LA CASA DEL GENERAL

Al día siguiente de llegar a Albarracín, el boticario invitó a Alvarito

a ir a la casa mejor del pueblo, la del general Navarro. Era una visita

casi oficial para los forasteros distinguidos. La casa de Navarro, en

la calle mayor, daba por la parte de atrás a la muralla y dominaba las

rocas del río sobre el barranco del Guadalaviar.

Era una casona grande, con habitaciones inmensas, blanqueadas, con

zócalos azules y vigas del mismo color en el techo, con los suelos

de ladrillo rojo y algunos de tierra mezclada con cal. Tenía patios,

corrales, escaleras estrechas, un pozo y una porción de rincones y

de cobertizos. La cocina de la casa, inmensa, con el suelo de tierra

apisonada y una chimenea enorme, estaba cimentada sobre una piedra de

la antigua muralla del pueblo.

Ocupaban el primer piso varias salas, y entre ellas una grande, medio

biblioteca, con huecos de balcones a una galería. En la barandilla de

hierro de esta, el padre de Navarro había hecho muescas con números y

letreros para indicar hasta donde llegaba el sol en diferentes épocas

del año y a distintas horas.

En este salón biblioteca, el general Navarro tenía algunos libros de

Geografía y de Historia de América, varias obras que trataban de la

guerra de la Independencia española y distintos mapas en las paredes

con cruces pintadas, rojas y azules, indicadoras de la marcha de los

ejércitos y de las batallas.

El general pretendía haber sido hombre importante y guardaba todos los

documentos de bandos y órdenes firmados por él en su vida pública en

varias carpetas.

El salón tenía un aire oficinesco y burocrático; los sillones, las

sillas, el sofá, las mesas y dos armarios, todo era negro.

Desde la galería de esta sala se veía muy abajo el álveo del

Guadalaviar, como un barranco con calizas de ocre amarillento; el río,

verde en el fondo, con un color gelatinoso, y las orillas con muchas

huertas.

Don Joaquín Navarro, hombre viejo, derecho, estirado, con peluca,

con el bigote y la perilla teñidos, vestido de negro, había llegado

a mariscal de campo. Militó en la guerra de la Independencia a las

órdenes del conde de España, y después, en América, con Canterac.

El general estuvo largo tiempo separado de su mujer y después reñido

con su hija, por haberse casado esta con un pobre hombre sin recursos.

Don Joaquín Navarro se sintió artista al volver a su casa, retirado,

y pintó en las paredes muchos frescos sin maestría, pero con cierta

gracia.

Representó varios paisajes con molinos y puertos y una batalla naval

entre ingleses y españoles. Se retrató también él mismo en uno de

sus frescos en actitud amanerada, como la mayoría de los héroes de

la guerra de la Independencia, jinete en un caballo encabritado al

lado del puente levadizo de una fortaleza española en América. Todas

aquellas pinturas produjeron gran admiración en el pueblo.

Otras originalidades caracterizaban al general. Arregló en la casa un

teatro y una capilla.

Como don Joaquín tenía ideas propias, mandó construir una especie de

canal de albañilería entre la capilla y su alcoba para oír misa desde

su cuarto y quizá desde su cama. El general oía misa canalizada.

Don Joaquín Navarro se sentía un sátrapa, un bajá.

A veces daba funciones de teatro en su casa, sintiéndose gran señor,

y recibía a las damas y a los caballeros con una cortesía pomposa de

virrey español en América.

El general Navarro, absolutista acérrimo, no sentía simpatía por el

carlismo. Los desórdenes producidos por los carlistas le irritaban y la

genialidad de Cabrera le ponía fuera de sí. Un gobierno burocrático,

despótico, de palo, hubiera encantado a Navarro. Para él, la ordenanza,

la disciplina, era lo principal.

Dos años antes, cuando Espartero estuvo en Albarracín, quiso

albergarlo en su casa, pero el caudillo liberal pasó de largo. Desde

entonces Navarro fue enemigo de Espartero. Cabrera y Espartero le

parecían lobos de la misma camada. El general, como el hombre de más

significación de Albarracín, a pesar de no tener ningún cargo, creía

que su categoría en la milicia le daba autoridad y que debía ejercerla.

En el pueblo vivía un compañero de armas de Navarro, militar retirado

de América y Filipinas: el comandante Cañizo, hombre viejo, solitario y

silencioso.

El comandante, viudo, con una hija, muchacha muy bonita, vivía en el

barrio alto.

Cañizo, hombre de sonrisa triste y tez amarillenta, era partidario

decidido de la renunciación.

—¡Pse! Lo mismo da, todo es igual —decía—. Para lo que va a vivir uno.

Solía ir por las tardes a casa de Navarro, pasaba al despacho, leía

algún periódico, contemplaba el Guadalaviar horas y horas y las huertas

próximas al río.

Cuando oía al general Navarro hacer alguna descripción enfática de las

batallas de América, Cañizo se burlaba y se encogía de hombros.

—Allí no ha habido más que política —murmuraba—. Todo lo que se ha

hecho como estrategia o táctica militar no ha valido nada.

El general, impulsado por su egoísmo, vivía alejado de todos los

cuidados familiares y caseros. Algunos le reprocharon su indiferencia y

le echaron en cara el mal fin de sus nietos.

Fue un verdadero drama la vida de los nietos de Navarro, hijos de

la hija del general y de un pobre hombre oscuro, secretario del

Ayuntamiento de un pueblo de la provincia de Cuenca. Los nietos eran

dos, Antón y Pedro. Uniendo el apellido del padre y de la madre se

llamaban Gómez Navarro.

Pedro, el mayor, se caracterizó por su prudencia y por su genio

apacible; el menor, Antón, se mostró siempre decidido y violento,

partidario de exageraciones y de locuras.

Al morir el padre de estos niños, los dos, con su madre, marcharon a

Albarracín a la casa del general y poco tiempo después, cuando contaban

el uno doce y el otro quince años, quedaron huérfanos. El general les

puso para su cuidado una criada vieja.

Desde la infancia existió rivalidad entre Antón y Pedro.

La hija del general, madre de los niños, aseguró un día, estando

enferma, que en un sueño se le reveló que su hijo mayor, Pedro, iba a

ser obispo y santo. Por este sueño se envió a Teruel a estudiar en el

seminario al hijo mayor.

Pedro pasó en el seminario dos años y al comenzar la guerra volvió a

Albarracín sin deseo ninguno de seguir la carrera de cura.

Antón, mientras tanto, muchacho de gustos violentos, jugó en la casa a

los soldados, hizo pistolas y cañones con llaves viejas y con saúcos y

llegó a ganar la simpatía del abuelo, toda la simpatía posible en un

viejo egoísta que detestaba a los chicos.

Cuando Pedro volvió del seminario, después de muerta su madre, se

manifestó tranquilo y con deseos de establecer algún pequeño comercio.

Antón seguía siendo bárbaro y arrebatado y quería en todas ocasiones

mandar.

El general no se ocupaba de sus nietos, nadie les atendía, el pueblo

marchaba a la ruina y la época era detestable para intentar ninguna

empresa.

La vida de los dos mozos en aquella época fue casi salvaje; iban a

cazar a las tierras de los madereros, se pasaban los días en el campo y

reñían a todas horas.

Por aquel tiempo, Pedro y Antón fueron rivales. La hija del comandante

Cañizo, entonces un poco más joven que ellos, era muy bonita y los dos

hermanos se enamoraron de la muchacha.

Pedro tuvo éxito, se casó con la chica y se la llevó a Teruel, donde

consiguió un pequeño destino.

Quedó en el pueblo Antón exasperado, humillado, sin saber qué

resolución tomar. La guerra estaba terminando. Algunos jóvenes se

alistaban en la partida de Vicente Herrero, el Organista, natural

de Gea de Albarracín, cabecilla latro-faccioso, muy relajado de

costumbres. En esta partida abundaban los granujas.

Antón se decidió, supo que Herrero se hallaba en Cañete, se presentó a

él y le hicieron teniente.

Seguía el odio de los dos hermanos. Pedro, alistado en la milicia

nacional turolense, se distinguía por su entusiasmo liberal. Antón

alardeaba de su carlismo.

Un día, Antón supo que Pedro había ido a Albarracín a ver al abuelo a

comunicarle que tenía un hijo. Inmediatamente el oficial carlista salió

de Cañete con ocho de los suyos, esperó a su hermano en una de las

hoces del río, lo cogió y lo fusiló con los que le acompañaban.

La nave de los locos · 第 129 / 149 题