Ollarra se manifestó, como compañero de viaje, de muchos recursos,
a veces de felices ocurrencias; pero, en general, de genio sombrío
y malhumorado. Todos sus conocimientos venían de la propia
fuente de la Naturaleza, sin pasar por libros. Sacaba de su boca
alternativamente chirridos de lechuza y batir de alas de este pájaro
crepuscular, lamentos de búhos, ladridos de perros y canto de tordos,
de ruiseñores y petirrojos. Imitaba todo con perfección. Silbaba
también admirablemente aires campesinos, a los que añadía florituras
complicadas.
Su canción favorita era una canción en patuá gascón, que comenzaba así:
Six sous costaren
six sous costaren les esclós.
Esta canción de melodía romántica y de letra ordinaria y vulgar le
gustaba a Ollarra, porque, sin duda, satisfacía al mismo tiempo su
sentido musical poético y su instinto de ironía brutal y salvaje.
Este gusto por tal mezcla es frecuente entre los vascos. Parece que la
canción así llena como dos departamentos del espíritu: uno, el ansia
romántica de vaguedad, y el otro, el instinto grosero de sátira y de
burla.
Ollarra tenía grandes habilidades.
Distinguía muy bien los pájaros en el aire, por la manera de volar,
y conocía los huevos encontrados entre las matas y sabía a qué ave
pertenecían. Con la colaboración de Chorua, hasta marchando por el
camino en el carricoche hallaba ocasión de cazar o de coger algo.
Ollarra compendiaba en su cabeza una serie de ideas falsas sobre las
costumbres y los instintos de los animales, una historia natural
fantástica.
La geografía suya era también reducida hasta lo absurdo. En el mundo
había, principalmente, vascos, para él los hombres normales; gascones,
tipos ridículos, capaces de comer hierbas del campo en ensalada; luego
españoles, que casi todos eran curas o soldados; franceses tripudos,
con bigotes amarillos, e ingleses, que todos eran serios; luego había
América, una tierra rica que se disputaban ingleses, franceses y
españoles.
Ollarra era de una independencia salvaje. Al oírle daba la impresión de
que se había propuesto llevar la contraria a todo el mundo; lo que a la
mayoría parecían virtudes a él se le antojaban defectos.
—Es un cochino —decía de alguno—; no hace más que trabajar a todas
horas.
De otro indicaba:
—No sé qué le encuentra a su padre para tenerle ese cariño.
Esos lazos naturales de padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y
hermanas le parecían debilidades y necedades. También debía considerar
como cosa ridícula el sentir amor por la tierra. Oyéndole, parecía que
lo natural en el hombre era odiar al prójimo cordialmente.
—Yo no soy ni español ni francés —decía—. De donde se viva mejor
—añadía riendo con cierta cólera, y traducía su frase unas veces al
francés y otras al castellano.
—¿Tú no sabes leer? —le preguntó Álvaro.
—Yo, no; ¿para qué? Eso no sirve para nada.
—¿Cómo que no sirve?
—Yo, al menos, no he tenido nunca necesidad de leer.
—¿Así que no has aprendido nada?
Ollarra se encogió de hombros con desprecio.
—¿No sabes la doctrina?
—¿Qué es la doctrina? ¿Ese libro pequeño que llevan los chicos a la
escuela?
—Sí; ¿no te la han enseñado?
—No; ¿eso para qué sirve?
—Enseña a amar a Dios y al prójimo.
—¡Bah!, esas son tonterías —masculló Ollarra con cólera, azotando con
el látigo al caballo.
Durante algún tiempo Ollarra había vivido en Francia, muy adentro del
país, en tierra de gascones, donde no se hablaba vascuence, dedicado a
pescar en un río, cuyo nombre ignoraba, y a cazar cuervos y cornejas.
Cazaba los cuervos, según contaba, con cucuruchos de papel llenos de
liga, en los que metía cebo. También los cogía con anzuelo o poniendo
carne de caballo o de mulo, envenenada con nuez vómica.
Ollarra, huérfano de madre desde muy niño, fue protegido durante su
infancia por un brujo y una bruja de Oleta, con quienes vivía.
Ollarra contó, con su acento mixto de cólera y de ironía, las mentiras
y socaliñas empleadas por el brujo de Oleta para engañar a los
incautos, en las cuales el muchacho tomaba parte muy importante, pues
antes de entrar a ver al brujo, se obligaba a esperar a los clientes
en un cuarto del caserío, y entre la vieja y Ollarra, haciéndose los
tontos, sonsacaban a los crédulos sus intimidades y sus preocupaciones
y luego se las contaban al brujo. A casa del hombre de Oleta solía ir
gente distinguida para que les dieran hechizos.
—¿Y tu padre? —preguntó Alvarito a Ollarra.
—Es desertor francés y contrabandista. Ahora está enredado con una
gitana. Es un puerco.
—¿Cuántos años tienes?
—No sé. Diecisiete o dieciocho. Lo mismo da uno más que uno menos.
—¿Y no tienes novia? —le preguntó Manón.
—Sí; ahí tengo una chica en Oleta. Ya le he dicho que me casaré con
ella cuando sea mayor y tenga algún dinero; pero siempre me viene con
tonterías y arrumacos, y que si la olvido o no la olvido.
—A las novias hay que mimarlas —dijo Manón.
—Tú qué sabes —replicó Ollarra con violencia—. Eres demasiado chico
para enterarte de esas cosas. Todas las mujeres son así: embusteras y
amigas de mimos y de engaños. Bien tonto será quien haga caso de ellas.
Ollarra siguió hablando en el mismo tono. Era el ímpetu, la imaginación
sin freno, el orgullo desatado. Sentía pasión infantil por la aventura,
no acompañada de la menor reflexión; creía que con valor y energía todo
debía salir bien. Su credulidad y confianza en sus recursos, ilimitada,
sin contrastar con los demás, le daban ideas no muy claras sobre los
hombres. En parte les temía y en parte les despreciaba.
Manón pretendía amistarse a toda costa con Ollarra; pero este la miraba
con desdén, la consideraba como a un chico y como a un chico afeminado.
Alvarito iba conociendo a Manón. Comprendía cómo a ella, acostumbrada
a dominar y a subyugar fácilmente, le extrañaba y mortificaba que el
joven salvaje no la tomara en cuenta.
Alvarito sentía cierta admiración por Ollarra; pero sospechaba de
él, por su carácter inquieto, soberbio y malhumorado; le creía
misterioso, poco seguro y capaz de cualquier barbaridad o de cualquier
traición. Ollarra, en cambio, tenía gran curiosidad y cierta simpatía
por Alvarito, toda la simpatía de que él era capaz. Se reía mucho
viéndole tan torpe para las cosas materiales. Sin duda, su nuevo amo
se le representaba como el tipo de la ciudad: del hombre inútil, que
sustituye la falta de energía con dinero.
Ollarra disfrutaba de su nueva posición con delicia. Se pavoneaba, se
dedicaba a comentarios mortificantes, hacía restallar el látigo en el
aire y el carricoche iba al vuelo.
El día mismo que salieron de Vera, la primera parada fue en la venta
de Yanci. Durante el almuerzo, Manón y Alvarito se rieron, viendo al
perro, a Chorua, que se echaba sobre su amo, jugaba con él y le lamía
la cara. El muchacho y el perro vivían identificados: una mirada de
Ollarra o un silbido bastaban para que el perro le entendiera.