CAPITULO XII

Fin de la historia de Escipión.

»Ocasiones hay en que el mal ejemplo suele producir buenos efectos. La

conducta que el joven Velázquez había tenido me obligó a hacer serias

reflexiones sobre la mía. Comencé a combatir mi inclinación a hurtar y

me propuse vivir como hombre honrado. El hábito que yo había contraído

de apoderarme de cuanto dinero podía haber a las manos se había

radicado en mí con actos tan repetidos que no era fácil de vencer. Sin

embargo, esperaba lograrlo, persuadido de que para ser virtuoso no es

menester mas que quererlo de veras. Emprendí, pues, esta grande obra,

y el Cielo bendijo mis esfuerzos; dejé de mirar con ojos codiciosos

el arca del mercader anciano, y aun creo que aunque hubiera estado

en mi mano sacar de ella algunos talegos no los hubiera tocado. Sin

embargo, confesaré que hubiera sido gran imprudencia poner a prueba mi

integridad reciente, de lo cual se guardó muy bien Velázquez.

»Concurría frecuentemente a su casa un caballero joven de la Orden de

Alcántara, llamado Manrique de Medrano. Todos le estimábamos mucho,

porque era uno de nuestros parroquianos más nobles, aunque no de los

más ricos. Prendóse tanto de mí este caballero, que siempre que me

encontraba se detenía a hablar conmigo, mostrando gusto en ello.

«Escipión--me dijo un día--, si yo tuviera un criado de tan buen

humor, creería poseer un tesoro, y si no estuvieras con un sujeto a

quien estimo, nada omitiría para atraerte a mi servicio.» «Señor--le

respondí--, eso le costaría muy poco a vuestra señoría, porque tengo

inclinación a las personas distinguidas. Este es mi flaco; sus modales

caballerosos me encantan.» «Siendo eso así--me replicó don Manrique--,

quiero suplicar a mi amigo el señor Baltasar que permita te pases de

su servicio al mío, y creo que no me negará este favor.» Concedióselo

Velázquez inmediatamente, y con tanta mayor facilidad cuanto que se

persuadía que la pérdida de un criado bribón no era irreparable. Por mi

parte, me alegré de esta traslación, no pareciéndome el criado de un

mercader sino un desarrapado en comparación del criado de un caballero

de Alcántara.

»Para hacer a ustedes un retrato fiel de mi nuevo amo, les diré que era

un mozo arrogante, que encantaba a todos por sus apacibles costumbres

y por su talento y que además tenía mucho valor y probidad. Sólo le

faltaban bienes de fortuna; pero siendo el segundo de una casa más

ilustre que rica, se veía obligado a vivir a expensas de una tía

anciana residente en Toledo, que, amándole como si fuera hijo suyo,

cuidaba de suministrarle cuanto dinero había menester para mantenerse.

Vestía siempre con mucho aseo, y en todas partes era bien recibido.

Visitaba las principales señoras de la ciudad, y entre otras a la

marquesa de Almenara, que era una viuda de setenta y dos años, cuyos

modales atractivos y agudeza de entendimiento atraían a su casa toda la

nobleza de Córdoba. Damas y caballeros gustaban de su conversación, y

su casa se llamaba _la buena sociedad_.

»Mi amo era uno de los que más frecuentemente obsequiaban a esta

señora. Una noche que acababa de separarse de ella me pareció verle

en un desasosiego que no era natural. «Señor--le dije--, parece que

vuestra señoría está agitado. ¿Podrá este fiel criado saber la causa?

¿Le ha acontecido a vuestra señoría alguna cosa extraordinaria?»

Mi amo se sonrió a esta pregunta y me confesó que, con efecto, le

ocupaba la imaginación una conversación seria que acababa de tener

con la marquesa de Almenara. «Me alegrara--le dije riéndome--que

esa niña setentona hubiese hecho a vuestra señoría una declaración

de amor.» «Pues no lo tomes a chanza--me respondió--; has de saber,

amigo mío, que la marquesa me ama. Me ha dicho: «Me compadece tanto

vuestra escasa fortuna cuanto aprecio vuestra distinguida nobleza; os

miro con particular inclinación y he determinado daros mi mano para

proporcionaros un estado cómodo, no pudiendo decentemente enriqueceros

de otro modo. Preveo que este enlace dará mucho que reír de mí al

público, que seré objeto de las murmuraciones y que todos me tendrán

por una vieja loca que quiere casarse. No me da cuidado; todo lo

despreciaré por proporcionar a usted una suerte venturosa, y lo único

que temo--me ha añadido--es que mostréis repugnancia al cumplimiento

de mi deseo.» Esto es lo que me ha dicho la marquesa--prosiguió mi

amo--. Teniéndola, como la tengo, por la señora más juiciosa y prudente

de Córdoba, considera lo admirado que quedaría yo de oírla hablar

en aquellos términos. Le he respondido que me maravillaba de que me

hiciese el honor de proponerme su mano una señora que siempre había

persistido en la resolución de subsistir viuda hasta la muerte. A esto

me ha replicado que, poseyendo tan considerables bienes, quería hacer

participante de ellos en vida a un hombre honrado a quien estimaba.»

«Sin duda--le repliqué entonces--que vuestra señoría está ya resuelto a

saltar la valla.» «¿Puedes dudarlo?--me respondió mi amo--. La marquesa

es dueña de inmensos bienes y tiene prendas eminentes; era preciso

estar loco para malograr un establecimiento tan ventajoso para mí.»

»Alabéle mucho el pensamiento de aprovechar tan excelente ocasión de

adelantar su fortuna, y aun le persuadí que acelerase los preparativos;

tanto era el miedo que yo tenía de que se frustrase este enlace. Pero,

por fortuna, la marquesa estaba más deseosa que yo de que se realizara,

y a este fin dió órdenes tan eficaces, que en pocos días se dispuso

todo lo necesario para celebrar la boda. Apenas se esparció por Córdoba

la voz de que la marquesa vieja de Almenara se casaba con don Manrique

de Medrano, cuando comenzaron los bufones a divertirse muy a costa

de la buena viuda; pero por más que agotaron todas sus bufonadas y

chocarrerías, no aflojó ésta un punto en su resolución. Dejó hablar a

los ociosos y se fué muy sosegada a la iglesia con su don Manrique.

Celebróse la boda con tan gran fausto, que dieron nuevo motivo a la

murmuración. «La novia--se decía--debiera, a lo menos por pudor, haber

suprimido la pompa y el estrépito, como impropios en la boda de viudas

ancianas que se casan con mozos.»

»La marquesa, lejos de mostrarse avergonzada de ser a su edad esposa

de un joven como aquél, se entregaba sin reserva al gozo que con ello

experimentaba. Toda la nobleza cordobesa de uno y otro sexo estuvo

convidada a una espléndida cena y a un baile no menos suntuoso que

siguió después, al fin del cual nuestros recién casados desaparecieron

para ir a una habitación, donde, encerrándose con una criada mayor y

conmigo, la marquesa dirigió a mi amo estas palabras: «Don Manrique,

ved aquí vuestro cuarto; el mío está al otro extremo de la casa; de

noche cada uno estará en el suyo y por el día viviremos juntos como

madre e hijo.» Al principio se engañó mi amo, creyendo que la señora

no le hablaba de aquella suerte sino para obligarle a que le hiciese

una dulce violencia, e imaginándose que por buena correspondencia

debía mostrarse apasionado, se acercó a ella y se ofreció con vivas

instancias a servirle de ayuda de cámara. Pero ella, muy lejos de

permitir que la desnudase, le desvió con semblante serio, diciéndole:

«¡Deteneos, don Manrique! Si me tenéis por una de esas viejas verdes

que vuelven a casarse por fragilidad, estáis equivocado; no me he

casado con vos sino para proporcionaros las ventajas que puedo por

nuestro contrato matrimonial. Este es un don gratuito de mi corazón y

no exijo de vuestro reconocimiento sino demostraciones de amistad.»

Dicho esto, nos dejó a mi amo y a mí en nuestro cuarto, retirándose

ella al suyo con su criada y prohibiendo absolutamente al caballero que

le acompañase.

»Después que se retiró permanecimos los dos un gran rato atónitos de

lo que acabábamos de oír. «Escipión--me dijo mi amo--, ¿esperabas oír

lo que me ha dicho la marquesa? ¿Qué juicio haces de una señora como

ésta?» «Juzgo, señor--le respondí--, que es de lo que no hay. ¡Qué

dicha tiene usted en poseerla! ¡Esto se llama un beneficio simple sin

carga!» «Yo--replicó don Manrique--no acabo de admirar el carácter de

una esposa tan apreciable y pretendo compensar con todas las atenciones

imaginables el sacrificio que ha hecho por mí.» Continuamos hablando de

la señora y después nos retiramos a dormir, yo en una cama que había

en un cuartito inmediato y mi amo en otra regalada y magnífica que le

habían puesto y en la cual creo que allá en lo íntimo de su corazón no

le pesó mucho dormir solo, quedando pagado de ello con un ligero susto.

»El día siguiente comenzaron de nuevo los regocijos, en los que la

recién casada se mostró de tan buen humor que dió nuevo pábulo a las

chanzonetas de los zumbones. Ella era la primera que se reía de lo

que decían, los excitaba a chancearse y aun les daba pie para que

aumentasen la chacota. El caballero por su parte no se mostraba menos

contento que su esposa, y al ver el aspecto cariñoso con que la miraba

y le hablaba, se hubiera dicho que estaba enamorado de la ancianidad.

Aquella noche tuvieron los dos esposos otra conversación y quedaron de

acuerdo en que, sin incomodarse uno a otro, vivirían del mismo modo que

lo habían hecho antes de su casamiento. Sin embargo, merece elogiarse

la conducta de don Manrique: hizo por consideración a su mujer lo que

pocos maridos hubieran hecho en su lugar, que fué apartarse del trato

que tenía con cierta señorita de la clase media, a quien amaba y de la

que era correspondido, no queriendo, decía, mantener una amistad que

parecía insultar la delicada conducta que su esposa observaba con él.

»Mientras estaba dando unas pruebas tan visibles de agradecimiento a

esta señora anciana, ella se las pagaba con usura, aunque las ignorase.

Hízole dueño del arca de su dinero, que valía más que la de Velázquez.

Como había reformado su casa durante su viudez, la restituyó al mismo

pie en que estaba en vida de su primer marido; aumentó el número de

criados, llenó sus caballerizas de caballos y mulas; en una palabra,

por sus generosas bondades, el caballero más pobre de la Orden de

Alcántara llegó a ser el más opulento de ella. Acaso me preguntarán

ustedes qué saqué de todo esto: mi ama me regaló cincuenta doblones

y mi amo ciento, haciéndome además su secretario con el sueldo de

cuatrocientos escudos; y aun hizo de mí tanta confianza, que me nombró

su tesorero.»

«¡Su tesorero!», exclamé, interrumpiendo a Escipión cuando llegó

a este paso y riéndome a carcajadas. «¡Sí, señor!--me replicó con

semblante sereno y formal--. ¡Sí, señor, su tesorero! Y aun me atrevo

a decir que desempeñé con honor aquel empleo. Es verdad que acaso

habré quedado debiendo alguna cosilla a la caja, porque como me

cobraba anticipadamente de mi salario y dejé de repente el servicio

del caballero, no es imposible que haya resultado en la cuenta algún

alcance; de todos modos, es la última reconvención que se me podrá

hacer, supuesto que desde entonces acá he sido un hombre lleno de

rectitud y probidad.

»Hallábame, pues--continuó el hijo de la Coscolina--, de secretario y

tesorero de don Manrique, que vivía tan satisfecho de mí como yo lo

estaba de él, cuando recibió una carta de Toledo en que le noticiaban

que su tía doña Teodora Moscoso estaba a los últimos de su vida. Le

fué tan dolorosa esta noticia, que al momento partió a dicha ciudad

para asistir a aquella señora, que hacía muchos años desempeñaba con

él los oficios de madre. Acompañéle en aquel viaje con un ayuda de

cámara y un lacayo solamente, y montados todos cuatro en los mejores

caballos de la cuadra, llegamos en posta a Toledo, en donde encontramos

a doña Teodora en tal estado que nos dió esperanzas de que no moriría

de aquella enfermedad. Con efecto, no desmintió el resultado nuestros

pronósticos, aunque contrarios al de un médico ya viejo que la asistía.

»Mientras que la salud de nuestra buena tía se iba restableciendo

visiblemente, menos quizá por los remedios que le hacían tomar que

por la presencia de su querido sobrino, el señor tesorero empleaba

su tiempo lo más alegremente que podía con ciertos jóvenes cuyo

trato era muy a propósito para proporcionarle ocasiones de gastar su

dinero. Llevábanme algunas veces a los garitos, en donde me incitaban

a jugar con ellos, y como yo no era tan diestro jugador como mi amo

don Abel, perdía muchas más veces de las que ganaba. Insensiblemente

me iba aficionando al juego, y si me hubiera entregado del todo a

esta pasión sin duda me hubiera precisado a tomar de la caja algunas

mesadas anticipadas; pero, por fortuna, el amor salvó la caja y mi

virtud. Pasando yo un día cerca de la iglesia de San Juan de los Reyes

vi asomada a una celosía, cuyas portezuelas estaban abiertas, a una

linda niña, que más parecía deidad que criatura. Si encontrara otra voz

más expresiva, usaría de ella para dar a entender a ustedes la fuerte

impresión que sentí al verla. Informéme de quién era y, después de

varias diligencias, supe que se llamaba Beatriz y que era doncella de

doña Julia, hija segunda del conde de Polán.»

Beatriz interrumpió aquí a Escipión riendo a carcajada tendida, y

dirigiendo la palabra a mi mujer, «¡Amable Antonia--le dijo--, míreme

usted bien, y dígame por su vida si a su parecer tengo semblante de

divinidad!» «Por lo menos entonces--le dijo Escipión--lo tenías a mis

ojos; y ahora que tu fidelidad ya no me es sospechosa, me pareces

más hermosa que nunca.» Mi secretario, después de una respuesta tan

amorosa, prosiguió así su historia:

«Este descubrimiento acabó de encenderme, no a la verdad en un ardor

legítimo, porque me imaginé que fácilmente podría triunfar de su

virtud combatiéndola con presentes capaces de desquiciarla; pero yo

conocía mal a la casta Beatriz. Inútilmente le ofrecí mi bolsillo y

mis obsequios por medio de ciertas mujercillas mercenarias, pues oyó

con mucho enojo la propuesta. Su resistencia encendió más mis deseos,

y recurrí al último arbitrio, que fué ofrecerle mi mano, la que

aceptó luego que supo era yo secretario y tesorero de don Manrique.

Pareciónos a los dos que convenía tener oculto nuestro matrimonio

por algún tiempo, y así, nos casamos de secreto, siendo testigos la

señora Lorenza Séfora, aya de Serafina, y otros criados del conde de

Polán. Luego que me casé con Beatriz, ella misma me facilitó el modo

de verla y hablarle de noche en el jardín, en donde yo entraba por

una puertecilla cuya llave me entregó. Difícilmente se hallarían dos

esposos que se amasen con más ternura que nos amábamos Beatriz y yo:

era igual en ambos la impaciencia con que esperábamos la hora señalada

para vernos y hablarnos; ambos acudíamos allí con la misma ansia,

y siempre se nos hacía corto el tiempo que pasábamos juntos, aunque

algunas veces no dejaba de ser bien largo.

»Una noche, que fué para mí tan cruel como habían sido deliciosas las

anteriores, al ir a entrar en el jardín quedé sorprendido de hallar

abierta la puertecilla. Sobresaltóme aquella novedad, y formé de ella

un mal juicio; me puse pálido y trémulo, como si hubiese presentido

lo que iba a sucederme; y acercándome en medio de la obscuridad hacia

un cenador en donde había solido hablar a mi esposa, oí la voz de un

hombre; me detuve para percibir mejor, y al momento llegaron a mis

oídos estas palabras: _¡No me hagas penar más, mi querida Beatriz!

¡Completa mi felicidad, y piensa que de ella depende tu fortuna!_ En

vez de tener la paciencia de escuchar todavía, creí no tener necesidad

de oír más; un furor celoso se apoderó de mi alma, y, no respirando

sino venganza, desenvainé la espada y entré precipitadamente en el

cenador. «¡Ah vil seductor!--exclamé--. ¡Cualquiera que tú seas, antes

de quitarme el honor será menester que me arranques la vida!» Diciendo

estas palabras cerré contra el caballero que estaba en conversación con

Beatriz, que se puso al momento en defensa, y se batió como persona

más diestra en el manejo de las armas que yo, que no había recibido

sino algunas lecciones de esgrima en Córdoba. Sin embargo, a pesar de

su destreza le tiré una estocada que no pudo parar, o más bien tuvo un

tropiezo: vile caer al suelo, y creyendo haberle herido mortalmente,

me puse en salvo a carrera tendida, sin querer responder a Beatriz, que

me llamaba.»

«Así fué puntualmente--interrumpió la mujer de Escipión, dirigiéndonos

la palabra--. Yo le llamaba para sacarle de su error. El caballero

que estaba hablando conmigo en el cenador era don Fernando de Leiva.

Este señor, que amaba tiernamente a mi ama Julia, estaba determinado

a sacarla de casa, pareciéndole que no la podría conseguir sino por

este medio, y yo misma le había citado para el jardín con el fin de

concertar con él esta fuga, de la cual me aseguraba él que pendía mi

fortuna; pero por más que llamé a mi esposo, se alejó de mí como de una

esposa infiel.»

«En el estado en que me hallaba--replicó Escipión--, era capaz de

eso y mucho más. Los que saben por experiencia qué cosa son celos

y las extravagancias que hacen cometer aun a los más sensatos, no

se admirarán del trastorno que causaron en mi débil imaginación. Al

momento pasé de un extremo a otro: a los sentimientos de ternura que

un instante antes me animaban hacia mi esposa me sobrevinieron bien

pronto impulsos de aborrecimiento, e hice juramento de abandonarla y

desecharla para siempre de mi memoria. Por otra parte, creía haber

muerto a un caballero, y bajo este concepto, temeroso de caer en manos

de la justicia, experimentaba la turbación penosa que persigue por

todas partes como una furia a un hombre que acaba de cometer un crimen.

En esta horrible situación, no pensando más que en ponerme en salvo, y

sin volver siquiera a la posada, en aquel mismo punto salí de Toledo,

sin más equipaje que el vestido que tenía puesto. Es verdad que llevaba

en el bolsillo hasta unos sesenta doblones, lo que no dejaba de ser un

recurso bastante bueno para un mozo que tenía hecho ánimo de no pasar

de criado en toda su vida.

»Caminé toda aquella noche, o por mejor decir fuí corriendo, porque la

idea de los alguaciles, presente siempre en mi imaginación, me daba

un continuo vigor. Amanecí entre Rodillas y Maqueda, y cuando llegué

a este último pueblo, sintiéndome algo cansado, entré en la iglesia,

que acababan de abrir, y después de haber hecho una breve oración me

senté en un banco para descansar. Púseme a meditar en el estado de mis

negocios, que no me daban poco en qué discurrir; pero no tuve tiempo

para hacer muchas reflexiones, porque luego oí resonar en la iglesia

tres o cuatro chasquidos de látigo que me hicieron creer pasaba por

allí algún alquilador. Me levanté al momento para ir a ver si me

engañaba, y cuando estuve en la puerta vi uno montado en una mula, que

llevaba de reata otras dos. «¡Parad, amigo mío!--le grité--. ¿Adónde

van esas mulas?» «A Madrid--me respondió--; en ellas han venido a este

pueblo dos religiosos dominicos, y me voy allá de retorno.»

»La ocasión que se presentaba de hacer el viaje de Madrid me inspiró

deseo de verificarle. Ajustéme con el alquilador, monté en una de sus

mulas, y nos encaminamos hacia Illescas, en donde debíamos hacer noche.

»No bien habíamos salido de Maqueda, cuando el alquilador, persona

de treinta y cinco a cuarenta años, empezó a entonar cánticos de la

Iglesia a toda voz. Comenzó por los salmos que los canónigos cantan a

maitines, en seguida cantó el _Credo_, como en las misas solemnes, y

luego, pasando a las vísperas, me las cantó todas sin perdonarme ni aun

el _Magnificat_. Aunque el majadero me aturdía los oídos, yo no podía

menos de reír; y aun le incitaba a continuar cuando se veía precisado

a detenerse para cobrar aliento. «¡Animo, buen amigo!--le decía--.

¡Prosiga usted, que si el Cielo le ha dado tan buenos pulmones, usted

no hace mal uso de ellos!» «¡Oh! En cuanto a eso--me respondió--no me

parezco, gracias a Dios, a la mayor parte de los alquiladores, que no

cantan sino canciones infames o impías; ni tampoco canto nunca romances

sobre nuestras guerras contra los moros, porque son unas cosas a lo

menos frívolas, cuando no sean indecentes.» «Tenéis--le repliqué--una

pureza de corazón que raras veces tienen los alquiladores. Y siendo

tan escrupuloso en punto de canciones, ¿habéis hecho también voto de

castidad en las posadas donde hay criadas mozas?» «Seguramente--me

respondió--. La continencia es también una cosa de que me precio en

estos parajes; en ellos sólo me ocupa el cuidado de mis mulas.» No

quedé poco admirado de oír hablar de este modo a aquel fénix de los

alquiladores; y teniéndole por un hombre de bien y de talento, entablé

conversación con él luego que acabó de cantar cuanto le dió la gana.

»Llegamos a Illescas a la caída de la tarde. Luego que nos apeamos en

el mesón dejé a mi compañero que cuidase de sus mulas, y me metí en

la cocina a encargar al mesonero que nos dispusiese una buena cena,

lo que prometió hacer tan bien, que me acordaría, dijo él, toda mi

vida de haberme alojado en su mesón. «¡Pregunte su merced--añadió--,

pregunte a su alquilador quién soy yo! ¡Voto a tal que desafiaría a

todos los cocineros de Madrid y de Toledo a hacer una olla podrida como

las que yo hago! Esta noche quiero agasajar a su merced con un guisado

de gazapo compuesto de mi mano, y verá si tengo razón para ponderar mi

habilidad.» Dicho esto, mostrándome una cazuela en que había--según él

decía--un conejo hecho ya trozos. «Mire usted--continuó--lo que pienso

darle después que le haya echado pimienta, sal, vino, un manojo de

hierbas y algunos otros ingredientes que empleo en mis salsas, con lo

que espero regalar a su merced con un guisado que se pudiera presentar

a un contador mayor.»

»El mesonero, después de haber hecho de este modo su elogio, comenzó a

disponer la cena. Mientras tanto me entré en un cuarto, y, echándome

en una mala cama que había allí, me quedé dormido de cansancio por no

haber sosegado nada la noche antecedente. De allí a dos horas vino a

despertarme el alquilador, diciendo: «Señor amo, la cena está pronta;

venga usted, si gusta, a sentarse a la mesa», la cual estaba puesta en

una sala con solos dos cubiertos. Sentámonos a ella el alquilador y

yo, y nos trajeron el guisado. Me tiré a él con ansia, y me supo muy

bien, ya fuese porque el hambre me lo hizo apetitoso, ya por el sainete

que le daban los ingredientes del cocinero. En seguida nos sirvieron

un trozo de carnero asado; y observando que el alquilador sólo tomaba

de este segundo plato, le pregunté por qué no tomaba del otro. Me

respondió sonriéndose que no le gustaban los guisos; cuya respuesta,

o, por mejor decir, la risita con que la había acompañado, me pareció

misteriosa. «Usted me oculta--le dije--la verdadera razón que le impide

comer de este guisado; hágame el gusto de decírmelo.» «Ya que usted

tiene tanta curiosidad de saberla--replicó él--, le diré que tengo

repugnancia a llenarme el estómago de esa especie de guisotes desde

que caminando de Toledo a Cuenca me dieron una noche en un mesón, por

conejo de vivar, un jigote de gato, lo que me ha hecho cobrar aversión

a los cochifritos.»

»Apenas el alquilador me dijo estas palabras perdí enteramente el

apetito en medio del hambre que me devoraba. Se me encajó en la cabeza

que acababa de comer conejo sólo en el nombre, y ya no miré el guisado

sino haciéndole gestos. El arriero, lejos de desvanecer mi aprensión,

me la aumentó diciéndome que los mesoneros y pasteleros en España

hacían con frecuencia aquella especie de _quid pro quo_; lo que, como

ustedes pueden pensar, no me sirvió de mucho consuelo; antes bien,

me quitó del todo la gana, no ya de volver a probar el guisote, mas

ni aun de tocar al asado, temiendo que el carnero no lo fuese más

realmente que el conejo. Levantéme de la mesa echando mil maldiciones

al guiso, al mesonero y al mesón; volvíme a tender en la cama, y pasé

la noche con más quietud de la que pensaba. El día siguiente muy

temprano, después de haber pagado al mesonero con tanta largueza como

si me hubiera tratado perfectamente, salí de Illescas tan ocupado el

pensamiento en el guisado, que me parecían gatos cuantos animales se me

ofrecían a la vista. Entramos temprano en Madrid, y después de haber

satisfecho al conductor me hospedé en una posada de caballeros cerca

de la Puerta del Sol. Aunque mis ojos estaban acostumbrados al gran

mundo, no dejaron de deslumbrarse con el concurso de señores que se

ven comúnmente en el centro de la corte. Pasmóme el enorme número de

coches y la gran multitud de gentileshombres, pajes y lacayos que los

grandes llevaban de comitiva. Llegó a lo sumo mi admiración cuando,

habiendo ido a ver el rey, miré al monarca rodeado de sus cortesanos.

Quedé encantado a la vista de tal espectáculo, y dije para mí: «Ya no

me admiro de haber oído decir que es indispensable ver la corte de

Madrid para formar concepto cabal de su magnificencia; celebro infinito

el visitarla, y el corazón me dice que he de hacer algo en ella.»

Sin embargo, nada más hice que contraer algunas amistades inútiles.

Fuí poco a poco gastando todo mi dinero, y me tuve por muy dichoso

en haberme acomodado, a pesar de todo mi mérito, con un pedante de

Salamanca a quien conocí casualmente, que había ido a la corte, su

patria, a negocios personales. Llegué a ser sus pies y sus manos, y

cuando se restituyó a su Universidad, me llevó en su compañía.

»Llamábase don Ignacio de Ipiña éste mi nuevo amo. El mismo se tomaba

el _don_ por haber sido maestro de un duque, el cual por agradecimiento

le había señalado una renta vitalicia; gozaba otra por catedrático

jubilado del colegio, y además de eso sacaba del público doscientos

o trescientos doblones anuales por los libros de moral dogmática que

solía dar a la prensa. El modo con que componía sus obras me parece

digno de contarse. Gastaba casi todo el día en leer autores hebreos,

griegos y latinos y en escribir en medias cuartillas de papel todos los

apotegmas o pensamientos sublimes que encontraba en ellos. Conforme iba

llenando las cuartillas me las hacía ensartar en un alambre en figura

de guirnalda, y cada una formaba un tomo. ¡Qué de libros perversos

hacíamos! Apenas se pasaba mes alguno sin que formásemos cuando

menos dos volúmenes, y al momento iban a fatigar la prensa. Lo más

extraordinario era que estas compilaciones se hacían pasar por cosas

nuevas; y si los críticos trataban de hacer ver al autor que era un

plagiario de las obras de los antiguos, les contestaba con orgulloso

descaro: _Furto laetamur in ipso_.

»También era gran comentador, y estaban tan llenos de erudición

sus comentos, que a cada paso hacía notas sobre cosas que no

merecían reparo, así como en las medias cuartillas de papel escribía

inoportunamente pasajes de Hesíodo y de otros autores. Yo no dejé de

aprovechar en casa de este sabio, y sería ingratitud negarlo, pues a

lo menos, a fuerza de copiar sus obras, fuí aprendiendo a escribir

decentemente; y considerándome él no ya como criado, sino como

discípulo suyo, ilustró mi entendimiento, sin descuidarse en arreglar

mis costumbres. Si por casualidad llegaba a saber que algún otro criado

había hecho algo malo: «¡Escipión--me decía--, guárdate bien, hijo, de

hacer lo que ha hecho ese bribón! Un criado debe esmerarse en servir

lealmente a su amo»; en una palabra, no perdía ocasión don Ignacio de

exhortarme a la virtud, y sus palabras hacían en mí tanta impresión,

que en los quince meses que lo serví no tuve la más mínima tentación

de jugarle ninguna de las piezas a que estaba acostumbrado, ni tampoco

hice en su casa la más leve travesura.

»Ya dejo dicho que el doctor Ipiña era hijo de Madrid, donde tenía una

parienta llamada Catalina, que era camarera del ama que había criado

al príncipe de Asturias. La tal sirvienta, que es la misma de quien me

valí para sacar al señor Santillana de la torre de Segovia, deseosa

de hacer algo por su pariente don Ignacio, se empeñó con su ama para

que le consiguiese del duque de Lerma alguna pieza eclesiástica. El

ministro le confirió el arcedianato de Granada, porque, siendo aquel

reino país de conquista, todas las prebendas son del patrimonio real

y de nombramiento del rey. Luego que lo supimos marchamos a Madrid,

porque quiso el doctor dar las gracias a sus bienhechores antes de ir

a Granada. Con esta ocasión las tuve frecuentes de ver y tratar a la

tal Catalina, que se pagó mucho de mi buen humor y desembarazo. No me

gustó a mí menos la mozuela, y tanto, que no pude dejar de corresponder

ciertas señales de particular inclinación que me manifestaba; en

conclusión, nos enamoramos uno de otro. Perdóname, querida Beatriz,

esta confesión que hago; el mirarte entonces infiel a mí fué lo que me

hizo propasar a lo que no me era permitido.

»Mientras tanto el doctor don Ignacio iba disponiendo su viaje a

Granada. Sobresaltados su parienta y yo de la dolorosa separación que

se acercaba, discurrimos un arbitrio que nos libró de este golpe.

Fingíme gravemente enfermo, quejándome de la cabeza, del vientre y

del pecho, con todas las demostraciones del hombre más angustiado

del mundo. Mi amo llamó a un médico, el cual, después de haberme

reconocido, me dijo de buena fe que mi enfermedad era más seria de

lo que parecía, y que verosímilmente no me levantaría tan presto de

la cama. Impaciente el doctor por irse a su catedral, no tuvo por

oportuno dilatar más su viaje, y prefirió tomar otro criado para que

le sirviera, contentándose con entregarme al cuidado de una asistenta,

a la cual dejó cierta cantidad de dinero para mi entierro si moría, o

para recompensar mis servicios si salía de mi enfermedad.

»Luego que supe que don Ignacio había salido para Granada me hallé

curado de todos mis males. Levantéme, despedí al médico que había

dado tan notoria prueba de su gran penetración, y me deshice de la

asistenta, que me robó más de la mitad del dinero que debía entregarme.

Mientras yo representaba este papel, Catalina desempeñaba otro muy

diverso con su ama doña Ana de Guevara, a la cual, persuadiéndola de

que yo era un intrigante ducho, la puso en deseo de escogerme por uno

de sus agentes. La señora ama, que tenía mucho apego a las riquezas,

era dada a manejos que pudieran producirlas, y necesitando de personas

a propósito para ello, me recibió entre sus criados. Tardé poco en dar

pruebas de mi talento. Dióme algunos encargos delicados que pedían

viveza y maña, los que puedo asegurar sin vanidad desempeñé a su

satisfacción; por lo que quedó tan pagada de mí como yo poco satisfecho

de ella, pues era tan codiciosa, que nada me tocaba de lo mucho que

le redituaban mis manipulaciones y mi industria. Parecíale que sólo

con pagarme puntual y exactamente mi salario usaba conmigo de sobrada

generosidad. Este exceso de avaricia me hubiera hecho salir muy presto

de su casa a no haberme detenido en ella el afecto a Catalina, la cual,

enamorada cada día más y más de mí, me propuso formalmente que nos

casásemos.

«¡Poco a poco!--le respondí--. Querida mía, esa ceremonia no la

podemos hacer tan prontamente; para eso es menester esperar la muerte

de cierta jovencita que se anticipó a ti y con quien por mis pecados

estoy ya casado.» «¡A otro perro con ese hueso!--replicó Catalina--.

Ahora te quieres fingir casado para cohonestar cortesanamente la

repugnancia que tienes a casarte conmigo.» En vano aseguré mil veces

que le decía la pura verdad, pues no hubo forma de hacérsela creer;

y pareciéndole que mi sincera confesión era una excusa, se dió por

ofendida, y desde aquel mismo punto mudó de estilo conmigo. No llegamos

a reñir ni a romper del todo nuestra comunicación; pero resfriándose

visiblemente nuestro recíproco cariño, quedó reducido nuestro trato a

los precisos términos que no se podían negar a la buena crianza y al

bien parecer.

»En este estado me hallaba cuando supe que el señor Gil Blas de

Santillana, secretario del primer ministro del reino de España, estaba

a la sazón sin criado. Pintáronme esta conveniencia como la mayor y más

ventajosa a que podía aspirar. «El señor de Santillana--me dijeron--es

un caballero de mucho mérito, un mozo sumamente querido del duque de

Lerma y a cuya sombra no puedes menos de hacer una gran fortuna; además

de eso, es de un corazón generoso y lleno de bizarría. Haciendo tú sus

negocios, no dudes que harás también el tuyo.» No malogré la ocasión;

presentéme al señor Gil Blas, a quien tomé desde luego inclinación,

agradóle mi fisonomía, recibióme en su casa, y no me detuve un punto

en dejar por él la de la señora ama; y éste, si Dios quiere, será el

último amo a quien sirva.»

Así dió fin a su historia el buen Escipión, y volviéndose después a mí,

me habló en estos términos: «Señor de Santillana, hágame usted el favor

de atestiguar a estas señoras que siempre me ha tenido por un criado

tan fiel como celoso. He menester de este testimonio para persuadirles

que el hijo de la Coscolina corrigió en vuestra compañía sus malas

costumbres, sucediendo a ellas en su corazón y en sus operaciones

virtuosos y honrados pensamientos.»

«Así es, señoras--les dije--; eso puedo asegurárselo. Si en su

niñez Escipión era un verdadero pícaro, se ha corregido después tan

completamente, que ha llegado a ser un dechado perfecto de criados.

Lejos de tener de qué quejarme ni qué reprender en su modo de portarse

desde que está en mi casa, debo, al contrario, confesar que le soy

deudor de muchas obligaciones. La noche que me prendieron para llevarme

al alcázar de Segovia libertó mi casa del pillaje y puso en seguridad

parte de mis efectos, que impunemente pudo haberse apropiado. No

contento con haber mirado por la conservación de mis bienes, quiso,

llevado de puro afecto, encerrarse conmigo en mi prisión, prefiriendo a

los atractivos de la libertad el triste consuelo de acompañarme en mis

trabajos.»

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 49 / 102 题