Papá Lacour proporcionó la ocasión de ir a Estella con unos oficiales
carlistas. Fue Alvarito solo y estuvo dos días. Preguntó en todas
partes por Martín Trampa y encontró un posadero que le conocía. Este
posadero le dijo que el tratante había dicho, al marcharse, que
probablemente volvería a la siguiente semana. El posadero quedó de
acuerdo con Álvaro en avisarle a Abárzuza si llegaba Martín.
Sin objeto en Estella, Álvaro volvió a casa de papá Lacour a esperar
allí unos días.
Aunque, en general, las visitas de Lacour eran casi siempre de
extranjeros, solían ir también oficiales carlistas, algunos casados, o,
por lo menos, enredados con una mujer.
Alvarito y Manón conocieron a varios de estos.
Los oficiales no coincidían en sus opiniones con papá Lacour, por lo
cual el francés los despreciaba. Los carlistas creían que el ejército
liberal no valía nada. El _soldau scharra_ (el soldado viejo), que
decían con desdén los vascos, era torpe, sin acometividad y sin
brío. Los liberales, según ellos, habían ganado algunas batallas por
casualidad o por traición.
A Lacour le parecía ridículo denigrar al enemigo, cuando el enemigo le
pegaba a uno. Hasta entonces, el ejército liberal, salvo excepciones de
tropas escogidas, parecía superior al carlista, y precisamente, cuando
el entusiasmo decrecía entre los carlistas, empezaban a organizarse con
regularidad algunos servicios en las tropas de don Carlos.
Papá Lacour, además de su manía musical, tenía la de la estrategia.
Cuando no cantaba, hablaba de estrategia. Sus ideas, en arte militar,
se condensaban en estas frases:
—Nadie ha inventado nada en la guerra. En la guerra, todo es posible y
todo es imposible.
A pesar de que con la mayoría de los oficiales españoles carlistas papá
Lacour no se entendía bien, distinguía por su amistad a algunos.
Uno de ellos era un riojano, subteniente, pequeño, vivo, hombre
bastante bruto, alegre, aficionado a jugar, a quien llamaban de mote,
por sus ojos brillantes y negros, el Ratón. El Ratón llevaba una
pelliza de algún oficial extranjero, de pelos largos, aunque calva en
muchas partes. Le bromeaban preguntándole si era aquella su propia piel.
Para el Ratón, los asuntos de la guerra eran perfectamente aburridos y
no le interesaban.
—Hay que comer, hay que vivir, y esto lo explica todo. Los liberales,
¡pse! —añadía—, a mí no me han hecho ningún daño.
Y a poco de decir esto, sacaba del bolsillo los naipes e invitaba a
echar una partida a cualquier juego, pues todos los dominaba. A pesar
de su habilidad, a lo último perdía. Siempre andaba derrotado y tenía
la paga empeñada.
El Ratón vivía con una muchacha inglesa, rubia, muy guapa, aunque muy
sosa: Betty. Betty había venido a España con su marido, según ella;
otros decían con un amante, oficial de la Legión inglesa mandada por
Lacy-Evans. En la batalla de Oriamendi, su amante, o marido, murió a
manos de los carlistas. Entonces los de la Legión le obligaron a Betty
a tomar otro amante, cirujano del ejército. El cirujano, un metodista
riguroso, aburría y fastidiaba tan profundamente a Betty, que la
inglesa se alegró de caer prisionera en manos de los carlistas.
Al mismo tiempo que ella quedaron prisioneros unos cuantos músicos,
algunos soldados y tres mujeres. A unos los incorporaron a las filas
carlistas, a otros los fusilaron, a los músicos los llevaron a formar
parte de una banda y a las mujeres las subastaron entre los oficiales.
El Ratón tenía dinero y le gustaba la inglesa, y se quedó con ella. Los
dos hicieron, con el tiempo, muy buenas migas.
—¡Qué bruto eres y qué feo! —decía la inglesa, mirando al Ratón con
entusiasmo.
—Pero te gusto a ti, ¡recontra! —gritaba él.
—Es verdad; parece mentira —suspiraba ella.
Vivían en tan buena armonía, que cuando acabara la guerra habían
pensado en casarse y establecerse en el campo, porque el Ratón poseía
haciendas en Labastida y en San Vicente de la Sonsierra.
Con sus ojos azules, su cabello rubio y su aire distinguido, a Alvarito
le pareció la inglesa completamente estúpida.
Otra pareja curiosa era la de un militar austriaco, alto, pálido, muy
fino en sus modales, y una guipuzcoana blanca, rubia, alborotada, muy
chillona, que había vivido la vida aventurera de la guerra, hoy con uno
y mañana con otro. La Prudencia, o Prudenschi, era una mujer nacida
para reír; nada tomaba en serio, no le importaba ni le preocupaba nada.
La Prudenschi ceceaba al hablar; pronunciaba algunas palabras con
cierta dificultad y reía siempre. De ella se podía decir que su gracia
consistía en no tenerla. Así como su amante se mostraba siempre muy
atildado y ceremonioso, ella era todo lo contrario.
—Yo soy muy _zarpalla_ —exclamaba en su dialecto donostiarra, con
lo que quería decir su afición a lo vulgar, a lo ordinario y a lo
chabacano.
Su gracia favorita, muy oída y ramplona, era decir, refiriéndose a su
amante:
—Este es barón. ¿Barón con b o varón con v? —le suelen preguntar—.
Varón con todo —replicaba ella.
Tal simpleza bastaba a la Prudenschi para reír de manera tan
escandalosa que a todos contagiaba.
La Prudenschi cantaba y bailaba muy ligera de ropa. Una de sus
canciones predilectas era el _Ay, ay, ay, mutillá_, con esta letra:
Azpeitico nescachac
camisan zuloa;
andic aguerizayo
labe zomorrua.
Ay, ay, ay, mutillá,
labe zomorrua.
(Las chicas de Azpeitia tienen un agujero en la camisa; desde allí se
les ve la cucaracha. Ay, ay, muchacho, la cucaracha.)
Al cantar, danzaba moviendo el pecho y las caderas y riendo. A veces, a
papá Lacour se le ocurría hacer la pareja con la Prudenschi, bailando
el fandango, castañeteando los dedos, y lo hacía con cierta gracia
francesa.
—¡Qué viejo loco! —decía Ollarra con algo de risa y admiración.
El amante de la Prudenschi, el austriaco, la contemplaba con el
mayor asombro. Ella se crecía y se manifestaba más petulante y más
estrepitosa. Entonces el Ratón lanzaba alguna de sus reflexiones de
riojano chiquito y duro o sentenciaba algún refrán, como este, por
ejemplo:
—La mujer y la gaviota, cuanto más vieja más loca.
—Cállate tú —gritaba ella—, que eres más bruto que un cerrojo.
—Si _vivirías_ conmigo, ya verías tú cómo yo te domaba —decía el Ratón.
—¿Tú domarme a mí? ¡Ah, ja, ja, ja! A los ratones yo les trato con la
zapatilla.
Y la Prudenschi cantaba algo o marcaba una figura coreográfica.
La Prudenschi bailaba también un baile andaluz, especie de tango, que
producía gran entusiasmo en los oficiales de la casa de papá Lacour. Su
falta de gracia hacía a la guipuzcoana más incitante. Su cuerpo, sin
picardía natural, daba a su desvergüenza y a su cinismo aire de juego
sin profundidad. Con gran frecuencia, algún oficial, si podía, la daba
algún tiento.
—Tú, ¡bruto!, ¡animal!, ¡tócate las narices! —gritaba ella.
La Prudenschi, a pesar de sus locuras, era mujer de buen corazón.
Su amante tenía un amigo, otro oficial austriaco, a quien le cortaron
una pierna y se le gangrenaba el muñón. La Prudenschi le cuidaba y le
mimaba y hasta bailaba en el cuarto del enfermo para entretenerle.
Manón, Alvarito y Ollarra fueron a visitar al amputado; se encontraba
muy débil, con la cara como espiritualizada por el dolor. El pobre
hombre tenía un silbato para llamar cuando necesitaba algo; pero era
tan sufrido, que no llamaba más que cuando no podía menos.
—¿Qué tal, cómo estás hoy? —le preguntó la Prudenschi.
—Bien, estoy muy bien. La pierna cortada me duele un poco.
Alvarito y Manón hablaron largo rato con el austriaco para distraerle.
Al salir de la casa, Ollarra dijo:
—Este me recuerda al sepulturero de Vera.
—¿Pues por qué?
—El sepulturero de Vera era un viejo en cuya casa estuve yo de criado,
ayudándole a enterrar y a limpiar las tumbas. Estaba muy enfermo y no
tenía fuerza para andar; pero él decía que se encontraba muy bien.
«¿Qué tal?», le preguntaban. «Muy bien, muy bonitamente, _Ederqui_»,
contestaba él. El último día estaba el hombre sobre una tumba fumando
su pipa. «¿Qué tal?», le preguntó el médico. «Muy bien, muy bien»,
dijo, y no se había alejado el médico veinte pasos cuando el enterrador
se había muerto.
La Prudenschi, al oír a Ollarra y al verlo con su perro, sintió gran
admiración por él, y hasta parece que le dijo que se quedara allí; pero
él rechazó la idea desdeñosamente. Manón presenció la tentativa de
conquista de la guipuzcoana y se alegró mucho de la actitud de Ollarra.
Manón se mostraba en casa de papá Lacour petulante, atrevida y llena de
animación. El traje de chico la transformaba. La Dominica le arregló
un dolmán de húsar, con el cual estaba encantadora. Era un verdadero
diablillo. Hablaba con gran atrevimiento, se burlaba de los curas y
de las monjas, elogiaba a los republicanos, cantaba la Marsellesa y
bailaba con la Prudenschi.
—Manón, mi querida —decía papá Lacour, con ironía afectuosa,
manifestándose desolado, aunque rebosando de satisfacción por tener
una sobrina tan brillante—, vas a hacer que nos fusilen a todos por
jacobinos.
Manón coqueteaba con unos y con otros. Aunque ya los amigos de papá
Lacour sabían que era una muchacha, seguía vestida de chico.
A veces, en medio de sus coqueterías, pensaba en Alvarito y volvía a él
a hablarle y a consultarle sobre cualquier cosa.
Manón veía a Álvaro demasiado seguro y debía pensar que con él no
necesitaba emplear, más que rara vez, las armas de la coquetería;
en cambio, para los demás la coquetería sí debía ser, según ella,
indispensable. Mientras bailaba con unos y con otros, miraba con
el rabillo del ojo a Alvarito, como diciéndole: Nada de esto tiene
importancia y nuestra amistad es lo principal.
Alvarito se ilusionaba y se desilusionaba fácilmente; muchas veces
pensaba que odiaba a Manón y otras que la quería más que nunca y que
sería capaz por ella de hacer cualquier sacrificio.
Manón, con respecto a Alvarito, tenía sentimientos menos variables; por
lo mismo quizá que su entusiasmo era más pequeño.
Solamente la presencia de Ollarra le quitaba el buen humor a Manón.
El salvajismo de su compañero de viaje le maravillaba. Aquella
despreocupación del muchacho por los demás le llenaba de asombro. Para
Ollarra, indudablemente, no había centinelas, ni líneas estratégicas,
ni santo y seña. Todo ello no pasaba de ser una broma que se continuaba
por que sí. Eran maniobras, simulacros, sandeces hechas por pura
pedantería.
Mientras sonaban los tiros, él buscaba nidos en los árboles, pescaba en
los arroyos o cogía leña, como si los disparos nada tuviesen que ver
con él...
Aquella Prudenschi, tan loca, tan ingenua y, al mismo tiempo, tan
desvergonzada; papá Lacour, con sus extravagancias; Manón, coqueteando
con todo el mundo; el austriaco, quejándose de los dolores en la pierna
ya cortada, y Ollarra, tan salvaje, tan independiente y tan sombrío,
daban a Alvarito la impresión de que seguía viviendo en pleno carnaval
grotesco y zarrapastroso, cuyas figuras eran dignas de ocupar un lugar
dentro de La Nave de los Locos.