...Entro resueltamente en la _Posada del Norte_. El zaguán es largo,
estrecho y bajo; los carros, en su entrar y salir continuo, han abierto
en el empedrado, de agudas guijas, hondos relejes. Al fondo se abre una
puertecilla diminuta; dos, tres, cuatro más a la derecha, cerradas por
menguadas cortinas; y a la izquierda, una ancha franquea la entrada a un
patio. Hay junto a la pared un grande y blanco arcaz con la
cebada--igual que en las novelas picarescas--; penden de largas estacas,
ringladas en los muros, enjalmas y ataharres.
Doy voces; en uno de los cuartos, tras la cortina, oigo un ronroneo
tenue, y, a intervalos, un suspiro y el traqueteo rítmico de una silla.
Avanzo; me cuelo por la puertecilla del fondo. Estoy en una cocina
solitaria. Cuelga de las paredes la espetera, con sus sartenes y sus
cazos; en la chimenea, de ancho humero, puestos en el hogar ante el
montón de brasas, cuatro o seis diminutos pucheros borbollean con
imperceptible rezongeo y dejan escapar ligeras nubecillas blancas...
Retrocedo al zaguán, vuelvo a gritar, espero un momento, y entro luego
en el patio.
El piso se extiende en baches y altibajos; en el centro destaca el
brocal desgastado de un pozo; un labriego, al sol, sobre un poyo de
adobes rojos, duerme con la cabeza sobre el pecho y los brazos caídos;
junto a él reposa un perro largo, enjuto, negro, luciente. Yo me siento
un instante; este sosiego se me entra en el espíritu y aplaca mis
ardores. Todo reposa; en la techumbre pían los pájaros; el sol vívido
marca sobre una de las paredes blancas el dentelleo de un tejado; suena
una campana lejana...
Es preciso comer. Retorno al zaguán. Y entonces grito más fuerte que
antes, doy grandes golpazos, levanto la cortina de un cuarto. En la
oscuridad, una mozuela duerme con un niño en los brazos; la luz la
desendormisca, e instintivamente chasca la lengua y vuelve a balancear
rítmicamente la silla, cunando al niño.
La llamo insistentemente. Despierta, y me dice que el ama ha salido a la
plaza. No sabe cuándo volverá; acaso al mediodía. Yo encargo de comer y
salgo. El sol baña de lleno la inmensa plaza; en el fondo, cogiendo un
lado, se yergue un caserón disforme, a medias destruido, con saledizos
balcones recios, firmes los anchos sillares de los muros, afiligranado
el blasón que campea sobre la puerta. A los otros costados de la plaza
se muestran los bajos porches, con columnas de piedra unas, de madera
otras, gastadas, carcomidas, con capiteles dóricos, con capiteles
jónicos, combadas las zapatas. Pasa un perro rojo con las gruesas orejas
cercenadas, y luego otro perro blanco, y luego otro perro a planchas
blancas y negras, y luego otro perro negro--el que he visto en el patio
de la posada--, esbelto y fino. Flamean las mantas rojas, amarillas,
azules, colgadas al aire en una tienda; un mendigo, con redondo y ancho
sombrero tieso, vestido de buriel pardo, discurre al sol, agachado sobre
su palo; atraviesan la plaza dos borricos cargados de ramaje de olivo;
pasa ligero, con menudo paso afirmado de viejo hidalgo, la capa al aire,
un señor de largos bigotes grises y hongo apuntado.
Salgo de la plaza. Las calles son estrechas, empedradas, sin aceras, de
casas bajas y blancas. Un arroyuelo infecto corre por el centro, formado
por las aguas sucias que surten de los corrales. Al paso, tras las
vidrieras, se inclinan las manchas pálidas de los rostros curiosos; se
oyen los gritos lejanos de unos muchachos que juegan en otra plaza. En
esta plaza se levanta una iglesia gótica. La fachada luce hojarascas y
filigranas del Renacimiento; la torre, cuadrilátera, se perfila con su
chapitel puntiagudo y gris en la diafanidad del cielo azul...
La maraña de las callejuelas blancas continúa. Un cerdo, de rato en
rato, pasa gruñendo; calla, se detiene y hociquea en las aguas sucias un
momento; gruñe de nuevo y avanza otra vez con un corto trotecillo
nervioso... Desemboco en una anchurosa plaza formada por viviendas
terreras y tapias de corrales, cerrada por la enorme masa rojiza de un
convento. Me siento en una piedra y contemplo un instante el vetusto
monasterio. Viven en él diez y siete monjas; pudieran vivir ciento. Es
de sólida e irregular mampostería, trepado por numerosos agujeros, con
arcos y ventanas cegados, con altas celosías de madera negruzca.
La plaza está desierta; picotean al sol unas gallinas; triscan sobre el
tejado del convento los pájaros; en la lejanía, a la derecha, se pierde
un camino ancho, bordeado por largos liños de olmos desnudos. Suena
lenta una campanada larga, y después otra campanada larga, y después
tres campanadas finas y breves...
Es mediodía. Regreso a la posada. Recorro las mismas callejuelas de piso
áspero; cruzo la misma plaza en que la iglesia se alza. Y luego, por
variar, tuerzo a la derecha y entro en una calle silenciosa, de casas
chatas a una banda, de una larga pared ruinosa a la otra. Leo un tejuelo
azul: es la calle de Gerindote. Unas tablas viejas cierran un portal
ancho; por las rendijas se columbra un patio lleno de escombros, y
entre el cascote, ante paredes desmoronadas, se yergue una arquería de
medio punto, sostenida por elegante columnata dórica.
Estoy a espaldas del palacio que muestra su fachada a la plaza
principal. Resuenan los piquetazos de los albañiles; traquetea un
carro... Camino dos pasos más y salgo al campo. La campiña se aleja con
sus bancales de sembradura; una línea gris, de olivos cenicientos,
cierra el horizonte...
* * *
La mesonera me ha llevado a un diminuto cuarto, cerrado por una cortina,
sin ventanas, con la sola luz de la puerta. Me encuentro sentado ante
una mesa cubierta con un mantel pequeño. ¡Voy a comer!
Espero un poco; un perro con un cascabel al cuello entra y retoza por la
estancia. Espero otro poco; otro perro fino, negro, luciente--el de esta
mañana y de todas las horas--asoma su agudo hocico por la puerta y luego
se cuela con pasito mesurado. La mesonera trae un cuenco de recia
porcelana con diminutos pedazos de carne frita; después pone sobre la
mesa una botella llena de una misteriosa mixtura amarilla. Dice que es
vino.
Yo como filosóficamente de la carne frita e intento sorber el acedo
brebaje. El perro pequeño ladra y salta; el galgo negro se acerca
mansamente y pone su hocico sobre mi muslo. ¿Me voy a comer toda la
vianda? No, no; ya estoy harto de pedacitos de carne frita. Espero un
poco; uno de los perros continúa ladrando; el otro restriega
discretamente su trompa sobre mis pantalones. Espero otro poco. Y luego
me levanto y examino en la pared una estampa piadosa. Entretanto el
galgo ha puesto los pies sobre la mesa y va devorando el resto de la
carne... Me canso de esperar y llamo a la huéspeda.
--¿No me da usted nada más?--le pregunto.
Y ella se me queda mirando, extrañada, sonriendo por mi exigencia
estupenda, y exclama:
--¿Qué más quiere usted?
Es verdad; me olvido de que estoy en la Meseta y soy un hombre del
litoral; yo no debo, en Torrijos, querer comer más cosas.
La digestión no resultará pesada; pero hay que ir al casino a tomar un
confortable digestivo. En la plaza hay una casa vieja sobre un alterón
del piso; esta casa tiene un gran pasadizo; dentro de este pasadizo hay
una diminuta puerta de cuarterones. Cuando yo llego ante esta puerta
llega también un hombre vestido de pana gris y ceñido el cuerpo por
ancha faja negra. Yo me detengo un momento ante la puerta cerrada, y él
saca una llave de la faja y abre. Subimos un escalón; luego nos
encontramos en un diminuto receptáculo; luego, a la derecha, reptamos
por una escalera pendiente; ya en lo alto, llegamos a un angosto
pasillo, torcemos luego a la izquierda, y nos hallamos en un cuarto
reducido, con tres mesas de mármol y un ventanillo microscópico.
Los gallos cantan a lo lejos; una cinta de sol fulgente cruza el blanco
mármol y marca sobre el piso un vivo cuadro. Los minutos transcurren
lentos, interminables. Suena a lo lejos una tos seca y persistente; se
oye el chisporroteo de un hornillo.
--¿No viene nadie?--pregunto al mozo.
--Le diré a usted--me contesta--; es que anoche hubo en el pueblo baile
de máscaras...
Quedo profundamente convencido. Se hace un largo silencio. Llegan
cacareos de gallos y ladridos de perro. Yo siento como si hubieran
pasado tres o cuatro horas en este ambiente de soledad, de aburrimiento,
de inercia, de ausencia total de vida y de alegría. Miro el reloj; son
las dos; ha transcurrido media hora.
* * *
A lo lejos destaca el pueblo con sus techumbres negras y las manchas
blancas de las fachadas. Resaltan en el cielo azul diáfano el caserón
rojizo del convento y la aguda torre de la iglesia. Una larga pincelada
azul de las montañas, sobre otra larga pincelada negra de los olivos,
limita el horizonte. De pronto rasga los aires la nota sostenida y
metálica de la corneta del pregonero; ladran los perros; cacarean los
gallos; llega el silbido ondulante, apagado, de un tren que pasa...
En un habar, entre las matas, un labriego va entrecavando la tierra
dura. Sobre una manta, echado en el lindero, cabe a un cantarillo de
agua, un perro gruñe sordamente cuando me acerco.
--Buenas tardes--grito al labriego.
--Buenas tardes, señor--contesta.
Luego se allega, y hablamos sentados mientras él fuma.
--¿No tiene usted agua para regar sus tierras?--le pregunto.
--¡Agua!--contesta--. Si hiciera un pozo y pusiera _artes_, sí que la
tendría.
Torrijos es el prototipo de los pueblos castellanos muertos. Entre estos
hombres del centro, ininteligentes y tardos, y los del litoral, vivos y
comprensores, hay una distancia enorme. Torrijos cuenta con 2.923
habitantes; tiene 494 casas de un piso, 152 de dos, 7 de tres. La
agricultura se divide entre el cultivo de los cereales y el del olivo.
No hay población rural; nadie vive en el campo. No existen manantiales
ni arroyos.
Las escasas tierras de huerta son regadas con aguas sacadas de los
pozos. Hay en todo el término 12 pozos. Los _artes_ con que se extrae de
ellos el agua son norias primitivas; algunas tienen arcaduces de barro;
los arcaduces se rompen y no son repuestos, y las norias giran horas y
horas en la llanura gris, ante el labriego extático, sin vaciar apenas
agua en la alberca. «El agua--me dicen--se come mucho las tierras.»
El riego pide abono; el abono cuesta dinero; cuanto menos se riegue,
menos se gasta...
Jovellanos ya notó esta opinión de los labradores meseteños de que «el
riego esteriliza las tierras».
He visitado una pequeña huerta; el arrendatario de las tierras posee dos
caballerías para mover la noria; pero ahora, en la época de la molienda
de la aceituna, este labriego, a tener sus tierras limpias y sazonadas,
prefiere alquilar sus bestias por _tres_ reales diarios a las almazaras.
El agricultor español es de una mentalidad arcaica; pierde lo más,
lejano y trabajoso, por obtener lo menos, presente y voladero...
* * *
Cae el crepúsculo. Los olivares se ensombrecen; cobran un tinte oscuro
los cuadros de alcacel luciente; resaltan hoscas las tierras de
barbechos. Y por la carretera, recta y solitaria, entre las ringlas de
olmos desnudos, me encuentro al galgo negro y enjuto, que camina ligero,
resignado, con cierto aire de jovialidad melancólica, hacia el poblado
triste.
«Antes que la noche viniese--dice el Lazarillo de Tormes--di conmigo en
Torrijos.» Cuando yo llego, las blancas fachadas de las casas se sumen
en la penumbra; brillan sobre el arroyo débiles franjas de luces que
arrojan los portales, y por las callejuelas tortuosas, en todo el
pueblo, con clamorosa greguería de gruñidos graves, agudos,
suplicadores, iracundos, corren los cerdos...