Alvarito pensó en el ofrecimiento del señor Blas y consultó su
mapa. Era indispensable dar un rodeo bastante grande para seguir el
itinerario del mantero; él no tenía prisa. El señor Blas parecía buena
persona y hombre perfectamente enterado. Por otra parte, el viaje en
diligencia se le antojaba incómodo y de una estupidez extraordinaria.
Alvarito se decidió por seguir el itinerario del señor Blas; envió
su maleta grande a Bayona, se quedó con su maletín y por la mañana
siguiente salía en su mula camino de Miranda de Ebro.
El señor Blas, gran compañero de viaje, servicial, amable y decidor, no
se impacientaba. Conocía muy bien todos los pueblos del trayecto y de
todos sabía un gran montón de historias y anécdotas.
Fuera de la carretera principal, por donde rodaban las diligencias, los
demás caminos de herradura estaban imposibles, descuidados, deshechos,
llenos de baches, con relejes profundos y en parte borrados por las
matas y las hierbas parásitas.
En leguas enteras, sobre aquellos caminos formados por cantos de río,
los caballos y los mulos apenas podían andar. En algunas partes, los
arroyos cruzaban las carreteras. No se pisaba más que lodo o polvo,
lodo donde se hundían los caballos hasta los corvejones y polvo que se
levantaba en nubes espesas.
Alvarito se sorprendió de este abandono.
—Es la guerra —dijo el señor Blas—. Cuando vaya usted por el mediodía
verá que allí los caminos son todavía peores. Toda la parte de Castilla
que vamos a cruzar se puede recorrer con relativa seguridad, porque ya
no hay carlistas, aunque quedan malhechores sueltos que pretenden dar a
sus fechorías de bandidos un aire político. En todo queda el rastro de
la guerra, miseria, hambre, desorden, peste; pero no hay gran peligro
de ser acometido.
Alvarito vio que en casi todos los pueblos un poco granados por donde
pasaron, el mantero visitaba a sus corresponsales para preguntarles si
deseaban algo.
—Veo que cultiva usted su clientela —observó Alvarito.
—Amigo, ya se sabe —contestó el señor Blas sentenciosamente, y añadió—:
En esta vida caduca, el que no trabaja no manduca.
El señor Blas se manifestaba como hombre alegre, expansivo y bien
avenido con la vida.
En todas las posadas y paradores de los pueblos castellanos viejos
donde se detuvieron, entre Miranda y Burgos, oyeron relatar hazañas del
cura Merino, de Balmaseda y del Empecinado.
Fuera de los asuntos cotidianos de comprar y de vender, era lo único
que interesaba.
Al principio, la incomodidad del alojamiento hizo quejarse a Alvarito
a solas; pero se acostumbró, como se acostumbra uno a todo, al frío de
las posadas y mesones y a dormir casi siempre vestido.
En los primeros días el viaje fue monótono. La llegada a Burgos por la
mañana y la vista de la ciudad, con su aire severo, las agujas caladas
y grises de su catedral y sus casuchas pequeñas alrededor, produjeron a
Álvaro gran impresión. Creía asomarse a la Edad Media.
El Arlanzón lo encontró muy pequeño. Acostumbrado a Bayona, con sus dos
ríos, y a Burdeos, que también había visto, con el magnífico Gironda,
los pueblos de España, con sus riachuelos, le daban la impresión de
secos. No se veía agua por ningún lado, montes secos, tierra seca, todo
seco.
En Burgos, el señor Blas y Álvaro fueron a una posada de la calle de la
Calera, y después Álvaro cruzó el puente y se acercó a la catedral.
Tenía idea vaga del arte gótico, cogida en el _Magasin Pittoresque_ y
en _Nuestra Señora de París_, de Víctor Hugo, idea no solo vaga, sino
también oscura.
Entró en la catedral y se quedó maravillado. No sabía gran cosa de
aquello y se fue acercando a un sacristán o pertiguero con la idea de
hacerle algunas preguntas.
El pertiguero peroraba comentando una corrida de toros, en el centro de
un grupo de mendigos y de granujas.
El taurófilo sacaperros, no contento con las explicaciones verbales, se
puso a marcar las suertes de Paquiro Montes, con la capa en una mano y
la pértiga en la otra, y después de agitar la capa, dijo convencido:
—Ni Jesucristo lo hace mejor.
Esta invocación de Jesucristo en una cuestión de tauromaquia le dejó
a Alvarito asombrado y le quitó el deseo de hacer ninguna pregunta al
pertiguero.
Al oírlo, pensó en Chipiteguy y supuso que al viejo seguramente le
hubiera parecido que la Dama Locura, con su gorro de cascabeles, no
andaba muy lejos de por allá.
Al salir por una de las puertas, Alvarito se vio acosado por una nube
de mendigos pedigüeños y escapó, después de luchar a brazo partido con
ellos.
Eran tipos de mendigos extraordinarios. Un ciego arrodillado, inmóvil
como una estatua, con la cabeza hacia arriba y un platillo en la mano,
exclamaba con voz dramática: ¡No hay prenda como la vista! ¡Santa Lucía
bendita les conserve este precioso don! Otro, vendado, con úlceras
en las piernas, andando con dos muletas, gritaba: Tengan lástima y
compasión de este pobre baldado. Un tercero, sin duda mudo, aullaba y
agitaba una campanilla y mostraba un plato para que echaran en él la
limosna.
Aquella nube de mendigos desarrapados producía verdadero terror.
Alvarito, volviendo a la posada, creía observar que la gente tomaba el
sol y hablaba mucho en los corros y trabajaba poco.
—Veo que aquí hay mucho vago —dijo al señor Blas.
—Esa es una planta que abunda más cuando más al mediodía se va. Quizá
sea cuestión de clima.
Permanecieron en Burgos dos días y por la tarde del segundo salieron
camino de Lerma. El señor Blas contó a Alvarito su vida y sus trabajos
con grandes pormenores.
En Lerma se hospedaron en el Parador de las Diligencias; y aunque el
señor Blas tenía un amigo, no quiso ir a su casa.
—¿Por qué no va usted? Si es por mí, no tenga usted escrúpulo. Yo iré
al parador solo —dijo Alvarito.
—No; ya he estado en casa de ese señor varias veces y hay que seguir el
refrán: «Al amigo y al caballo no hay que cansallo».
Fueron los dos compañeros al parador y el señor Blas a visitar a sus
clientes.
A medida que andaba y trajinaba, Alvarito notaba dos efectos, muy
importantes para él: soñaba poco y pensaba menos en sus penas. No
era, naturalmente, la curación, pero sí el apaciguamiento, especie de
insensibilidad en su herida, que se le producía al perder el espíritu
su concentración; al esparcirse en la naturaleza y al preocuparse por
los mil detalles del camino.