De lo bien que empleó sus mil quinientos ducados; del primer
negocio en que medió y del provecho que sacó de él.
El rey, como si hubiera querido librarme de mi impaciencia, se volvió
el día siguiente a Madrid. Fuí volando a la Tesorería real, en donde
cobré inmediatamente el importe de mi libramiento. Es de admirar que
no se le trastorne el juicio a un mendigo que pasa prontamente de la
miseria a la opulencia. Yo mudé así que varié de suerte y no escuché
más que a mi ambición y a mi vanidad. Dejé mi miserable posada de
caballeros para los secretarios que aun no habían aprendido el lenguaje
de los pájaros, y por segunda vez alquilé mi hermosa vivienda, que por
fortuna estaba desocupada. Envié a buscar un sastre famoso que vestía
a casi todos los elegantes; me tomó la medida y me llevó a casa de un
mercader, de donde sacó seis varas de paño que decía se necesitaban
para hacerme un vestido. ¡Seis varas de paño para un vestido a la
española! ¡Adónde vamos a parar! Pero no murmuremos sobre esto. Los
sastres afamados siempre necesitan más que los otros. Compré además
ropa blanca, que me hacía gran falta, medias de seda y un sombrero de
castor con galón de oro.
Después de esto, no siéndome decente pasar sin un lacayo, supliqué a
Vicente Foreto, mi huésped, me buscase uno de su satisfacción. Los más
de los extranjeros que alojaban en su casa solían, luego que llegaban
a Madrid, recibir criados españoles, lo que atraía a aquella posada
todos los lacayos que se encontraban sin acomodo. El primero que
se presentó era un mozo de una fisonomía tan apacible y tan devota
que no le quise; me parecía ver en él a Ambrosio de Lamela. «Yo no
quiero--dije a Foreto--criados que tengan un aspecto tan virtuoso,
porque estoy escarmentado de ellos.» Apenas despaché a éste, cuando
llegó otro, que me parecía muy despierto, más arriscado que un paje
cortesano y, además, un si es no es taimado. Este me agradó. Hícele
algunas preguntas, a las que respondió con despejo. Conocí que era
travieso y como de molde para mis asuntos. Le recibí y no me pesó de mi
elección, antes advertí bien presto que había hecho un buen hallazgo.
Como el duque me había permitido le hablase a favor de las personas a
quienes deseara servir, y yo estaba en ánimo de no despreciar tan útil
permiso, necesitaba de un perdiguero que descubriese la caza, es decir,
de un hombre astuto que tuviese maña y pudiera escudriñar y traerme
gentes que tuviesen que pedir al primer ministro. Cabalmente ésta era
la habilidad de Escipión--que así se llamaba mi lacayo--, que había
servido a doña Ana de Guevara, ama de leche del príncipe de España, en
cuya casa la había ejercitado, siendo esta señora una de aquellas que,
mirándose con algún valimiento en la Corte, quieren aprovecharse de él.
Así que manifesté a Escipión que me era posible obtener gracias del
rey, salió a campaña, y el mismo día me dijo: «Señor, he hecho un gran
descubrimiento: acaba de llegar a Madrid un mozo, caballero granadino,
llamado don Rogerio de Rada. Desea la protección de usted para con el
duque de Lerma en un negocio de honor y pagará bien el favor que se le
haga. Me he visto con él y quería dirigirse a don Rodrigo, cuyo poder
le han ponderado, pero se lo he quitado de la cabeza, haciéndole saber
que el secretario vendía sus buenos oficios a peso de oro, en vez de
que usted se contentaba con una decente demostración de agradecimiento
y que aun haría usted el empeño de balde si su situación le permitiese
seguir su inclinación generosa y desinteresada. En fin, le he hablado
de modo que mañana por la mañana le tendrá usted aquí de madrugada.»
«¡Cómo, pues--le dije--, señor Escipión, usted ha andado ya mucho
camino! Conozco que no es usted novicio en materia de manejos y extraño
que no esté usted más rico.» «Esto es lo que no debe sorprender a
usted--me respondió--; yo no atesoro y quiero que circule el dinero.»
Efectivamente, vino a verme don Rogerio de Rada, a quien recibí con
una cortesía mezclada de gravedad. «Señor mío--le dije--, antes de
tomar cartas por usted, quiero saber el negocio de honor que le trae
a la corte, porque podría ser tal que no me atreviera a hablar de él
al primer ministro. Hágame usted, pues, si gusta, una fiel relación,
y crea que tomaré con calor sus intereses, si son tales que pueda
tomarlos a su cargo un hombre honrado.» «Con mucho gusto--respondió el
granadino--; voy a contar a usted mi historia sinceramente.» Y fué de
esta suerte.