Esta Pepita, cuando mira, tiene en sus ojos algo así como unos
vislumbres que fascinan. Yo no sé--piensa Azorín--lo que es esto; pero
yo puedo asegurar que es algo extraordinario.
--Pepita--le pregunta Azorín--, ¿qué quisiera usted en el mundo?
Pepita levanta los ojos al cielo; después saca la lengua y se moja los
labios; después dice:
--Yo quisiera... yo quisiera...
Y de pronto rompe en una larga risa cristalina; su cuerpo vibra; sus
hombros suben y bajan nerviosamente.
--Yo no sé, Azorín; yo no sé lo que yo quisiera.
Pepita no desea nada. Tiene un bello pelo rubio abundante y sedoso; sus
ojos son azules; su tez es blanca y fina; sus manos, estas bellas manos
que urden los encajes, son blancas, carnosas, transparentes, suaves.
Pepita sabe que hay por esos mundos grandes modistos y grandes joyeros,
pero ella no desea nada.
Y Azorín, mirándola un poco extático--¿por qué negarlo?--, le dice:
--La elegancia, Pepita, es la sencillez. Hay muy pocas mujeres
elegantes, porque son muy pocas las que se resignan a ser sencillas.
Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la manía de escribir:
escribimos mejor cuanto más sencillamente escribimos; pero somos muy
contados los que nos avenimos a ser naturales y claros. Y, sin embargo,
esta naturalidad es lo más bello de todo. Las mujeres que han llegado a
ser duchas en elegancias, acaban por ser sencillas; los escritores que
han leído y escrito mucho, acaban también por ser naturales. Usted,
Pepita, es sencilla y natural espontáneamente. No lo ha aprendido usted
en ninguna parte: el pájaro tampoco ha aprendido a cantar. Y yo, que he
escrito ya algo, quisiera tener esa simplicidad encantadora que usted
tiene, esa fuerza, esa gracia, ese atractivo misterioso--que es el
atractivo de la armonía eterna.