Van y vienen por las calles clérigos con la sotana recogida en la
espalda, frailes, monjas, mandaderos de conventos con pequeños cajones y
cestas, mozos vestidos de negro y afeitados, niños con el traje
galoneado de oro, niñas, de dos en dos, con uniformes vestidos azules.
Hay una diminuta catedral, una microscópica obispalía, vetustos
caserones con la portalada redonda y zaguanes sombríos, conventos de
monjas, conventos de frailes. A la entrada de la ciudad, lindando con la
huerta, los jesuitas anidan en un palacio plateresco; arriba, en lo alto
del monte, dominando el poblado, el Seminario muestra su inmensa mole.
El río corre rumoroso, de escalón en escalón, entre dos ringlas de
viejas casas; las calles son estrechas, sórdidas; un olor de humedad y
cocina se exhala de los porches oscuros; tocan las campanas a las
novenas; entran y salen en las iglesias mujeres con mantillas negras,
hombres que remueven en el bolsillo los rosarios.
Azorín y Sarrió han recorrido la ciudad; luego, de pechos sobre el
puente, han contemplado el río que se desliza turbio. A lo lejos, entre
unos cañaverales, al pie del palacio episcopal, unos patos se zambullen
y nadan.
Y Sarrió, viendo estos patos, ha dicho:
--Esos patos que nadan en el río, ¡qué gordos que están, querido Azorín!
Y Azorín ha contestado:
--Yo imagino, Sarrió, que usted ya se regodea con las pechugas de esos
patos. Y esos patos son de un buen hombre que es obispo. Este hombre,
además de ser obispo, es un poco sabio y un poco artista, y en los ratos
que le dejan libre sus cuidados se asoma al río y va echando migajas a
los patos. San Bernardo era también amigo de los animalillos que Dios
cría. Cuentan que cuando encontraba en su camino a algunos cazadores, él
se afligía un poco y rogaba por las perdices y las liebres, y les decía
a estos fieros hombres: _No os canséis en perseguir a esos seres
inocentes, que yo he rogado al Señor por ellos y el Señor les conservará
la vida._
Y he aquí, querido Sarrió, que usted se regocija, allá en las
intimidades de su espíritu, con una hecatacombe de esos patos, que son
la alegría de un hombre sencillo, que, como San Bernardo, ama todo lo
que Dios ha creado.