AVIRANETA Y MERINO

El señor Sánchez de Mendoza, que tuvo por la mañana la sorpresa de oír

el exabrupto de María de Taboada a Aviraneta, escuchó por la noche

una conversación en la fonda de Francia, que le sumió en el colmo del

estupor.

Había ido Sánchez de Mendoza por la tarde a visitar al ex ministro

carlista Cabañas, su antiguo jefe en las oficinas del Real, quien le

convidó a cenar. Don Francisco Xavier escuchó las opiniones del ex

ministro con gran atención y recogió sus confidencias en su pecho como

en un vaso sagrado.

Al terminar la cena, Cabañas dijo a Sánchez de Mendoza:

—Yo estoy un poco cansado y me voy a la cama. ¿Usted podría en un

momento repasar unas cuentas?

—Sí, señor; ya lo creo, con mucho gusto.

—Entonces, yo me marcho. Pida usted algo, si quiere, aquí.

—Muy bien; pediré un café.

Se marchó el ex ministro Cabañas y el señor Sánchez de Mendoza quedó

en un rincón del comedor, medio oculto por un gran armario, haciendo

números.

No había nadie en la sala más que Aviraneta, que estaba cenando de

espaldas a él. Sánchez de Mendoza pensó en acercarse a don Eugenio;

pero la frase de infame traidor que había oído por la mañana, dirigida

a Aviraneta, le contuvo. No sabía qué fondo podía tener aquello; pero

de todas maneras no le pareció oportuno acercarse a él.

En esto se abrió la puerta de cristales del comedor de la fonda y

apareció un viejo pequeño, vestido de negro, muy atezado, con levita

larga y sombrero redondo.

El viejo se sentó a una mesa y llamó imperiosamente, dando con un

cuchillo en el plato.

Era un viejo flaco, calvo, con un pañuelo negro en la cabeza y algunos

pelos grises en las sienes; los ojos hundidos en las órbitas, la

expresión dura y sardónica y la boca de labios finos.

Aviraneta, al ver entrar al viejo, debió de mirarlo, y el viejo se

acercó a él.

—¿Eres tú, Eugenio? —le preguntó con sorpresa.

—Yo soy, don Jerónimo.

Sánchez de Mendoza comprendió, al oír el nombre, que aquel viejo era el

cura Merino, el célebre guerrillero, el paladín esforzado del trono y

del altar.

—No creí que te vería ya —dijo Merino.

—Yo tampoco a usted —replicó Aviraneta.

—Ya hace treinta y tantos años que nos conocimos.

—Es verdad. ¿Va usted a cenar?

—Sí. Tomaré un par de huevos. ¿Tú quieres cenar?

—He cenado ya. Gracias. Tomaré otro café.

Merino encargó su cena. Echó los huevos a un vaso y se puso a tomarlos

con un poco de pan. Después comió una manzana, bebió un vaso de agua,

encendió un cigarro y comenzó a fumar. Sus ojos brillaban como los de

un aguilucho bajo las cejas espesas y cerdosas; los pocos dientes,

amarillos, de su boca mascaban el cigarro.

—¿Qué haces aquí, si se puede saber? —preguntó don Jerónimo.

—Veo lo que pasa.

—¿Y qué te parece?

—¡Qué me va a parecer! Bien. ¿Y a usted?

—A mí, mal. ¿Sigues siendo revolucionario?

—Sí. ¿Usted sigue siendo servil?

—¡Servil! Nunca lo he sido.

—Cierto; fue usted liberal en algún tiempo.

—No es verdad.

—A mí me habló usted en Madrid, hace veinticinco años, de trabajar por

la Constitución.

—Siempre he aborrecido la canalla.

—No sé a qué llama usted la canalla.

—A los liberales, a los cristinos, a los que quieren cambiar la

religión y la forma de un país porque sí —repuso Merino con cólera.

—Yo llamo canalla a ese pobre imbécil de don Carlos —replicó

Aviraneta—; llamo también canalla a esos aristócratas grotescos, con

los cuales usted se mezcla; usted, el cura de Villoviado, guerrillero

y pastor; usted, plebeyo, unido con esa gente ridícula, como un perro

de ganado con perrillos falderos; llamo también canalla a esa tropa de

curas y de frailes que quieren jugar a los grandes generales...

—¡Con qué gusto te fusilaría! —exclamó Merino, pegando un puñetazo en

la mesa.

—Yo también le hubiera fusilado a usted cuando le cogí preso en

Tordueles. Si no lo hice no fue por falta de ganas. Ahora, ya no. ¿Para

qué? Ya no es usted nadie.

—¿Y tú?

—Yo nadie tampoco, pero veo la realidad.

—Crees verla.

—No; la veo y unas veces me río y otras siento tristeza. Pensar

que gran parte de esta guerra se ha hecho por la legitimidad, ¡la

legitimidad de don Carlos!, del hijo de una mujer como María Luisa que

reconoció en Roma que ninguno de sus hijos era de su marido.

—¿Y eso qué importa?

—Nada; a mí, nada; pero me da risa y tristeza.

—Todo eso está en la significación —arguyó Merino—. ¿A mí qué me

importa de quién es hijo Carlos V? ¿Es que hay alguna diferencia entre

una bandera roja, una negra y otra blanca, que la que le da el teñido?

El pedazo de algodón o de hilo es igual y, sin embargo, los unos nos

agrupamos alrededor de una y morimos por ella, y los otros también. Esa

bandera es la idea. Me extraña que no lo comprendas.

—Sí, lo comprendo, lo comprendo. Una cosa tan estúpida y tan bestia

como esta guerra tiene que tener una razón.

—¿A ti te parece estúpida y bestia?

—Completamente.

—¿Solo por nuestra parte?

—No, por las dos partes. Los unos y los otros han hecho mil

bestialidades y mil torpezas.

—Los liberales las han hecho mayores.

—Y ustedes también.

—Yo he hecho lo que han hecho todos.

—¡Bah! ¿Qué ha hecho usted? Asesinar, matar para mayor gloria de Dios.

Si se mira usted las manos las tiene usted que ver llenas de sangre.

—¿Y tú?

—Yo no soy cura. Yo no predico que todos somos hermanos. Además, he

predicado más noblemente que usted. Usted ha sabido escaparse como un

conejo cuando le perseguían, ha defendido usted a un pobre mentecato en

su derecho al trono. Poco haber para pasar a la historia.

—¿El tuyo es mayor?

—Yo al menos he vivido con entusiasmo ideas nobles, que serán las del

porvenir; he peleado con el Empecinado, que valía más que usted, al

menos como hombre, porque tenía más corazón y más alma. Sí, he peleado

con el Empecinado a quien asesinaron los amigos de usted de una manera

miserable, he acompañado a Lord Byron en Grecia. Ahora peleo por la

libertad.

—¡Gran mérito!

—Para mí, grandísimo.

—Como militar has fracasado, Eugenio.

—Sí; es verdad. Entre nosotros los liberales y entre ustedes ha habido

siempre un ambiente de intrigas y de zancadillas, en el cual una

persona digna no podía vivir ni prosperar.

—En otro país hubieras avanzado más.

—Seguramente.

—¿Ves? Eres enemigo de España.

—No.

—Sí, eres enemigo de España, indisciplinado y soberbio. Todos los

vascos os creéis que no necesitáis para nada de los demás. Os bastan

vuestros fueros, no queréis ni rey ni Roque.

—Se puede vivir con república.

—No me importa que seas republicano, lo que no acepto es tu

antiespañolismo.

—¿Yo antiespañol?

—Sí. Recuerda en la guerra de la Independencia. Tú querías hacer la

guerra de distinta manera que los campesinos: querías lucirte, hacer el

faraute, tener conferencias con los franceses. Yo, no; yo quería lo que

quería el pueblo, porque soy más demócrata que tú.

—En ese sentido no digo que no.

—En todos.

Los dos hombres estuvieron un momento callados, contemplándose

atentamente. Sánchez Mendoza los miraba desde su escondrijo presa del

mayor asombro. Las palabras de Aviraneta le tenían trastornado.

—Has de reconocer que en la guerra he marchado más lejos que tú —dijo

Merino.

—No lo dudo. Ha sido usted un buen militar; el grado de general se lo

ha ganado usted con sus puños.

—¿Lo reconoces?

—¿Cómo no reconocerlo? Pero ha puesto usted todas sus condiciones en

una mala causa. Dentro de cien años, España será liberal, todo lo

liberal que pueda ser España. Quedará lejanamente el nombre de Mina,

del Empecinado, de Espartero, de Zurbano..., del cura Merino, ¿quién se

acordará? Nadie.

—Es verdad. Nadie se acuerda de los vencidos.

—De algunos, sí.

—Somos enemigos irreconciliables, Eugenio, y, sin embargo...

—Ese mismo sin embargo digo yo.

—¡Adiós, Eugenio!

—¡Adiós, don Jerónimo!

Ninguno de los dos se alargó la mano, pero los dos se pusieron de pie,

rígidos, duros, implacables. Aquellos dos pajarracos siniestros se

contemplaron un momento pensativos. Don Francisco Xavier los miraba con

una estupefacción creciente. Alvarito quizá hubiera pensado que tanto

el uno como el otro eran muy dignas figuras de aparecer en la Nave de

los Locos. Después de un momento de silencio Merino tomó la palabra.

—Ya, probablemente, no nos volveremos a ver; le queda a uno poco que

vivir.

—Todavía está usted bien.

—No. Esto va para abajo. No tengo miedo a la muerte.

—Ya lo sé.

—¡Adiós!

—¡Adiós!

El cura Merino salió del comedor; Aviraneta dio un paseo cabizbajo y se

marchó a su habitación.

Sánchez Mendoza se levantó e hizo delante de un espejo varios gestos de

asombro.

El cura Merino salía al día siguiente de Bayona hacia su destierro de

Alenzón, donde murió tres años después.

Todas aquellas historias le interesaban a Alvarito; pero, naturalmente,

le hubiera interesado mucho más que le proporcionaran algunas noticias

de Manón. Ni Dolores ni Rosa en sus cartas mentaban a la nieta de

Chipiteguy. Parecía como si hubiera desaparecido del planeta.

La nave de los locos · 第 119 / 149 题