ALVARITO Y MANÓN

Dejamos en _Las Figuras de Cera_ nuestros muñecos de carne y hueso, de

carne y hueso literario colocados como en un tablero de ajedrez, antes

de comenzar la partida, y vamos a continuar esta.

Pasaba el tiempo en Bayona, como pasa en todas partes ese principio que

algunos filósofos pragmatistas califican de no homogéneo, y Chipiteguy

no aparecía en la casa del Reducto. Alvarito y Manón discutieron mucho

lo que debían de hacer. Consultaron con la andre Mari y con Marcelo y

decidieron marchar en busca del viejo.

Alvarito pensó ir él solo a España; Marcelo no sabía castellano y no

hubiera podido ayudarle.

Decidido a llevar a cabo su empresa el joven Sánchez de Mendoza intentó

orientarse, saber qué datos podía conseguir y con qué amistades podía

contar. Su padre le habló mucho; pero como era su costumbre, no le dijo

nada en concreto. Sabido era que el buen hidalgo no tenía el sentido

de lo concreto.

El señor Silhouette le dio una recomendación para el cura de Sara,

y Max Castegnaux dijo a Alvarito que en el ejército carlista había

un pariente suyo, y también de Chipiteguy, llamado René Lacour. René

había estado de oficial de Ingenieros con Zumalacárregui y servía en

el batallón llamado Requeté. Por entonces debía de ser capitán, si no

tenía mayor graduación.

La señora Lissagaray y Rosa advirtieron a Alvarito que hacía mal en

marchar a España y en exponerse a los mil peligros de la guerra, porque

él no tenía la culpa de que el viejo Chipiteguy se metiera en asuntos

difíciles y poco honrados.

Alvarito vacilaba; pero la idea de servir a Manón le daba nuevos

impulsos.

—Nada, yo te acompaño —dijo Manón.

—¿De verdad?

—Y tan de verdad. No es broma, ni mucho menos. Yo no voy a bromear con

una cosa que tanto me interesa; es un proyecto serio y firme.

—Eso es un disparate, un puro disparate —exclamó la andre Mari al saber

la idea.

—¿Por qué?

—Porque sí. Es indudable que es comprometido y peligroso el que una

muchacha joven y no mal parecida entre en la zona de la guerra, que,

como se sabe, es un teatro de violencias.

—Bueno; me vestiré de chico.

—Y te conocerá todo el mundo que vas disfrazada.

Alvarito daba la razón a la andre Mari. No le parecía bien el viaje de

la muchacha, aunque pensaba que acompañar a Manón sería para él una

gran delicia.

Manón, decidida, se preparó para el viaje y, sin ninguna pena, se

cortó el pelo. Alvarito vio caer aquellos cabellos de oro con gran

sentimiento y guardó en su cartera uno de los bucles.

Como todo el mundo consideraba a Frechón cómplice en el secuestro de

Chipiteguy, y el dependiente había desaparecido, se le siguió la pista.

Un mozo de un alquilador de caballos de la calle de las Carnicerías

Viejas indicó que, días antes del secuestro, Frechón tomó un coche con

un caballo. Alvarito preguntó las señas del vehículo y le dijeron que

era un cabriolé amarillo, que siguió la dirección de San Juan de Luz.

Alvarito y Manón salieron de Bayona y fueron a San Juan de Luz. En este

pueblo pararon en casa de una señora, pariente de Manón, que vivía

cerca de la iglesia. La señora les alojó muy bien y Alvarito durmió en

una alcoba tapizada de rojo, con cortinas también rojas y dos grandes

espejos.

Alvarito preguntó en dos o tres puntos por el cabriolé amarillo y dio

con él en el patio de una posada de Ciburu, en el camino de Behotegui.

La posada, próxima a la carretera, parecía una clásica posada española,

con un patio grande, como una plazoleta, y un cobertizo en el fondo,

debajo del cual había carros, de los que descargaban fardos, cajas y

montones de cestos.

Alvarito preguntó por el cochero del cabriolé amarillo; pero no estaba.

Se había marchado, según le dijeron, a Bayona, y de allí a Pau.

Alvarito y Manón siguieron en dirección a la frontera y se detuvieron

en la posada de Urruña. En el pueblo, Chipiteguy conocía a un vinatero

republicano, padre de un muchacho joven. Este, a quien habló Alvarito,

se encargó de seguir la pista de Frechón y de averiguar el camino

seguido por él.

Por los datos que recogió el hijo del vinatero, el cabriolé amarillo,

sin pasar de Urruña, volvió a San Juan de Luz. Frechón avanzó,

sin duda, desde allí a caballo. Manón y Alvarito pensaron que el

dependiente de Chipiteguy no había seguido a Irún; para ir a España no

hubiera dejado el coche. Probablemente debía haberse dirigido a Sara o

a Vera.

—¿Qué hacemos? —preguntó Alvarito.

—¿Qué hemos de hacer? Seguir.

—¿Estás decidida a entrar en España?

—Yo, completamente decidida.

—¿Por dónde vamos?

—Por donde tú digas.

—Por Irún sería lo más rápido —indicó Alvarito—; pero me han dicho que

estos días los liberales vigilan mucho la frontera y que han traído

hasta perros para guardarla.

—Dejemos entonces Irún.

—Sí, creo que será lo mejor; además que en el campo liberal no es donde

nosotros tenemos que hacer nuestras indagaciones, sino en el carlista.

—Tú decides.

—Muy bien; pero yo quisiera consultarte siempre. A mí, lo que me parece

mejor, es ir a Sara. Tomar aquí informes entre los franceses amigos de

los carlistas, y luego, si hay necesidad, entrar en España por Vera.

—Pues, nada; está decidido. Vamos.

La nave de los locos · 第 45 / 149 题