Hoy se han celebrado las elecciones. Han andado por el pueblo excitados
unos y otros hombres. Azorín no comprende estas ansias; Sarrió permanece
inerte. Los dos son algo sabios: uno por indiferencia reflexiva; otro
por impasibilidad congénita. «Los hombres, querido Sarrió--ha dicho
Azorín--, se afanan vanamente en sus pensamientos y en sus luchas. Yo
creo que lo más cuerdo es remontarse sobre todas estas miserables cosas
que exasperan a la Humanidad. Sonríamos a todo; el error y la verdad son
indiferentes. ¿Qué importa el error? ¿Qué importa la verdad? Lo que
importa es la vida. El bien y el mal son creaciones nuestras; no existen
en sí mismos. El pesimismo y el optimismo son igualmente verdaderos o
igualmente falsos. En el fondo, lo innegable es que la Naturaleza es
ciega e indiferente al dolor y al placer...»
Azorín calla; todo reposa en el limpio zaguán. El sol entra por uno de
los cuarterones de la puerta en ancha cinta refulgente. Pepita mira a
Azorín con sus bellos ojos azules.
Y Azorín prosigue:
--Hace un momento, yo hojeaba este libro que Pepita tiene aquí sobre una
silla. Es un libro de urbanidad para uso de las jóvenes. Y bien; yo he
encontrado en la primera página precisamente, una profunda lección de
vida.
Dice así el pasaje a que aludo:
«Todo cambia, todo se renueva, y hay mil pequeñeces, una expresión, una
prenda de vestir, una moda de tocado que denotan al punto la edad de la
persona que las usa; y por más que el abate Delille la recomiende, me
parece, por ejemplo, de mal gusto la costumbre de aplastar en el plato
la cáscara de un huevo pasado por agua, costumbre calificada ya por el
vizconde de Marenne, en su libro sobre la _Elegancia_, publicado hace
años, de _absurda y ridícula_.»
He aquí los hombres divididos sobre una cuestión tan nimia como esta de
aplastar una cáscara de huevo. Unos la recomiendan; otros la creen
absurda. Hagamos un esfuerzo, querido Sarrió, y sobrepongámonos a estas
luchas; no tomemos partido ni por el abate Delille, ni por el vizconde
de Marenne. Y pensemos que cuando a estas cosas llega la pasión de los
hombres, ¿qué no será en aquellas otras que atañen muy de cerca a los
grandes intereses y a los ideales perdurables?