Mientras Alvarito y Manón trotaban por los caminos de Navarra, don
Eugenio de Aviraneta seguía en sus intrigas políticas.
En la primavera de 1839 supo don Eugenio que un comisionado del general
Maroto en París, el coronel Madrazo, se hallaba en Burdeos. Madrazo,
de acuerdo con Apponyi y los demás representantes de las potencias
del Norte, se dirigía al Cuartel Real, con instrucciones de la Junta
marotista del extranjero.
Aviraneta, sospechando la importancia del viaje de Madrazo, puso en
movimiento a sus confidentes para averiguar la trama de los partidarios
de Maroto.
Los marotistas pensaban exigir a don Carlos la abdicación a favor de
su hijo mayor. Después de la abdicación propondrían el matrimonio del
hijo de don Carlos con la hija de la reina Cristina, y si la reina o
el pretendiente no aceptaban la combinación, amenazarían con proclamar
la independencia de las cuatro provincias vascongadas, con un régimen
fuerista-republicano-clerical, nombrando a Maroto presidente de la
república de Vasconia, y haciendo ministros y consejeros a obispos y
a curas y expulsando a don Carlos y a su familia del territorio Vasco
Navarro.
Todo esto de acuerdo con Francia e Inglaterra, para lo cual se pedía el
beneplácito de Luis Felipe y el de lord John Hay.
Era un proyecto parecido al que el senador Garat expuso a Napoleón,
proponiéndole la independencia de las provincias vascongadas de más
acá y de más allá de los Pirineos, denominando a toda Vasconia, Nueva
Fenicia; a los departamentos franceses, Nueva Tiro, y a los españoles,
Nueva Sidón. En aquel tiempo, sin duda, los vascos eran fenicios, como
luego fueron celtas, iberos, ligures, berberiscos y mongoles, según el
viento que corría en la etnografía y en la lingüística.
En el proyecto separatista de los amigos de Maroto andaban mezclados
varios jefes importantes, vascongados; entre ellos, Cástor Andéchaga,
Simón de la Torre, Alzaá, Bernardo Iturriaga, Iturbe y otros.
Las noticias alarmaron a don Eugenio. Algunos oficiales vasconavarros
del incipiente partido separatista se presentaron a Maroto en Orozco,
indicándole la separación, como la mejor solución para el país. Había
que dar, según ellos, un puntapié definitivo al carlismo.
Naturalmente, a Maroto, la proposición no le hizo mucha gracia, no
siendo vasco y sintiéndose patriota. No tenía, además, la seguridad de
conservar su poder pasando de general en jefe a presidente.
Aviraneta pensó aprovecharse del momento para hacer abortar la
tentativa separatista de los vascos, que él consideraba peligrosa,
impidiendo que arraigara y tomara cuerpo.
Entre los carlistas se pensaba también formar un tercer grupo
transaccionista con Marcó del Pont, el vizconde de Mataflorida,
residente en París, y otros, partidarios de atraer a Cabrera a su
bando. Andaba en la combinación Zea Bermúdez, que de absolutista
ilustrado había pasado a carlista y enemigo furioso de Maroto; pero la
idea no alcanzaba el menor éxito.
Por su cuenta, y con otros planes más o menos fantásticos, maniobraban
los carlistas extranjeros, internacionales, como Mitchell, Lichnowsky,
el marqués de Lalande, el joven caballero de Montgaillard y otros.
La mayoría de las diversas maquinaciones e intrigas se fraguaban en
Bayona, y con ellas comenzaron a mezclarse las maniobras del infante
don Francisco, que pretendía la Regencia de España en la minoría de
Isabel II.
El infante don Francisco, Dracón en la masonería, Bragón y Bragazas le
apellidaban sus enemigos en broma, tenía muchos adictos entre carlistas
y cristinos. Los empleados de la Embajada de España en París y otros
clasificados entre los carlistas, como Valdés el de los gatos y el
libelista Martínez López, trabajaban por él.
Es posible que el infante contara entre los suyos al abate Miñano,
y que el abate, además de cristino, carlista y protestante, fuera
también franciscano. Indudablemente, el abate era un hombre pintoresco
y de convicciones elásticas.
En los campos se notaba ya el cansancio de la guerra. El país y las
tropas comenzaban a inclinarse decididamente por la paz, cuando el
cuartel general de la Reina dio la orden extraña de talar las mieses
e incendiar los campos. ¿Por qué una medida tan absurda? ¿Era pura
estupidez militar o había otra intención en ello?
No parecía sino que alguien del Gobierno tenía interés en que no se
acabara la guerra rápidamente. Aquellas disposiciones vandálicas fueron
una inyección de vida para el partido carlista, que comenzó a perder
su aire mortecino y lánguido y a sentirse de nuevo agresivo y lleno de
exaltación.
Los alaveses y los navarros pensaban segar en plena paz, e irritados
por la pérdida de las cosechas, comenzaron a exasperarse. Fue aquella
medida rara e incomprensible, de tipo bastante frecuente en las cosas
de España. No se sabía a qué atribuir disposición tan desdichada: a la
rutina, a la brutalidad, al rencor o a la falta de inteligencia en el
mando.
Se supuso a los jefes liberales irritados con la idea de un convenio
con los carlistas; se decía si tendrían la ilusión de que la campaña
se hallaba próxima a solventarse por las armas; pero esto no pasaba de
ser una esperanza quimérica, porque la tibieza de los carlistas en la
guerra dependía, en gran parte, de la idea de que se acercaban a una
transacción.
El caso fue que la medida incendiaria produjo gran encono. El general
Elío pudo inflamar el ardor de sus voluntarios, que llegaron a
infringir un gran descalabro a don Diego León cerca de Cirauqui.
La cólera latente hizo que poco después los batallones navarros y
alaveses no quisieran adherirse al Convenio de Vergara.
En cambio, para Vizcaya y Guipúzcoa se celebró un pacto en Mandázuri,
entre el comandante don Miguel Araoz y el de la línea enemiga,
don Bernardo Iturriaga, lo que ayudó después a que la obra de
reconciliación de los dos partidos enemigos fuera más fácil.
Por muchos de estos motivos, Aviraneta consideró oportuno el intentar
lo antes posible la escisión entre don Carlos y Maroto, y se dispuso a
introducir los documentos del Simancas en el Real de don Carlos, con lo
cual pensaba además socavar el prestigio de Maroto en la tropa para que
no pudiese el general maniobrar por su cuenta.