Llegaron a Vera Alvarito y Manón y fueron a casa de un chatarrero,
cliente de Chipiteguy, que vivía en la calle de Alzate. Este chatarrero
se llamaba Salomón y por aquellos días no se encontraba en el pueblo.
Su mujer, a quien decían la Salomona, era una hembra juanetuda, baja y
cuadrada, de hablar medio asturiano, medio gallego.
El portal de la casa de Salomón estaba lleno de trozos de hierro viejo,
plomo y otros metales, géneros que el chatarrero negociaba con los
carlistas.
La Salomona, a pesar de mantener su marido relaciones comerciales con
Chipiteguy, no atendió gran cosa a Manón ni a Alvarito y les envió a
pasar la noche a una posada del barrio de Yllecueta.
Alvarito supo por el dueño de la posada que el chatarrero tenía mala
fama en el pueblo. Se le achacaba el asesinato de un compañero suyo
en el monte para robarle. Alvarito contó esto a Manón y los dos
decidieron no hablar nada a la Salomona del fin que perseguían en su
viaje.
Al día siguiente, la mujer del chatarrero invitó a los dos muchachos a
quedarse en su casa, pero ellos no aceptaron.
La Salomona sospechó que Manón era una chica disfrazada y se lo dijo.
—A mí no me la da usted. Usted es mujer.
—¿En qué lo ha notado usted?
—Se le conoce fácilmente. ¿Se ha escapado usted con su novio?
—No; ese muchacho no es mi novio.
La Salomona hizo un gesto de incredulidad.
Manón comprendió debía de adquirir, a ser posible, aire más tosco y más
aldeano; pensó también que quizá les fuera conveniente algún criado,
algún hombre del país, a sueldo, conocedor de los caminos, de las
costumbres y de las personas.
A Alvarito le pareció bien la idea.
El joven Sánchez de Mendoza fue a visitar al coronel Lanz, comandante
del puesto de Vera. Se presentó a él como hijo de un correligionario y
le explicó que iba a ver de rescatar a su principal, secuestrado no se
sabía en dónde.
El comandante dio pasaporte para Álvaro y para un supuesto primo, Mario
Ezponda, y cartas de recomendación para personas importantes de la
provincia. Le hizo también que le acompañara un sargento por Vera.
Entre tanto Manón, marchando por la orilla de un arroyo, por detrás de
la calle de Alzate, llegó hasta un caserón viejo llamado Itzea. Entre
Itzea y un molino vio a un muchacho metido en el arroyo registrando con
un palo los agujeros de la orilla, sin duda para coger truchas. En
esto pasaron unas vacas y recentales a beber en el arroyo, y uno de los
terneros se paró, hizo ademán de embestir y asustó a Manón, que dio un
grito.
—No hay que asustarse —dijo el muchacho del arroyo, y saliendo a la
orilla, amenazó con el palo al ternero, que se alejó a galope. Luego
miró a Manón y le preguntó en vascuence, con rudeza:
—¿Quién eres tú? ¿De dónde eres?
—Yo soy francés. ¿Y tú?
—Yo soy Ollarra o Cascazuri.
—¿Por qué te llaman así?
—Me llaman Ollarra (el Gallo), porque así llamaban a mi padre, y
Cascazuri (cabeza blanca), porque soy rubio. Yo también he estado en
Francia. _¡Oui, Monsieur, Oui!_
—¿Y qué haces?
—Yo, pescar y cazar.
—¿Tienes familia aquí?
—No.
—¿Pues dónde vives?
—Ahí, cerca de este barrio, hay un convento viejo de Capuchinos, al que
le pegaron fuego los negros. En él duermo.
—¿Qué negros?
—¿Eres tonto? ¿No sabes quienes son los negros? Los liberales. El
general Jáuregui el Pastor lo mandó.
—¿Este perro es tuyo?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Chorua (el loco).
—¿Es loco de verdad?
—Sí, muy loco.
Ollarra saltó de nuevo al fondo del arroyo con intención de seguir
sus exploraciones con su palo, cuando, mirando a una vieja asomada al
ventanillo de una casa pequeña próxima, dijo:
—Esa vieja que se asoma a la ventana es bruja.
—¡Bah!
—Sí, dicen que sabe embrujar y desembrujar los colchones y las
almohadas con unas tijeras que pone en cruz.
—¿Y tú crees en eso?
—Yo, no, ¡ca!
Ollarra, alto, fuerte, rubio, con el pelo dorado, la cara larga, los
ojos claros grises y el aire serio, tenía color de hombre del Norte y
expresión, sobre todo en los ojos, de hombre del Sur, cosa bastante
frecuente en los vascos. Se veía en él un mozo atrevido, enérgico,
despreocupado y valiente. Sonreía a veces mostrando su dentadura blanca
y fuerte de mastín.
—¿Por qué no vas a ver a mi amo? —le preguntó Manón.
—¿Para qué?
—Mi amo necesita uno que le acompañe; le pagará bien.
—¿Y qué hay que hacer?
—Viajar; ir de un pueblo a otro.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Dónde está tu amo?
—Ahora estará en la posada de Arotzenea o en casa de la Salomona.
—Bueno; vamos.
Ollarra se puso las alpargatas y, seguido de Chorua y en compañía de
Manón, fue al barrio de Yllecueta. Entró la muchacha en la posada y se
encontró a Alvarito hablando con el sargento que le acompañaba. Dijo
a Álvaro cómo había encontrado un mozo capaz de servirles bien en sus
trabajos de buscar a Chipiteguy. Debían ofrecerle un buen jornal, y si
llegaban a libertar al abuelo, gratificarle.
—¿Cómo se llama ese mozo?
—Ollarra.
—¿Usted le conoce? —preguntó Álvaro al sargento.
—Sí; es buen chico, un poco salvaje, muy hurón —contestó el sargento—.
No para en ningún lado; pero para acompañarle en un viaje le puede
servir a usted.
—¿Es de aquí?
—No; aquí vino con unos gitanos, que hacían cestas; pero él no es
gitano; cuando se marcharon él se quedó en el pueblo, recogido en un
caserío. Luego se hizo amigo de un contrabandista, que le daba de comer.
—¿Y qué hace ahora?
—Unas veces caza, otras pesca, otras contrabandea.
Ollarra subió al cuarto que ocupaba Alvarito y hablaron; Manón sirvió
de intérprete, porque Ollarra no sabía apenas castellano ni francés.
El sargento quiso burlarse de Ollarra, que no le hizo el menor caso.
Ya de acuerdo, y aceptado el mozo como criado o ayudante, por la tarde
llevó los tres caballos traídos desde Sara por Álvaro y Manón y de
noche volvía a pie.
—¿Qué hay que hacer mañana por la mañana? —preguntó Ollarra en la
posada a Alvarito.
—Hay que alquilar un coche y salir para Almandoz.
—Se necesitará dinero.
—¡Ah, claro! ¿Cuánto se necesitará?
—Según para los días que tomemos el coche.
—Para tres o cuatro.
—Creo que ya pedirán un duro al día.
—Bueno, paga lo que sea.
Y Alvarito dio a su nuevo criado diez duros.
—¿A qué hora queréis salir?
—A las ocho.
Ollarra buscó por el pueblo hasta que encontró un carricoche en un
caserío de la estrada de Alzate a Vera, y para las ocho estaba a la
puerta de la pasada, y poco después iban los tres jóvenes camino de
Almandoz, seguidos por Chorua.