Este buen hombre que es obispo ha convidado a almorzar a Sarrió y
Azorín. Los dos han encontrado natural el convite; pero yo no sé quién
lo ha encontrado más natural, si Sarrió o Azorín.
El obispo es un señor simpático; es nervioso, impresionable, vivo; no
sabe hablar; se azora cuando ha de decir en público cuatro palabras;
pero tiene una excelente biblioteca de libros viejos y novísimos; lee
mucho; entiende lo que lee, y escribe atinadamente y con cierta mesura
de las cosas que opugna.
La mesa está lindamente aparejada; la cristalería es luciente y fina; el
mantel es blanquísimo, y sobre su blancura resaltan los anchos ramos de
flores bien olientes y la loba morada del obispo.
Todos se sientan. El obispo es uno de esos hombres espirituales que
cuando comen lo hacen como a pesar de ellos, con discreción, dando a
las elegantes razones que se cruzan entre los comensales, más
importancia que a las viandas.
--Nietzsche, Schopenhaüer, Stirner--dice el obispo--son los bellos
libros de caballerías de hogaño. Los caballeros andantes no se han
acabado; los hay aún en esta tierra clásica de las andanazas. Y yo veo a
muchos jóvenes, señor Azorín, echar por las veredas de sus pensamientos
descarriados. ¿Tienen talento? Sí, sí, talento tienen, indudablemente;
pero les falta esa simplicidad, esa visión humilde de las cosas, esa
compenetración con la realidad que Alonso Quijano encontró sólo en su
lecho de muerte, ya curado de sus fantasías.
El obispo come un poco separado de la mesa, con ademanes distraídos,
como olvidándose a veces de que ha de continuar en la tarea de engullir
las viandas.
--Yo creo--continúa diciendo--que debemos mirar la realidad. Luis Vives,
que era un buen sujeto, que, como él mismo dice, se paseaba canturreando
por los paseos de Brujas, aunque tenía una voz detestable, como él
también añade; Luis Vives escribe que los jóvenes deben, ante todo,
procurar cautela y recelo en resolver y juzgar las cosas, por pequeñas
que sean. Todo tiene su razón de ser en la vida. No podemos hacer tabla
rasa del pasado. Lo que a veces creemos absurdo, señor Azorín, ¡qué
natural es en el hondo proceso de las cosas!
--Sí--piensa Azorín--, en el mundo todo es digno de estudio y de
respeto; porque no hay nada, ni aun lo más pequeño, ni aun lo que
juzgamos más inútil, que no encarne una misteriosa floración de vida y
tenga sus causas y concausas. Todo es respetable; pero si lo
respetásemos todo, nuestra vida quedaría petrificada, mejor dicho,
desaparecería la vida. La vida nace de la muerte; no hay nada estable en
el universo; las formas se engendran de las formas anteriores. La
destrucción es necesaria. ¿Cómo evitarla, y cómo evitar el dolor que
lleva aparejado en esta inexorable sucesión de las cosas? Habría que
hacer de nuevo el universo...
Azorín piensa en cómo sería ese otro universo; naturalmente, no da con
ello. Y para ver si se le ocurre algo se come una aceituna; el obispo
también se come otra y luego dice:
--Estas aceitunas son de Mallorca. Vives, a quien he citado antes y por
quien tengo especial predilección, habla de las aceitunas de Andalucía y
de las de Mallorca; pero dice textualmente que las de Mallorca «saben
mejor»: _magis sunt saporis sciti Balearice..._ Este es uno de los
motivos--añade sonriendo--por lo que yo, que soy tan amante de mi
patria, estimo al gran filósofo.
Han llegado los postres. Sarrió prefiere los dulces; entre ellos hay
unos riquísimos limoncillos en almíbar. Sarrió se sirve de este dulce;
luego se cree en el deber de elogiarlo; luego juzga preciso comprobar
si su elogio se ajusta en todas sus partes a la realidad, y torna a
servirse.
El obispo le dice:
--Estos limoncillos son exquisitos; me los mandan de Segorbe unas buenas
religiosas que son peritísimas en confitarlos. Y yo siempre que los como
veo en ellos algo así como un símbolo. Esto quiere decir, señor Sarrió,
que debemos esforzarnos para que nuestras palabras acedas, nuestras
intenciones aviesas se tornen propósitos de concordia y de paz que unan
a todos los hombres en cánticos de alabanza al Señor, que los ha creado;
del mismo modo que estos limoncillos que eran antes agrios son ahora
dulces y nos mueven en elogios hacia esas monjas que los han adobado con
sus manos piadosas.
Sarrió calla y come. Yo barrunto que a Sarrió no le interesa mucho el
símbolo de las cosas. Él, al menos, puedo afirmar que no piensa en nada
cuando saborea estos limoncillos.