II

Expongamos algunas de las ideas de don Ramón de La Sagra; nos

limitamos sencillamente al papel de expositores. No presentaremos

tampoco sistematizadas las ideas del autor (para eso, léase el

libro); indicaremos puntos de vista, consideraciones, observaciones.

Vivimos--dice La Sagra--en un tiempo en que la opinión es quien reina

y legisla. «El reinado de la opinión tiene por resultado la anarquía,

porque la opinión es variable por esencia.» El sufragio universal es

la consecuencia lógica de este régimen de opinión; pero, imperando las

mayorías, ¿á quién podrán apelar las minorías? (No olvide el lector que

estamos en 1849; la originalidad de estos juicios consiste precisamente

en haberse formulado en esa época en que eran novísimos... y ahora

también. No dejaremos, de cuando en cuando, de ir recordando la fecha

de este librito.) «El sufragio universal, considerado como base del

derecho, es, en realidad, la negación del derecho.» Con el sufragio

universal, el derecho queda sometido á la fuerza: á la fuerza de la

mayoría. Se somete el derecho á una voluntad general, universal, y de

ella se le hace depender. No se tiene en cuenta que actualmente la

humanidad no posee todavía «una voluntad racional é incontestable». Por

eso todo voto es la expresión de un interés pasional.

Como no existe todavía una dirección racional en la sociedad, el voto

del sufragio no puede adaptarse á esa orientación. «Se llama _ley_ lo

que resulta de la decisión de intereses más ó menos numerosos, ó de

los que son bastante fuertes para hacerse admitir como generales.» Las

pasiones, los intereses, las razones individuales fingen someterse

á una supuesta voluntad general; esa voluntad general, expresión

del sufragio, flor de la democracia, no es mas que un agregado de

voluntades unidas por un interés que les es común. Y esta artificiosa

voluntad general se convierte en _autoridad_ con el auxilio de la

fuerza. «De consiguiente, bajo el imperio de las mayorías no reina el

_derecho_ fundado en la razón social y universalmente reconocida, sino

la fuerza resultante del número ó de la intriga.»

El despotismo moderno se apoya en las mayorías; ese despotismo no es

mas que fuerza privada del prestigio de la fe. «Hallándose fundada la

autoridad moderna en la opinión, resulta contestable; y en una época

de libre discusión es necesariamente contestada». La supremacía del

número, como base de la autoridad, se halla en pugna con la razón;

forzosamente la investigación moderna ha de discutirla y combatirla. En

la esencia misma de este régimen de mayorías se encuentra el origen del

espíritu revolucionario. El espíritu revolucionario, inseparable del

régimen de mayorías, se manifiesta en actos ilegales ó legales. «En la

revolución llamada legal domina el voto; en la revolucionaria domina

la fuerza. Pero como en ambos casos son las pasiones las que dan el

impulso, resulta que la fuerza da la victoria, suponiendo que tiene los

votos en su apoyo.»

Faltando la unidad espiritual, psicológica, que antiguamente daba

la religión al agregado social, y no habiendo sido esa orientación

reemplazada por otra, la autoridad y el poder se hallan en quiebra.

«En el día todo poder inspira desconfianza; toda autoridad se pone

en duda; todo mandato sugiere oposición.» La sumisión á la ley, al

dictado jurídico, á la regla moral, supone que lo que se ordena ha de

ser razonable, justo. «Pero ¿quién califica los actos como justos ó

injustos? La opinión de cada individuo. Por consiguiente, las órdenes

de la autoridad son calificables para la humanidad entera.» El desorden

será permanente. El orden sólo se establecerá cuando quede determinado

de un modo absoluto lo que la razón debe dictar y cuando cada ciudadano

pueda conocerlo.

Lo que al presente se llama libertad no es mas que anarquía, desorden.

Las sociedades libres son eminentemente anárquicas. «La causa, pues,

del sentimiento revolucionario se halla en el principio mismo que sirve

de base á la autoridad moderna.» «La sociedad antigua reposaba sobre

la fe; la sociedad moderna reposa sobre la opinión, y la dominación

por la opinión es esencialmente anárquica.» (Esta es una de las ideas

fundamentales de La Sagra; él ve la sociedad antigua como formada toda

de una pieza, compacta, solidaria, gracias al aglutinante, digámoslo

así, de la unidad espiritual que proporcionaba la religión, y hoy

ve, por el contrario, fraccionado en mil fragmentos el todo social,

merced á la diversidad de opiniones que luchan, se oponen é imponen

unas á otras. Queda, por encima de todo esto, el sufragio, la voluntad

general; pero el sufragio es una ficción y no logra cohesionar

las fuerzas sociales ni dar una dirección lógica y racional á la

humanidad.) Escritores antiguos y modernos--continúa La Sagra--han

combatido el principio de las mayorías como base del derecho moderno.

Sin embargo, sólo ese principio sobrevive á la muerte de la fe. «Esto

procede de que hasta ahora no ha sido posible sustituir á la destruída

autoridad de derecho divino más que la autoridad del número.»

Reina universalmente la anarquía: en el sistema industrial, en el

intelectual, en el moral, en el social. La dominación por la riqueza

ha reemplazado á la antigua dominación por el privilegio. «La antigua

dominación era compensada por la revelación, que declaraba meritorios

en otra vida los sufrimientos de los desgraciados explotados en ésta.

La dominación moderna no da á la explotación que ejerce más motivo que

la fuerza sin consuelo alguno.» El desorden y la incongruencia social

irán siendo mayores de día en día. Ese progreso del mal llegará á hacer

comunes á todas las clases los sufrimientos que ahora afligen á las

masas proletarias. Se hará preciso buscar entonces el remedio á males

que á nadie excluirán. El vínculo social que hoy falta sólo puede darlo

la ciencia. (Esta es otra de las ideas fundamentales de La Sagra; de La

Sagra, que escribe, repitámoslo, en 1849. Un año antes escribía Renán

su libro _El porvenir de la Ciencia: pensamientos de 1848_, libro que

no fué publicado hasta 1890.) «Hasta el día--añade La Sagra--la ciencia

no ha llegado más que al período materialista, que es la negación del

espiritualismo.»

«Para la humanidad--añade nuestro autor--no puede haber mas que dos

géneros de existencia: ó por la _fe_ ó por la _ciencia_. El reinado

social de la fe ha desaparecido; es preciso, pues, que el de la ciencia

aparezca ó que la humanidad se extinga.» Nos hallamos á la hora

presente en un estado de conturbación espiritual y de desorientación.

No puede darse un período de más aguda crisis; en la historia de la

humanidad no habrá acaso época tan angustiosa como ésta. «En resumen:

el _despotismo es imposible_ y la _libertad es anárquica_.» De este

modo podemos caracterizar los tiempos que alcanzamos. Es decir, que

el elemento necesario para la marcha (la libertad) es origen de

perturbación y de desorden; y por otra parte, el factor que pudiera

remediar y encauzar el mal (la autoridad) se ha hecho imposible. ¿Cómo

resolver este formidable, trágico conflicto?

Tales son, sumariamente, las ideas de don Ramón de La Sagra.

Sencillamente, somos expositores. Y lo somos porque para la historia

del pensamiento español durante el siglo XIX nos parece interesante

no olvidar á este divulgador de ideas, cualquiera que sea nuestra

opinión sobre él. Un hombre que en 1849 ha proclamado la religión de

la Ciencia: ése es La Sagra. La religión de la Ciencia como ideal

para la humanidad, como socializadora de la humanidad. La fe en la

Ciencia acabará con la anarquía producida por las opiniones diversas y

pugnantes.

Los valores literarios · 第 46 / 90 题