En el que se verá a Gil Blas lleno de gozo, de honra y de miseria.
Bien presto se echó de ver el favor que yo merecía al ministro, y él
mismo lo daba a entender públicamente entregándome la bolsa de los
papeles que acostumbraba antes llevar su excelencia mismo cuando iba
a despachar. Esta novedad, que dió motivo para que me tuviesen en
el concepto de un valido, excitó la envidia de muchos y me atrajo
bastantes cumplimientos de corte. Los dos oficiales, mis inmediatos,
no fueron los últimos a felicitarme sobre mi próxima elevación y me
convidaron a cenar en casa de su viuda, no tanto por correspondencia
cuanto con la mira de tenerme obligado a su favor para en adelante. Me
veía obsequiado por todas partes, y hasta el orgulloso Calderón mudó
de modales conmigo. Ya me llamaba _señor de Santillana_, cuando hasta
entonces me había tratado siempre de vos, sin haber empleado jamás el
tratamiento de _usted_. Se me mostraba muy propicio, especialmente
cuando pensaba que nuestro favorecedor podía notarlo, pero aseguro que
no trataba con ningún tonto. Yo correspondía a sus atenciones con
tanta más urbanidad cuanto más le aborrecía. No se hubiera portado
mejor un cortesano consumado.
También acompañaba al duque mi señor cuando iba a palacio, que por lo
regular era tres veces al día; por la mañana entraba en el cuarto de
su majestad cuando ya estaba despierto, se ponía de rodillas junto a
la cabecera de su cama, hablábale de lo que había su majestad de hacer
en el día y le dictaba las cosas que había de decir, con lo que se
retiraba. Después de comer volvía, no para hablarle de negocios, sino
de cosas alegres; le divertía contándole todos los lances graciosos
que ocurrían en Madrid, los cuales era siempre el primero que los
sabía, porque tenía personas pagadas a este efecto; y, en fin, iba por
la noche la tercera vez a ver al rey, le daba cuenta como le parecía
de lo que había hecho en el día y le pedía por ceremonia sus órdenes
para el día siguiente. Mientras estaba con su majestad, yo me quedaba
en la antecámara, en donde había personas distinguidas dedicadas a
solicitar la protección de la Corte, que anhelaban mi conversación y
se vanagloriaban de que yo me dignara concedérsela. En vista de esto,
¿cómo podría yo no creerme hombre de importancia? Muchos hay en la
corte que con menos fundamento se tienen por tales.
Un día tuve mayor motivo para envanecerme. El rey, a quien el duque
había hablado con grande elogio de mi estilo, tuvo la curiosidad de
ver una muestra de él. Su excelencia me hizo tomar el registro de
Cataluña, llevóme a presencia del monarca y me mandó leyese el primer
extracto que había formado. Si la presencia del soberano me turbó al
pronto, la del ministro me animó inmediatamente, y leí mi obra, que
su majestad oyó con agrado y tuvo la bondad de asegurar que estaba
satisfecho de mí y aun la de encargar a su ministro cuidase de mis
ascensos, todo lo cual en nada disminuyó el orgullo de que yo ya estaba
poseído, y la conversación que tuve pocos días después con el conde de
Lemos acabó de llenarme la cabeza de ideas ambiciosas.
Fuí un día a buscar a este señor de parte de su tío al cuarto del
príncipe y le presenté una carta credencial, en la que el duque le
aseguraba podía hablarme con confianza, como que estaba enterado del
asunto que tenía entre manos y escogido para mensajero de ambos. El
conde, así que leyó la esquela me condujo a un cuarto, donde nos
encerramos solos, y allí aquel caballero joven me habló en estos
términos: «Supuesto que usted ha logrado la confianza del duque de
Lerma, no dudo que la merecerá ni tengo dificultad en hacer a usted
depositario de la mía. Sabrá usted, pues, que las cosas van a pedir
de boca; el príncipe de España me distingue entre todos los señores
de su servidumbre que estudian el modo de agradarle. Esta mañana he
tenido una conferencia con su alteza, en la que me ha parecido estar
disgustado de verse, por la mezquindad del rey, sin facultades para
seguir los impulsos de su generoso corazón y aun de hacer un gasto
correspondiente a un príncipe. Yo le he manifestado cuánto lo sentía,
y aprovechándome de la ocasión, he ofrecido llevarle mañana, cuando se
levante, mil doblones, esperando mayores sumas, las que he asegurado
le suministraré sin tardanza. Mi oferta le ha complacido mucho y estoy
cierto de captar su benevolencia si le cumplo la palabra. Id--añadió--,
noticiad a mi tío estos pormenores y volved esta tarde a decirme su
sentir acerca de ello.»
Luego que concluyó, me despedí de él y pasé a dar parte al duque de
Lerma, quien, oído mi recado, envió a pedir a Calderón mil doblones,
de que me hice cargo aquella tarde y fuí a llevárselos al conde,
diciendo entre mí: «¡Bueno, bueno! ¡Ahora veo claramente cuál es
el medio infalible de que se vale el ministro para salir con su
intento! ¡Pardiez que tiene razón, y según todas las señales, estas
prodigalidades no le arruinarán! Fácilmente adivino de qué cofre saca
estos hermosos doblones; pero bien considerado, ¿no es razón que el
padre sea quien mantenga al hijo?» Al separarme del conde de Lemos
me dijo en voz baja: «¡Adiós, nuestro amado confidente! El príncipe
de España es un poco inclinado a las damas y será necesario que tú y
yo tratemos de este punto en la primera ocasión, porque preveo que
muy presto necesitaré de tu ministerio.» Me retiré reflexionando en
estas palabras, que a la verdad no eran ambiguas y que me llenaban de
satisfacción. «¿Cómo diablos es esto?--decía yo--. ¿Si estaré próximo a
ser el Mercurio del heredero de la Monarquía?» Yo no examinaba si esto
era bueno o malo, porque la claridad del galán ofuscaba mi conciencia.
¡Qué gloria para mí ser agente de los placeres de un gran príncipe!
«¡Oh! ¡Poco a poco, señor Gil Blas!--se me dirá--. No se trataba en
cuanto a vos más que de haceros un agente subalterno.» Convengo en
ello; pero en substancia, estos dos empleos son de tanto honor uno como
otro. Solamente se diferencian en el provecho.
Cumpliendo bien con estas nobles comisiones, adelantando más de
día en día en la gracia del primer ministro y con tan lisonjeras
esperanzas, ¡qué feliz no habría yo sido si la ambición me hubiera
preservado del hambre! Ya hacía más de dos meses que había dejado mi
aposento magnífico y ocupaba un cuarto pequeño en una de las posadas
de caballeros más económicas. Aunque esto me causaba sentimiento, lo
llevaba con paciencia, porque salía de madrugada y no volvía hasta
la noche a la hora de acostarme. Todo el día estaba en mi teatro, es
decir, en casa del duque, en donde hacía el papel de señor; pero cuando
me retiraba a mi cuartito desaparecía el señor y sólo quedaba el pobre
Gil Blas sin dinero y, lo peor de todo, sin tener de qué hacerle.
Además de que yo era demasiado orgulloso para descubrir a alguno mis
necesidades, a nadie conocía que pudiese socorrerme sino a Navarro, a
quien no me atrevía a recurrir por haber hecho poco caso de él desde
que me había introducido en la Corte. Me vi precisado a vender mis
vestidos uno a uno, sin quedarme mas que con aquellos que precisamente
necesitaba, y ya no iba a la hostería por no tener con qué pagar mi
manutención. Mas ¿qué hacía yo para subsistir? Voy a decirlo. Todas
las mañanas nos traían a la oficina para desayunarnos un panecillo y
un traguito de vino; esto era cuanto nos hacía dar el ministro. Yo no
comía más en todo el día y comúnmente me acostaba sin cenar.
Tal era la suerte de un hombre que brillaba en la corte y que debía
causar más lástima que envidia. Sin embargo, no pudiendo resistir a
mi miseria, me determiné por último a descubrírsela con maña al duque
de Lerma si encontraba ocasión. Por fortuna, se presentó ésta en El
Escorial, adonde el rey y el príncipe de España fueron algunos días
después.