PETREL.

Este viejo por la mañana había venido a traer un sobre grande en que

decía: _Señor don Lorenzo Sarrió_. Sarrió, puesto que era para él, ha

abierto el sobre, después que se ha marchado el viejo, y ha visto que

dentro había una cartela con un escudo. Este escudo resulta que es el de

Sarrió, o por lo menos, el de su apellido. Pero mejor será que digamos

que es el del propio Sarrió, toda vez que la tarjeta pone en el centro,

con letras doradas, su nombre y apellidos. No cabe duda; son las armas

de él. A un lado se dice que estas armas consisten--según van

dibujadas--en un león y un lobo que sostienen una filacteria en que se

lee: _Nunc et semper_; y al otro se explica que el apellido Sarrió lo

llevó por primera vez un guerrero que le prestó su caballo a Fernando

III en la toma de Baeza. Esto ha conmovido a toda la familia; por eso,

cuando el viejo ha vuelto esta tarde, todos han salido a conocerle.

Este viejo tiene la cara pálida, sin afeitar desde hace muchos días; su

bigote cae lacio por las comisuras de la boca, y cuando sonríe muestra

por los lados, en sus encías lisas, dos dientes puntiagudos que asoman

por la pelambre del mostacho. Lleva unas botas blancas de verano, pero

están muy estropeadas; el traje es de verano también, y la chaqueta,

abrochada y subida, oculta el cuello juntamente con un pañuelo de seda.

Estamos ya a principios de invierno, y este viejo debería llevar un

traje de abrigo; pero no lo lleva. Y por eso, sin duda, tose

pertinazmente, inclinando su cuerpo flaco, poniéndose la mano delante de

la boca.

Pepita le ha dicho si estaba constipado y él ha contestado que sí, que

había cogido un enfriamiento en el tren. Porque este viejo va de una

parte a otra, por los pueblos, repartiendo sus cartelas con las armas de

los apellidos. En algunas casas no le dan nada y se quedan con la

tarjeta, que ya a él no le puede servir, puesto que ha estampado en ella

el nombre del agraciado; pero en otras sí que le dan algo, en

reconocimiento, sin duda, a su atención... Pasan por los pueblos o viven

en ellos muchos personajes interesantes de los cuales los novelistas no

se preocupan; hacen mal, evidentemente.

Este viejo es uno de esos personajes. Otros podrán no ser simpáticos,

pero éste lo es. Esta es la causa de que haya enternecido a todos

contando sus andanzas. Y he aquí que Pepita le saca una taza de caldo, y

Sarrió va a buscar una botella de buen vino, y Lola y Carmen aprestan

otras cosas para que coma. Él está encantado.

--Yo tenía en Madrid un escritorio--dice el--; pero este escritorio era

muy oscuro. Cuando venían a que yo escribiera una carta, yo tenía que

encender una luz. Esto era un gasto terrible; además, en el escritorio

había mucha humedad. Así es que resolví mudarme... Quince años había

estado allí en aquel zaguán, y me entristecía el tener que marcharme a

otro lado; pero era preciso, porque yo estaba ya un poco enfermo con la

humedad... Sin embargo, estuve buscando unos días algún sitio a

propósito y no lo encontré. Entonces decidí dar una vuelta por

provincias haciendo tarjetas heráldicas... Y ahora, cuando vuelva a

Madrid, trataré de establecerme en otra parte.

El viejo tose y vuelve a toser, encorvándose, poniéndose la mano delante

de la boca. Después, cuando ha acabado de comer lo que le han traído,

saca una petaca y trata de hacer un cigarro. Pero Sarrió no le deja. No

hubiera estado bien no proporcionarle tabaco después de haberle dado de

comer. Le da, pues, un cigarro, que el viejo ha encendido y fuma,

mientras todos, con esta curiosidad tan provinciana, van mirando

atentamente hasta sus menores gestos.

Antonio Azorín pequeño libro en que se habla de la vida de este peregrino señor · 第 37 / 81 题