CAPITULO XIII

Sigue Gil Blas haciendo el papel de señor; tiene noticias de su

familia; impresión que le hicieron; se descompadra con Fabricio.

Ya llevo dicho que por las mañanas tenía comúnmente en mi antesala

muchas gentes que venían a proponerme varios asuntos; pero yo no quería

que me los propusiesen verbalmente. Siguiendo el estilo de la corte, o

por mejor decir, para hacer más de persona, decía a todo pretendiente:

«Tráigame usted un memorial.» Y me había acostumbrado tanto a esto, que

un día respondí así a mi casero cuando vino a recordarme que le debía

un año de casa. Por lo que hace al carnicero y panadero, no daban lugar

a que yo les pidiese memorial, pues eran muy puntuales en traerlos

todos los meses. Escipión, que era un vivo retrato mío, hacía lo mismo

con los que acudían a él para que se empeñase conmigo a su favor.

Yo tenía otra ridiculez que no pienso perdonarme: había dado en

la fatuidad de hablar de los grandes como si yo fuese de su misma

esfera. Si, por ejemplo, tenía que citar al duque de Alba, al duque

de Osuna o al de Medinasidonia, decía con llaneza: _Alba_, _Osuna_,

_Medinasidonia_. En una palabra, me había puesto tan orgulloso y vano,

que ya no era hijo de mis padres. ¡Ah, pobre dueña y pobre escudero, ni

pensaba en vosotros ni había tenido cuidado alguno de informarme de

vuestra suerte! La corte tiene la virtud del río Leteo, que nos hace

olvidar de nuestros parientes y amigos si se hallan en infeliz estado.

Cuando más olvidada tenía a mi familia, entró una mañana en mi casa un

mozo que me dijo deseaba hablarme a solas un momento. Le hice entrar

en mi despacho, en donde, sin decirle se sentase, por parecerme hombre

ordinario, le pregunté qué me quería. «Señor Gil Blas--me dijo--, pues

qué, ¿no me conoce usted?» Por más que le miré con atención, tuve que

responderle que no caía en quién era. «Yo soy--me replicó--un paisano

vuestro, natural del mismo Oviedo e hijo de Beltrán Moscada, el

especiero, vecino de vuestro tío el canónigo. Yo os reconozco muy bien.

Hemos jugado mil veces los dos a la gallina ciega.»

«De los juegos de mi niñez--le respondí--sólo conservo una idea

confusa; los cuidados que me han ocupado después me los han borrado

de la memoria.» «He venido a Madrid--me dijo--a ajustar cuentas con

el corresponsal de mi padre. He oído hablar de usted y me han dicho

que está en un gran puesto en la corte y ya tan rico como un judío, de

lo que le doy a usted la enhorabuena, y ofrezco, a mi vuelta al país,

llenar de gozo a su familia dándole una nueva tan gustosa.»

Aunque no fuera mas que por cumplimiento, no podía menos de preguntar

cómo estaban mis padres y tío; pero lo hice con tal frialdad que no di

motivo a mi buen especiero para admirar la fuerza de la sangre. Bien

me lo dió a entender, pues se manifestó sorprendido de la indiferencia

que yo mostraba hacia unas personas a quienes debía profesar sumo

cariño, y, como era mozo franco y grosero, «Yo creía--me dijo

desabridamente--que tuvieseis más amor y afición a vuestros parientes.

No parece sino que los habéis olvidado, según la frialdad con que me

preguntáis por ellos. ¿Ignoráis cuál es su situación? Pues sabed que

vuestro padre y vuestra madre están todavía sirviendo y que el buen

canónigo Gil Pérez, agobiado de vejez y de achaques, está ya para vivir

poco. Es necesario tener buen corazón--prosiguió--, y supuesto que

os halláis en estado de socorrer a vuestros padres, os aconsejo como

amigo les enviéis todos los años doscientos doblones. Este socorro les

proporcionará sin menoscabo vuestro una vida cómoda y dichosa.»

En lugar de enternecerme la pintura que hacía de mi familia, me

incomodó la libertad que se tomaba de aconsejarme sin que yo se lo

rogase. Quizá con más maña me hubiera persuadido; pero su franqueza

sólo sirvió para irritarme. El lo conoció bien por el ceñudo silencio

que guardé, y continuando su exhortación con menos caridad que malicia,

me impacientó. «¡Oh, eso es ya demasiado!--respondí lleno de cólera--.

¡Vaya usted, señor de Moscada, no se meta en negocios ajenos! ¡Vaya y

busque al corresponsal de su padre y ajuste sus cuentas con él! ¿Quién

es usted para enseñarme mi obligación? ¡Sé mejor que usted lo que he

de hacer en este caso!» Dicho esto, eché de mi despacho al especiero y

le envié a Oviedo a vender azafrán y pimienta.

No dejé de reflexionar en lo que acababa de decirme, y acusándome a mí

mismo de ser un hijo desnaturalizado, me enternecí. Traje a la memoria

los afanes que había costado a mis padres mi niñez y mi educación. Me

representé lo que les debía, y a mis reflexiones siguieron algunos

impulsos de agradecimiento, que, no obstante, de nada sirvieron. Mi

ingratitud sofocó bien pronto estos afectos y a ellos sucedió un

profundo olvido. Muchos padres hay que tienen hijos semejantes.

La codicia y la ambición de que estaba poseído mudaron del todo

mi carácter. Perdí toda mi alegría y andaba siempre distraído y

pensativo; en una palabra, hecho un insensato. Viéndome Fabricio

ocupado continuamente en pos de la fortuna y tan indiferente con él,

no venía a mi casa sino rara vez; pero no pudo dejar de decirme un

día: «En verdad, Gil Blas, que ya no te conozco. Antes de venir a la

corte siempre tenías el ánimo tranquilo, y ahora te veo constantemente

agitado. Formas proyecto sobre proyecto para enriquecerte, y cuanto más

adquieres más deseas. Además--¿me atreveré a decirlo?--ya no tienes

conmigo aquellos desahogos del corazón, aquellas familiaridades en que

consiste el encanto de la amistad; antes por el contrario, me tratas

con reserva y ocultas lo íntimo de tu alma. También observo que las

atenciones de que usas conmigo son como forzadas. En fin, este Gil

Blas no es aquel mismo Gil Blas que yo conocía.»

«Tú sin duda te chanceas--le respondí con frialdad--; yo ninguna

mutación percibo en mí.» «Tienes fascinados los ojos--replicó--y no

debes preguntárselo a ellos. Créeme: eres otro del que eras. Dilo,

amigo, ingenuamente, ¿nos tratamos acaso como otras veces? Cuando por

la mañana llamaba a tu puerta, venías tú mismo a abrirme, y muchas

veces casi dormido, y yo entraba en tu cuarto sin cumplimiento; pero

hoy, ¡qué diferencia!, tienes lacayos, y se me hace esperar en tu

antesala mientras dan el recado de si puedo hablarte. Después de

esto, ¿cómo me recibes? Con una fría política y haciendo el señor.

Parece que mis visitas principian a incomodarte. ¿Crees tú que

semejante recibimiento agrade a un hombre que ha sido tu camarada?

No, Santillana, no; de ningún modo me conviene. Adiós, separémonos

amigablemente. Deshagámonos ambos, tú de un censor de tus acciones y yo

de un nuevo rico que se desconoce a sí propio.»

Me sentí más exasperado que conmovido de sus reprensiones y dejé se

retirase sin hacer el menor esfuerzo para detenerle. La amistad de un

poeta no era cosa tan preciosa que su pérdida me causase aflicción en

el estado en que me hallaba. Además, fácilmente encontré consuelo en el

trato de algunos empleados de palacio con quienes, por la semejanza de

carácter, había recientemente contraído estrecha amistad. Estos nuevos

conocimientos eran con sujetos cuya mayor parte venía de no sé dónde

y a quienes su dichosa estrella había conducido a sus empleos. Todos

estaban ya acomodados, y atribuyendo estos miserables sólo a su mérito

los beneficios que el rey se había dignado hacerles, se olvidaban como

yo de sí mismos, y todos nos creíamos unos personajes muy respetables.

¡Oh, Fortuna, ve ahí cómo dispensas los favores las más veces! ¡Hizo

bien el estoico Epicteto en compararte con una joven ilustre que se

entrega a criados!

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 25 / 102 题