador, noble por todos

sus abuelos! A la vista del Palacio, nuestras mulas fatigadas, trotaron

alegremente hasta detenerse en la puerta llamando con el casco. Un

aldeano vestido de estameña que esperaba en el umbral, vino presuroso a

tenerme el estribo. Salté a tierra, entregándole las riendas de mi mula.

Con el alma cubierta de recuerdos, penetré bajo la oscura avenida de

castaños cubierta de hojas secas. En el fondo distinguí el Palacio con

todas las ventanas cerradas y los cristales iluminados por el sol. De

pronto vi una sombra blanca pasar por detrás de las vidrieras, la vi

detenerse y llevarse las dos manos a la frente. Después la ventana del

centro se abría con lentitud y la sombra blanca me saludaba agitando sus

brazos de fantasma. Fué un momento no más. Las ramas de los castaños se

cruzaban y dejé de verla. Cuando salí de la avenida alcé los ojos

nuevamente hacia el Palacio. Estaban cerradas todas las ventanas:

¡Aquella del centro también! Con el corazón palpitante penetré en el

gran zaguán oscuro y silencioso. Mis pasos resonaron sobre las anchas

losas. Sentados en escaños de roble, lustrosos por la usanza, esperaban

los pagadores de un foral. En el fondo se distinguían los viejos arcones

del trigo con la tapa alzada. Al verme entrar los colonos se levantaron,

murmurando con respeto:

--¡Santas y buenas tardes!

Y volvieron a sentarse lentamente, quedando en la sombra del muro que

casi los envolvía. Subí presuroso la señorial escalera de anchos

peldaños y balaustral de granito toscamente labrado. Antes de llegar, a

lo alto, la puerta abrióse en silencio, y asomó una criada vieja, que

había sido niñera de Concha. Traía un velón en la mano, y bajó a

recibirme:

--¡Páguele Dios el haber venido! Ahora verá a la señorita. ¡Cuánto

tiempo la pobre suspirando por vuecencia!... No quería escribirle.

Pensaba que ya la tendría olvidada. Yo he sido quien la convenció de que

no. ¿Verdad que no, Señor mi Marqués?

Yo apenas pude murmurar:

--No. ¿Pero, dónde está?

--Lleva toda la tarde echada. Quiso esperarle vestida. Es como los

niños. Ya el señor lo sabe. Con la impaciencia temblaba hasta batir los

dientes, y tuvo que echarse.

--¿Tan enferma está?

A la vieja se le llenaron los ojos de lágrimas:

--¡Muy enferma, señor! No se la conoce.

Se pasó la mano por los ojos, y añadió en voz baja, señalando una puerta

iluminada en el fondo del corredor:

--¡Es allí!...

Seguimos en silencio. Concha oyó mis pasos, y gritó desde el fondo de la

estancia con la voz angustiada:

--¡Ya llegas!... ¡Ya llegas, mi vida!

Entré. Concha estaba incorporada en las almohadas. Dió un grito, y en

vez de tenderme los brazos, se cubrió el rostro con las manos y empezó a

sollozar. La criada dejó la luz sobre un velador y se alejó suspirando.

Me acerqué a Concha trémulo y conmovido. Besé sus manos sobre su rostro,

apartándoselas dulcemente. Sus ojos, sus hermosos ojos de enferma,

llenos de amor, me miraron sin hablar, con una larga mirada. Después, en

lánguido y feliz desmayo, Concha entornó los párpados. La contemplé así

un momento. ¡Qué pálida estaba! Sentí en la garganta el nudo de la

angustia. Ella abrió los ojos dulcemente, y oprimiendo mis sienes entre

sus manos que ardían, volvió a mirarme con aquella mirada muda que

parecía anegarse en la melancolía del amor y de la muerte, que ya la

cercaba:

--¡Temía que no vinieses!

--¿Y ahora?

--Ahora soy feliz.

Su boca, una rosa descolorida, temblaba. De nuevo cerró los ojos con

delicia, como para guardar en el pensamiento una visión querida. Con

penosa aridez de corazón, yo comprendí que se moría.

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[imagen: _Sonata de Otoño_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: C]oncha se incorporó para alcanzar el cordón de la

campanilla. Yo le cogí la mano, suavemente:

--¿Qué quieres?

--Quería llamar a mi doncella para que viniera a vestirme.

--¿Ahora?

--Sí.

Reclinó la cabeza y añadió con una sonrisa triste:

--Deseo hacerte los honores de mi Palacio.

Yo traté de convencerla para que no se levantase. Concha insistió:

--Voy a mandar que enciendan fuego en el comedor. ¡Un buen fuego! Cenaré

contigo.

Se animaba, y sus ojos húmedos en aquel rostro tan pálido, tenían una

dulzura amorosa y feliz.

--Quise esperarte a pie, pero no pude. ¡Me mataba la impaciencia! ¡Me

puse enferma!

Yo conservaba su mano entre las mías, y se la besé. Los dos sonreímos

mirándonos:

--¿Por qué no llamas?

Yo la dije en voz baja:

--¡Déjame ser tu azafata!

Concha soltó su mano de entre las mías:

--¡Qué locuras se te ocurren!

--No tal. ¿Dónde están tus vestidos?

Concha se sonrió como hacen las madres con los caprichos de sus hijos

pequeños:

--No sé dónde están.

--Vamos, dímelo...

--¡Si no sé!

Y al mismo tiempo, con un movimiento gracioso de los ojos y de los

labios me indicó un gran armario de roble que había a los pies de su

cama. Tenía la llave puesta, y lo abrí. Se exhalaba del armario una

fragancia delicada y antigua. En el fondo estaban los vestidos que

Concha llevara puestos aquel día:

--¿Son éstos?

--Sí... Ese ropón blanco nada más.

--¿No tendrás frío?

--No.

Descolgué aquella túnica, que aún parecía conservar cierta tibia

fragancia, y Concha murmuró ruborosa:

--¡Qué caprichos tienes!

Sacó los pies fuera de la cama, los pies blancos, infantiles, casi

frágiles, donde las venas azules trazaban ideales caminos a los besos.

Tuvo un ligero estremecimiento al hundirlos en las babuchas de marta, y

dijo con extraña dulzura:

--Abre ahora esa caja larga. Escógeme unas medias de seda.

Escogí unas medias de seda negra, que tenían bordadas ligeras flechas

color malva:

--¿Estas?

--Sí, las que tú quieras.

Para ponérselas me arrodillé sobre la piel de tigre que había delante de

su cama. Concha protestó:

--¡Levántate! No quiero verte así.

Yo sonreía sin hacerle caso. Sus pies quisieron huir de entre mis

manos. ¡Pobres pies, que no pude menos de besar! Concha se estremecía y

exclamaba como encantada:

--¡Eres siempre el mismo! ¡Siempre!

Después de las medias de seda negra, le puse las ligas, también de seda,

dos lazos blancos con broches de oro. Yo la vestía con el cuidado

religioso y amante que visten las señoras devotas a las imágenes de que

son camaristas. Cuando mis manos trémulas anudaron bajo su barbeta

delicada, redonda y pálida, los cordones de aquella túnica blanca que

parecía un hábito monacal, Concha se puso en pie, apoyándose en mis

hombros. Anduvo lentamente hacia el tocador, con ese andar de fantasma

que tienen algunas mujeres enfermas, y mirándose en la luna del espejo,

se arregló el cabello:

--¡Qué pálida estoy! ¡Ya has visto, no tengo más que la piel y los

huesos!

Yo protesté:

--¡No he visto nada de eso, Concha!

Ella sonrió sin alegría.

--¡La verdad, cómo me encuentras?

--Antes eras la princesa del sol. Ahora eres la princesa de la luna.

--¡Qué embustero!

Y se volvió de espaldas al espejo para mirarme. Al mismo tiempo daba

golpes en un "tan-tan" que había cerca del tocador. Acudió su antigua

niñera:

--¿Llamaba la señorita?

--Sí; que enciendan fuego en el comedor.

--Ya está puesto un buen brasero.

--Pues que lo retiren. Enciende tú la chimenea francesa.

La criada me miró:

--¿También quiere pasar al comedor la señorita? Tengan cuenta que hace

mucho frío por esos corredores.

Concha fué a sentarse en un extremo del sofá, y envolviéndose con

delicia en el amplio ropón monacal, dijo con estremecimiento:

--Me pondré un chal para cruzar los corredores.

Y volviéndose a mí, que callaba sin querer contradecirla, murmuró llena

de amorosa sumisión:

--Si te opones, no.

Yo repuse con pena:

--No me opongo, Concha: Unicamente temo que pueda hacerte daño.

Ella suspiró:

--No quería dejarte solo.

Entonces su antigua niñera nos aconsejó, con esa lealtad bondadosa y

ruda de los criados viejos:

--¡Natural que quieran estar juntos, y por eso mismo pensaba yo que

comerían aquí en el velador! ¿Qué le parece a usted, señorita Concha? ¿Y

al Señor Marqués?

Concha puso una mano sobre mi hombro, y contestó risueña:

--Sí, mujer, sí. Tienes un gran talento, Candelaria. El Señor Marqués y

yo te lo reconocemos. Dile a Teresina que comeremos aquí.

Quedamos solos. Concha, con los ojos arrasados en lágrimas, me alargó

una de sus manos, y, como en otro tiempo, mis labios recorrieron los

dedos haciendo florecer en sus yemas una rosa pálida. En la chimenea

ardía un alegre fuego. Sentada sobre la alfombra y apoyado un codo en

mis rodillas, Concha lo avivaba removiendo los leños con las tenazas

de bronce. La llama al surgir y levantarse, ponía en la blancura

eucarística de su tez, un rosado reflejo, como el sol en las estatuas

antiguas labradas en mármol de Pharos.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoño_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: D]ejó las tenazas, y me tendió los brazos para levantarse

del suelo. Nos contemplamos en el fondo de los ojos, que brillaban con

esa alegría de los niños, que han llorado mucho y luego ríen

olvidadizos. El velador ya tenía puestos los manteles, y nosotros con

las manos todavía enlazadas, fuimos a sentarnos en los sillones que

acababa de arrastrar Teresina. Concha me dijo:

--¿Recuerdas cuántos años hace que estuviste aquí con tu pobre madre, la

tía Soledad?

--Sí. ¿Y tú te acuerdas?

--Hace veintitrés años. Tenía yo ocho. Entonces me enamoré de ti. ¡Lo

que sufría al verte jugar con mis hermanas mayores! Parece mentira que

una niña pueda sufrir tanto con los celos. Más tarde, de mujer, me has

hecho llorar mucho, pero entonces tenía el consuelo de recriminarte.

--¡Sin embargo, qué segura has estado siempre de mi cariño!... ¡Y cómo

lo dice tu carta!

Concha parpadeó para romper las lágrimas que temblaban en sus pestañas.

--No estaba segura de tu cariño: Era de tu compasión.

Y su boca reía melancólicamente, y sus ojos brillaban con dos lágrimas

rotas en el fondo. Quise levantarme para consolarla, y me detuvo con un

gesto. Entraba Teresina. Nos pusimos a comer en silencio. Concha, para

disimular sus lágrimas, alzó la copa y bebió lentamente, al dejarla

sobre el mantel la tomé de su mano y puse mis labios donde ella había

puesto los suyos. Concha se volvió a su doncella:

--Llame usted a Candelaria que venga a servirnos.

Teresina salió, y nosotros nos miramos sonriendo:

--¿Por qué mandas llamar a Candelaria?

--Porque te tengo miedo, y la pobre Candelaria ya no se asusta de nada.

--Candelaria es indulgente para nuestros amores como un buen jesuíta.

--¡No empecemos!... ¡No empecemos!...

Concha movía la cabeza con gracioso enfado, al mismo tiempo que apoyaba

un dedo sobre sus labios pálidos:

--No te permito que poses ni de Aretino ni de César Borgia.

La pobre Concha era muy piadosa, y aquella admiración estética que yo

sentía en mi juventud por el hijo de Alejandro VI, le daba miedo como si

fuese el culto al Diablo. Con exageración risueña y asustadiza me

imponía silencio:

--¡Calla!... ¡Calla!

Mirándome de soslayo volvió lentamente la cabeza:

--Candelaria, pon vino en mi copa...

Candelaria, que con las manos cruzadas sobre su delantal almidonado y

blanco, se situaba en aquel momento a espaldas del sillón, apresuróse a

servirla. Las palabras de Concha, que parecían perfumadas de alegría, se

desvanecieron en una queja. Vi que cerraba los ojos con angustiado

gesto, y que su boca, una rosa descolorida y enferma, palidecía más. Me

levanté asustado:

--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?

No pudo hablar. Su cabeza lívida desfallecía sobre el respaldo del

sillón. Candelaria fué corriendo al tocador y trajo un pomo de sales.

Concha exhaló un suspiro y abrió los ojos llenos de vaguedad y de

extravío, como si despertase de un sueño poblado de quimeras. Fijando en

mí la mirada, murmuró débilmente:

--No ha sido nada. Siento únicamente el susto tuyo.

[imagen]Después, pasando la mano por la frente, respiró con ansia. La

obligué a que bebiese unos sorbos de caldo. Reanimóse, y su palidez se

iluminó con tenue sonrisa. Me hizo sentar, y continuó tomando el caldo

por sí misma. Al terminar, sus dedos delicados alzaron la copa del vino

y me la ofrecieron trémulos y gentiles: Por complacerla humedecí los

labios: Concha apuró después la copa y no volvió a beber en toda la

noche.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: E]stábamos sentados en el sofá y hacía mucho tiempo que

hablábamos. La pobre Concha me contaba su vida durante aquellos dos años

que estuvimos sin vernos. Una de esas vidas silenciosas y resignadas que

miran pasar los días con una sonrisa triste, y lloran de noche en la

oscuridad. Yo no tuve que contarle mi vida. Sus ojos parecían haberla

seguido desde lejos, y la sabían toda. ¡Pobre Concha! Al verla

demacrada por la enfermedad, y tan distinta y tan otra de lo que había

sido, experimenté un cruel remordimiento por haber escuchado su ruego

aquella noche en que llorando y de rodillas, me suplicó que la olvidase

y que me fuese. ¡Su madre, una santa enlutada y triste, había venido a

separarnos! Ninguno de nosotros quiso recordar el pasado y permanecimos

silenciosos. Ella resignada. Yo con aquel gesto trágico y sombrío que

ahora me hace sonreir. Un hermoso gesto que ya tengo un poco olvidado,

porque las mujeres no se enamoran de los viejos, y sólo está bien en un

Don Juan juvenil. ¡Ay, si todavía con los cabellos blancos, y las

mejillas tristes, y la barba senatorial y augusta, puede quererme una

niña, una hija espiritual llena de gracia y de candor, con ella me

parece criminal otra actitud que la de un viejo prelado, confesor de

princesas y teólogo de amor! Pero a la pobre Concha el gesto de Satán

arrepentido la hacía temblar y enloquecer: Era muy buena, y fué por eso

muy desgraciada. La pobre, dejando asomar a sus labios aquella sonrisa

doliente que parecía el alma de una flor enferma, murmuró:

--¡Qué distinta pudo haber sido nuestra vida!

--¡Es verdad!... Ahora no comprendo cómo obedecí tu ruego. Fué sin duda

porque te vi llorar.

--No seas engañador. Yo creí que volverías... ¡Y mi madre tuvo siempre

ese miedo!

--No volví porque esperaba que tú me llamases. ¡Ah, el Demonio del

orgullo!

--No, no fué el orgullo... Fué otra mujer... Hacía mucho tiempo que me

traicionabas con ella. Cuando lo supe, creí morir. ¡Tan desesperada

estuve, que consentí en reunirme con mi marido!

Cruzó las manos mirándome intensamente, y con la voz velada, y temblando

su boca pálida, sollozó:

--¡Qué dolor cuando adiviné por qué no habías venido! ¡Pero no he tenido

para tí un solo día de rencor!

No me atreví a engañarla en aquel momento, y callé sentimental. Concha

pasó sus manos por mis cabellos, y enlazando los dedos sobre mi frente,

suspiró:

--¡Qué vida tan agitada has llevado durante estos dos años!... ¡Tienes

casi todo el pelo blanco!...

Yo también suspiré doliente:

--¡Ay! Concha, son las penas.

--No, no son las penas. Otras cosas son... Tus penas no pueden igualarse

a las mías, y yo no tengo el pelo blanco...

Me incorporé para mirarla. Quité el alfilerón de oro que sujetaba el

nudo de los cabellos, y la onda sedosa y negra rodó sobre sus hombros:

--Ahora tu frente brilla como un astro bajo la crencha de ébano. Eres

blanca y pálida como la luna. ¿Te acuerdas cuando quería que me

disciplinases con la madeja de tu pelo?... Concha, cúbreme ahora con él.

Amorosa y complaciente, echó sobre mí el velo oloroso de su cabellera.

Yo respiré con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se

llenó de delicia y de recuerdos florecidos. El corazón de Concha latía

con violencia, y mis manos trémulas desabrocharon su túnica, y mis

labios besaron sobre la carne, ungidos de amor como de un bálsamo:

--¡Mi vida!

--¡Mi vida!

Concha cerró un momento los ojos, y poniéndose en pie, comenzó a

recogerse la madeja de sus cabellos:

--¡Vete!... ¡Vete por Dios!...

Yo sonreí mirándola:

--¿Adonde quieres que me vaya?

--¡Vete!... Las emociones me matan, y necesito descansar. Te escribí que

vinieses, porque ya entre nosotros no puede haber más que un cariño

ideal... Tú comprenderás que enferma como estoy, no es posible otra

cosa. Morir en pecado mortal... ¡Que horror!

Y más pálida que nunca cruzó los brazos, apoyando las manos sobre los

hombros en una actitud resignada y noble que le era habitual. Yo me

dirigí a la puerta:

--¡Adios, Concha!

Ella suspiró:

--¡Adios!

--¿Quieres llamar a Candelaria para que me guíe por esos corredores?

--¡Ah!... ¡Es verdad que aún no sabes!...

Fué al tocador y golpeó en el "tan-tan". Esperamos silenciosos sin que

nadie acudiese. Concha me miró indecisa:

--Es problable que Candelaria ya esté acostada...

--En ese caso...

Me vió sonreir, y movió la cabeza seria y triste.

--En ese caso, yo te guiaré.

--Tú no debes exponerte al frío.

--Sí, sí...

Tomó uno de los candelabros del tocador, y salió presurosa, arrastrando

la luenga cola de su ropón monacal. Desde la puerta volvió la cabeza

llamándome con los ojos, y toda blanca como un fantasma, desapareció en

la oscuridad del corredor. Salí tras ella, y la alcancé:

--¡Qué loca estás!

Rióse en silencio y tomó mi brazo para apoyarse. En la cruz de dos

corredores abríase una antesala redonda, grande y desmantelada, con

cuadros de santos y arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco

mortecino de luz, la mariposa de aceite que alumbraba los pies lívidos y

atarazados de Jesús Nazareno. Nos detuvimos al ver la sombra de una

mujer arrebujada en el hueco del balcón. Tenía las manos cruzadas en el

regazo, y la cabeza dormida sobre el pecho. Era Candelaria que al ruido

de nuestros pasos despertó sobresaltada:

--¡Ah!... Yo esperaba aquí, para enseñarle su habitación al Señor

Marqués.

Concha le dijo:

--Creí que te habías acostado, mujer.

Seguimos en silencio hasta la puerta entornada de una sala donde había

luz. Concha soltó mi brazo y se detuvo temblando y muy pálida: Al fin

entró. Aquella era mi habitación. Sobre una consola antigua ardían las

bujías de dos candelabros de plata. En el fondo, veíase la cama entre

antiguas colgaduras de damasco. Los ojos de Concha lo examinaron todo

con maternal cuidado. Se detuvo para oler las rosas frescas que había en

un vaso, y después se despidió:

--¡Adios, hasta mañana!

Yo la levanté en brazos como a una niña:

--No te dejo ir.

--¡Sí, por Dios!

--No, no.

Y mis ojos reían sobre sus ojos, y mi boca reía sobre su boca. Las

babuchas turcas cayeron de sus pies, sin dejarla posar en el suelo, la

llevé hasta la cama, donde la deposité amorosamente. Ella entonces ya se

sometía feliz. Sus ojos brillaban, y sobre la piel blanca de las

mejillas se pintaban dos hojas de rosa. Apartó mis manos dulcemente, y

un poco confusa empezó a desabrocharse la túnica blanca y monacal, que

se deslizó a lo largo del cuerpo pálido y estremecido. Abrí las sábanas

y refugióse entre ellas. Entonces comenzó a sollozar, y me senté a la

cabecera consolándola. Aparentó dormirse, y me acosté.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoño_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: Y]o sentí toda la noche a mi lado aquel pobre cuerpo

donde la fiebre ardía, como una luz sepulcral en vaso de porcelana tenue

y blanco. La cabeza descansaba sobre la almohada, envuelta en una ola de

cabellos negros que aumentaba la mate lividez del rostro, y su boca sin

color, sus mejillas dolientes, sus sienes maceradas, sus párpados de

cera velando los ojos en las cuencas descarnadas y violáceas, le daban

la apariencia espiritual de una santa muy bella consumida por la

penitencia y el ayuno. El cuello florecía de los hombros como un lirio

enfermo, los senos eran dos rosas blancas aromando un altar, y los

brazos de una esbeltez delicada y frágil, parecían las asas del ánfora

rodeando su cabeza. Apoyado en las almohadas, la miraba dormir rendida y

sudorosa. Ya había cantado el gallo dos veces, y la claridad blanquecina

del alba penetraba por los balcones cerrados. En el techo las sombras

seguían el parpadeo de las bujías, que habiendo ardido toda la noche se

apagaban consumidas en los candelabros de plata. Cerca de la cama, sobre

un sillón, estaba mi capote de cazador, húmedo por la lluvia, y

esparcidas encima aquellas yerbas de virtud oculta, solamente conocida

por la pobre loca del molino. Me levanté en silencio y fuí por ellas.

Con un extraño sentimiento, mezcla de superstición y de ironía, escondí

el místico manojo entre las almohadas de Concha, sin despertarla. Me

acosté, puse los labios sobre su olorosa cabellera e insensiblemente me

quedé dormido. Durante mucho tiempo flotó en mis sueños la visión

nebulosa de aquel día, con un vago sabor de lágrimas y de sonrisas. Creo

que una vez abrí los ojos dormido y que ví a Concha incorporada a mi

lado, creo que me besó en la frente, sonriendo con vaga sonrisa de

fantasma, y que se llevó un dedo a los labios. Cerré los ojos sin

voluntad y volví a quedar sumido en las nieblas del sueño. Cuando me

desperté, una escala luminosa de polvo llegaba desde el balcón al fondo

de la cámara. Concha ya no estaba, pero a poco la puerta se abrió con

sigilo y Concha entró andando en la punta de los pies. Yo aparenté

dormir. Ella se acercó sin hacer ruido, me miró suspirando y puso en

agua el ramo de rosas frescas que traía. Fué al balcón, soltó los

cortinajes para amenguar la luz, y se alejó como había entrado, sin

hacer ruido. Yo la llamé riéndome:

--¡Concha! ¡Concha!

Ella se volvió:

--¡Ah! ¿Conque estabas despierto?

--Estaba soñando contigo.

--¡Pues ya me tienes aquí!

--¿Y cómo estás?

--¡Ya estoy buena!

--¡Gran médico es amor!

--¡Ay! No abusemos de la medicina.

[imagen]Reíamos con alegre risa el uno en brazos del otro,

juntas las bocas y echadas las cabezas sobre la misma almohada. Concha

tenía la palidez delicada y enferma de una Dolorosa, y era tan bella,

así demacrada y consumida, que mis ojos, mis labios y mis manos hallaban

todo su deleite en aquello mismo que me entristecía. Yo confieso que no

recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella

noche.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoño_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: N]o habia llevado conmigo ningún criado, y Concha, que

tenía esas burlas de las princesas en las historias picarescas, puso un

paje a mi servicio para honrarme mejor, como decía riéndose. Era un niño

recogido en el Palacio. Aún le veo asomar en la puerta y quitarse la

montera, preguntando respetuoso y humilde:

--¿Dá su licencia?

--Adelante.

Entró con la frente baja y la monterilla de paño blanco colgada de las

dos manos:

--Dice la señorita, mi ama, que me mande en cuanto se le ofrezca.

--¿En dónde queda?

--En el jardín.

Y permaneció en medio de la cámara, sin atreverse a dar un paso. Creo

que era el primogénito de los caseros que Concha tenía en sus tierras de

Lantaño y uno de los cien ahijados de su tío Don Juan Manuel Montenegro,

aquel hidalgo visionario y pródigo que vivía en el Pazo de Lantañón. Es

un recuerdo que todavía me hace sonreir. El favorito de Concha no era

rubio ni melancólico como los pajes de las baladas, pero con los ojos

negros y con los carrillos picarescos melados por el sol, también podía

enamorar princesas. Le mandé que abriese los balcones y obedeció

corriendo. El aura perfumada y fresca del jardín penetró en la cámara, y

las cortinas flamearon alegremente. El paje había dejado la montera

sobre una silla, y volvió a recogerla. Yo le interrogué:

--¿Tú sirves en el Palacio?

--Sí, señor.

--¿Hace mucho?

--Va para dos años.

--¿Y qué haces?

--Pues hago todo lo que me mandan.

--¿No tienes padres?

--Tengo, sí, señor.

--¿Qué hacen tus padres?

--Pues no hacen nada. Cavan la tierra.

Tenía las respuestas estoicas de un paria. Con su vestido de estameña,

sus ojos tímidos, su fabla visigótica y sus guedejas trasquiladas sobre

la frente, con tonsura casi monacal, perecía el hijo de un antiguo

siervo de la gleba:

--¿Y fué la señorita quien te ha mandado venir?

--Sí, señor. Hallábame yo en el patín deprendiéndole la riveirana al

mirlo nuevo, que los viejos ya la tienen deprendida, cuando la señorita

bajó al jardín y me mandó venir.

--¿Tú eres aquí el maestro de los mirlos?

--Sí, señor.

--¿Y ahora, además, eres mi paje?

--Sí, señor.

--¡Altos cargos!

--Sí, señor.

--¿Y cuántos años tienes?

--Paréceme... Paréceme...

El paje fijó los ojos en la monterilla, pasándola lentamente de una mano

a otra, sumido en hondas cavilaciones:

--Paréceme que han de ser doce, pero no estoy cierto.

--¿Antes de venir al Palacio, dónde estabas?

--Servía en la casa de Don Juan Manuel.

--¿Y qué hacías allí?

--Allí enseñaba al hurón.

--¡Otro cargo palatino!

--Sí, señor.

--¿Y cuántos mirlos tiene la señorita?

El paje hizo un gesto desdeñoso:

--¡Tan siquiera uno!

--¿Pues de quién son?

--Son míos... Cuando los tengo bien adeprendidos, se los vendo.

--¿A quién se los vendes?

--Pues a la señorita, que me los merca todos. ¿No sabe que los quiere

para echarlos a volar? La señorita desearía que silbasen la riveirana

sueltos en el jardín, pero ellos se van lejos. Un domingo, por el mes de

San Juan, venía yo acompañando a la señorita: Pasados los prados de

Lantañón, vimos un mirlo que, muy puesto en la rama de un cerezo, estaba

cantando la riveirana. Acuerdóme que entonces dijo la señorita: ¡Míralo

adónde se ha venido el caballero!

Aquel relato ingenuo me hizo reir, y el paje al verlo rióse también. Sin

ser rubio ni melancólico, era digno de ser paje de una princesa y

cronista de un reinado. Yo le pregunté:

--¿Qué es más honroso, enseñar hurones o mirlos?

El paje respondió después de meditarlo un instante:

--¡Todo es igual!

--¿Y cómo has dejado el servicio de Don Juan Manuel?

--Porque tiene muchos criados... ¡Qué gran caballero es Don Juan

Manuel!... Dígole que en el Pazo todos los criados le tenían miedo. Don

Juan Manuel es mi padrino, y fué quien me trujo al Palacio para que

sirviese a la señorita.

--¿Y dónde te iba mejor?

El paje fijó en mí sus ojos negros e infantiles, y con la monterilla

entre las manos, formuló gravemente:

--Al que sabe ser humilde, en todas partes le va bien.

Era una réplica calderoniana. ¡Aquel paje también sabía decir

sentencias! Ya no podía dudarse de su destino. Había nacido para vivir

en un palacio, educar los mirlos, amaestrar los hurones, ser ayo de un

príncipe y formar el corazón de un gran rey.

[imagen]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: C]oncha me llamaba desde el jardín, con alegres voces.

Salí a la solana, tibia y dorada al sol mañanero. El campo tenía una

emoción latina de yuntas, de vendimias y de labranzas. Concha estaba al

pie de la solana:

--¿Tienes ahí a Florisel?

--¿Florisel es el paje?

--Sí.

--Parece bautizado por las hadas.

--Yo soy su madrina. Mándamelo.

--¿Qué le quieres?

--Decirle que te suba estas rosas.

Y Concha me enseñó su falda donde se deshojaban las rosas, todavía

cubiertas de rocío, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos

amores que sólo floreciesen en los besos:

--Todas son para ti. Estoy desnudando el jardín.

Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos

seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una

fuente abandonada. El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y

melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable

de la galantería y del amor. Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre

las terrazas y en los salones, habían florecido las risas y los

madrigales, cuando las manos blancas que en los viejos retratos

sostienen apenas los pañolitos de encaje, iban deshojando las margaritas

que guardan el cándido secreto de los corazones. ¡Hermosos y lejanos

recuerdos! Yo también los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal

y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia

de la noche. Bajo el cielo límpido, de un azul heráldico, los cipreses

venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de

la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa

trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como

si danzasen invisibles hadas. Concha estaba al pie de la escalinata,

entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas se habían

deshojado en su falda, y me las mostró sonriendo:

--¡Míralas qué lástima!

Y hundió en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas:

--¡Ah, qué fragancia!

Yo le dije sonriendo:

--¡Tu divina fragancia!

Alzó la cabeza y respiró con delicia, cerrando los ojos y sonriendo,

cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa blanca. Sobre

aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en la luz como en

diáfana veste de oro, parecía una Madona soñada por un monje seráfico.

Yo bajé a reunirme con ella. Cuando descendía la escalinata, me saludó

arrojando como una lluvia las rosas deshojadas en su falda. Recorrimos

juntos el jardín. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y

amarillentas, que el viento arrastraba delante de nosotros con un largo

susurro: Los caracoles, inmóviles como viejos paralíticos, tomaban el

sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en

las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma

indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. En el fondo del

laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del

agua, parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de

recogimiento y de abandono. Concha me dijo:

--Descansemos aquí.

Nos sentamos a la sombra de las acacias, en un banco de piedra cubierto

de hojas. Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde.

Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchadas de musgo, y un

sendero umbrío, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el

camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada. Florisel pasó a lo

lejos entre los árboles, llevando la jaula de sus mirlos en la mano.

Concha me lo mostró:

--¡Allá va!

--¿Quién?

--Florisel.

--¿Por qué le llamas Florisel?

Ella dijo, con una alegre risa.

--Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable

en un cuento.

--¿Un cuento de quién?

--Los cuentos nunca son de nadie.

[imagen]Sus ojos misteriosos y cambiantes miraban a lo lejos, y me sonó

tan extraña su risa, que sentí frío. ¡El frío de comprender todas las

perversidades! Me pareció que Concha también se estremecía. La verdad es

que nos hallábamos a comienzos de Otoño y que el sol empezaba a

nublarse. Volvimos al Palacio.

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoño_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: E]l Palacio De Brandeso, aunque del siglo décimo octavo,

es casi todo de estilo plateresco. Un Palacio a la italiana con

miradores, fuentes y jardines, mandado edificar por el Obispo de Corinto

Don Pedro de Bendaña, Caballero del Hábito de Santiago, Comisario de

Cruzada y Confesor de la Reina Doña María Amelia de Parma. Creo que un

abuelo de Concha y mi abuelo el Mariscal Bendaña, sostuvieron pleito

por la herencia del Palacio. No estoy seguro, porque mi abuelo sostuvo

pleitos hasta con la Corona. Por ellos heredé toda una fortuna en

legajos. La historia de la noble Casa de Bendaña es la historia de la

Cancillería de Valladolid.

Como la pobre Concha tenía el culto de los recuerdos, quiso que

recorriésemos el Palacio evocando otro tiempo, cuando yo iba de visita

con mi madre, y ella y sus hermanas eran unas niñas pálidas que venían a

besarme, y me llevaban de la mano para que jugásemos, unas veces en la

torre, otras en la terraza, otras en el mirador que daba al camino y al

jardín... Aquella mañana, cuando nosotros subíamos la derruída

escalinata, las palomas remontaron el vuelo y fueron a posarse sobre la

piedra de armas. El sol dejaba un reflejo dorado en los cristales, los

viejos alelíes florecían entre las grietas del muro, y un lagarto

paseaba por el balaustral. Concha sonrió con lánguido desmayo:

--¿Te acuerdas?...

Y en aquella sonrisa tenue, yo sentí todo el pasado como un aroma

entrañable de flores marchitas, que trae alegres y confusas memorias...

Era allí donde una dama piadosa y triste, solía referirnos historias de

Santos. Cuántas veces, sentada en el hueco de una ventana, me había

enseñado las estampas del Año Cristiano abierto en su regazo. Aún

recuerdo sus manos místicas y nobles que volvían las hojas lentamente.

La dama tenía un hermoso nombre antiguo: Se llamaba Águeda: Era la madre

de Fernandina, Isabel y Concha. Las tres niñas pálidas con quienes yo

jugaba. ¡Después de tantos años volví a ver aquellos salones de respeto

y aquellas salas familiares! Las salas entarimadas de nogal, frías y

silenciosas, que conservan todo el año el aroma de las manzanas agrias y

otoñales puestas a madurar sobre el alféizar de las ventanas. Los

salones con antiguos cortinajes de damasco, espejos nebulosos y retratos

familiares: Damas con basquiña, prelados de doctoral sonrisa, pálidas

abadesas, torvos capitanes. En aquellas estancias nuestros pasos

resonaban como en las iglesias desiertas, y al abrirse lentamente las

puertas de floreados herrajes, exhalábase del fondo silencioso y oscuro,

el perfume lejano de otras vidas. Solamente en un salón que tenía de

corcho el estrado, nuestras pisadas no despertaron rumor alguno:

Parecían pisadas de fantasmas, tácitas y sin eco. En el fondo de los

espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño como en un lago

encantado, y los personajes de los retratos, aquellos obispos

fundadores, aquellas tristes damiselas, aquellos avellanados mayorazgos

parecían vivir olvidados en una paz secular. Concha se detuvo en la cruz

de dos corredores, donde se abría una antesala redonda, grande y

desmantelada, con arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco

mortecino de luz la mariposa de aceite que día y noche alumbraba ante un

Cristo desmelenado y lívido. Concha murmuró en voz baja:

--¿Te acuerdas de esta antesala?

--Sí. ¿La antesala redonda?

--Sí... ¡Era donde jugábamos!

Una vieja hilaba en el hueco de una ventana. Concha me la mostró con un

gesto:

--Es Micaela... La doncella de mi madre. ¡La pobre está ciega! No le

digas nada...

Seguimos adelante. Algunas veces Concha se detenía en el umbral de las

puertas, y señalando las estancias silenciosas, me decía con su sonrisa

tenue, que también parecía desvanecerse en el pasado:

--¿Te acuerdas?

Ella recordaba las cosas más lejanas. Recordaba cuando éramos niños y

saltábamos delante de las consolas para ver estremecerse los floreros

cargados de rosas, y los fanales ornados con viejos ramajes áureos, y

los candelabros de plata, y los daguerreotipos llenos de un misterio

estelar. ¡Tiempos aquellos en que nuestras risas locas y felices habían

turbado el noble recogimiento del Palacio, y se desvanecían por las

claras y grandes antesalas, por los corredores oscuros, flanqueados con

angostas ventanas de montante donde arrullaban las palomas!...

[imagen]

[imagen: _Sonata de Otoño_]

[imagen: _Memorias del Marqués de Bradomin_]

[imagen: A]l anochecer, Concha sintió un gran frío y tuvo que

acostarse. Alarmado al verla temblar, pálida como la muerte, quise

mandar por un médico a Viana del Prior, pero ella se opuso, y al cabo de

una hora ya me miraba sonriendo con amorosa languidez. Descansando

inmóvil sobre la blanca almohada, murmuró:

--¿Creerás que ahora me parece una felicidad estar enferma?

--¿Por qué?

--Porque tú me cuidas.

Yo me sonreí sin decir nada, y ella, con una gran dulzura, insistió:

--¡Es que tú no sabes cómo yo te quiero!

En la penumbra de la alcoba la voz apagada de Concha tenía un profundo

encanto sentimental. Mi alma se contagió:

--¡Yo te quiero más, princesa!

--No, no. En otro tiempo te he gustado mucho. Por muy inocente que sea

una mujer, eso lo conoce siempre, y tú sabes lo inocente que yo era.

Me incliné para besar sus ojos, que tenían un velo de lágrimas, y le

dije por consolarla:

--¿Creerás que no me acuerdo, Concha?

Ella exclamó riéndose.

--¡Qué cínico eres!

--Di qué desmemoriado. ¡Hace ya tanto tiempo!

Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín · 第 1 / 11 段