Los siglos en que se revela con mayor viveza el movimiento intelectual
presentan el carácter distintivo de una tendencia invariable hacia
determinado objeto, y á la activa energía de esta tendencia deben su
grandeza y su esplendor.
La no interrumpida serie de descubrimientos geográficos, producto de
noble comunidad de inspiración y de arrojo de portugueses y castellanos,
y la lucha tan larga como sangrienta por la reacción de la reforma
religiosa y por los movimientos políticos encaminados á refundir las
instituciones sociales, han preocupado sucesivamente los ánimos, dando á
determinados períodos especial fisonomía.
El siglo XV, del cual me ocupo especialmente en esta obra, es de un
interés tal, que podría ser calificado de posición en la escala
cronométrica de los progresos de la razón. Situado entre dos
civilizaciones de distinto carácter, preséntase como mundo intermedio
que á la vez pertenece á la Edad Media y á los modernos tiempos. Es este
siglo el de los grandes descubrimientos en el espacio; el de las nuevas
rutas abiertas á las comunicaciones de los pueblos; el de los primeros
vislumbres de una geografía física comprensiva de todos los climas y de
todas las alturas. Sí; para los habitantes de la vieja Europa ha
«duplicado las obras de la creación» el contacto con tantas cosas
nuevas, proporcionando vasto campo á la inteligencia y modificando
insensiblemente las opiniones, las leyes y las costumbres políticas.
Jamás descubrimiento alguno puramente material, ensanchando el
horizonte, produjo un cambio moral más extraordinario y duradero;
levantóse entonces el velo bajo el cual, durante millares de años,
permanecía oculta la mitad del globo terrestre, como esa mitad del
globo lunar, que, á pesar de las pequeñas oscilaciones causadas por la
_libración_, permanecerá invisible á los habitantes de la tierra,
mientras no se perturbe esencialmente el sistema planetario.
También han sido, indudablemente, los modernos tiempos fecundos en
descubrimientos geográficos, en empresas audaces y dignas de admiración,
hacia el Sudeste del Gran Océano y en las regiones polares; pero estas
empresas, relacionadas con intereses puramente científicos, no han sido,
como las de la segunda mitad del siglo XV y principios del XVI, el
carácter dominante de la época, su peculiar tendencia.
Las investigaciones históricas que en este momento publico son extracto
de un trabajo al que he dedicado durante treinta años, y con la mayor
predilección, todos los momentos libres de apremiantes tareas. Por haber
visitado durante mis primeros viajes la parte meridional de la isla de
Cuba, las extremidades oriental y occidental de Tierra Firme y esas
costas de Guayaquil y de la Puná, célebres en la historia de los
primeros descubrimientos, la lectura de las obras que contienen las
narraciones de los _Conquistadores_ ha tenido para mí especial
atractivo, y las investigaciones hechas en algunos archivos de América y
en bibliotecas de diferentes partes de Europa me han facilitado el
estudio de una rama descuidada de la literatura española. Halagábame la
esperanza de que una larga permanencia en las regiones menos visitadas
del Nuevo Mundo; el conocimiento local del clima, de las comarcas y de
las costumbres; el hábito de determinar la posición astronómica de las
localidades, de trazar el curso de los ríos y la dirección de las
cordilleras; el mayor cuidado, en fin, para averiguar las diferentes
denominaciones que en la maravillosa variedad de sus idiomas dan los
indigenas á los mismos puntos, me darían á conocer en los relatos de los
primitivos viajeros algunas combinaciones de hechos que la sagacidad de
los geógrafos é historiadores modernos de América no hubiese advertido.
Esta esperanza alentó mi ánimo, mientras investigando las fuentes de
estos conocimientos necesité estudiar libros donde sobresalía, en unos,
el candor propio del antiguo lenguaje y una admirable exactitud de
descripciones, y en otros, la prolijidad enfática y la afición á una
falsa erudición que es característica en los escritores monásticos.
No he de limitarme á las investigaciones sobre la geografía de América y
la primitiva historia de sus pueblos, que el estudio de las pinturas
antiguas ó de las tradiciones y los mitos del Perú, de los Andes, de
Quito y de Cundinamarca han puesto en claro; extenderé mi trabajo á la
cosmografía del siglo XV y á los métodos astronómicos cuyo empleo
ensayaban los navegantes desde que el decreto pontificio determinando la
_línea de demarcación_ aumentó el afán con que se buscaba «el secreto de
las longitudes». Acudiendo constantemente á documentos que en los
tiempos modernos son con más frecuencia citados que atentamente
examinados, no siempre mis investigaciones han sido estériles, y el
público que alentó y aceptó benévolamente mis largas publicaciones ha
acogido con algún interés los resultados de este trabajo, consignados
incidentalmente en el _Ensayo político sobre la Nueva España_, la
_Relación histórica de mis viajes á las regiones equinocciales_ y _Los
monumentos de los antiguos pueblos de América_.
Antes de salir para la costa de Paria, el primer punto continental del
Nuevo Mundo que vió Colón, tuve la buena suerte de escuchar en Madrid
los consejos del sabio historiógrafo D. Juan Bautista Muñoz, y de
admirar los preciosos materiales que había recogido por orden de Carlos
IV en los archivos de Simancas, de Sevilla y de la Torre do Tombo. Estos
documentos justificativos debían publicarse al final de su _Historia del
Nuevo Mundo_, de la cual desgraciadamente sólo ha visto la luz el tomo
I, que da idea muy imperfecta del extenso plan de esta empresa
histórica.
Desde el año de 1825 quedó ampliamente indemnizado el mundo sabio de
esta privación, por haber salido á luz tres tomos de la _Colección de
viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines
del siglo_ XV. Esta obra de D. Martín Fernández de Navarrete, emprendida
en vastas proporciones y redactada en todas sus partes con sana crítica,
es uno de los monumentos históricos más importantes de los tiempos
modernos. Sólo la _Colección diplomática_ contiene más de cuatrocientos
documentos relativos al importante periodo de 1487 á 1515, algunos de
los cuales eran conocidos por el _Códice Colombo Americano_, publicado
en 1825 á costa de los Decuriones de Génova. Comparados entre sí y con
las relaciones de los primeros _Conquistadores_, estudiados por personas
conocedoras de las localidades del Nuevo Mundo y que comprendan bien el
espíritu del siglo de Colón y de León X, podrán estos materiales
progresivamente, y todavía durante largo tiempo, producir preciosos
resultados en el estudio de los descubrimientos y del antiguo estado de
América. Posee Francia una traducción de la mayor parte de la obra de
Navarrete, hecha por M. de Verneuil y M. de la Roquette, y esta misma
obra fué origen de la _Vida de Colón_, debida á la pluma de un escritor
que ha ilustrado á su patria con composiciones en las que brillan á la
vez la inspiración poética y el talento de pintar el cuadro de una
tierra inculta, fecundada por una civilización naciente. Mr. Washington
Irving ha demostrado que á los grandes talentos no les es incompatible
la cultura de las artes de la imaginación y la facultad de dedicarse con
fruto á los severos estudios del historiógrafo; pero por el objeto y la
forma literaria de su trabajo, el autor americano tenía que prescindir
de las minuciosas discusiones de geografía y astronomía náutica á que la
aridez de mis habituales trabajos desde hace largo tiempo me condena.
Al examinar los sucesos que ocasionaron el descubrimiento del otro
hemisferio, procuro sobre todo hacer ver la continuidad de ideas, la
ligazón de opiniones que, al través de las supuestas tinieblas de la
Edad Media, unen el final del siglo XV con los tiempos de Aristóteles,
Eratosthenes y Strabón. He querido probar que en todas las épocas de la
vida de los pueblos, cuanto se refiere á los progresos de la razón tiene
las raíces en los siglos anteriores. El desarrollo de la inteligencia ó
su aplicación á las necesidades materiales de las sociedades sólo
parecen nulos cuando la lentitud ó el aislamiento de los progresos hacen
su marcha insensible ó, mejor dicho, menos aparente. La raza humana no
está sujeta, en mi opinión, á alternativas de esplendores y obscuridades
que afecten á toda ella. En los individuos como en las masas, hay un
principio conservador que mantiene el acto vital del desarrollo de la
razón. Si el siglo XV llegó tan rápidamente á cumplir su misión, fué
porque preparó los gérmenes la serie de hombres eminentes que vivieron
en la Edad Media, Roger Bacon, Alberto el Grande, Duns Scot y Vicente de
Beauvais.
Cuando Diego Rivero volvió en 1525 del Congreso de Puente de Caya, cerca
de Yelves, ya estaban trazados los grandes contornos del Nuevo Mundo
desde la Tierra del Fuego hasta el Labrador. Los progresos eran
naturalmente más lentos en las costas occidentales, y, sin embargo, en
1545 Rodríguez Cabrillo avanzó ya hasta el Norte de Monterey; y cuando
este grande é intrépido navegante pereció cerca del canal de Santa
Bárbara, en Nueva California, su piloto Bartolomé Ferrelo continuó el
reconocimiento de la tierra hasta el grado 43 de latitud, cerca del cabo
Oxford de Vancouver.
Tal era entonces el ardimiento y la rivalidad de los pueblos
comerciantes, españoles, ingleses y portugueses, que bastaron cincuenta
años para diseñar la configuración de las grandes masas continentales
del otro hemisferio, al Sud y al Norte del Ecuador. Tan cierto es, como
observa un juicioso literato, M. Villemain (_Melanges historiques_, t.
I, pág. 452), que «cuando un siglo empieza á trabajar, impulsado por una
grande esperanza, no descansa hasta convertirla en realidad.»
La extensa obra que preparaba sobre la historia y geografía de ambas
Américas y la rectificación progresiva de las posiciones astronómicas la
abandoné cuando mi viaje al Asia boreal y al mar Caspio. Ha influído
después en mi ánimo una nueva serie de ideas, disminuyendo la
predilección que había concebido por este trabajo desde mi primera
vuelta á Europa. Creo deber poner término á mis escritos relativos á
América, y esta resolución es para mí menos sensible desde que un
viajero de los más instruídos en los tiempos modernos, M. Boussingault,
después de doce años de arriesgadas y penosas correrías, ha vuelto
felizmente á su patria y podrá seguir proyectando luz sobre los
fenómenos magnéticos y meteorológicos, sobre la geología, la
configuración hipsométrica del suelo y la naturaleza química de las
producciones del Nuevo Mundo.
Espero dar pronto á luz el cuarto y último tomo de la _Relación
histórica_, única obra de esta larga serie de publicaciones americanas
que está por terminar. De los dos Atlas que acompañan á la _Relación
histórica_, el primero, el Atlas pintoresco, contiene la explicación de
las láminas publicadas con los títulos de _Vistas de las cordilleras_ y
_Monumentos de los pueblos indígenas de América_. La obra que publico en
este momento imprímese también en forma grande para que sirva de texto
al _Atlas geográfico y físico_[1].
Por no perder completamente el fruto de las antedichas investigaciones,
he concentrado en este examen crítico los resultados en mi concepto más
interesantes. Al lado de hechos nuevos coloco otros, quizá conocidos de
antiguo, pero que ofrecen combinaciones y puntos de vista de indudable
novedad.
Daré algunos detalles acerca del misterioso personaje Martinus
Hylacomilus y sobre su _Introducción á la cosmografía_, en la cual, ya
en 1507, y por tanto un año antes de que el mapa fragmentario del Nuevo
Mundo fuese publicado _sin nombre_ en una edición de Ptolomeo, propuso
la denominación de _América_. Encontraremos este nombre empleado, no en
un mapa, sino en un libro anónimo (_Globus Mundi_) falsamente atribuído
á Loritus Glareanus é impreso en 1509, tres años antes de la carta de
Vadiano á Rodolfo Agrícola y anterior en trece al mapa de Ptolomeo con
el nombre de América. Un mapamundi de Appiano, inserto en el _Pomponio
Mela_, de Vadiano, presenta también dicho nombre y precede por tanto en
dos años al mapa de Ptolomeo de 1522.
Sería faltar á los deberes de afectuoso reconocimiento si, al terminar
este prólogo, no rindiera público homenaje al barón Walckenaer, mi
colega en el Instituto, á cuyo noble celo en el cultivo de las
ciencias no se limita enriquecerlas con sus propios trabajos, sino
también procura ayudar con sus consejos y facilitando el libre uso de su
vasta biblioteca á cuantos desean recorrer la misma senda que él. Entre
las riquezas que contiene esta biblioteca, he tenido la dicha de
averiguar con el señor Walckenaer, en la primavera del año 1832, durante
mi último viaje á París, el autor y la fecha de un mapamundi que ha dado
ocasión á observaciones interesantísimas.
El Nuevo Continente fué dibujado por Juan de la Cosa, que acompañó á
Cristóbal Colón en su segundo viaje, y que era el piloto de Alonso de
Ojeda en la expedición de 1499, en la cual iba Amérigo Vespucci. Para
comprender la importancia de este monumento geográfico, basta recordar
que es anterior en seis años á la muerte de Colón, y que los mapas más
antiguos de América, no insertos en las ediciones de Ptolomeo ó en las
cosmografías del siglo XVI conocidas hasta ahora, son los de 1527 y 1529
de la biblioteca del Gran Duque de Sajonia Weymar. La última es la más
conocida, porque lleva el nombre de Diego Rivero.
Termino este prólogo con la expresión de un gran sentimiento. La viva
alegría que me produjo la noticia, con tanta impaciencia esperada, de
haber recobrado la libertad mi amigo y compañero de viaje Mr. Bonpland,
la ha perturbado una pérdida dolorosa. Mr. Oltmanns, miembro de la
Academia de Berlín, que me había demostrado su afectuosa adhesión al
redactar mis observaciones astronómicas hechas en el Nuevo Continente,
ha muerto hace pocos días víctima de cruel enfermedad. El mejor elogio
que puedo hacer de él es recordar la prueba de estimación que le ha
tributado un sabio ilustre, Mr. Delambre, en el análisis de los trabajos
matemáticos presentados al Instituto. «Mr. Oltmanns, dice Mr. Delambre,
ha demostrado con sus trabajos de geografía astronómica que posee
notables conocimientos y la paciencia necesaria para ejecutar los
cálculos más largos y monótonos, estando dotado de la sagacidad bastante
para descubrir métodos nuevos ó reformar los conocidos.»
El interesante _Annuaire du bureau des longitudes_ publica anualmente
las tablas de Mr. Oltmanns, que sirven para calcular la altura de las
montañas, conforme á las observaciones barométricas; tablas que por su
precisión é ingeniosa brevedad tanto han contribuído al conocimiento de
las desigualdades de la superficie del globo.
Poco tiempo antes de su muerte había terminado Mr. Oltmanns los cálculos
de todas mis observaciones astronómicas hechas en Siberia, de las cuales
sólo muy pocas pude yo calcular durante un rápido y á veces trabajoso
viaje. Este recuerdo de inextinguible reconocimiento no está fuera de
lugar en una obra destinada, como la presente, á investigaciones acerca
de la historia de la Geografía.