...Otra vez me veo entre cristal y cristal, liado en mi capa, el
sombrero gacho, sobre las rodillas la manta, la inevitable maleta de
cartón al lado. El coche resbala sobre el asfalto; pasamos entre el
vaivén mundano, al anochecer, de la Carrera de San Jerónimo. A lo largo
del paseo de las Delicias brillan, en la foscura, acá y allá,
vacilantes, trémulas, entre el ramaje seco, las luces del gas. Sobre la
fábrica de electricidad, a la derecha, se eleva un nimbo blanco del humo
en que el resplandor refleja. Y los grandes focos, orlando las líneas de
los desnudos árboles, arrojan una pálida claror, difusa, matizada,
turbia.
El tren va a partir. Chirrían las carretillas y diablas; suena un
campanilleo persistente, largo, apremiante; vocea con voz plañidera un
vendedor de periódicos. Y las portezuelas se cierran con estrépito, a
intervalos... Es el expreso de Andalucía. Subo a un vagón. Un viejo de
larga barba blanca arregla en las redecillas una maleta; un señor
embozado en amplia capa parda mira con fúlgidos ojuelos sobre el embozo;
en un ángulo frente al viejo, una joven, trajeada con hábito
franciscano, permanece inmóvil...
El tren parte. Cruzan los verdes y rojos faros; a lo lejos, en las
tinieblas de la noche, una muchedumbre de lucecillas imperceptibles
brilla, parpadea, desaparece, surge de nuevo, torna a ocultarse. Y en el
cielo hosco, sobre la gran ciudad, aparece--emanación de los focos
eléctricos--como una tenue, difuminada claridad de aurora. En el coche,
la mortecina luz de la lamparilla cae sobre los cuadros, rojos, azules,
negros, de una manta, resbala sobre la uniformidad parda de la pañosa
castellana, se desliza, medrosa, entre las largas y argentadas hebras de
la barba del anciano.
Cruzamos vertiginosos ante una estación, y se oye un largo campanilleo,
que se pierde rápidamente; luego aparece, desaparece un faro verde. Y
las tinieblas tornan impenetrables. La ventanilla está elevada hasta el
comedio; por el espacio abierto, en la negrura intensa del cielo, una
estrella fulgura, ya blanca, ya azul, ya violeta, ya anaranjada, en
rápidos, en vivos, en misteriosos cambiantes.
El tren corre frenético por la llanura infinita de la estepa. El anciano
junta su calva, en misterioso cuchicheo, a la cabeza sonriente de la
niña.
--San Francisco el Grande--oigo decir al viejo--se parece al panteón que
vimos en Roma... al panteón de Humberto.
--Sí, sí--dice la niña--; se parece al panteón de Humberto; pero aquél
tiene luz cenital.
El viejo calla un momento; está reflexionando... Y luego corrobora
gravemente:
--Sí, sí; es verdad: tiene luz cenital.
Yo intento dormir; no puedo. En el centro del coche, sobre una maleta en
pie, que no cabe en las rejillas ocupadas, a modo de velador, he
colocado unos periódicos. Tomo uno ilustrado; leo al azar un párrafo:
«El acto realizado por el joven ex ministro de Agricultura ha tenido
gran resonancia y debe tener trascendencia.»
Dejo el periódico; trato de dormir otra vez; abro de nuevo los ojos,
exasperado. En la negrura, la estrella titilea, blanca, violeta, azul,
anaranjada; una luz pasa vertiginosa y marca sobre los cristales una
encendida estela fugitiva.
Y cuando el tren se detiene de pronto ante una estación solitaria, oigo,
en el profundo reposo de la llanura, el tric-trac del telégrafo, sonoro
y presuroso.
* * *
A las dos de la madrugada el destartalado carricoche va rodando,
hundiéndose en los hondos relejes, saltando sobre los agudos riscos, por
las anchas calles blancas de la ciudad manchega. Corre un viento sutil y
helado. Las luces eléctricas difunden una claridad opaca. A un lado y a
otro se extienden las fachadas en anchas pinceladas de blanco sucio. La
tartana se desliza, interminable, a lo largo de las calles
interminables, con un ruidoso traqueteo que repercute en los ámbitos
oscuros. Un instante; creo que se detiene. Sí, sí; se ha detenido. El
zagal aporrea bárbaramente una puerta.
Transcurre un largo rato; vuelven a sonar los recios golpes; se hace
otra larga pausa; es de nuevo la puerta aporreada. Y entonces se percibe
en lo hondo una voz que grita: «No, no hay habitación en esta casa».
--¿Sabe usted?--me dice el zagal--. Es que ha llegado una estudiantina,
y están todas las fondas ocupadas.
Vuelve a rodar la tartana por las calles desiertas. Se oyen, a lo lejos,
dos campanadas largas. Son las dos y media. Otra puerta torna a ser
aporreada formidablemente. Tampoco hay habitación en esta casa. Y hay
que volver al siniestro paseo por la enorme ciudad solitaria... Las
luces brillan mortecinas; un perro aúlla en la lejanía. Y cuando,
golpeada la tercera puerta, nos han abierto, yo he bajado de la tartana
perplejo y asombrado. Sí, sí que hay habitación. Y esta habitación está
allí cerca, a la derecha de la puerta, recayente al patio, al final del
zaguanillo de cuadrilongos ladrillos rojizos.
La casa es de dos pisos, enjalbegada de yeso blanco, con rejas coronadas
por elegantes cruces de Santiago. El patio está formado por una
anchurosa y cuadrada galería, sostenida por ocho columnas dóricas,
bordeada por una vetusta barandilla, sombreada por saledizos aleros
negros.
Dos de los lados han sido tapiados para formar habitaciones; los otros
dos permanecen al descubierto.
Mi cuarto es hondo, lóbrego, estrecho, bajo; las paredes están rebozadas
de cal blanca; la puerta, ancha y achaparrada, está compuesta por
cuadrados y cuadrilongos cuarterones; en el centro, abierto en talla,
entre dos flores de lis campea un escudo; sobre el dintel, una
ventanilla aparece cerrada por diminuta reja, formada con una redonda
cruz santiaguesa. Dentro hay una silla, un espejo, una microscópica
palangana. Y sobre dos banquillos, que sostienen cuatro tablas, un
colchón angosto y retesado.
Me acuesto sobre el duro alfamar, apago la luz. Y oigo en la lejanía
tres campanas, que caen lentas, solemnes, y una voz casi imperceptible
por la distancia, que grita en un plañido largo: _Ave María Purísima..._
* * *
Las casas de Valdepeñas son blancas y bajas.
De rato en rato, al paso, se columbra por las puertas entreabiertas el
patio clásico con las columnas dóricas y el zócalo azul, con el evónimus
raquítico y el canapé de enea. Una ancha faja de añil intenso encuadra
las portadas; sobresalen adustos los viejos blasones; se destacan las
afiligranadas rejas con la blancura de los muros. Y en la calle,
empedrada de punzantes guijarros, entre el ángulo de la pared y el piso,
al pie de los zócalos rosas o azules, corre una cinta de espesa y alegre
hierba verde.
El cielo está radiante, limpio, de un azul pálido. Llegan lejanos
sonoros repiqueteos de fragua. El sol refulge en las fachadas. Cantan
los gallos. Y de pronto la enorme diligencia parte, con formidable
estrépito de herrumbres, en dirección a Infantes, donde expiró Quevedo,
hacia «el antiguo y conocido campo de Montiel», por donde Cervantes hizo
caminar a Alonso Quijano la vez primera...