LOS BERTACHES

Después de comer en la venta de Yanci, puestos de nuevo en camino, en

el carricoche, se acercaron a Sumbilla, pasaron a la vista de su juego

de pelota, entraron en su única calle estrecha y una hora más tarde

cruzaron por delante del puente de Santesteban, hacia Mugaire. El

viento frío traía lluvia mezclada con nieve.

Al caer de la tarde entraron en la venta de Mugaire a calentarse y a

merendar. Poco después siguieron el camino.

Ya de noche, llegaron a Almandoz. Una patrulla carlista les detuvo y

les pidió pasaportes. Los soldados les indicaron la posada de la calle

por donde corría la carretera.

En el camino que sube desde Mugaire, a orillas del Bidasoa, hasta el

puerto de Velate, se encuentra Almandoz. El pueblo se halla a la mitad

de la cuesta.

En aquella hora todo estaba oscuro y desierto en la aldea, las casas

cerradas, no se veía una luz. Se comenzaba a sentir la guerra; en la

posada, ningún viajero; únicamente los amos de la casa, dos viejos,

padres del dueño; una mujer joven y un muchacho. El posadero, al

parecer, se encontraba en el campo carlista.

Prepararon la cena para Manón, Alvarito y Ollarra; se sentaron los tres

delante de la chimenea al amor de la lumbre. Manón, con su instinto,

creyó adivinar gente de buenos sentimientos en los viejos de la posada

y les contó a lo que iban y sus propósitos de buscar al abuelo.

—¿Ustedes conocen a los Bertaches? —les preguntó Alvarito.

—¿Quién no los conoce aquí? —exclamó el viejo.

—¿Son dos?

—Sí; uno se llama Luis y es subteniente en el 5.º de Navarra; al otro

le dicen Martín Trampa.

—¿Qué clase de gente son?

—Son unos bandidos, que tienen aterrorizado al pueblo.

—No sé para qué hablas así —exclamó la vieja en vascuence—; si lo

saben, te puede pasar algo malo.

—Que lo sepan; me tiene sin cuidado —murmuró el viejo.

—Y vosotros, ¿por qué queréis saber quienes son esos Bertaches?

—preguntó la vieja a Manón—. ¿Tienen algo que ver con el secuestro de

vuestro abuelo?

—Sí; y sospechamos que lo tengan preso aquí mismo, en Almandoz.

—Mañana se lo preguntaréis al sargento Iribarren, que es amigo de casa,

y él os lo dirá.

Después de cenar se colocaron todos al lado del fuego, alrededor de

la chimenea, y la vieja, que ya había adquirido confianza con los

viajeros, les contó cómo unos meses antes Martín Trampa y su criado

Malhombre entraron en la posada de noche a robar.

—Yo estaba sola en casa —dijo la vieja—, y oí desde la cama cómo abrían

la puerta. Luego, nuestro perro empezó a ladrar; pero, sin duda, le

echaron algo de comer y se calló. Yo no me atrevía a levantarme y

a bajar, porque pensé que si me presentaba, entre Martín Trampa y

Malhombre me hubiesen acogotado.

—¿Y por qué no me llamó usted a mí, abuela? —preguntó el muchacho

enfermo.

—Porque te hubieran matado a ti también.

—Ya lo hubiéramos visto.

—Tonto, más que tonto. ¿Qué hubieras hecho tú solo contra ellos?

—Estos Bertaches están ya aislados y todo el mundo los odia —dijo el

viejo—; ya no les queda mucho tiempo para mandar.

—¿Y es de aquí un tal Echenique? —preguntó Alvarito.

—Ese Echenique es el criado de Martín Trampa, a quien llaman Malhombre.

Malhombre roba y lo dice, y hasta ahora nadie se ha atrevido con él.

—¿Tan terrible es? —preguntó Ollarra malhumorado.

—Sí, es muy malo.

—No quisiera más que encontrarme con él.

—¿Para qué? —preguntó Alvarito.

—Para darle una paliza que le quitara las ganas de atropellar a los

demás.

A Ollarra, sin duda, la idea de que hubiese un matón que no fuera él le

ponía frenético.

Después de cenar, Chorua se presentó a comer los restos de la comida,

y Ollarra le hizo lucirse y hacer varias habilidades. Luego el viejo

trajo una botella de aguardiente. Alvarito probó el licor, que le

pareció fuerte, y Ollarra bebió muchas copas.

—Vamos a tomar otra copa —decía—, ¡la segunda!, y se echaba a reír.

Tenía que decir la segunda, aunque fuera la sexta o la séptima, y

celebraba su chiste con carcajadas. Era una gracia que imitaba del

herrador del pueblo.

La vieja se llevó la botella.

Se marcharon todos a sus respectivos cuartos. Alvarito pensó estar

oyendo a cada momento los ladridos del perro de la posada denunciando a

los ladrones, como había contado la vieja.

Al día siguiente, al levantarse Alvarito, salió de casa y se presentó

al sargento Iribarren, amigo de la gente de la posada. Al preguntarle

por Martín Trampa, el sargento le dijo que creía que no estaba en el

pueblo.

Iribarren recordaba que Martín y Malhombre tuvieron guardado a un viejo

en casa del sacristán, según decían, por liberal.

—¿Y Martín, dónde vive? —preguntó Álvaro.

—Ahí, en una plazoleta. Esta niña le enseñará a usted la casa.

—¿Tiene familia aquí?

—Sí; me figuro que estarán su madre, su mujer y su hermana.

La niña llevó a Alvarito delante de la casa de Martín Trampa, y como

si tuviera miedo, antes de llegar a ella, echó a correr y desapareció.

La casa de los Bertaches era grande, cuadrada, de cuatro aleros, con

un escudo pintado, en donde había esculpidas una cabeza de chino y las

armas de la familia Arreche: un árbol con dos osos.

Alvarito llamó, y salieron a la puerta una vieja flaca, acartonada

y dura, con mantón negro y toquilla arrollada a la cabeza, y poco

después, una muchacha de aire seco y suspicaz. Eran la madre y la

hermana de Martín Trampa. Alvarito explicó que deseaba hablar con

Martín para un asunto importante, y las dos mujeres contestaron en tono

áspero que el amo no estaba en Almandoz, que había ido hacía días a

Oyarzun.

—¿No saben ustedes cuándo vendrá?

—No, señor; no lo sabemos, ni nos importa tampoco —contestó la joven, y

cerró la puerta.

Alvarito volvió a la posada y contó a Manón cómo había visto a la madre

y a la hermana de Martín Trampa, y cómo le habían dicho que este se

hallaba en Oyarzun.

—Bueno, pues vamos a Oyarzun.

Discutieron si sería mejor volver de nuevo por el mismo camino y

marchar por Lesaca, o ir por Goizueta; pero como por Goizueta el camino

era peor, decidieron ir a Lesaca.

Almorzaron en Almandoz, salieron de prisa en el carricoche, llegaron al

anochecer a Lesaca, pararon en la posada de Gorringo, enviaron el coche

a Vera con Ollarra y alquilaron tres caballerías.

Al día siguiente, con una mañana de escarcha, subieron por el monte a

la ermita de San Antón; comieron allá y contemplaron una gran ferrería

abandonada al pie de la enorme pared de la peña de Aya.

—¿Te gustaría vivir aquí? —preguntó Alvarito a su compañera.

—¡A mí, no; qué horror! —dijo Manón—. Es uno de los sitios más tristes

que he visto.

—¡Bah! Todos los sitios son lo mismo —replicó Ollarra—. Habiendo qué

comer, lo mismo da.

—¿Así te parece a ti? —preguntó Manón.

—Naturalmente. Solo a señoritas estúpidas y remilgadas se le pueden

ocurrir esas tonterías.

—¡Bah! ¿Tú que sabes cómo son las señoritas?

—Ya sé que son tontas y caprichosas y que hay imbéciles que les hacen

caso. No sería yo de esos.

Manón pensó que quizá Ollarra sospechaba que era mujer. No quiso

decirle nada. Ollarra parecía tener mal humor y fue por el camino solo.

Cruzaron por delante de los caseríos de Arichulegui y comenzaron a

bajar hacia Oyarzun.

Manón y Alvarito entretuvieron el aburrimiento del camino hablando de

sus amistades de Bayona, de la tertulia de Madama Lissagaray y de la

extraña situación en que se encontraban.

—Si salvas al abuelo, te voy a querer mucho, Alvarito —le dijo Manón.

Alvarito volvió la cabeza melancólicamente en señal de duda.

—¿No lo crees? —preguntó ella.

—No.

—¿Por qué no lo crees? —volvió a preguntar Manón con coquetería.

Alvarito se encogió de hombros y se puso a pensar en el carácter de

aquella muchacha, que tanto lugar ocupaba en su vida.

¿Manón le quería o no le quería? Álvaro notaba que ella le iba tomando

afecto; pero le faltaba conquistarla del todo. Quedaba siempre en Manón

como un último baluarte irreductible, independiente y caprichoso.

Tan pronto favorable, tan pronto adversa, así la veía a Manón. Quizá

ella, con respecto a Alvarito, había decidido algo: quererle o no

quererle; quizá no había decidido nada, y dejaba pasar el tiempo por

si alguien llegaba a interesarle más, a arrastrarle por completo,

rindiendo aquel último baluarte inexpugnable, siempre decidido a no

rendirse.

La nave de los locos · 第 54 / 149 题