EL CAMPO

Por entonces, en casa del general Navarro, Alvarito conoció a un

profesor del Instituto de Teruel. El profesor pasaba en Albarracín

las vacaciones de Semana Santa. Era botánico, cazador, bibliófilo y

principalmente hombre de gran curiosidad por todo cuanto fuese del

dominio de las ciencias naturales.

El señor Golfín, hombre moreno, atezado, de barba negra y anteojos, se

hallaba curtido por el sol y el aire. Conocía la flora y la fauna del

país admirablemente, aunque según su opinión no la conocía bastante

bien.

El señor Golfín le invitó a Alvarito a hacer excursiones en su

compañía. Cuando finalizara la Semana Santa marcharían los dos a Teruel.

Con el profesor, Álvaro visitó los alrededores. Estos aledaños de

Albarracín eran despoblados, desnudos, de una terrible soledad.

El profesor le mostró a Alvarito las murallas de la ciudad antigua

y juntos recorrieron las colinas de peña caliza por donde pasa el

Guadalaviar desde las sierras Idúbedas.

Todo aquel campo tenía un aire desolado como pocos, era una tierra de

anarquismo cósmico, bronca y maravillosa; un paisaje para aventuras de

caballeros andantes; despoblado, desierto, sin aldeas, con barrancos

dramáticos llenos de árboles, con cuevas sugeridoras de monstruos y

endriagos. La tierra de las proximidades de Albarracín, según dijo el

profesor, se iba haciendo cada vez más fría, sin saber por qué, y la

viña desaparecía paulatinamente de los contornos. Unos días después, el

señor Golfín y Álvaro se alejaron de la ciudad, hacia el país de los

madereros. Allí no se notaba la guerra, ni la guerra ni la paz, porque

aquello parecía un lugar desierto y abandonado.

Alvarito vio cómo los madereros arreglaban los riachuelos para conducir

la madera cortada y cómo los descargaban en carros especiales para

llevar árboles enteros.

Pasados unos días de excursiones el profesor y Alvarito, en dos

caballejos, se dirigieron camino de Teruel.

Charlaron de muchas cosas. El profesor no tenía la genialidad del

Epístola ni su facundia, y lo que sabía, lo sabía a fuerza de estudio.

El señor Golfín le habló de su familia, procedente de Cáceres; de los

Golfines, dueños, en la parte vieja de la ciudad extremeña, de un gran

palacio. Según el profesor, el apellido Golfín procedía, probablemente,

del alemán Wolf (lobo) o de Wölfin (loba).

El señor Golfín llevaba en el bolsillo un libro, sacado de alguna casa

albarracinense, que se titulaba _Gobierno general, moral y político,

hallado en las fieras y animales silvestres_, por el padre Fray Andrés

Ferrer de Valdecebro, natural de Albarracín. El profesor leía, a veces,

trozos de este libro, impreso en Barcelona, a final del siglo XVII, y

le parecía tan disparatado, que se quedaba atónito.

El señor Golfín indicaba a Álvaro los árboles y las plantas con sus

nombres científicos. Alvarito no tenía memoria para recordar tanto

dato; quizá no sentía tampoco mucha afición por estos conocimientos.

En el campo veían las sabinas como árboles, el junípero, el boj,

el cantueso, el romero, el tomillo. Nubes de cuervos y de chovas

revoloteaban por el aire, y a veces pasaba el quebrantahuesos blanco,

la abubilla y la oropéndola.

El señor Golfín daba grandes explicaciones a Alvarito sobre la

geografía y la constitución de los terrenos.

Era el profesor un poco aficionado a las fantasías geográficas. Así,

muchas veces, Alvarito le oía decir: «Si los Pirineos estuvieran de

Norte a Sur, toda la vida española sería distinta».

Otra vez decía: «Si en España tuviéramos una región con lagos, nuestra

psicología, probablemente, no sería la misma».

El profesor y Alvarito se hicieron muy amigos; durmieron en la paja

de los desvanes y comieron en el campo, sentados sobre la manta,

extendida, mientras tenían ante los ojos una de las decoraciones más

extraordinarias de la vieja España.

Para comer al mediodía, como el sol apretaba ya mucho, solían buscar la

barrancada de algún río, y allí, en el prado con yezgos y lechetreznas,

o en el juncal, con matas redondas se detenían, contemplaban las rocas,

altas, amarillas y rojas, algunas llenas de cuevas.

Veían las peñas con aire de murallas quebradas, con altísimos escarpes,

llenos de pinos y de robles; las hoces, con recodos misteriosos, y los

resaltos, en donde nacían confundidos el espliego, la jara, la retama

y el tomillo. Después de comer, el señor Golfín se dedicaba a las

explicaciones científicas.

A veces subían por una calzada de piedras, detrás de alguna recua de

mulas con sus arrieros, y se oían las campanillas de las colleras y los

cascos de las caballerías, que echaban chispas.

El ver los pueblos al amanecer y al anochecer, el salir de la aldea

cuando los campesinos vuelven a sus hogares cantando, el entrar por

la calle del pueblo cuando van los labriegos a sus faenas, todo ello

es, sin duda, materia propicia para filosofar sobre la vida y sus

horizontes.

Los campesinos, por lo que notó Alvarito, estaban ya hartos de no poder

coger sus cosechas; muchos, al principio, quizá habían deseado la

guerra, pero ya ansiaban la paz de cualquier manera que fuese.

Era difícil, sin verlo, suponer la miseria de aquellos pueblos, su vida

estrecha y de tan poca sustancia.

El tiempo no le sobraba al profesor; aún estaban lejos, y tuvieron

que apresurarse y marchar en línea recta a Teruel, montados en sus

caballerías. Como en la célebre estampa del gran Durero, en donde va

el caballero tranquilo, cercado por la muerte y el diablo, así marchaba

Alvarito, pensando vagamente en la vida dejada atrás, en su familia y

en su dama.

La nave de los locos · 第 131 / 149 题