El viejo Chipiteguy iba sintiendo remordimientos de no haber tenido
en cuenta el entusiasmo de Alvarito por su nieta y quería sincerarse
con él, repetirle que con Manón hubiera sido desgraciado, porque era
ingrata, voluble y olvidadiza.
Álvaro la mayoría de las veces no contestaba pensando en sí mismo y en
su vida aniquilada. Comprendía que no había esperanza para él. Quizá
hombres de naturaleza más exuberante podían poseer almas más propicias
para el entusiasmo amoroso y después de uno, vivir con otro; pero él
comprendía que toda su fuerza espiritual, toda su capacidad de ilusión,
la había puesto en la nieta de Chipiteguy y que ya no volvería a sentir
otro entusiasmo parecido.
¿Qué iba hacer él ya, en la vida? No tenía esperanza alguna. Ya no
podía aspirar más que a la tranquilidad, al reposo, a vivir sin
angustia.
La melancolía ahogaba el resentimiento en Alvarito, la tristeza le
impedía tener rencor, no así en el viejo que uniendo odio y cariño por
Manón, insistentemente se mortificaba y ensanchaba su herida; deseaba
hablar de su nieta, tan pronto bien y tan pronto mal.
Cuando Chipiteguy no hablaba de Manón, volvía a sus manías que por
momentos iban aumentando.
Decía a cada paso que la gente sospechosa rondaba la casa del Reducto.
Una noche, Alvarito creyó ver a Frechón muy tapado, con gabán y bufanda
en el puente de barcas del Adour y luego en la plaza del Reducto
mirando la casa de Chipiteguy como si la estudiara.
—¿Estás seguro de que era él? —preguntó el viejo, cuando contó Álvaro
lo que había visto.
—No del todo seguro, porque era de noche. Si otra vez le veo, ¿qué
hago? ¿Le denuncio?
—No, aumentaremos la vigilancia.
Chipiteguy mandó poner barras de hierro en puertas y ventanas y dio
nuevas instrucciones a Quintín y a Castegnaux.
Unos días después les despertó, por la mañana, un gran alboroto.
—¿Qué hay, qué pasa? —gritó Chipiteguy espantado.
No pasaba nada. Era Abadejo, el loco de la vecindad, que, después de
reunir todas las latas y botes de conservas encontrados en la calle y
de atarlos con cuerdas, corría gritando furiosamente, haciéndose la
ilusión de que llevaba un tropel de caballos.
Otra vez el susto se lo dieron a Chipiteguy varios chiquillos de la
vecindad, que pasaron al anochecer dando aldabonazos en las casas.
V