...En el balcón luce, imperceptible, opaca, tenue, una ancha faja de la
claror del alba. Y en la puerta, de pronto, oigo un persistente
tarantaneo. Me levanto: me he retirado de la redacción a las dos de la
madrugada; es preciso salir... Las calles están desiertas; pasa de
cuando en cuando un obrero, con blusa azul, cabizbajo, presuroso, las
manos en los bolsillos, liada la cara en bufanda recia; pasa una moza
con el mantón subido, pálida, ornados los ojos de anchas ojeras lívidas;
pasa un muchacho con un enorme fajo de carteles bajo el brazo. Comienzan
a chirriar las puertas metálicas de las tiendas; suenan lentas, graves,
una a una, las campanadas de una iglesia. Y un coche se desliza ligero,
con alegre tintineo, sobre el asfalto.
Lo tomo. Descendemos por la carrera de San Jerónimo; luego avanzamos a
lo largo del paseo de las Delicias, entre el ramaje seco del arbolado;
cruzamos frente a la ronda de Valencia; bajamos por una vía ancha,
solitaria, pendiente. A lo lejos, la enhiesta chimenea de una fábrica
difumina, con denso humacho negro, el cielo radiante, de azul pálido;
una tenue neblina cierra y engasa el horizonte, y entre las ramas
desnudas de los árboles, casi a flor de tierra, en la lejanía, asciende
lento y solemne, un enorme disco de oro encendido...
He tomado el billete, y paso al andén. En la puerta dos mujeres pleitean
con el mozo. Son dos viejas cenceñas, enjutas, acartonadas; visten los
oscuros trajes de la gente castellana--azul oscuro, pardo negruzco,
intenso blavo. Una de ellas tiene la nariz remangada y la boca saliente;
otra tiene la boca hundida y la nariz bajeta. Y las dos miran al mozo,
mientras hablan, con sus ojuelos grises, diminutos, un poco ingenuos, un
tilde picarescos. El mozo no las quiere dejar pasar; dice que sus
billetes de ida y vuelta están caducos. Y ellas chillan, claman al
Señor, se llevan las manos a la cabeza, y me miran a mí, como pidiendo
mi intervención definitiva.
--¡El tío jefe--dice una de ellas--nos _vido_ montar en el tren el
lunes!
--Sí--corrobora la otra--, el tío jefe nos _vido_. Yo intervengo:
indudablemente, el jefe de la estación de Bargas puso una fecha atrasada
al troquelarles sus billetes. Porque estas dos viejas vienen de Bargas.
Y luego, cuando al fin han pasado y hemos subido al coche, me han
contado su historia.
Ellas vienen a Madrid todos los sábados por la tarde; regresan los lunes
por la mañana. De Bargas a Madrid, ida y vuelta, les cuesta el billete
14 reales. Y en Madrid venden por las calles bollos de yema.
--Bargas--les pregunto yo--, ¿es mejor pueblo que Torrijos?...
Entonces, una de ellas se me queda mirando y exclama:
--¡Sí, mucho mejor!
Y luego, pensando, sin duda, que ha ofendido mi patriotismo, si por
acaso soy yo de Torrijos agrega benévolamente:
--¡Pero Torrijos también es _fueno_!
Va a partir el tren. Ha tintineado un largo campanillazo; suenan los
recios y secos golpes de las portezuelas. Las dos viejas han acomodado
sus cuatro cestas y sus dos sacos sobre y bajo los bancos. Lo más
delicado va encima; y son dos cestas llenas de jarrones y figurillas de
escayola sobredorada. Se trata de encargos que ellas portean de retorno
para los vecinos del pueblo.
--¿Has puesto _eso_ con gobierno para que no se manchen los
monos?--pregunta una.
Y la otra inspecciona las cestas, remueve los papeles en que van liadas
las hórridas figuras, torna a colocar sobre los bancos los encargos... Y
silba la locomotora con un silbido largo y bronco; se remueve el tren
con chirridos de herrumbres y atalajes mohosos; una gran claridad se
hace en el coche...
Estamos en campo abierto. La llanura se extiende inmensa en la lejanía,
verde-oscura, verde-presada, grisácea, roja, negra en las hazas labradas
recientemente. Las piezas del alcacel temprano ensamblan, en mosaico
infinito, con los cuadros de los barbechos hoscos. Ni una casa, ni un
árbol. Un camino, a intervalos, se pierde sesgo en el llano uniforme.
Junto a la caseta de un guardabarrera, al socaire de las paredes, cuatro
o seis gallinas negras picotean y escarban nerviosamente. Y el tren
silba y corre, con formidable estrépito de trastos viejos, por la
campiña solitaria.
Las dos viejas permanecen silenciosas e inmóviles. Las dos tienen los
brazos cruzados so el delantal; una cierra los ojos y echa la cabeza
sobre el pecho; otra, las puntas del pañuelo cogidas en la boca, echa
hacia atrás la testa y mira de cuando en cuando con los ojillos
entornados... Pasan dos, tres estaciones; cruza el convoy sobre una
redoblante plataforma giratoria. Las viejas se remueven sobresaltadas. Y
luego, ya despiertas, hablan y sacan por la abertura del brial sendas
faltriqueras de pana. De estos bolsillos, una de las viejas extrae una
enorme y luciente llave, y la otra, otra llave disforme y un peine
amarillento. Luego, vueltos llave y peine a los senos profundos de las
bolsas, las dos viejas charlan de sus tráfagos y negocios.
--En Bargas--les pregunto yo--, ¿no hay más que ustedes que se dediquen
a la venta en Madrid de las rosquillas?
Y ellas me contestan que hay más; están _la Daniela_ y _la Plantá_; pero
estas dos negociantes no marchan a Madrid en ferrocarril: van por la
carretera. Emplean en ir dos días y otros dos en volver. Llevan un
borriquillo. Y, como es natural, han de hacer en Madrid gastos de
alojamiento y pienso.
--Entonces--observo yo filosóficamente--, ¿no les tendrá casi cuenta ir
a Madrid?
--Claro--replica una de las viejas--, como que en la posada y el borrico
se lo dejan todo.
Y la otra, bajando la voz e inclinándose hacia mí, añade
confidencialmente:
--Pero hacen muy mal el género; ponen en los bollos poco aceite y mucha
clara, y al respective del azúcar, lo merman todo lo que pueden...
Continúa la campiña paniega, verde a trechos, a trechos negruzca. La
tierra se dilata en ondulaciones suaves de alcores y recuestos. En
Villaluenga asalta el coche un tropel de fornidos mozos rasurados,
mofletudos, en mangas de camisa.
--¡Una perrilla para los quintos de Villaluenga!--gritan, y alargan una
gorra ante los viajeros. Le piden también a las viejas; pero éstas se
niegan a dar nada.
--Yo también--dice una de ellas--tengo un hijo quinto.
--¡Pues que tenga buena mano!--exclama uno de los mozos.
Y cuando se ha puesto otra vez el tren en marcha, la vieja requerida ha
añadido hoscamente, mientras se pasaba el reverso de la mano por las
narices y se apretaba el pañuelo:
--Quintos más sinvergüenzas que los de este pueblo, no los he visto. Yo
no digo que no pidan los de Bargas; pero no van a otros pueblos a pedir.
Ha pasado otra estación y las viejas han descendido con sus cestas y sus
sacos. Y yo me quedo solo en el coche. A lo lejos, sobre la línea del
horizonte, destacando en el azul límpido, aparece el enorme castillo de
Barciense, y al pie resaltan los puntitos blancos de las casas
enjalbegadas.
Llego a Torrijos. El cielo está radiante, limpio, diáfano; brilla el sol
en vívidas y confortadoras ondas; un gallo canta lejano con un cacareo
fino y metálico; se desgranan en el silencio, una a una, las campanadas
de una hora...
Son las once. Avanzo por una calle de terreras viviendas, rebozadas de
cal; llego a una espaciosa plaza; me detengo ante una casuca
inquietadora. Tiene dos pisos; en lo alto lucen dos balconcillos
desfondados, con los vidrios de las maderas rotos y sucios; en el bajo
se abre una ancha puerta achaparrada. En la fachada angosta, entre los
dos huecos, leo en gruesas letras sanguinosas: _Posada del Norte_. Y un
momento permanezco ante este rótulo, en la plaza desierta, perplejo,
mohino, temeroso, con la maleta en vilo.