Al reanudar el viaje con mis amigos en el auto he supuesto que todos
los tipos míos, medio vistos, medio pensados, observan las vacilaciones
de mi espíritu un poco cariacontecidos. Así que, para tranquilizarlos,
mientras el paisaje y el mar sombrío corren por delante de mis ojos, he
murmurado:
—Queridos hijos espirituales: todos entraréis, si no en el reino de los
cielos, en mi pequeña barraca; todos pasaréis adelante, los buenos y
los malos, los imaginados y los soñados; los de manta y los de chaquet
con trencilla, los bien construidos y los deformes, los muñecos y las
figuras de cera. Los más humildes tendrán su sitio al lado de los más
arrogantes. Nos reiremos de los retóricos y de las gentes a la moda,
de los aristócratas y de los demócratas, de los exquisitos y de los
parnasianos, de los jóvenes sociólogos y de los que hacen caligrafía
literaria. Seremos antialmanaquegothistas y antirrastacueros.
Saltaremos por encima de las tres unidades clásicas a la torera; el
autor tomará la palabra cuando le parezca, oportuna o inoportunamente;
cantaremos unas veces el Tantum ergo y otras el _Ça ira_; haremos todas
las extravagancias, y nos permitiremos todas las libertades...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Así termina el prólogo del presente volumen de las _Memorias de un
hombre de acción_, _Memorias_ que han llegado al tomo XV, y que a esta
altura presentan ya oscuridad tan grande, que no sabemos quién es el
autor verdadero de los cinco o seis que se citan como tales en el
transcurso de tan larguísima obra.