EN INFANTES

Cuando me despierto oigo en la calle, a través de las maderas cerradas,

voces, ruido continuo de sonoros pasos, campanadas, trinos de canarios,

ladridos de perros. Me levanto; por los cristales veo, enfrente, una

ringla de casas bajas enjalbegadas, con las ventanas diminutas, con unos

soportales vetustos formados por pilastras de piedra. En una tabla

colocada en un balconcillo, a manera de banderola, leo, escrito en

gruesas letras: _Parador Nuevo de la Plaza--de Juan el Botero--Paja

suelta, agua dulce._ «Cervantes--pienso--dice que la posada del

Sevillano, en Toledo, se veía muy concurrida por la abundancia de agua

que se hallaba siempre en ella. El agua, en estos pueblos secos, es un

señuelo hoy como en los tiempos de Cervantes.»

El cielo está límpido, radiante. Salgo. Camino por las blancas calles de

altibajos solados con guijarros. De cuando en cuando aparece un caserón

enorme, dorado, negruzco, rojizo, con la portalada monumental de

sillería. Dos columnas dóricas a cada lado de la puerta sostienen el

largo balconaje de ancho saliente; otras dos columnas a una y otra banda

del hueco rematan en un clásico frontón triangular con las cornisas de

enroscadas volutas. Y a una y otra parte de la fachada, en los grandes

paramentos de los muros blancos, resaltan sendos y afiligranados

blasones pétreos.

Recorro la maraña de engarabitadas callejas. Las puertas y ventanas de

los viejos palacios están cerradas; las maderas se hienden, corconan y

alabean; se deshacen en laminillas los herrajes de los balcones;

descónchanse los capiteles de las columnas y se aportillan y desnivelan

los espaciosos aleros que ensombrecen los muros... Desemboco en una

plaza; el sol la baña vívido y confortable; me siento en el roto fuste

de una columna. Enfrente se levanta un paredón ruinoso, resto de un

antiguo palacio; a la derecha veo las ruinas de una iglesia, con la

portada clásica casi intacta, con un arco ojival fino y fuerte, que se

destaca en el cielo radiante y deja ver, en la lejanía, entre su

delicada membratura, el ramaje seco de un álamo erguido en la llanura

inmensa... A la derecha, otra iglesia ruinosa permanece cerrada,

silenciosa, y se desmorona lenta e inexorablemente.

Vuelvo a mi peregrinación a través de las calles. Pasan labriegos con

sus largas cabazas amarillentas, de cogulla a la espalda; luego, de

tarde en tarde, una vieja, vestida de negro, arrugada, seca, pajiza,

abre una puerta claveteada con amplios chatones enmohecidos, cruza el

umbral, desaparece; una mendiga, con las sayas amarillentas sobre los

hombros, exangüe la cara, ribeteados de rojo los ojuelos, se acerca y

tiende su mano suplicante. Y a todas horas, por todas las calles, van y

vienen viejos, con sus caperuzas y zahones, montados en asnos con

cántaros; viejos encorvados, viejos temblorosos, viejos cenceños, viejos

que gritan paternalmente a cada sobresalto del borrico:

--¡Jó, buche!... ¡Jó, buche!

La plaza es ancha. A un lado se extiende una hilada de soportales; al

otro se destaca, recia, la iglesia de sillares rojizos, con su fornida y

cuadrilátera torre achatada, y enfrente, en la ringla de casas de dos

pisos, corta la blanca fachada, de punta a punta, todo a lo largo, un

balcón de madera negruzca, sostenido por gruesas ménsulas talladas, y

encima, en el piso segundo, se destaca, salediza, una vetusta galería.

Salgo de la plaza. La calle es recta. A uno y otro lado se alzan los

negros caserones con sus rejas gruesas y balcones volados. Y otra

iglesia, también ruinosa, también cerrada para siempre, muestra su

fachada con medallones y capiteles clásicos... Andando, andando, doy

con el campo. La tierra uniforme, desnuda, intensamente roja, se aleja

en inmensos cuadros labrados, en manchones verdes de sembradura; un

suave altozano cierra el horizonte; una fachada blanca refulge al sol en

la remota lejanía.

Camino por las afueras, bordeando los interminables tapiales de tierra

apisonada. Un viejo camina con su borrico, cargado con los cántaros,

hacia la fuente.

--Buenos días--le grito.

--Dios guarde a usted--me contesta.

Y hablamos.

--¿Hay muchas fuentes en el pueblo?

Él mueve la cabeza, como anunciando que va a hacer una confesión

dolorosa. Y luego dice lentamente:

--No hay más que una.

Yo finjo que me asombro.

--¿Cómo? ¿No hay más que una fuente en Infantes?

Y él me mira como reprendiéndome el que haya dudado de su palabra de

castellano viejo.

--Una nada más--insiste firmemente.--Y después añade con tristeza:

--Una y mala; ¡que si fuera buena...!

Llegamos a la fuente. No es fuente. Es decir, la fuente está un poco más

hallá, en la plaza de las dos iglesias ruinosas y del palacio

desplomado; pero como apenas surte agua por sus caños, porque los

atanores están embrozados, se ha hecho una sangría en ellos más cerca

al nacimiento, y a ella vienen a llenar sus vasijas los buenos viejos.

El agua cae en una fosa cavada en tierra; luego desborda y se aleja por

las calles abajo formando charcos y remansos de légamo verdoso... En el

siglo XVI había en Infantes tres fuentes: la de la Moraleja, la de la

Muela y esta otra de la ancha plaza. Los caserones solariegos están

abandonados; las iglesias se han venido a tierra, y las fuentes, en esta

decadencia abrumadora, se han cegado y han desaparecido...

El viejo llena sus cántaros en el menguado caño.

--¿A cómo venden ustedes el agua?--le pregunto.

--A _patacón_ la carga--me contesta.

--A diez céntimos--dice otro viejo.

Y entonces el viejo a quien yo he preguntado mueve la cabeza con su

gesto característico y replica filosóficamente:

--Lo mismo da _patacón_ que diez céntimos.

Cantan a lo lejos los gallos. De pronto vibra en los aires una

campanada, larga, grave, sonora, melodiosa; y luego, al cabo de un

momento, espaciada, otra, y después otra, otra, otra...

--Esto es a agonía--dice una vieja.

Y el anciano torna a mover la cabeza y exclama:

--La agonía de la muerte...

Y sus palabras, lentas, tristes, en este pueblo sin agua, sin árboles,

con las puertas y las ventanas cerradas, ruinoso, vetusto, parecen una

sentencia irremediable.

* * *

He visitado la casa en que, viejo, perseguido, amargado, expiró Quevedo.

Hoy, ésta y la casa contigua forman una sola; pero aún se ven claras las

trazas de la antigua vivienda y aún perdura íntegro el cuarto donde se

despidió del mundo el autor de los _Sueños_... La casa era pequeña, de

dos pisos, sencilla, casi mezquina, sin requilorios arquitectónicos.

Tenía una puertecilla angosta, todavía marcada en el muro; por esta

puerta se entraba a un zaguán, que más bien era pasadizo estrecho, de

apenas dos metros de anchura y ocho o diez de largaria, por el que

discurre, soterrado, un arbellón que conduce las aguas llovedizas desde

el patio a la calle. El patio--aún subsistente--es pequeñuelo, empedrado

de guijos, con cuatro columnas dóricas, con una galería guarnecida con

barandado de madera.

A la izquierda, conforme se entra en la casa, cerca de la puerta de la

calle, se abre otra puerta chica. Y esta puerta franquea una reducida

estancia, cuadrada, de paredes lisas, húmeda, de techo bajo, con una

diminuta ventana.

Y una vieja, una de esas viejas de pueblo, vestida de negro, recogida,

apañada, limpia, la cara rugosa y amarilla, me ha dicho:

--Aquí, aquí en este cuartico es donde dicen que murió Quevedo...

* * *

¿Cómo este pueblo, rico, próspero, fuerte en otros tiempos, ha llegado

en los modernos al aniquilamiento y la ruina? Yo lo diré. Su historia es

la Historia de España entera a través de la decadencia austriaca.

Infantes, en 1575, lo componían 1.000 casas; hoy lo componen 870. «Yo no

recuerdo haber visto en treinta años--me dice un viejo--labrar una casa

en Infantes.» Contaba el pueblo en 1575 con 1.300 vecinos; 1.000 eran

cristianos viejos; los otros 300 eran moriscos. Era un pueblo nuevo,

aristócrata, enérgico, poderoso, espléndido. «Nunca fue mayor--dicen las

_Relaciones topográficas_, inéditas, ordenadas por Felipe II--; nunca

fue mayor; siempre ha ido en aumento y va creciendo.» En sus casas

flamantes, de espaciosos salones, de claros y elegantes patios

acolumnados, habitaban cuarenta hidalgos. Y este pueblo era como la

capital del «antiguo y conocido campo de Montiel», que abarcaba

veintidós pueblos, desde Montiel hasta Alcubillas, desde Villamanrique

hasta Castellar.

Y en esta centralización aristocrática y administrativa ha encontrado

Infantes su ruina. Los hidalgos no se ocupan en los viles menesteres

prosaicos. Tienen sus tierras lejos; hoy Infantes carece de población

rural; entonces tampoco la tenía. Las clases directoras poseían sus

haciendas en término de la Alhambra. Contaba entonces la Alhambra con

una población densa de caseríos y granjas. Todavía en el siglo XVIII,

según el censo de 1785, ordenado por Floridablanca, eran _veinticuatro_

las granjas situadas dentro de los aledaños de la Alhambra. Y en 1575

existían en sus dominios las aldeas de Laserna, con 15 o 16 casas; la

Nava, con 15; el Cellizo, con 10; Pozo de la Cabra, con 15; La Moraleja,

con 12; Santa María de las Flores, con 12; Chozas del Aguila, con 8...

¿Cómo era posible que teniendo los señores lejos sus tierras las

cultivasen con el amor y la atención con que, en el caso de verse libre

de sus prejuicios antieconómicos, las hubiesen cultivado bajo su

inmediata dependencia?

Tenían el eterno mayordomo, que aún perdura en las Castillas, y en

Albacete, y en Murcia; pasaban por alto las trabacuentas y gatuperios

del delegado; necesitaban dinero para su vida fastuosa y lo pedían a

todo evento. Y la ruina llegaba inexorable.

Infantes, como tantos otros pueblos del Centro, se arruinó rápidamente

en dos siglos.

Ya este sistema de explotar la tierra sin contribuir a fortalecerla,

canalizando ríos, regalándola abonos, conduce derechamente al

agotamiento, sin remedio. Juntad ahora a esta decadencia de la

agricultura la decadencia de la ganadería. Siempre--y éste es un mal

gravísimo--han andado en España dispares y antagónicas la agricultura y

la ganadería. Esta separación ha contribuido a concentrar en pocas manos

la riqueza pecuaria; ha impedido su difusión y crecimiento; ha

dificultado la cultura, en cada región, de las especies más

convenientes; ha privado, en fin, de los aprovechamientos de los ganados

al beneficio de los campos.

Una y otra cultura, la de la tierra y la de la ganadería, se han

hostilizado durante siglos; una y otra se han arruinado y han traído

aparejada en su ruina la ruina de España. La de la tierra, por falta de

agua (Infantes, entre 14.000 hectáreas, tiene 6 de regadío constante) y

por la estatificación de los procedimientos de cultivo; la de la

ganadería, por el cambio radicalísimo de la propiedad adehesada,

producido por la desvinculación y desamortización, por la roturación de

los pastos, por el cegamiento de veredas, cordeles y cañadas, y por la

baja del Arancel en lo referente a importación de lanas extranjeras.

Hemos de sumar aún a estas causas y concausas de abatimiento las

continuas y formidables plagas de langosta, que, desde hace siglos, caen

sobre estas campiñas, como las de 1754, 55, 56 y 57, de que habla Bowles

en su _Introducción a la geografía física de España._ Hoy la langosta

es la obsesión abrumadora de los labradores manchegos. «Más que de los

tiempos de llover o no llover--he oído decir a un labriego esta mañana

en la plaza--, me acuerdo de la langosta.»

Añadamos también las poderosas trabas de la amortización, tanto civil

como eclesiástica. La amortización acumula en escasas manos la propiedad

territorial; se paraliza el comercio de las tierras fragmentadas--que no

existen--; la dificultad de adquirir la tierra encarece su precio; las

inmensas extensiones conglomeradas imposibilitan el cultivo intensivo,

matan la población rural y ponen rémora incontrastable a las obras de

irrigación y de labranza.

Y cuando hayamos ensamblado y considerado todos estos motivos de ruina

que han convergido sobre este pueblo, como sobre infinidad de tantos

otros, todavía habremos de juntar a ellos, como calamidad suprema, otra

poderosísima que inaugura la Casa de Austria, con Felipe II, y persevera

con intensidad ascensional hasta estos tiempos. Hablo de la burocracia y

del expediente.

En Infantes viven y brujulean al finalizar el siglo XVI los siguientes

funcionarios políticos y judiciales: el vicario mayor de Montiel, otro

vicario, un notario, un alguacil fiscal, un gobernador, un teniente del

gobernador, un alguacil mayor, un escribano de gobernación, un alcaide

de la Cárcel, diez y siete regidores, un fiel ejecutor, un depositario

general, un mayordomo y procurador del Concejo, un escribano del

Concejo... El vicario no tiene sueldo fijo, pero cobra el

aprovechamiento de los derechos de su judicatura, y para que sean

crecidos y suculentos sabrá ingeniarse sagazmente; el gobernador percibe

200.000 maravedís, y de ellos da 20.000 a su teniente; además, el

gobernador «tiene, de los maravedís que en nombre de Su Majestad se

ejecutan, ciento y cincuenta maravedís cuando la cantidad llega a cinco

mil maravedís, y no más aunque pase, y de allí abajo, a real de plata»;

y es preciso reconocer que el señor gobernador--ni más ni menos que los

gobernadores de ahora en otros órdenes--hallará trazas para que los

maravedís ejecutados lleguen siempre, caiga el que caiga, a los cinco

mil codiciados.

Falta, para dejar completa la plantilla, consignar que el alcaide de

Cárcel cobra maravedís 12.000, que el fiel ejecutor disfruta de un

sueldo de 6.000, y que cada regidor--y no olvidemos que son diez y

siete--percibe por sus respectivas barbas, 600.

Infantes y los pueblos comarcanos son pobres; no tienen agua; no hay en

ellos rastro de huerta; no cultivan frutales; la cultura del grano se

hace a dos y tres hojas. ¿Cómo con esta pobreza pudiera mantenerse tan

complicada y costosa máquina administrativa? No es posible; apenas si

durante un siglo alienta. El creciente desarrollo que los vecinos notan

en su contestación al Cuestionario de Felipe II se detiene al promediar

el siglo XVII; y luego, cuando, al final, la miseria cunde por toda

España, Infantes se doblega; las nobles familias se arruinan; se cierran

los grandes caserones; desaparecen hidalgos y burócratas. Y en este

ambiente de abatimiento, de abstinencia, de ruina, el espíritu

castellano, siempre propenso a la tristura, acaba de recogerse sobre sí

mismo en hosquedad terrible.

«No hay arboleda ninguna en estas huertas ni en la villa--declaran en

1575 los vecinos--, porque no se dan a ello; _antes cortan los árboles

que hay, porque son poco inclinados a ello_.» «Las casas--dicen en otra

parte--son bajas, sin luceros ni ventanas a la calle.»

* * *

El odio al árbol y el odio a la luz... Aquí, en la ancha cocina de la

posada, esta noche, al cabo de tres siglos, un viejo me dice:

--En este pueblo las casas tienen las ventanas y las puertas cerradas

siempre. Yo no recuerdo haber visto algunas nunca abiertas; los señores

salen y entran por las puertas de servicio, a cencerros tapados. Es un

carácter huraño el de las clases pudientes; una honda división las

separa del pueblo. Y los señores, cuando dan las ocho de la noche, si

quieren salir de casa, han de hacerse acompañar de dependientes y

criados...

Suena una larga campanada grave, melódica, sonorosa, pausada. Luego

rasga los aires otra, después otra, después otra... Yo pienso en las

palabras del viejo, esta mañana, junto al caño del agua:

--Esta es la agonía; es la agonía de la muerte...

Y cuando he salido a la calle y he peregrinado entre las tinieblas, en

la noche silenciosa, a lo largo de los vetustos palacios, al ras de las

enormes rejas saledizas, que tantos suspiros recogieron, he sentido una

grande, una profunda, una abrumadora ternura hacia este pueblo muerto.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 73 / 81 题