CAPITULO X

Corrómpense enteramente las costumbres de Gil Blas en la Corte; del

encargo que le dió el conde de Lemos y de la intriga en que este

señor y él se metieron.

Luego que se llegó a saber que yo era privado del duque de Lerma,

empecé a tener corte. Todas las mañanas estaba mi antesala llena

de gente, a quien daba audiencia al levantarme. Venían a mi casa

dos clases de personas: unas, interesándome con dinero para que

pidiese alguna gracia al ministro, y otras a moverme con súplicas

para conseguirles _gratis_ lo que pretendían. Las primeras tenían

seguridad de ser escuchadas y bien servidas. En orden a las segundas,

me desembarazaba prontamente con excusas, o les entretenía tanto tiempo

que les hacía perder la paciencia. Antes de hacer papel en la Corte era

yo naturalmente piadoso y caritativo; pero como en ella no hay esta

debilidad, me hice más duro que un pedernal, y, de consiguiente, perdí

también el cariño a mis amigos y me desnudé de todo el afecto que les

tenía. En prueba de esta verdad voy a contar cómo traté en una ocasión

a José Navarro.

Este José Navarro, al que tanto tenía que agradecer y quien--para

decirlo de una vez--era la causa primordial de mi fortuna, vino un día

a mi casa. Después de haberme mostrado mucho amor, como lo acostumbraba

hacer siempre que me encontraba, me suplicó pidiese al duque de Lerma

cierto empleo para uno de sus amigos, diciéndome que el sujeto por

quien se interesaba era un mozo muy amable y de gran mérito, pero que

necesitaba empleo para subsistir. «No dudo--añadió José--que siendo

usted tan bueno y amigo de hacer un favor tendrá gusto en hacer bien

a un pobre hombre honrado. Su indigencia es un título que merece el

apoyo de usted. Tengo la seguridad de que me daréis las gracias, porque

os proporciono ocasión de ejercer vuestra condición caritativa.» Esto

era decirme claramente que esperaba que hiciese este favor de balde.

Aunque esto me disgustaba, no dejé de aparentar que estaba propicio a

servirle. «Me alegro--respondí a Navarro--de tener esta ocasión en que

poder manifestar a usted mi vivo agradecimiento a cuanto usted ha hecho

por mí; me basta que usted se interese por cualquiera y no necesita

otra recomendación para decidirme a servirle. Su amigo de usted tendrá

el empleo que desea; cuente usted con ello. Este es asunto mío y no de

usted.»

Con estas expresiones, José se fué muy satisfecho de mi favor. Sin

embargo, su recomendado se quedó sin empleo, porque lo hice dar a otro

por mil ducados que metí en mi gaveta. Preferí tomar este dinero a los

agradecimientos que hubiera recibido de mi buen repostero, a quien,

con un modo pesaroso, dije cuando nos volvimos a ver: «¡Ah, mi amado

Navarro! Usted me habló tarde. Calderón se me anticipó a dar el empleo

que usted sabe. Siento en extremo no dar a usted mejor noticia.»

José me creyó de buena fe y nos separamos más amigos que nunca; pero

creo que presto descubrió la verdad, porque no volvió a parecer por mi

casa. En vez de sentir algunos remordimientos de haberme portado tan

mal con un amigo verdadero y a quien tanto debía, quedé muy contento.

Además de que ya me pesaban los favores que me había hecho, no me

pareció conveniente tratar con reposteros en la categoría en que me

hallaba en la corte.

Volvamos al conde de Lemos, de quien hace tiempo no he hablado y al

que visitaba algunas veces. Le había llevado mil doblones, como tengo

dicho, y todavía le llevé otros mil por orden del duque su tío, del

dinero que yo tenía de su excelencia. En este día fué cuando el conde

quiso tener una larga conversación conmigo, en la cual me manifestó que

al fin había logrado su intento y que enteramente gozaba del favor del

príncipe de España, de quien era el único confidente, y en seguida me

dió un encargo muy honroso, para el cual ya me tenía destinado. «¡Amigo

Santillana--me dijo--, vamos, manos a la obra! ¡No dejéis de hacer

cuanto podáis para descubrir alguna beldad digna de divertir a este

príncipe galán! Entendimiento tenéis; nada más os digo. ¡Id, corred,

investigad, y cuando hayáis descubierto una cosa buena, decídmelo!»

Ofrecí al conde no omitir diligencia para contribuir al buen desempeño

de mi empleo, cuyo ejercicio no debe de ser muy difícil, pues hay

tantas gentes que se ocupan en él.

Yo no estaba muy acostumbrado a este género de averiguaciones, pero no

dudaba que Escipión sería también admirable para el caso. Luego que

volví a casa, le llamé y le dije a solas: «Hijo mío, tengo que hacerte

un encargo importante. En medio de tanto como sabes me favorece la

fortuna, conozco que me falta alguna cosa.» «Fácilmente adivino lo

que es--interrumpió sin dejarme acabar lo que quería decirle--; usted

necesita una ninfa agradable que le distraiga un poco y le divierta,

y, en efecto, es de maravillar que usted, en la flor de sus días, no

la tenga, cuando viejos barbones no pueden estar sin ella.» «¡Admiro

tu perspicacia!--le dije sonriéndome--. Sí, amigo mío, necesito una

dama, pero la quiero venida de tu mano. Mas advierte que soy muy

delicado en este negocio; quiero una persona linda y que no tenga malas

costumbres.» «Lo que usted desea--interrumpió Escipión sonriéndose--es

algo raro; no obstante, estamos, a Dios gracias, en un pueblo en donde

hay de todo, y espero encontrar presto lo que usted pretende.»

Efectivamente, a los tres días me dijo: «He descubierto un

tesoro: una señorita joven, llamada Catalina, de buena familia y

de indecible hermosura. Vive a la sombra de una tía suya, en una

casita, en donde subsisten ambas muy decentemente con sus haberes,

que no son considerables. La criada que las sirve es conocida mía

y acaba de asegurarme que, aunque no dan entrada a nadie, no sería

difícil la hallase un galán rico y espléndido, con tal que, para no

escandalizar, entrase en su casa sólo de noche y con todo sigilo. En

esta inteligencia, le he pintado a usted como un hombre digno de que

le admitan en su casa, y he suplicado a la criada se lo proponga a

las dos señoras, lo cual me ha ofrecido, como también ir mañana a un

sitio determinado a darme la respuesta.» «¡Bravo va el negocio!--le

respondí--. Pero temo te engañe la criada.» «¡No, no!--replicó--. ¡No

me dejo yo engañar tan fácilmente! He preguntado ya a los vecinos, y

de lo que me han dicho he inferido que la señora Catalina es tal como

usted la puede desear; es decir, una Dánae, de quien usted puede ser el

Júpiter enviando una lluvia de doblones.»

Sin embargo de la desconfianza que tenía de esta clase de hallazgos,

no dejé de aceptar éste, y como la criada al día siguiente avisase

a Escipión que podía presentarme aquella misma noche en casa de sus

amas, entre once y doce me entré en ella con mucho sigilo. La criada me

recibió a obscuras, me cogió de la mano y me llevó a una sala decente,

en donde encontré a las dos señoras airosamente vestidas y sentadas en

almohadones de raso. Luego que me vieron se levantaron y me saludaron

con tanta finura que me parecieron personas distinguidas. La tía,

que se llamaba la señora Mencía, aunque todavía de buen parecer, no

atrajo mi atención. Es verdad que toda se la llevaba la sobrina, que

me pareció una diosa, y aunque examinada rigurosamente podía decirse

que no era una hermosura perfecta, tenía, con todo, tantas gracias,

que, añadidas a un rostro atractivo y voluptuoso, ofuscaban y hacían

imperceptibles sus defectos.

Su vista me turbó los sentidos. Olvidé que iba como emisario; hablé en

mi propio y privado nombre y me manifesté apasionado. La señorita, cuyo

entendimiento yo juzgaba tres veces mayor de lo que realmente era--tan

bien me había parecido--, acabó de enamorarme con sus respuestas. Ya

principiaba yo a estar fuera de mí, cuando, para moderar la tía mis

impulsos, tomó la palabra y me dijo: «Señor de Santillana, voy a hablar

a vuestra señoría francamente. Por lo mucho bien que me han dicho de

vuestra señoría le he permitido entrar en mi casa, sin ponderarle

el gran favor que le hago en ello; pero no crea vuestra señoría por

eso que ha adelantado algo; hasta ahora he criado a mi sobrina con

recato, y vos sois, por decirlo así, el primer caballero a quien la he

presentado. Si os parece digna de ser vuestra esposa, tendré el mayor

gusto en que ella logre este honor; ved si a este precio os conviene,

pues a otro no la conseguiréis.»

Este tiro a quemarropa ahuyentó el Amor, que me iba a disparar una

flecha. Hablando sin metáfora, un casamiento propuesto tan a secas me

hizo entrar en mí mismo, y volviendo de repente a ser fiel agente del

conde de Lemos, mudé de tono y respondí a la señora Mencía: «Señora,

vuestra franqueza me agrada, y por tanto quiero imitarla. Aunque

hago un papel distinguido en la corte, no basta éste para merecer a

la sin igual Catalina; le tengo reservado un partido más brillante:

la destino para el príncipe de España.» «Me parece--respondió la tía

fríamente--que bastaba despreciar a mi sobrina, sin que fuera necesario

acompañar el desprecio con la burla.» «No me burlo, señora--exclamé--,

hablo seriamente. Tengo orden de buscar una persona de mérito a quien

pueda honrar con sus visitas secretas el príncipe de España, y en casa

de usted he hallado lo que buscaba.»

Esta declaración sorprendió en gran manera a la señora Mencía, a quien

conocí no le había desagradado. Sin embargo, creyendo que debía hacer

la reservada, me replicó en estos términos: «Aun cuando tomara al pie

de la letra lo que vuestra señoría me dice, ha de saber que no soy de

carácter que haga vanidad del infame honor de ver a mi sobrina ser

dama de un príncipe; mi decoro se ofende con la idea...» «¡Qué bendita

es usted--le interrumpí--con su virtud! Usted piensa como una simple

aldeana y se chancea si mira estas cosas con tanto escrúpulo. ¡Eso es

quitarles lo que tienen de bueno! Es necesario mirarlas con mejores

ojos. Considerad a los pies de la dichosa Catalina al heredero de la

Monarquía; representaos que la adora y la llena de regalos; y pensad,

en fin, que quizá puede nacer de ella un héroe que inmortalice el

nombre de su madre con el suyo.»

Fingió la tía no saber a qué resolverse, aunque estaba determinada a

aceptar mi propuesta, y Catalina, que ya hubiera querido poseer al

príncipe, aparentó la mayor indiferencia, por lo que tuve que hacer

nuevos esfuerzos para estrechar la plaza, hasta que al fin la señora

Mencía, viéndome ya cansado y en disposición de levantar el sitio, tocó

la llamada, y ajustamos una capitulación que contenía los artículos

siguientes: _Primero_: Que si por los informes que diese yo al príncipe

de las gracias de Catalina gustaba de ella y determinaba hacerle una

visita nocturna, sería de mi cargo advertir de ella a las señoras, como

igualmente de la noche que eligiese para este efecto. _Segundo_: Que

el príncipe había de entrar en casa de dichas señoras como un galán

cualquiera y acompañado sólo de mí y de su principal confidente.

Celebrado este convenio, me hicieron mil agasajos tía y sobrina.

Empezaron a tratarme familiarmente, con lo que me aventuré a algunas

llanezas, que no fueron muy mal recibidas, y cuando nos separamos

me abrazaron de su propio motivo, haciéndome todas las caricias

imaginables. ¡Es cosa maravillosa la facilidad con que se traba amistad

entre los corredores de amor, digámoslo así, y las mujeres que lo

necesitan! Al verme salir de allí tan favorecido, nadie hubiera dicho

sino que yo había sido más dichoso de lo que era en realidad.

El conde de Lemos tuvo suma alegría cuando le dije que había hecho

un descubrimiento cual podía apetecerlo. Le hablé de Catalina en

tales términos que le entraron deseos de verla. Le conduje la noche

siguiente, y me confesó que había hecho muy buen hallazgo. Dijo a las

señoras que no dudaba que el príncipe quedase muy complacido de ver a

la señorita que yo le había elegido y que ésta por su parte no quedaría

descontenta de tal amante, por ser el príncipe generoso, afable y lleno

de bondad. En fin, les ofreció que le conducirían dentro de algunos

días del modo que deseaban, esto es, sin acompañamiento ni ruido. Este

señor se despidió y yo me retiré con él para ir a tomar el coche en que

habíamos venido, el cual nos esperaba al fin de la calle. Después me

llevó a mi casa y me encargó enterase al día siguiente a su tío de esta

principiada aventura y le suplicase de su parte le enviara mil doblones

para finalizarla.

Con efecto, al día siguiente fuí a dar puntual cuenta de cuanto había

pasado al duque de Lerma, callando la parte que había tenido Escipión

en el negocio para pasar yo por autor del descubrimiento de Catalina,

porque de todo hace uno mérito para con los grandes.

Y así fué que se me dieron gracias de ello. «Señor Gil Blas--me dijo

el ministro con aire burlón--, me alegro que usted una a sus demás

talentos el de descubrir las hermosuras halagüeñas, y no extrañará

que cuando yo necesite alguna acuda a usted.» «Señor--le respondí en

el mismo tono--, agradezco la preferencia; pero permítaseme que diga

que escrupulizaría si proporcionase esta clase de placeres a vuestra

excelencia, porque hace tanto tiempo que el señor don Rodrigo está en

posesión de ese empleo, que se le haría una injusticia en despojarle de

él.» El duque se sonrió de mi respuesta y, mudando de conversación, me

preguntó si su sobrino pedía dinero para esta empresa. «Perdonad--le

dije--, él suplica a vuestra excelencia le envíe mil doblones.» «Está

bien--respondió el ministro--, no tienes más que llevárselos. Dile que

no los escasee y que aplauda todos los gastos que el príncipe quiera

hacer.»

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 22 / 102 题