ALICANTE.

Hoy, en Alicante, cuando Azorín y Sarrió paseaban bajo las palmeras,

frente al mar, se ha parado ante ellos un señor moreno y enjuto, de

ancha perilla cana. Luego se ha dirigido a Azorín y le ha estrechado la

mano con un apretón seco y nervioso.

--Yo sé quién es usted--le decía--y quiero tener el gusto de saludarle.

Es usted uno de los hombres del porvenir...

Azorín ha querido saber su nombre. El desconocido ha dicho que se

llamaba Bellver y que vivía en tal parte. Después, rápido, nervioso, ha

levantado su sombrero y se ha ido.

Y Azorín se ha vuelto hacia Sarrió y le ha dicho:

--Paréceme, Sarrió amigo, que acabo de ganar una gran batalla. Este

hombre que se ha acercado a mí es un admirador mío. Yo no le conozco,

pero él ha querido expresarme sus simpatías. Estos sencillos homenajes

son la recompensa de los que ejercemos la noble profesión de la pluma.

Escribe uno un libro, publica uno treinta artículos, y la crítica habla,

los compañeros hacen sus comentarios. Todo esto, ¿qué importa? Todo esto

está previsto. Pero ese pedazo de conversación que oímos al paso y en

que suena nuestro nombre, esa carta anónima que nos felicita, ese lector

entusiasta--como este Bellver--que estrecha rápidamente nuestra mano con

efusión, con sinceridad, y luego se marcha... todo esto, ¡qué grato es y

cómo compensa del trabajo rudo y las tristezas!

Nosotros, como el Hidalgo Manchego, tenemos algo de soñadores; una

ilusión nos vivifica. Vivimos pobres; gastamos año tras año nuestras

fuerzas sobre los libros; la muerte sorprende nuestros cuerpos fatigados

en plena vida; si trasponemos la juventud, nuestra vejez es mísera y

achacosa; vemos aupados por las multitudes a hombres fatuos, mientras

nosotros, que damos a la Humanidad lo más preciado, la belleza,

permanecemos desamparados... Y un día, en nuestra soledad y en nuestra

pobreza, un desconocido se acerca a nosotros y nos estrecha con

entusiasmo la mano. Y entonces nos creemos felices y consideramos

compensados con este minuto de satisfacción nuestros largos trabajos.

Esto me sucede a mí ahora, querido Sarrió; y por eso este apretón de

manos ha puesto en mí tanta ufanía como en Alonso Quijano la liberación

de los galeotes o la conquista del yelmo.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 41 / 81 题