Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, quien le encarga
el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de
esta actriz, y de su primera representación en la corte.
Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber
el resultado de mi viaje. «Gil Blas--me dijo--, ¿has visto a nuestra
comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor--le
respondí--, la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las
mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia,
que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus
habilidades.»
«¿Es posible?--exclamó el ministro con una satisfacción interior que
leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo
por su interés personal--. ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable
como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea.--le respondí--,
confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.»
«Santillana--replicó su excelencia--, hazme una puntual relación de tu
viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la
palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura
inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués
de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada
viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber
hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre
aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia
sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su
favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa--añadió--del
modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de
sonar únicamente Gil Blas de Santillana.»
Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quería que él
despachase una orden por la cual el rey admitía en su compañía cómica
a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy bien, señor de
Santillana--respondió Carnero con una sonrisa maligna--; al momento
será usted servido, porque, según todas las señas, usted se interesa
por esas dos damas.» Al mismo tiempo extendió de propio puño y me
entregó la orden, que sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo
lacayo que me había acompañado a Toledo. Ocho días después llegaron
a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al
corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo a decir por
medio de un billete. Pasé al punto a la fonda, en donde, después de
mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dejé
para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, deseándosela
dichosa y brillante.
Se hicieron anunciar al público como dos actrices nuevas que la
compañía del Príncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y
representaron por primera vez una comedia que solían representar en
Toledo con aplauso.
¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a
espectáculos? Hubo aquel día en el corral de comedias un concurso
extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falté a esta
representación. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase,
porque, por más confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre
y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba por ellas. Pero
apenas abrieron la boca se desvaneció mi temor con los aplausos que
recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en
la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles
amorosos. Esta última arrebató los corazones: unos admiraron la
hermosura de sus ojos, a otros encantó la suavidad de su voz, y
sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron
hechizados de su persona.
El conde-duque, que se interesaba más de lo que yo creía en el estreno
de esta actriz, asistió aquella tarde a la comedia, y le vi salir
hacia el fin de la función muy prendado, a lo que me pareció, de
nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber si había quedado
satisfecho de ellas, le seguí a su casa, y metiéndome en su gabinete,
en donde acababa de entrar, «Y bien, señor excelentísimo--le dije--,
¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» «Mi excelencia--me
respondió sonriéndose--sería descontentadiza si se negara a unir su
voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado de tu Lucrecia,
y no dudo que el rey la vea con placer.»