--Yo le daré a usted un libro--dice el clérigo--que le dejará
convencido.
Azorín está ya casi convencido de todo lo que quieran convencerle; pero,
sin embargo, acepta el libro.
Este libro se titula _El Deísmo refutado por sí mismo_. El clérigo lo ha
cogido del estante, lo ha sacudido golpeándolo contra la palma de la
mano y se lo ha dado a Azorín. El cual lo ha tomado como quien toma algo
importantísimo, y se ha quedado examinándolo por fuera gravemente.
Después le ha parecido bien mirar quién era el autor de este libro, y ha
visto que se llama Bergier. ¿Quién es Bergier? Azorín no lo sabe, y, sin
embargo, debería saber que los diccionarios biográficos dicen, entre
otras cosas, de este autor que «era un lógico hábil en deducir sus ideas
rigurosamente unas de las otras».
--Aquí verá usted--dice el clérigo--cómo Voltaire era un sofista y cómo
Rousseau, «el tristemente célebre autor del _Emilio_», como le ha
llamado el señor obispo de Madrid, era un corruptor de las buenas
costumbres.
Después de dicho esto, el clérigo da un paseo por la estancia con las
manos metidas en los bolsillos del pantalón y se asoma distraídamente a
una ventana tarareando una copla. ¿He de decir la verdad? Azorín no
tiene interés en defender a Voltaire y Rousseau; casi estima más a este
clérigo ingenuo y jovial que a los dos famosos escritores. Por eso,
mientras por una parte no lee el _Diccionario filosófico_ ni el
_Emilio_, por otra no deja de venir todas las tardes a charlar un rato
con este clérigo. Charlan casi siempre de cosas indiferentes; pero esta
tarde, por una casualidad, ha recaído la conversación sobre cosas de
teología, y el clérigo ha echado mano a su Bergier. He de confesar que
el libro estaba lleno de polvo. ¿Es que el clérigo no lee tampoco?
Luego que han platicado un rato, el clérigo coge su bastón, se pone el
sombrero, y él y Azorín se marchan. Antes de marcharse, el clérigo llena
la petaca de tabaco, tomándolo de una caja que hay sobre la camilla, y
se mete también en el bolsillo un libro pequeño. El tabaco, como es
natural, le sirve para proporcionarse una honesta distracción, y el
libro pequeño es un diminuto breviario en que ora de cuando en cuando.
Los dos, Azorín y el clérigo, salen del pueblo y van caminando por un
tortuoso camino plantado de moreras. A un lado queda el pueblo, que
asoma sobre la verdura de los huertos; la blanca torre de la iglesia
resalta junto a un ciprés enorme; las palmeras se recortan con sus ramas
péndulas en el azul luminoso.
Al final de este camino sesgo se encuentra una alameda. Es una alameda
compuesta de cuatro liños de olmos y acacias. La tierra es intensamente
roja; el cielo aparece diáfano entre el boscaje de las copas. Azorín y
el clérigo pasean despacio. Casi no hablan. Todo está en silencio. A
ratos llega el traqueteo de un carro, o se perciben los gritos de los
muchachos que juegan a lo lejos.
Y así en este paseo va llegando el crepúsculo. El cielo se enrojece;
brillan en el pueblo los puntos de las luces eléctricas; las sombras van
borrando las casas y el campo.
--¿Le parece a usted que nos marchemos?--pregunta el clérigo.
--Sí, vámonos; es ya tarde--contesta Azorín.
En los pueblos sobran las horas, que son más largas que en ninguna otra
parte, y, sin embargo, siempre es tarde. ¿Por qué? La vida se desliza
monótona, lenta, siempre igual. Todos los días vemos las mismas caras y
el mismo paisaje; las palabras que vamos a oír son siempre idénticas. Y
ved la extraña paradoja: aquí la vida será más gris, más uniforme, más
difluida, _menos vida_ que en las grandes ciudades; pero se la ama más,
se la ama fervorosamente, se la ama con pasión intensa. Y por eso el
egoísmo es tan terrible en los pueblos, y por eso la idea de la muerte
maltrata y atosiga tantos espíritus...
* * *
Cuando han vuelto al pueblo, ya las campanas estaban tocando a la
novena; es decir, no es novena; son los pasos que se rezan todos los
viernes y domingos de cuaresma. La sacristía estaba casi a oscuras; dos
monaguillos vestidos con sus cotas rojas han tomado sendos faroles
opacos, sucios, goteados de cera; el clérigo se ha puesto una estola y
los tres, con el sacristán, han salido a la iglesia.
Azorín se ha quedado en la sacristía. Estaba sentado en un amplio
sillón, junto a la larga cajonería de nogal. ¿En qué pensaba Azorín? En
nada, seguramente; lo mejor es no pensar nada. Junto a él hablaban en
voz baja dos clérigos; uno de ellos es joven, casi recién salido del
Seminario. Azorín lo conoce. Ha podido hacer la carrera gracias a la
munificencia de un protector; su inteligencia no es muy amplia, pero
posee ingenuidad y resignación. Resignación sobre todo. A veces Azorín
se figura que éste es uno de aquellos místicos españoles que tan
tremendas privaciones conllevaban con la cara risueña. «La
tristeza--decían--corrompe los espíritus; el Señor no quiere la
tristeza.» Y si no le pegaban un bofetón al mozo cacoquímico, como hizo
San Felipe de Neri con un novicio para que estuviera alegre (bien que el
procedimiento me parezca contraproducente); si no llevaban las cosas tan
al cabo, procuraban al menos por otros medios desterrar de los
monasterios la odiosa acidia.
Este clérigo gana una peseta, que es a lo que monta su misa diaria. «Y
muchos días--ha oído decir Azorín--le falta la celebración.» Con esta
escasa renta ha de mantener a su madre y a una hermana. «Y gracias--ha
oído decir también Azorín--que un hermano que tenía, y que se había
pegado también a la sotana, se ha casado ya.»
Yo creo que este clérigo, como otros muchos, merece nuestro respeto y
hasta nuestra admiración. Es discreto; su sotana podrá estar raída y
verdosa, pero luce de limpia. ¿Cómo es posible que él pueda costearse
otra? Hace un momento, y mientras el señor con quien hablaba sacaba la
petaca, yo he visto que él también se llevaba la mano al bolsillo. Pero
¿para qué se la llevaba? Yo sé que era completamente inútil. Hace
cuatro, seis, diez días, acaso más, que su petaca está vacía.
Azorín ha sentido no tener costumbre de fumar, porque de buena gana le
hubiera alargado un cigarro a este clérigo. Y como éste era un pequeño
sentimiento, que pensando y repensándolo podía hacerse mayor--como
ocurre con todos--, ha decidido dejar el sillón y salir a la iglesia.
En la iglesia los monaguillos y el clérigo estaban delante de una
pilastra; los devotos los rodeaban de rodillas. El sacristán, también
arrodillado, invita a los fieles con voz plañidera a que consideren el
lugar «donde unas piadosas mujeres, viendo al Señor que le llevaban a
crucificar, lloraron amargamente de verle tan injuriado». Luego rezan
todos un padrenuestro y un avemaría; y después, sacristán y fieles, a
coro, dicen:
«Bendita y alabada sea la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y
los Dolores de su afligida Madre. Amén.»
El clérigo lleva en las manos un enorme crucifijo; su sombra se
extiende, deformada, por las anchas paredes blancas; arriba, en los
altos ventanales, se apagan, imperceptibles, los últimos clarores del
crepúsculo.
Azorín ha salido de la iglesia. Creo que ha obrado prudentemente, dado
que era ya un poco tarde. Y vea el lector cómo en los pueblos siempre es
tarde.
Las calles están solitarias; de algunas tiendas, acá y allá, se escapan
resplandores mortecinos. Las puertas aparecen cerradas. Se oyen de
cuando en cuando los golpes de los aldabones. Una puerta se abre, torna
a cerrarse.