En el prólogo de este libro hemos fantaseado, con más o menos
ingenio, sobre la pintura, la novela y la filosofía aséptica, y ahora
divagaremos un poco acerca de las fondas españolas, donde la asepsia
tiene indudablemente más objeto que en los bodegones pintados y en la
literatura.
Los franceses, con su habitual petulancia, nos han hablado de la
pobreza y miseria de las posadas españolas y de las ventas; pobreza y
miseria indudablemente cierta, aunque quizá sin los colores que les
han dado ellos, llevados por la visión amanerada, que es peculiar y
característica de nuestros vecinos.
La verdad es que todos los pueblos meridionales han sido natural
y espontáneamente sucios, quizá por el clima, quizá por la raza,
quizá por profesar la verdadera religión, que es, como se sabe, el
catolicismo. Sea por lo que sea, es lo cierto que los hábitos de
limpieza en Europa han venido del Norte, de Inglaterra, de Holanda y de
Escandinavia.
Cuenta un escritor francés que en el libro de viajeros de una fonda
española un cura escribió esta sentencia: «Piensa que muerto serás
comido por los gusanos»; y el escritor añadió: «Y vivo, por las pulgas».
Nadie duda de la exactitud de los hechos. Los gusanos y las pulgas, y
otros parásitos aun más desagradables, son una realidad en todos los
países latinos y católicos. Sin embargo, es posible que esta anécdota
sea tan verdadera como la otra del que llegaba a una mísera venta
española y decía:
—Yo quisiera tomar algo.
Y el ventero le contestaba:
—Pues tome usted asiento.
Los dos chascarrillos pueden servir de contribución al conocimiento de
la España pintoresca.
A pesar de las pulgas, de los demás parásitos y del tome usted asiento
de las ventas y mesones de nuestro país, hay que convenir que son casi
más odiosas las fondas españolas modernas, con sus pretensiones de
asepsia y de desinfección, que las antiguas.
Esta fonda moderna española aséptica, con su aire anglo jesuítico,
es de una antipatía perfecta. Todo en ella es rapado, mezquino y
desagradable.
Algunas poseen el aire de clínica económica. Parece que, en vez de
llevar el manjar sangriento al comedor, lo van a llevar a uno al
quirófano a abrirle en canal.
Todo se acerca a estar bien en nuestras modernas fondas asépticas; pero
nada está bien del todo.
El comedor, en sitio oscuro y mal ventilado, con luz de acuario; el
mantel, medio húmedo y de blancura gris; las alcobas, en los sitios
más sombríos, a veces con ventanas a patios o a pasillos, como si el
viajero fuera un plato de carne que se puede meter en una fresquera.
El retrete no huele mucho, pero huele bastante para que se note su
existencia; las criadas son malhumoradas; el amo o el ama, adustos,
como si temieran que los huéspedes se fuesen sin pagar. Todo es
aséptico, de economía y sordidez que dejan frío.
Los españoles actuales que frecuentamos estas fondas nos sentimos con
el corazón tan aséptico como ellas.
Es extraña la pedantería que se desarrolla en una fonda española
moderna. Todo el mundo aparece afectado, engolado, desdeñoso, de una
manera tan absurda, que se siente vergüenza de pertenecer a una especie
zoológica tan ridícula como la del viajero.
El mérito parece que está en decir: Yo desdeño a los demás y los demás
no me desdeñan a mí. Esa es la gran preocupación. El que puede fruncir
los labios con más desprecio; el que puede demostrar que cuando escribe
una carta no se ha enterado de que existe otro ciudadano a su lado; el
que prueba de una manera palmaria e irrefutable su majadería, es el que
bate el _record_.
Alguien dirá: ¿Es que en los hoteles de otros países la humanidad es
más amable o más simpática? No. Indudablemente, en todas partes el
género es el mismo; el matiz es lo que varía. Se puede asegurar que
todos los hoteles y fondas nacionales son aburridos y monótonos.
Solo cuando el hotel es internacional empieza a ser divertido, porque
se convierte en algo como una fiesta de circo o una jaula de monos.
El francés, petulante, hablando en falsete; el alemán, sin cogote,
con la cara lustrosa, como untada con tocino; el inglés, con aire de
perro; el yanqui, amojamado; el español, inoportuno y exigente; el
sudamericano, triste y amulatado; el judío, aguileño; las mujeres de
los diversos tipos, pintadas, con pieles, gasas, joyas, todo esto es un
espectáculo ameno y contradictorio.
Pero nuestros hoteles y nuestras fondas no son espectaculares, sino
sombríos, siniestros, de una gravedad y de una seriedad funerarias. Se
sube, se baja, se entra en el cuarto, como si se fuera a acompañar un
entierro.
Si hay ascensor, no se puede prescindir de él. El subir unos escalones
se considera, no solo como un trabajo ímprobo, sino como una ofensa.
En los comedores de estas fondas triunfa el comisionista, que emplea
el palillo desdeñosamente, como si fuera algo que nos regocijara a
los demás; el ver que se saca piltrafas de carne de los agujeros de
los dientes. Al lado del comisionista, triunfante con su palillo,
como una hiena sentada en un cementerio, está el que toma píldoras, o
polvos, o bicarbonato. En las alcobas vemos las etiquetas pegadas a las
paredes por los viajantes que han pasado por allí, muchas anunciando
específicos para la tuberculosis, para la tiña o para la sarna; siempre
cosas alegres.
Los americanos, sobre todo, son gentes que, cuando vienen a España, nos
reprochan nuestro provincialismo y nuestro abandono.
Yo he llegado a pensar que actualmente tenemos demasiados escaparates
lujosos, baños, inodoros, asfaltos y ascensores; en cambio, no nos
distinguimos gran cosa por nuestro ingenio. Al extranjero le interesa,
naturalmente, más nuestra higiene que nuestro ingenio; pero a nosotros
nos puede interesar más nuestro ingenio que nuestra higiene.
España es pueblo proletario y algo zarrapastroso, que a veces tiene
simpatía e intuiciones geniales. Los extranjeros quieren que dejemos
nuestra intuición y nuestra simpatía a un lado y que seamos españoles
asépticos.
Es un plan que indudablemente nos seduce poco. Eso de no poder pasar
de ser guardas de monumentos, porteros de nuestras catedrales o de las
baratijas de yeso de la Alhambra, es un poco triste. Yo creo que es
preferible ser séptico e infeccioso y divertirse lo más posible.
A mí, al menos, la asepsia no me entusiasma del todo; creo que prefiero
la infección. En el género fonda me gustan más que estos hoteles
asépticos y funerarios aquellas fondas clásicas, grandes, sucias, con
el suelo torcido, las sillas rotas, las cortinas llenas de polvo, el
sofá desvencijado, con durezas terribles; las estampas de santos y las
cómodas ventrudas, con un Niño Jesús con su bola de plata en la mano.
En una fonda aséptica actual sabemos que encontraremos comida más o
menos auténtica, un cuarto, café con achicoria y sociedad distinguida
de viajantes de comercio o de millonarios, que no se diferencian nada
de los viajantes.
En la fonda española clásica, séptica e infecciosa, había sorpresas.
Se buscaba una comida regular, y se encontraba una aventura política;
se iba detrás de un guiso de carnero, y se salía enamorado de la
criada; se oían gritos en el cuarto de al lado, y se averiguaba que
había un loco furioso; se miraba por un agujero de la pared, y se veía
una mujer muy guapa; salía uno al balcón, y se encontraba uno con un
loro o con un mono de algún indiano venido a España, en compañía de una
negra.
Un poco de suciedad, con simpatía y gracia, es más agradable que esta
tiesura de ahora, con su asepsia y su pedantería correspondiente; y no
es que defienda uno lo antiguo por amor al turismo y a la chatarra de
lo pintoresco. No.
Sin duda no podemos ser cuidadosos, minuciosos, meticulosos. No lo
seamos. ¿Qué importa? ¿Que el extranjero nos denigra un poco? ¿Que el
rasta americano se crea superior a nosotros, porque la porcelana de sus
comunes es superior a la nuestra? Nada de eso nos debe preocupar.
Si la fonda aséptica se generaliza y aumenta aún más en antipatía, en
aspecto funerario y en pedantería, nuestro grito va a llegar a ser
este: ¡Viva la fonda séptica y la novela séptica e infecciosa, donde se
encuentran cosas inesperadas, y vaya al diablo la teoría microbiana!