CAPITULO XII

Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave

aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió.

Apenas se había ausentado Escipión, cuando un paje del ministro entró

en mi cuarto y me entregó un billete que contenía estas palabras: «Si

el señor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesón de

San Gabriel, en la calle de Toledo, verá en él a uno de sus mayores

amigos.» «¿Quién podrá ser este amigo?--decía entre mí mismo--. ¿Y por

qué razón me ocultará su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de

verle con el sainete de la sorpresa.»

Salí al instante de casa, me encaminé a la calle de Toledo, llegué al

sitio señalado y me quedé no poco suspenso de encontrar a don Alfonso

de Leiva. «¡Qué es lo que veo!--exclamé--. ¡Vuestra señoría aquí,

señor!» «Sí, mi querido Gil Blas--me respondió teniéndome estrechamente

abrazado--. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la

vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría a Madrid?»,

le dije. «Te voy a sorprender--me respondió--y afligirte enterándote de

la causa de mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de Valencia

y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar

cuenta de mi conducta.»

Permanecí un cuarto de hora en un profundo silencio; después, volviendo

a tomar la palabra, «¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada

sé--respondió--; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice

tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla

confinado en su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad--interrumpí yo--que

vuestra señoría tiene razón en atribuir su desgracia a esta indiscreta

visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá

le diga que se olvidó de consultar su acostumbrada prudencia cuando

fué a ver a un ministro desgraciado.» «El yerro ya se cometió--me dijo

él--, y he tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré con mi

familia a la quinta de Leiva, donde pasaré en un profundo sosiego el

resto de mis días. Lo único que ahora me aflige--añadió--es el verme

obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quizá

me recibirá con poco agrado, cosa intolerable para quien nació con

alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte

antes de someterme a ella.» «Señor--le dije--, no se presente vuestra

señoría al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa,

pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra señoría se

servirá llevar a bien que yo dé en el asunto todos aquellos pasos que

exigen de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, le dejé en el

mesón, asegurándole que dentro de poco nos volveríamos a ver. Como yo

no intervenía ya en ningún negocio de Estado desde las dos Memorias

de que he hecho tan elocuente mención, fuí a buscar a Carnero para

preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le había

quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme que sí, pero

que ignoraba la causa de ello. Con esto resolví sin vacilar acudir al

mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que podía tener

para estar quejoso del hijo de don César.

Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no

tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos

del conde. «¿Qué tienes, Santillana?--me preguntó luego que me vió--.

Descubro en tu semblante señales de pesadumbre, y aun veo que las

lágrimas están prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido alguno?

¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor--le respondí llorando--,

aun cuando quisiera disimular mi pena, no podría, porque casi llega a

términos de desesperación. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador

de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podían darme noticia que me

fuera más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?--repuso el ministro

admirado--. ¿Pues qué tienes tú con don Alfonso ni con su gobierno?»

Entonces le hice una puntual relación de todas las obligaciones que

debía a los señores de Leiva, y después le conté cómo y cuándo había yo

obtenido del duque de Lerma para el hijo de don César el gobierno de

que se trataba.

Después que su excelencia me oyó con una atención llena de bondad

hacia mí, me dijo: «Enjuga tus lágrimas, amigo mío. Además de que yo

ignoraba lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba a don

Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La

visita que hizo a este purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso?

Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido su empleo por

aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de

agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te

le debía a ti; pero si deshice lo que habías hecho tú, puedo repararlo,

y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso

de Leiva, tu amigo, no era más que gobernador de la ciudad de Valencia,

pero yo le hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia para que

le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar

juramento.» Cuando oí estas palabras, pasé del extremo de la aflicción

a un exceso de alegría que me enajenó, en términos que lo conoció su

excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le

desagradó el desconcierto de mis palabras, y como le había enterado de

que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que podía yo presentársele en

aquel mismo día. Fuí volando al mesón de San Gabriel, en donde colmé

de gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo empleo. No podía

creer lo que yo le decía, porque tenía dificultad en persuadirse de

que, por más amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de

dar virreinatos por mi influjo. Condújele a casa del conde-duque, que

le recibió muy afablemente y le dijo que se había comportado tan bien

en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole el rey

apto para desempeñar un empleo más elevado, le había nombrado para el

virreinato de Aragón. «Por otra parte--añadió--, esta dignidad no es

superior a la categoría de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa

no podría quejarse de la elección de la Corte.» Su excelencia no me

tomó en boca y el público ignoró la parte que yo había tenido en aquel

negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las

habladurías del público sobre el nombramiento de un virrey que era

hechura mía.

Luego que el hijo de don César estuvo seguro de su promoción, despachó

un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al

momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme y

colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. ¡Qué espectáculo

tan tierno y glorioso fué para mí ver a las tres personas que más

amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi

amor como al esplendor que el virreinato iba a añadir a su casa, no

hallaban palabras con qué manifestar su reconocimiento. Me hablaban

como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que habían

sido mis amos; todo les parecía poco para darme pruebas de amistad.

Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, después de haber

recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado

el juramento acostumbrado, marchó de Madrid con su familia para ir a

establecer su residencia en Zaragoza. Hizo allí su entrada pública

con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus

aclamaciones que yo les había dado un virrey que les era muy acepto.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 62 / 102 题