ARANJUEZ Ó LA SENSIBILIDAD ESPAÑOLA

Aranjuez en otoño tiene un encanto que no tiene (ó que tiene de otro

modo) en los días claros y espléndidos de la primavera. Las largas

avenidas, desiertas, muestran su fronda amarillenta, áurea. Caen

lentamente las hojas; un tapiz muelle cubre el suelo; entre los claros

del ramaje se columbra el pasar de las nubes. En los días opacos el

amarillo del follaje concierta--melancólicamente--con el color plomizo,

ceniciento, del cielo. Y si el viento, á intervalos, mueve las ramas de

los árboles y lleva las hojas de un lado para otro, la sensación del

otoño--tristeza, anhelo infinito--es completa en estos parajes, entre

estos árboles, á lo largo de estas seculares avenidas, solos, rodeados

de silencio; y nuestro espíritu se siente sobrecogido, sin saber qué

esperar y sin poder concretar su inquietud. Un tren silba á lo lejos y

pasa rápido, allá en la lontananza, por el extremo de una alameda...

Aranjuez encierra recuerdos literarios y políticos de diverso orden.

Viajeros ilustres que han visitado en distintas épocas Madrid, han

llegado luego hasta las frondas de Aranjuez. Aranjuez, más ó tanto

como Madrid, ha sido, desde este punto de vista intelectual, el

_contraste_ de Europa con España, con su historia, con su paisaje y

con su raza. Aranjuez es una creación, no del pueblo, de la masa,

sino de lo más selecto de España; lo más elevado socialmente ha

podido aquí, materialmente, exteriorizarse. Alrededor de Aranjuez se

extiende el campo manchego, el campo uniforme, gris, triste, pobre,

el campo con sus pueblecillos, sus cortijos, sus labores someras y

escasas. Si Aranjuez representa la exteriorización--en los jardines

y en el palacio--de lo selecto español, esta campiña es la expresión

de lo popular de España. Por lo tanto, quienes después de pasar por

Madrid llegaban á Aranjuez desde los países extranjeros, era aquí

donde realmente ponían en contacto su espíritu moldeado en otros

medios con lo refinado español. Ningún elemento extraño estorbaba esta

comunicación espiritual; en Aranjuez, como en El Escorial, como en

Sevilla, el choque del resto de Europa con lo genuino de España podía

perfectamente verificarse.

Saint-Simón es uno de los viajeros que nos han dejado sus impresiones

de Aranjuez. Vino á nuestro país Saint-Simón en 1721; precisamente en

el otoño fué cuando el aristócrata francés visitó el indicado Real

Sitio. ¿Qué impresión le causó Aranjuez, con los campos manchegos que

le rodean, á este hombre que venía de Versalles, que traía los ojos

empapados con los espléndidos jardines de Le Nôtre, que vivía en el

ambiente espiritual formado por Descartes, Molière, La Bruyère, Pascal?

¿Cómo un cerebro plasmado sobre el orden, la lógica, la simetría, la

tradición ordenada y coherente, sintió este medio nuestro? La visión

que Saint-Simón nos da de España es de las más originales, profundas

y fuertes; este hombre, habituado á la _temperatura moral_ más alta

que entonces había en Europa; este hombre fino y agudo, no se dejó

sorprender por la impresión primera; en sus juicios, semblanzas y

escenas llega, casi siempre, al fondo de las cosas. Un detalle hay en

su pintura de Aranjuez que es altamente significativo. Saint-Simón nos

dice que, acostumbrado á los jardines de Le Nôtre, no podía menos de

encontrar en los de Aranjuez _bien du petit et du colifichet_. Hemos

preferido dejar la frase en su original. ¿Cómo traduciríamos la palabra

_colifichet_ aplicada á los jardines de Aranjuez? (Dos _colifichets_

clásicos é ilustres hemos encontrado á lo largo de nuestras lecturas;

clásicos é ilustres porque están usados en dos obras capitales de la

literatura francesa. Uno lo usa Molière en _El Misántropo_--acto I,

escena II--, cuando Alcestes habla de los versos artificiosos, pulidos,

rebuscados, de Oronte. Otro lo emplea Balzac en _Eugenia Grandet_, al

enumerar las fruslerías, perendengues y dijes que se lleva de París

á provincias el primo de la protagonista, joven elegante y apuesto.)

Saint-Simón añade: «Pero el conjunto resulta algo encantador y

sorprendente en Castilla, á causa de la densidad de las sombras y de la

frescura de las aguas».

El detalle á que aludíamos antes lo da el autor en una observación que

hace á continuación. «Me chocó mucho--escribe--un molino sobre el Tajo,

á menos de cien pasos del Palacio; un molino que corta el curso del

río y que produce un ruido que se oye de todas partes.» Ya está aquí,

junto á una expresión de sociabilidad, de civilización (los jardines

de Aranjuez), el pormenor revelador de la incuria tradicional, de la

insensibilidad histórica. Por una parte, estos jardines nos hacen

pensar en una obra--más ó menos perfecta--de coherencia, de afinamiento

espiritual; por otra, este molino estruendoso que afea el paisaje y

molesta continuamente con su estrépito, nos demuestra que existe una

laguna en la sensibilidad creadora de estos parques. (Análogamente, los

enormes y toscos carromatos que discurren por las calles de Madrid,

con sus reatas de mulas y con sus violentos, coléricos y blasfemadores

carreteros; esos carros que pasan ante las tiendas modernas, lujosas,

y sobre los cuales, de noche, caen los resplandores de los arcos

voltaicos; esos carros son otra incongruencia de la sensibilidad

española. Se podrían citar numerosos ejemplos.) Saint-Simón no podía

explicarse la existencia de este molino sobre el Tajo. Descartes con su

_Discurso del método_, y Racine con sus tragedias, y La Fontaine con

sus fábulas (todos creadores de una sensibilidad) habían hecho que,

andando el tiempo, él, Saint-Simón, no pudiera comprender esta aceña de

nuestro Real Sitio.

Le preocupaba el tal molino al aristócrata francés. Vuelto á Madrid,

Saint-Simón se apresuró á hablar del asunto al rey. «Hablé del molino y

me mostré sorprendido de cómo se le toleraba tan cerca del palacio, en

sitio en que su vista, que interrumpía la vista del Tajo, y más todavía

su ruido, eran tan desagradables que un particular no lo toleraría.»

Veamos cuál es la actitud del rey, es decir, de la representación más

alta--_oficialmente_--de la sensibilidad española. «Esta franqueza

mía--añade Saint-Simón--desagradó al rey, el cual me contestó que el

molino había estado siempre allí...» Detengámonos un momento, hagamos

resaltar la frase que sigue: «... había estado siempre allí, y que allí

_no hacía ningún daño_». Se ha verificado el choque de las modalidades

de sensibilidad; un detalle, una pequeñez, una fruslería, si queréis,

pero detalle de una alta significación. Saint-Simón, ante las palabras

del monarca, siente instantáneamente la capital diferenciación. _Je me

jetai promptement sur d’autres choses agréables d’Aranjuez..._ Y nada

más.

Más tarde pasó por Aranjuez otro gran observador de hombres y de cosas:

el caballero Casanova de Seingalt. En Aranjuez moró una temporada

Casanova. En estas mismas páginas dedicadas al Real Sitio habla el

autor de su «deseo de observar los hombres y de hacerles hablar sobre

el motivo de sus acciones». (¿Es de Casanova ó de Stendhal esta

frase?) Paraba Casanova en la casa de un empleado de palacio. «Desde

las ventanas--escribe el autor--yo veía á su majestad partir todas

las mañanas para la caza y volver luego agotado por la fatiga.»

Unas páginas siguen en que Casanova muestra, al hablar del rey, su

visión _diferencial_ de España. No nos detendremos en ella; nos falta

el espacio; esta parte de las _Memorias_ de Casanova--la dedicada á

España--es sumamente interesante para los lectores españoles. Á notar:

un prodigioso, maravilloso retrato de mujer (_la señora Nina_). Á

notar: las siguientes profundas palabras, que sólo un gran observador

pudo escribir: «¿Quién duda de que España necesita una regeneración,

que no puede ser sino el resultado de una invasión extranjera, ella

sola capaz de reanimar en el corazón de todo español ese hogar de

patriotismo y de emulación que amenaza extinguirse en absoluto?» (La

invasión se produjo años más tarde; soberbia explosión de patriotismo

hubo también, en efecto; pero...) «Si España--sigue Casanova--recobra

alguna vez su puesto en la gran familia europea, mucho tememos por ella

que no sea sino á costa de una terrible conmoción. Sólo el rayo puede

despertar esos espíritus de bronce.» (Costa, Macías Picavea, ¿no era

esto lo que vosotros decíais un siglo más tarde?)

Chateaubriand pasó también por Aranjuez. Encontramos la referencia

en sus _Memorias de ultratumba_. La parte en esa obra consagrada á

España fué traducida, en 1839, con el título de _El Congreso de Verona_

(Madrid, «imprenta que fué de Fuentenebro»), por don Cayetano Cortés,

el mismo que escribió un agridulce estudio de Larra que todavía figura

al frente de algunas ediciones--la de Montaner, por ejemplo--de las

obras del satírico. «Un día--escribe Chateaubriand--nos paseábamos, en

1807, á orillas del Tajo, en los jardines de Aranjuez, y vimos venir

á Fernando á caballo y acompañado de don Carlos. ¡Cuán ajeno estaba

entonces de prever que aquel peregrino de Tierra Santa contribuiría

en algún tiempo á restituirle la corona!» Nada más sugestivo que

este encuentro del hombre que había de renovar toda la sensibilidad

literaria moderna y de Carlos IV y su hijo Fernando. Nada más

antitético que estas dos representaciones humanas, símbolos de dos

grandes y opuestas modalidades sociales...

... Aranjuez, Aranjuez: en los días grises, velados, del otoño, cuando

paseamos por las desiertas alamedas, una vaga tristeza invade nuestro

espíritu. ¿En qué pensamos? ¿Qué tememos? ¿Qué esperamos? ¿Ponemos

nuestro anhelo en un perfeccionamiento de la sensibilidad española; un

perfeccionamiento que haga desaparecer tantas cosas, que haga surgir

otras? Las hojas caen; á lo lejos suena el agudo silbido de un tren.

Los valores literarios · 第 48 / 90 题