En la tarde del mismo día en que Azorín ha recibido estas dos cartas,
poco después de comer, ha llegado un criado y le ha puesto en sus manos
otra voluminosa.
Azorín, después de leerla, ha decidido salir la misma tarde para Petrel,
a pie, dando un paseo.
La carta de Verdú es como sigue:
«Querido Azorín: Después de acostarme y levantarme veinte veces, da la
una de la madrugada y no puedo estar en la cama ni fuera de ella; y no
tengo más remedio, para luchar con el mal, que escribir; pero ¡ay! que
no puedo ya.
»Mi situación, Antonio, es horrible. No puedo tomar caldo ni leche, y,
sin embargo, mi estómago está bueno; pero no funciona porque no le puedo
dar alimento. La tirantez, sequedad, dolor y debilidad de la cabeza son
insufribles.
»Como mi debilidad es tan grande, apenas puedo tenerme de pie; y, sin
embargo, el delirio, el desasosiego me obligan a andar... a pasear por
la sala y a escribir, para ver si puedo apartar de mí los tristes
pensamientos que me devoran. Un mar de moscas no me deja tener las manos
sobre el papel. Me quejo al Criador de mis grandes sufrimientos y de su
impasibilidad y de la tristísima suerte que me espera, sin hijos, sin
amigos, sin médico, sin sacerdotes, sin nadie. Mi profecía de hace doce
años acerca de mi triste fin se cumple. Hace ocho días repetí mis
vaticinios en la poesía _Lágrimas_ que he compuesto.
»En confianza te diré que mis ideas religioso filosóficas son un caos...
Sin embargo, en _Lágrimas_ hice un esfuerzo, y acudí a Dios,
demandándole que no permita acabe en tal estado.«(_Hasta aquí la carta
es de letra de Verdú, fina, enrevesada, desigual, ininteligible; lo que
sigue va escrito en caracteres firmes y regulares._)
»Tú, querido Antonio, apenas me has conocido. ¿Por qué no contarte algo
de mi vida? Acaso sea para mí como un alivio.
»Estudié en Valencia la carrera de Derecho; me gradué de abogado en
Julio de 1859.
»De allí a cuatro meses, en Noviembre del mismo año, recibí en el mismo
sitio donde me había licenciado, es decir, en el Paraninfo de la
Universidad, una flor de oro y plata, como premio a mi oda a la
_Conquista de Valencia_ en los Juegos florales celebrados en dicha
ciudad bajo el patrocinio del excelentísimo Ayuntamiento; y con tal
motivo, en nombre de mis compañeros igualmente premiados (don Víctor
Balaguer, don Teodoro Llorente, don Wenceslao Querol y don Fernando León
y de Vera), y en nombre propio, pronuncié un discurso que me valió
calurosos plácemes.
»En esos mismos Juegos florales se ofreció una pluma de oro a la mejor
Memoria histórico-filosófica acerca de la expulsión de los moriscos y
sus consecuencias en el reino de Valencia, a cuyo premio también opté,
presentando una Memoria con el lema _El tiempo es la mejor prueba de la
justicia_. Mi trabajo suscitó en el seno del jurado una discusión
importantísima, de la cual se ocupó mi hermano Julio en la carta que con
tal motivo dirigió al barón de Mayals. Yo atacaba valientemente la
medida de la expulsión, demostrando hasta la evidencia que fue injusta y
cruel, aparte de antieconómica y antisocial. Con la venida de la Casa de
Austria a España--decía yo--se inauguró un sistema de intolerancias
contrario a las doctrinas de paz y caridad y verdadera libertad
proclamadas por Jesucristo. Se debía haber empleado la persuasión, la
dulzura, la caridad, y se empleó el rigor y la dureza por casi todos los
encargados de la expulsión de los moriscos. Se debía haber continuado el
sistema de conciliación inaugurado por don Jaime el Conquistador, y se
tomaron medidas humillantes y vejatorias, que dieron por resultado la
exasperación de los ánimos, las situaciones violentas y, por fin, la
expulsión, que se realizó de la manera más cruel, pues muchos murieron
de hambre y de sufrimientos en los desiertos de África, si es que no
eran robados y muertos en el camino.
»Sin duda, la exposición de estas verdades, tan dolorosamente amargas,
perjudicó algún tanto a mi trabajo, y el premio no se me concedió,
habiéndose entregado la pluma de oro, faltando a las condiciones del
certamen, a una composición poética.
»En el aquel mismo año de 1859 fui nombrado secretario general de la
Academia de Legislación y Jurisprudencia de Valencia; y en el siguiente
de 1860 gané las asignaturas del Doctorado en la Universidad de Madrid,
habiendo estudiado privadamente en Valencia, por conceder la ley en
aquellos tiempos este privilegio a los que hubiesen obtenido todas o
casi todas las notas de sobresaliente durante la carrera de leyes, en
cuyo caso me encontraba yo. También hice oposiciones (aunque no tenía la
edad reglamentaria, y sólo por complacer a la familia, pues no era ésa
mi vocación) a una relatoría vacante en la Audiencia de Valencia. Me
colocaron en segundo lugar; pero como, según he dicho, no eran ésas mis
inclinaciones, no hice gestión ninguna en Madrid para que se me eligiese
dispensándome de la edad.
»Esta era mi situación a principios de 1860, cuando apenas había
cumplido veintidós años. Se me presentaba un porvenir brillante; me
querían mis amigos y compañeros; gozaba de una naturaleza privilegiada y
de unas facultades mentales superiores; amaba a mi patria hasta el
sacrificio, y me sentía poeta y dueño de una palabra fácil y atractiva.
»Pero el cólera morbo, que ya en 1834 atacó a mi madre y la dejó
enfermiza para toda su vida, volvió a herir a mi familia en 1860,
arrebatándonos a mi hermano Julio, letrado notabilísimo, y atacándome
también a mí, que, habiendo quedado sumamente débil, tuve que
trasladarme a la provincia de Alicante, donde tenían mis padres unas
tierras. Al poco tiempo murieron también mis padres. Estando en
Valencia, algún tiempo después, me casé con una joven distinguidísima.
No habrían transcurrido muchos meses de nuestro matrimonio, cuando mi
mujer murió, tras una larga y penosísima enfermedad. Todo esto me
anonadó y fue causa de que saliera de Valencia por segunda vez.
»De 1860 a 1870 me dediqué en Petrel al ejercicio de la abogacía y a
mejorar las pocas tierras que había heredado de mis padres. Al mismo
tiempo remitía a mi compañero y amigo Teodoro Llorente, director de _Las
Provincias_, correspondencias y artículos sobre el fomento de la
agricultura en general y el arbolado en particular, tan notables, que la
Sociedad de Amigos del País y la de Agricultura y los periódicos de la
capital me felicitaron por mis trabajos de tanta utilidad social, y
aquellas Sociedades, además, me honraron nombrándome socio corresponsal.
»Entre mis escritos apareció uno titulado: «Causas de la despoblación de
los montes de España; sus fatales consecuencias para la agricultura,
salubridad y seguridad públicas. Sus remedios.» Y entre los que yo
proponía para evitar la destrucción de los montes públicos y conseguir
su repoblación, fue la completa y absoluta desamortización de la
propiedad forestal.
»Mis artículos llamaron la atención; muchos periódicos de Madrid y
provincias, pero en particular _La Gaceta Económica_, que era el órgano
más autorizado de la escuela economista, reprodujeron dichos trabajos,
elogiándolos calurosamente. El cuerpo de Ingenieros de Montes comprendió
que tenía delante un enemigo, y, aparte de fundar _La Revista Forestal_,
sin duda (aunque otra cosa quisiera dar a entender) con el principal
objeto de contrarrestar las doctrinas desamortizadoras sostenidas por mí
y toda la escuela economista, delegó en el ilustrado y elocuente
escritor y orador don Juan Navarro Reverter la tarea de contestar a mis
artículos. Lanzose Navarro Reverter al combate, remitiendo a _Las
Provincias_ una serie de artículos en que intentaba demostrar que la
medida desamortizadora que yo había propuesto bastaba por sí sola para,
si se realizaba, acabar con lo poco que quedaba en España de arbolado en
los montes públicos. Contesté yo, replicó Navarro Reverter; pero mis
argumentos quedaban en pie a pesar de todo. Y la prueba es clara. _La
Revista Forestal_ publicó todos los artículos de Navarro Reverter; de
los míos, _ni uno solo_. Si mi argumentación hubiera sido frívola, ya
los hubieran reproducido.
»No llevaba mucho tiempo en Petrel cuando fui elegido diputado
provincial, y al poco tiempo individuo de la Comisión, y, por fin,
vicepresidente de la Diputación. ¿Qué te diré de mi gestión en la Casa
de la provincia? Defendí siempre los derechos e intereses provinciales
de una manera que no está bien que yo lo diga. Cuando estuvieron los
reyes Amadeo y Victoria en Alicante, en 1871, Bossio, el famoso
fondista, presentó una cuenta de 17.000 duros. Mis compañeros todos
estaban pagados. Yo me opuse, y cuando el presidente dijo: _¡A votar!_,
dije: _Ustedes votarán lo que quieran, pero yo me marcho a casa, tomo mi
pluma y digo al público lo que he de decir._ Resultado, que la cuenta
quedó reducida a poco más de la mitad.
»Maissonnave quería que la Diputación le subvencionase un ferrocarril de
Alicante a Alcoy con varios millones. Todos estaban pagados. A mí nadie
se me acercó; pero el expediente nunca se despachaba. Maissonnave lo
tomó como una ofensa personal, y me desafió, ¡a mí, que, como el don
Diego de _Flor de un día_, mataba las golondrinas con bala y era digno
rival en esgrima de mi maestro valenciano don Juan Rives! Pero mis
creencias religiosas no me permitían batirme. Así se lo dije a
Maissonnave en una carta; pero añadiéndole que aquellas creencias no me
impedían defenderme. La subvención no se concedió; pero en Alicante le
han levantado ahora una estatua a Maissonnave.
»En Orihuela querían un hospital provincial. Toda la Diputación estaba
conforme, y los que se oponían lo hacían fríamente. Mi conciencia como
presidente de la Comisión me obligaba a oponerme; en primer lugar,
porque la Diputación debía muchos miles de duros por obligaciones de
beneficencia, carreteras, etc., y en segundo, porque con el hospital de
Elda bastaba. Sabía también lo que sucedía en los hospitales de
distrito. Me llamó el gobernador, diciéndome que el ministro deseaba
complacer a sus amigos de Orihuela. Me hablaron Santonja y don Tomás
Capdepón, diputado por Orihuela. Me escribió Rebagliatto, gran cacique
de aquella ciudad, y a más, íntimo de mi padre, pues se querían como
hermanos. A todos contesté que mi conciencia me lo impedía. Vino la
discusión en la Diputación. Hablé, y hubo empate en la primera votación.
Volví a hablar, volvió a votarse, y tuve mayoría. Y no se concedió el
hospital a Orihuela.
»Permanecí en la Diputación de Alicante desde el año 1871 hasta el
1876, en que me trasladé a Madrid. Durante estos cinco años me
encontraba en lo mejor de la vida, de los treinta a los treinta y cuatro
años; atendía a muchos y variados trabajos; por una parte, a la
Diputación, cuyo peso llevaba casi yo solo; por otra, continuaba al
frente de mi despacho de abogado, que tenía abierto en Petrel, primero,
y en Alicante después, el cual despacho llegó a adquirir tal prestigio
que me fue preciso tener en él dos compañeros que me ayudasen, uno de
ellos don José Maestre y Vera, presidente que ha sido de la Diputación y
gobernador de Vizcaya. Puedo decir que he tenido tanto éxito en los
asuntos por mí tratados, que no he perdido ni un solo pleito. A pesar de
tanto trabajo, aún me quedaba tiempo para asistir a las veladas
literarias del excelente literato y cronista de la provincia don Juan
Vila y del inspirado poeta Alejandro Harssem, barón de Mayals. En este
período de cinco años escribí la mayor parte de mis poesías. De esta
época es mi composición _A la Purísima_, que leí por primera vez en una
sesión celebrada el 8 de Diciembre de 1872, en el altar mayor de Santa
María, de Alicante, presidida por el señor obispo de Orihuela, don Pedro
María Cubero, la cual poesía despertó un entusiasmo extraordinario.
Entonces tomé todos los años la costumbre, el día 8 de Diciembre, de
corregir o adicionar la dicha oda a la Inmaculada, y en tal estado la
dejé, que más que oda es un canto épico.
»También escribí en Alicante, con motivo de la restauración de la
iglesia de San Roque, mi poesía _La erección de un templo_. Y también,
en distintas ocasiones, la égloga _A la primavera_, la elegía _A la
muerte de una niña_, y otras. Pero el principal trabajo literario que
hice en Alicante fue el romance histórico _don Jaime el Conquistador_,
que obtuvo el primer premio, consistente en una pluma de oro y plata, en
el certamen poético celebrado en Mayo de 1876.
»Como siempre sucedía en casos semejantes, yo pronuncié, en el acto de
la distribución de premios, un breve discurso que produjo en Alicante un
inmenso entusiasmo. Al poco tiempo de celebrado este certamen trasladé
mi domicilio a Madrid, renunciando a mi cargo de vicepresidente de la
Diputación, con el objeto de dedicarme exclusivamente a la práctica del
foro. Esto ocurría por el mes de Julio de 1876, y al reunirse la
Diputación en Noviembre de dicho año me dedicó en su Memoria semestral
el siguiente párrafo: «No cumpliría con un deber que a la vez imponen
los fueros de la cortesía y el homenaje que las rectas conciencias
rinden a la verdad, si al comenzar este trabajo, la Comisión no hiciese
público el sentimiento de consideración que debe al que fue su dignísimo
vicepresidente, don Pascual Verdú, el cual renunció su cargo en Julio
último, no por disentimiento con sus compañeros, sino por tener que
trasladar su residencia a Madrid. Al consignar estas breves frases en
honor al celoso funcionario que ha prestado el concurso de su palabra,
siempre elocuente, y de su voluntad, siempre inquebrantable, en pro de
los intereses de la provincia, la Comisión cree que se hace intérprete
de los sentimientos de la Diputación, al dejar estampado en este
documento el tributo de respetuosa consideración que le merece el
inteligente diputado y vicepresidente que fue de la Comisión.»
»En Madrid permanecí de Julio de 1876 a Diciembre de 1882. El tiempo que
estuve en la corte lo dediqué exclusivamente a mis trabajos de abogado y
a la práctica de la caridad, como socio de San Vicente de Paúl y
Asociación de Católicos. Fui también socio del Ateneo y de la Juventud
Católica. Esta última sociedad me honró con el cargo de presidente de la
sección de Derecho. Cuando yo leía en la Juventud Católica, Selgas
(1876) dijo una vez a Monasterio (el violinista): «¿Usted no ha oído
recitar versos a Verdú?» «No»--contestó Monasterio. «Pues imagínese
usted a Calvo y Vico fundidos en uno, y no llegará en cien leguas al
encanto que produce oír leer a este hombre.»
»Cuando hablaba en el Tribunal Supremo y en el Consejo de Estado, a las
primeras palabras quedaban como en suspenso los magistrados, y don
Carlos Bonet, fiscal del Supremo, me decía: «¿Qué demonios tienes, que
esta gente, que ya está empachada de informes, cuando tú hablas parecen
unos memos oyéndote?»
»De labios de varios prelados, que de paso en Madrid asistían a las
veladas de la Juventud Católica, he oído lo que nadie ha oído, y lo
mismo de los nuncios y demás sacerdotes ilustrados. El padre Ceferino
González me dijo: «Sevilla tiene la gloria de ser la patria del mejor
pintor de la Virgen; Valencia, la de serlo del mejor poeta de la
Purísima». Rampolla quiso que fuera a Roma. «Es necesario que venga
usted a Roma--me dijo--. Quiero que Su Santidad le oiga leer a usted sus
poesías... ¿Por qué no funda usted un periódico?»
»Manterola se entusiasmaba también oyéndome.
»En el Ateneo hablé tres noches, tomando parte en las discusiones sobre
_la poesía religiosa y el arte por el arte_. Mis discursos fueron
elogiados y aplaudidos...
»La Juventud Católica me designó como su representante para asistir al
certamen que se celebró en Sevilla en honor de Murillo; pero no pude
asistir porque me lo impidieron mis asuntos profesionales. En cambio,
asistí al centenario de Santa Teresa y en su honor publiqué en _La Unión
Católica_ una poesía.»
(_Al llegar aquí acaba la letra gruesa y comienza otra vez la fina y
enredijada de Verdú._)
»Todo marchaba para mí en dirección al éxito. ¿Cómo me veo otra vez en
este pueblo, enfermo, solo, olvidado?
»En el verano de 1883 tuve una ligera indisposición; no parecía nada,
pero se fue agravando hasta tal punto, que estuve largo tiempo enfermo.
No tenía a nadie; estaba mal cuidado, y para colmo de infortunio caí en
manos de médicos desaprensivos. Cuando pude levantarme me fui a
Valencia. Allí me recibieron en palmas; fui socio del _Rat Penat_, de la
Sociedad de Agricultura, de la Academia de la Juventud Católica... De
pronto, un verano no volví a aparecer más por Valencia, porque había
vuelto a caer enfermo en Petrel, y aquí comenzó mi calvario.
»¡Cuánto he sufrido y cuánto sufro, querido Antonio! Mi vida ha
fracasado; podía haber sido algo y no he sido nada. ¿Por qué, por qué?
»Ven pronto.
»Te abraza tu tío