—Como ve usted, Teruel —dijo el profesor Golfín— es una ciudad colocada
en la meseta de una colina y casi rodeada de barrancos. La superficie
de la muela en que se asienta la urbe es irregular y ofrece su punto
más alto en la plaza de la Judería.
En tiempo de la guerra carlista tenía Teruel todavía murallas, con
sus aspilleras correspondientes; explanadas y garitas en los ángulos;
las puertas, en número de siete, estaban guardadas por la milicia
nacional. El señor Golfín y Alvarito necesitaron dar explicaciones a
los milicianos para entrar en la ciudad.
Alvarito fue a hospedarse a una fonda de la calle de los Ricos Hombres.
Teruel es una ciudad en donde la meseta hispánica se va asomando a
Levante; es un punto en el cual la tierra, seca, áspera y ruda, se
acerca a la huerta fértil y bien regada. El Turia pasa por cerca del
cerro, en donde se encuentra la población.
Alvarito suponía que Teruel sería un poblacho sin carácter; pero se
quedó un poco sorprendido al ver la plaza de la Catedral, las varias
torres airosas y ornamentadas, la Plaza Mayor con sus tiendas y el
Acueducto con los arcos, con cierta grandeza, como obra de romanos.
El señor Golfín le habló del arquitecto o maestro de obras francés que
supo levantar la torre mudéjar de San Martín cuando se caía, porque se
le desgastaban los cimientos, y apuntalarla con vigas y reparar su base.
El señor Golfín le invitó a comer, en su casa, a Álvaro, y conoció a
su familia y a una muchacha turolense, amiga de la hija del profesor,
rubia, pequeña, un poco desdeñosa, muy redicha y muy perfilada.
Con la hija del señor Golfín y con su amiga paseó Alvarito por los
arcos de la Plaza Mayor, produciendo la curiosidad del público, formado
por militares y por estudiantes.
El señor Golfín tenía amigos, compañeros del profesorado; pero no
estaba muy satisfecho de ellos porque no consideraban la ciencia con
la seriedad necesaria. Uno, profesor de Física, hombre de unos sesenta
años, encorvado, con la cara arrugada, curtida, de mal color, los ojos
pálidos y el bigote blanco, amarillento, caído, contaba este rasgo de
humorismo suyo, que lo repetía a todos los conocidos, y que producía la
estupefacción del señor Golfín.
—Antes —dijo el profesor de Física a Alvarito—, nuestra ciudad
se estaba poniendo en ridículo. Llegaba el verano, venían las
temperaturas máximas de toda España y se leía en el periódico: Máxima,
en Teruel, cuarenta grados a la sombra. Entraba el invierno, se cogía
el periódico y se leía: Mínima, en Teruel, doce grados bajo cero.
Desde que yo estoy ocupado de las observaciones meteorológicas, ya no
pasa esto; ni el termómetro sube ni baja tanto y Teruel no se pone en
ridículo.
Otro de los amigos de Golfín era el señor González Carrascosa, el
arqueólogo. El señor Carrascosa estudiaba los monumentos de la
provincia de Teruel, pero solo los de la provincia; los demás no le
interesaban nada. Alguna vez que había estado algún arqueólogo en
Teruel, el señor Carrascosa, como hombre amable, le acompañaba por
todas partes y le servía de cicerone, hasta dejarle, como decía él, en
los límites de la provincia. Más allá de los límites de la provincia,
el mundo no le interesaba.
Con el señor Carrascosa, Alvarito contempló la iglesia donde se
encuentran el amante y la amanta, como se dice en el pueblo; la torre
de San Martín, con sus mosaicos, sus arabescos y fayenzas, y el arco
ojival, una de las entradas del pueblo; vio también el antiguo colegio
de jesuitas, entonces convertido en cuartel, y su iglesia magnífica, de
gusto barroco, con unos decorativos miradores y el cuadro de _Las once
mil Vírgenes_, de Antonio Bisquert, en la catedral.
En una de aquellas visitas, el señor Carrascosa le presentó a un
pintor bajo, moreno, de color bronceado, pelo y barba negrísimos y muy
velludo. Este pintor, de origen valenciano, se llamaba Fuster. Fuster
trabajaba en un desván grande del colegio de jesuitas, donde tenía su
estudio. Vivía pintando algunos estandartes para las iglesias de los
alrededores, quemadas durante la guerra. Al conocerle a Alvarito le
invitó a ir a verlo.
Alvarito fue al estudio, y Fuster le enseñó sus estandartes y algunos
retratos que pintaba, de colores muy violentos, que le sorprendieron.
Estando allí apareció un señor alto, al parecer extranjero, aunque
conocía muy bien el castellano, que se puso a hablar con el pintor.
Este señor era hombre de edad indefinible, muy esbelto, ojos claros y
grises, la nariz bien hecha, la cara larga, la mandíbula grande, la
mano fina y aristocrática. Habló con gran elegancia y Alvarito quedó
muy sorprendido por las ideas, que a él le parecían nuevas, que tenía
sobre la guerra y sobre el arte.
Cuando el señor se marchó, Alvarito le preguntó al pintor:
—¿Quién es este hombre?
—No sé; es un señor recién llegado, que quiere comprarme un cuadro.
Fuster tenía aire de salvaje, era hombre violento, expresivo y tan
velludo, que, según él mismo contaba, una muchacha le había dicho
una vez: «_Chiquío_, por poco no naces burro». Fuster sentía gran
entusiasmo por su arte y momentos de desilusión y de tristeza.
Alvarito intimó rápidamente con él y le vio pintar sus santos y sus
retratos.
Alvarito quedaba muy sorprendido al ver los colores que empleaba
Fuster. Él no veía aquellos verdes ni aquellos amarillos que ponía el
pintor velludo en las caras de las personas.
—Yo me figuro lo que es pintar —decía Fuster—; pero no pintaré nunca.
—¿No se empeñará usted en poner colores que no hay? Yo no veo ese verde
en las caras —indicó Alvarito.
—Usted dice que no ve ese verde en la caras; pues lo hay. ¡Qué
desesperación!; la gente no ve las cosas como uno las ve. A mí me
gustaría buscar el carácter de las figuras; pero ahora no puede usted
pintar a una mujer, ni siquiera a un hombre, tal como es, sin que crean
que le han afeado y le han puesto más viejo. ¿Usted ha visto la familia
de Carlos IV, pintada por Goya en Madrid?
—No; no he estado en Madrid.
—Pues allí están pintadas gentes de la familia real, con sus narices,
con sus colores, con el parche en la sien de una vieja fea con aire
de lechuza. Ahora, no; ahora no puede usted pintar así. La hija del
zapatero tiene que ser una ninfa, el mondonguero debe aparecer como un
prócer, el carnicero quiere que le retraten de levita.
El pintor le acompañó a Alvarito a ver la antigua techumbre de la
catedral, con artesonados y pinturas ocultas desde hace tiempo por una
bóveda moderna.
Fuster llevaba una vela, la encendió. Vieron las pinturas con su luz.
Estaban representados todos los oficios, hasta la ramera y el verdugo.
Después de contemplar con atención aquellas tablas pintadas, el pintor
y Alvarito salieron al tejado de la catedral. El pintor llevaba un poco
de pan y queso y una botella de vino para merendar.
—Lo que me atormenta —dijo Fuster— es la idea de que la pintura no
tiene objeto; nadie cree que haya en ella problemas. Yo viviría a
gusto en un convento, estudiando a los maestros y viendo si podía
añadir algo a su obra. ¿Pero para qué? Cabrera sí tiene objeto, y
Mendizábal también; pero la vida de un pintor no se comprende, es una
estupidez; lo mejor sería tirarse desde aquí a la calle y acabar de una
vez.
Entre frase y frase desesperada, el pintor daba un tiento a la botella.
En España todo tenía que ser así, pensó Alvarito: todo roto, desgarrado
y triste.
Mientras hablaba el pintor, Alvarito contemplaba los tejados del
pueblo, y la luz del sol en las torres de ladrillo. Al mismo tiempo
ponía en claro las sensaciones que se experimentan en el tejado de una
catedral.
Quizá Alvarito había soñado alguna vez en sentarse sobre una roca negra
en el Atlántico, junto al cabo Norte; en cruzar un canal de Venecia
oyendo a un gondolero cantar una barcarola; en pasar en una gabarra por
uno de los canales de Rotterdam o de Hamburgo; en mirar desde una villa
napolitana los pinos que se destacan en el Mediterráneo azul. Quizá
soñó en cruzar el mar de los Sargazos o el cabo de Hornos en un velero,
o en ver bailar a las cortesanas de la reina Pomaré, púdicamente
desnudas; lo que sin duda no había soñado nunca era en merendar en el
tejado de la catedral de Teruel una tarde de primavera.