ALICANTE.

Azorín y Sarrió han ido a Alicante. Esta es una capital de provincia

alegre y sana. Hay cafés casi cómodos, periódicos casi legibles, tiendas

casi buenas, restaurants casi aceptables. Esto último le interesa a

Sarrió vivamente. A Azorín debe también de interesarle.

Los dos recorren las calles llevados de una curiosidad natural. Azorín,

alto, inquieto, nervioso, vestido de negro, con un bastón que lleva

diagonal, cogido cerca del puño a modo de tizona; Sarrió, bajo, gordo,

pacífico, calmoso, con su chaleco abierto y su gran hongo de copa

puntiaguda. Yo no sé si en Alicante habrán reparado en estas dos figuras

magnas; acaso no. Los grandes hombres suelen pasar inadvertidos. Y así,

Azorín y Sarrió, sin admiradores molestos, dan unas vueltas por una

plaza, husmean las tiendas, compran unos periódicos, y acaban por

sentarse en la terraza de un restaurant, bajo el cielo azul, frente al

mar ancho.

El mar se aleja en una inmensa mancha verde; se mueven, suavemente

balanceados, los barcos; las grúas suenan con ruido de cadenas; chirrían

las poleas; se desliza rápido, en la lejanía, un laúd con su vela latina

y sus dos foques. Y rasga los aires una bocina ronca con tres silbidos

largos y luego con tres silbidos breves. Sale un vapor. La chimenea,

listada de rojo, despide un denso humacho negro; el chorro de desagüe

surte espumeante y rumoroso; a proa se escapan ligeras nubecillas de la

máquina de levar anclas. Lentamente va virando y enfila la boca del

puerto; el hélice deja una larga espuma blanca; en la popa resaltan

grandes letras doradas: _C. H. R. Broberg-Cjobenhun_; una bandera roja,

partida por una cruz azul, flamea...

Ya ha salido del puerto. Poco a poco se aleja en la inmensidad; el humo

difumina con un trazo fuliginoso el cielo diáfano; el barco es un

puntito imperceptible. Y el mar, impasible, inquieto, eterno, va y viene

en su oleaje, verde a ratos, a ratos azul, tal vez, cuando soplan

vientos de Sur, rojo profundo.

El mar--decía Guyau, que escribió sus más bellas páginas al borde de

este mismo Mediterráneo--, el mar vive, se agita, se atormenta

perdurablemente sin objeto. Nosotros también--piensa Azorín--vivimos,

nos movemos, nos angustiamos, y tampoco tenemos finalidad alguna. Un

poco de espuma deshecha por el viento es el resultado del batir y

rebatir del oleaje--dice Guyau. Y una idea, un gesto, un acto que se

esfuman y pierden a través de las generaciones es el corolario de

nuestros afanes y locuras...

Azorín han sentido que una suave congoja llegaba de la inmensa mancha

azul y envolvía su espíritu. Y Sarrió, que sudaba y trasudaba tratando

de cortar inútilmente un enorme rosbif, ha levantado los ojos. Y en

ellos también había un poco de tristeza.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 39 / 81 题