Cuando Alvarito se encontró mejor, lo bastante bien para salir a la
calle, se sintió muy melancólico.
Todas las ideas y preocupaciones tristes se agolparon en su
imaginación. Lo visto y lo imaginado, la realidad y el sueño, le
parecieron igualmente horribles pesadillas.
Alvarito recordó también las estampas de la Nave de los Locos, de
casa de Chipiteguy, y pensó que considerar el mundo como absurdo y
zarrapastroso carnaval no es una locura, pues lo visto por él en el
viaje más parecía una serie de extravagancias carnavalescas que otra
cosa.
La Dama Locura se paseaba por los rincones de España, asolados y
destrozados por la guerra; pero la Dama Locura de los campos españoles
no era mujer fina y sonriente, graciosa y amable, como la de las
estampas de Holbein, sino una mujerona bestial, que negra de humo y de
pólvora, borracha de maldad y de lujuria, iba quemando casas, fusilando
gente, violando y matando.
Ya comenzaba Alvarito a encontrarse bien cuando recibió carta de su
hermana Dolores y de su padre.
Su hermana le contaba las últimas noticias de Bayona. Manón le había
escrito varias veces a la Ciudadela, sin recibir respuesta. Manón
preguntó después en Pamplona por Álvaro y le contestaron que se
encontraba bien. Manón, probablemente ofendida con Alvarito por su
silencio, aceptando la proposición de su abuelo, se había marchado a un
colegio a París.
Alvarito se desesperó. ¿Por qué causa no recibió las cartas? Pensó
en averiguarlo; pero ya, ¿para qué? El mal estaba hecho. Alvarito se
sentía fatalista y deprimido.
—Es el Destino —se dijo a sí mismo.
Al recuperar las fuerzas volvió a Bayona. En casa le encontraron muy
flaco y muy triste.
Su hermana Dolores le contó cómo Manón, preocupada con su silencio,
había llegado a creer, sin duda, que él tenía algún motivo contra ella
y que por eso no la quería escribir.
Alvarito se desesperó.
—¡Qué se va a hacer! —se dijo—. Es el Destino adverso.
Días después, Álvaro recibió una de las cartas de Manón, que venía
devuelta, y en cuyo sobre estaba borrado Pamplona y puesto Menorca.
¿Quién podía ser el autor de esta mala obra? ¿Qué causa podía tener de
enemistad contra él? No lo comprendía.
Al día siguiente, Alvarito fue a la casa del Reducto y Chipiteguy le
recibió conmovido y le abrazó llorando. El viejo parecía más débil, más
impresionable y más sentimental que antes.
Se contaron sus respectivas aventuras.
Chipiteguy había andado tres meses en España de un lado para otro,
maltratado por sus carceleros.
En Almandoz, el sacristán, que le vigilaba, le reprochaba a cada paso
el sacrilegio de haber robado las cruces de las iglesias y le hablaba
constantemente del infierno, que le esperaba muy próximo, porque le
quedaba poco tiempo de vida. El se justificaba diciendo que le habían
encargado de llevar las custodias a Francia, y aseguraba que sus
enemigos no querían más que sacarle dinero. Cuando llegaba Malhombre,
le amenazaba.
De Almandoz, Chipiteguy fue llevado a Zugarramurdi, y allí le tuvieron
una semana metido en la cueva de las Lamias, en compañía de unos
prisioneros liberales, la mayoría muchachos jóvenes.
De Zugarramurdi, trasladado a Urdax, vivió varias semanas, enfermo y
muy miserablemente, en un granero, hasta que Gabriela la Roncalesa le
montó en un mulo y lo llevó en distintas etapas hasta un pueblo del
Roncal y desde allá pudo entrar en Francia.
Chipiteguy quiso que Alvarito volviera a su casa.
—Pero si ha cerrado usted la tienda y no hay nada que hacer —dijo
Alvarito—. ¿Para qué quiere usted que esté aquí?
—No importa, ven; todavía tenemos que hacer. Además vivirás conmigo.
El viejo mandó a la andre Mari que pusiera el cuarto de Alvarito en el
segundo piso, y como si estuviera más contento que de ordinario, entonó
su canción de bravura, Atera, atera; pero la voz, cascada, temblaba al
cantar.
Desde que el viejo Chipiteguy volvió de su cautiverio de Urdax se
encontraba enfermo y malhumorado. La gota exacerbada le producía
grandes y agudos dolores; sufría con los cálculos, le ahogaba la tos y
se quejaba de todo.
Su suspicacia había aumentado de tal manera, que la menor cosa le
producía desconfianza.
Chipiteguy adquirió carácter de viejo maniático.
A la andre Mari y a la Baschili las reñía a cada paso; únicamente
trataba bien a Alvarito.
De Manón hablaba poco, y si algún extraño comenzaba a referirse a ella,
cortaba en seguida la conversación. Unas veces daba a entender que la
muchacha se hallaba en París en un colegio, otras que estaba en casa de
unos parientes.
Alvarito se enteró entonces por primera vez de que una hermana de
Chipiteguy, bastante más joven que él, servía desde hacía muchos años
de ama de llaves en una familia aristocrática parisiense. Al parecer,
la señorita Dollfus tenía gran ascendiente en la casa. Alvarito no
sabía sus señas. De saberlo hubiera escrito a Manón, por si acaso vivía
allí.
Chipiteguy pasaba horas y horas en sus almacenes, en donde aún quedaba
mucho género. A veces, aunque pocas, pedía a Alvarito que le ayudase.
Mientras el viejo revolvía todas sus antiguallas, se dedicaba al
soliloquio. Alvarito le escuchaba con gran interés. Muchas veces el
viejo le daba la impresión de un sonámbulo o de un loco.
Un día le encontró sentado registrando unos cajones y con un gran cesto
delante.
—Haremos liquidación de todo —mascullaba el viejo—: cruces...,
insignias de estos miserables, Orleans y Borbones que son capaces de
vender a su pueblo y a su madre... al cesto... ¡Hem! ¡Hem! paparruchas
teatrales de Bonaparte y compañía... al cesto... Uniformes, espadines,
tricornios y bonetes de cura..., al cesto. Es lo que debía hacer la
sociedad, coger los trastos de la religión y de la Monarquía y echarlos
a la basura. ¡Hem! ¡Hem! Es donde debían de estar... pero esto haría la
sociedad si tuviera sentido común... ¿y cuándo la sociedad y el hombre
han tenido sentido común? Nunca, ¿y cuándo la tendrán? En el mismo
tiempo. Es decir, nunca jamás. Es como yo. Igual que yo. ¡Hem! ¡Hem!
¿Quién anda ahí? ¿Anda ahí alguien?
El viejo se levantó, miró por los rincones del almacén, se asomó a la
puerta y volvió a sentarse.
—Parece que no hay nadie —murmuró medio gruñendo—. Sí, la sociedad es
como yo. Yo le he dicho a mi nieta: Manón, no me escribas, no te ocupes
de mí. Tienes que vivir en una sociedad estúpida, que si sabe que eres
la nieta de un trapero, te lo echará en cara y te despreciará. Pues
bien, que no lo sepan esos miserables. No te ocupes de mí, olvídame.
¡Hem! ¡Hem! ¿Y ella que ha hecho? Ella ha tomado al pie de la letra la
recomendación y no se acuerda de mí que la quiero con toda mi alma y no
me escribe. Ah, ¡viejo imbécil! ¿De qué te ha servido la experiencia?
¡Hem! ¡Hem! ¿No sabías que las mujeres son así, crueles, indiferentes,
duras para los débiles y humildes para los fuertes? ¿Es que creías que
tu nieta iba a ser una excepción a la regla? Lo que te pasa es justo
castigo a tu imbecilidad. ¡Hem! ¡Hem! Podías haber pensado en ti antes
que en ella y entonces ella te hubiera contemplado, te hubiese mirado
como a un viejo amable, con quien hay que ser cariñoso. Se hubiera
casado con algún buen muchacho, como Alvarito y hubiéramos sido todos
felices. Pero las ambiciones nos han perdido. Yo las tenía por ella y
para ella. Me he permitido la estupidez de ser generoso, de no pensar
más que en ella. ¡Hem! ¡Hem! Ahora sí creo que anda alguien. ¿Qué
diablos me quieren? ¿Quién me busca? No, pues no hay nadie, será alguno
en la calle que grita o algún carro que pasa.
El viejo escuchó atentamente. No se oía nada.
—Tengo alucinaciones —exclamó con tristeza—. ¡Qué le vamos a hacer!,
ya no me queda más que un resto de vida, que es como un harapo sucio
y roto. ¡Hem! ¡Hem! Si aún tuviera fuerza, saldría, con el saco al
hombro, a gritar: ¡Atera! ¡Atera! por las calles, y alguno al verme
diría: Ese trapero tiene una nieta que es una princesa; pero no tengo
fuerza, soy tan viejo y tan estropeado como estas antiguallas que me
rodean y a mí me tendrán que echar el primero al cesto de la basura.
¡Hem! ¡Hem!
En todos sus soliloquios que repetía con frecuencia, el viejo
Chipiteguy, se mostraba siempre así, misántropo, hipocondriaco, más
anticlerical y más antimonárquico que nunca.