La memoria que tengo el honor de presentar à V. E. es un homenaje
debido à la autoridad, y una manifestacion de mi amor y respeto à la
patria. V. E. se ha servido confiarme el arreglo de estas campañas,
formacion de pueblos, mejora de los ya formados, establecimientos de
guardias fronterizas en donde convengan, y el fomento de todos los
ramos de policìa rural. Este es el encargo mas honroso que ha podido
hacerse jamas á un ciudadano: de su acertado desempeño pende la
prosperidad de la agricultura y de la poblacion, el poder y la riqueza
de la sociedad.
Es verdad que no corresponde á las fuerzas de uno solo, sino à los
esfuerzos de muchas generaciones, el llevar á cabo una obra de
tamaña grandeza. Hay escollos que evitar, peligros que arrostrar y
dificultades que vencer: pero todo desaparece cuando se nos presente la
perspectiva risueña de la felicidad pública. Mil pueblos florecientes,
en medio de los campos ahora desiertos, serán un monumento mas glorioso
que cuantos ha levantado la vanidad de los conquistadores. Millares de
familias contentas, y rodeadas de la abundancia, entonarán himnos mas
honrosos al gobierno que las afamadas producciones de poetas aduladores.
¡Plugiese al cielo que el tiempo que me resta en la tarde de mi
vida, fuese un sacrificio útil á un pais que me alimenta desde mi
primera juventud, y que me ha dado cuanto es capaz de hacer amable su
existencia á un mortal! Si una fatalidad inevitable, ó si la escasez
de mis luces, no me permite esta honra, yo me consolarè á lo menos
con haber hecho lo posible, y con manifestar á V. E. en el lenguage
de la verdad los males que pesan sobre nuestras campañas, la urgente
necesidad de remediarlos, los medios de hacerlo, y cuantos bienes
pueden resultarnos.
La feracidad de este suelo afortunado, las ventajas que ofrece su
situacion geogràfica, y la reunion de todo cuanto puede lisonjear los
deseos naturales del hombre, parecen que destinaban à Buenos Aires
para ser una de las primeras ciudades del Nuevo Mundo: pero contra el
órden de la naturaleza la hemos visto casi en nuestros dias desfallecer
en la miseria, y entrar apenas en el rango de las ciudades subalternas.
La lucida expedicion que trajo Mendoza, desapareciò luego, ya por
las luchas sangrientas con los Querandìs, ya por la penuria de
bastimenos, ya en fin porque se vió frustrado el principal objeto de su
establecimiento, esto es, la facil comunicacion con las provincias y
riquezas del Perú.
Sin embargo de que una benda espesa cegaba á todas las naciones
europeas en el siglo XVI sobre sus verdaderos intereses, no dejò
de traslucir el adelantado Torres de Vera cuan interesante era
la poblacion de Buenos Aires, y ordenó luego á Juan de Garay la
reedificase à toda costa, como lo verificò el año de 1575. A la muerte
de este hombre digno de memoria, quedaron los pobladores dueños de
grandes terrenos, cuya fertilidad podria haberlos colmado de abundancia
y felicidad, si el gobierno hubiera sabido adoptar el sistema que
convenia à sus verdaderos intereses. La adquisicion de encomiendas y de
nuevos terrenos entretuvo la ambicion en los primeros años, y fomentó
una guerra con los naturales, que se ha perpetuado hasta nuestros dias.
Las tentativas de varias naciones europeas, principalmente las
pretensiones de Portugal, hicieron conocer á la España que era forzoso
velar mas cuidadosamente sobre la conservacion de estos paises,
mantener tropas en Buenos Aires y fomentar esta colónia. Pero al mismo
tiempo la codicia de los monopolistas y la ignorancia de la ciencia
económica habian cortado los canales de la circulacion. Esta ciudad
se viò reducida à los consumos de su guarnicion, y à la miserable
exportacion de algun navìo que mandaba Cadiz con licencias eventuales;
ó bien á las utilidades de los ganados que transportaba al Perù, y á
las de un contrabando mezquino à que incitaba el comercio esclusivo de
Lima en las provincias altas.
En el espacio de dos siglos habìanse estendido las familias por estas
inmensas llanuras, y, dedicadas à una vida pastoril, se establecian
sin òrden en los campos, y, como los hijos de Noé, iban propagándose
con sus rebaños por un mundo desierto. Aislados los hombres en sus
haciendas, no se reunian sino cuando lo exigia la religion, ó lo
ordenaba la necesidad de la comun defensa. Era forzoso, pues, que
reducidos á este género de vida, adquiriesen unas costumbres salvages,
y que, desconociendo las necesidades del hombre civivilizado, se
resintiesen de la indolencia é ignorancia de sus bàrbaros vecinos:--que
la agricultura estuviese en el peor estado y la provincia en la miseria.
El buen rey D. Carlos III, rompiendo las antiguas trabas, dió mas
libertad al comercio nacional, erigió à esta ciudad en capital de un
vireinato, abriò el comercio con el Perú, con los puertos habilitados
de la penìnsula, las colonias españolas y extrangeras. La atraccion
de capital y los preciosos frutos que el comercio amontonó en ella
de las provincias interiores, la hicieron prosperar con rapidez tan
extraordinaria, que en pocos años empieza ya à competir con las mas
florecientes de la América.
Mas si desde las elevadas torres de la ciudad echamos una ojeada sobre
las campiñas que la rodean, será preciso confesar que su opulencia no
es debida á la perfeccion de la agricultura, ni à los esfuerzos de la
industria. En ella veremos un retrato de la ciudad de Idomeneo que nos
describe el sabio Fenelon. Su grandeza y esplendor son efimeros, porque
no estriban en la tierra, la única capaz de consolidar la felicidad de
un estado.
La revolucion que ha causado naturalmente en la Amèrica el trastorno
general de Europa, vá á poner sus provincias en estado de desplegar
cada una las riquezas de su respectivo suelo. ¿Y què será de la
nuestra, si dejamos en abandono nuestros campos, único tesoro que
nos ha dado la Providencia? Es preciso, pues, que nos apresuremos à
ponerlos en aptitud de prosperar, ò que desde ahora consintamos en
volver á un estado de languidez y decadencia.
Si miramos atentamente el estado de nuestras campañas, advertiremos
luego, que las estancias y chàcras se hallan mescladas al presente:
que un desorden general ha confundido las propiedades, y dado lugar
à que el propietario esté siempre amenazado de las agresiones de
sus vecinos, ó destruido con pleitos interminables. Los ganados del
hacendado talan las sementeras del labrador, y las diligencias de
este dispersan aquellos. Hay una multitud de familias establecidas
en terrenos realengos que ocupan à su arbìtrio, ó bien en los que
arriendan por un infimo precio. Estas familias se dicen labradoras
por que envuelven en la tierra una ò dos fanegas de trigo al año; y
son en la realidad la polilla de los labradores honrados y de los
hacendados á cuyas espensas se mantienen.--He aqui la exacta relacion
que hace de su modo de vivir un vecino de estas mismas campañas.
"Empiezan, dice, estos agricultores honorarios à arar por mayo, y
concluyen en julio y aun agosto. ¿Y què comen en este tiempo estos
hombres sin recursos?--Díganlo nuestros ganados. ¿Con qué alimentan
sus vicios?--Con los productos de aquellos. ¿Y cual es el resultado
de una operacion de cuatro meses?--Haber arañado la tierra, que por
mal cultivada, no produce ni aun el preciso necesario de una familia
industriosa. Siembran, en fin, porque un vecino les prestó la semilla,
y el dia de la sementera hay bulla, embriaguez, puñaladas, &c."
"Estas sementeras en muchas partes deben cercarse; y para esto se
unen algunos, y clavan en tierra cuatro palitroques, que, ayudados de
torzales que hacen de la piel de nuestros toros, forman una barrera
incapaz de resistir la embestida de un carnero. Resguardadas así sus
mieses, las cuidan sus mugeres por el dia, y ellos por la noche.
Persiguen los ganados vecinos, los espantan, los hieren, y obligan al
hacendado à trabajar un mes, para reunir lo que un labrador de estos
le dispersò en una noche. Destruyen nuestros caballos, pues en ellos
hacen sus correrias nocturnas. En este órden continuan hasta el preciso
tiempo de la siega, en que son mas perjudiciales que nunca."
"Llega enero, y cruza por la campaña un enjambre de pulperias, llevando
consigo el pàbulo de todos los vicios; sus dueños los fomentan para
egercitar la usura: ponen juegos, donde los labradores de esta clase
reciben cualquiera dinero por sus trigos: venden à precios ínfimos sus
cosechas, y el campesino honrado, que por sus cortos fondos necesita
adelantamientos, se vé forzado á malbaratar por necesidad los que
aquellos por sus vicios: siendo el resultado, verse sin granos, y
tal vez empeñados al fin de la cosecha. Estos se llaman labradores,
porque siembran todos los años, siendo en realidad vagos, mucho mas
perjudiciales que aquellos que por no tener ocupacion llamamos tales."
Me he detenido particularmente en detallar las ocupaciones y costumbres
de estas gentes, porque ellas forman una porcion muy considerable
de nuestra poblacion rural. En el curato de Moron, que está casi
á las puertas de la ciudad, se cuentan 622 familias, y acaso una
tercera parte de ellas puede entrar en la clase de estos perniciosos
labradores: y así de los demas partidos. ¿Y què podremos esperar de
unos hombres acostumbrados desde su infancia á los vicios y á la mas
destructora holgazaneria?--El labrador honrado y el útil hacendado
no podrán prosperar mientras estén rodeados de semejantes enemigos.
Las mas sábias leyes, las medidas mas rigorosas de la policía, no
obrarán jamas sobre una poblacion esparcida en campos inmensos, y sobre
unas familias que pueden mudar su domicilio con la misma facilidad
que los árabes ò los pampas. Es pues indispensable transformar estos
hombres en ciudadanos virtuosos, aplicados è industriosos. Yo tengo
la satisfaccion de hablar con un gobierno que sabe bien que estos
prodigios los hace frecuentemente la política, y por eso, sin detenerme
un instante, voy á proponer las medidas que me parecen mas urgentes y
necesarias. Estas se reducen á cuatro:--Primera, mensura exacta de las
tierras. Segunda, division y repartimiento de ellas. Tercera, formacion
de pequeñas poblaciones. Cuarta, seguridad de las fronteras, y líneas
adonde deban fijarse.
Las mensuras generales de la campaña deben partir, á mi juicio, desde
la plaza misma de la Victoria, siguiendo, para evitar perjuicios, el
órden establecido por D. Juan de Garay. Para esta operacion deben
elegirse sugetos que, á demas de los conocimientos cientificos,
estén adornados de una integridad á toda prueba. Ellos han de ser
infatigables, hasta que perfeccionen un plano topográfico, que señale
exactamente los territorios de cada partido, sus limites y haciendas en
él comprendidas: sus pueblos é iglesias, sus pastos comunes, aguadas y
égidos, con una razon estadística la mas prolija.
Esta operacion bien desempeñada aclarará luego las respectivas
propiedades, pondrá al gobierno en estado de conocer cuales son las
tierras realengas, qué extension ocupa su dueño, y á qué destina su
propiedad. Este será el documento solemne que asegure el patrimonio de
nuestra comun familia: sobre este plano es que V. E. vá á plantear la
grandeza y poder de la república. Así Numa sobre los campos incultos
del Lacio dictó las leyes que hicieron de Roma la cabeza del mundo y el
modelo de los imperios.
Conocido perfectamente el terreno, es necesario que se proceda á
su division y repartimiento: esto es, á señalar las tierras que se
destinan á la labranza y las que deben servir para la cria de ganados.
Mientras la poblacion de nuestra provincia y la perfeccion de nuestra
agricultura, no hayan hecho variar completamente el estado de las
cosas, siempre ha de ser forzoso mantener las estancias y fomentar la
cria de ganados en los términos que hasta aquí. Tiempo vendrá en que
sobre una legua cuadrada se mantenga mas ganado que hoy sobre tres;
que su cria sea menos espuesta y mas lucrosa. Pero mientras tanto no
podemos menos que dejar este ramo, tan principal de nuestra riqueza, á
merced de la suerte, y que su subsistencia sea tan incierta como la de
los pastos en unos campos escasos de aguas. Mas para que estè menos
aventurada, necesitan siempre los hacendados poseer grandes terrenos en
que puedan estenderse libremente los ganados, con menos peligro de que
se agoten las aguas, ni se consuman los pastos tan facilmente.
Segun este principio, las tierras mas inmediatas á la ciudad seran las
destinadas á la agricultura esclusivamente, y luego las que rodean los
pueblos que se plantifiquen. No se permitirá en ellos estancia alguna,
ni se criará en ellas mas ganado mayor que el que los labradores
necesitan para sus trabajos, ó puedan guardar y mantener á pastoreo
en sus campos y los comunes, con el auxilio de prados artificiales y
sus cosechas de yerba, que, con la paja y el grano, repondrán para
asegurarlos de las intemperies del invierno y sus arideces, de modo que
jamas nos falten para las labranzas y acarreos, como ahora sucede.
Designado el lugar que se juzgue á propósito para poblacion, deben
deslindarse y señalarse luego los sitios para las casas; de modo que
cada uno pueda tener un huerto, corral y habitacion desahogada. Estas
formarán ò contendrán una plaza, de la que arrancarán ocho calles
espaciosas en la primera cuadra de sus respectivos frentes; y en las
segundas, que contendrán cien varas cada una: se señalará asimismo el
lugar para la iglesia, el cementerio, el hospital y la cárcel. Desde
el centro mismo de la plaza de cada pueblo partirán las mensuras de
las suertes de tierra de labor de su pertenencia: ordenando de tal
modo las cosas, que este punto sea cierto, y la mojonera comun de su
vecindario. En cada pueblo ha de dejarse sitio, no solo para las casas
de los labradores, sino tambien para las familias industriosas que
sucesivamente han de ir estableciéndose en ellos, como necesarias.
Demarcado el pueblo, y divididas las suertes de tierras, es necesario
llamar los pobladores. Como han de ser estos los vecinos esparcidos
por la campaña, creo oportuno se dividan en tres clases: primera, de
propietarios; segunda, de arrendadores capaces de hacer los gastos
primitivos de la labranza; tercera, la de los que no tienen facultades
para ello, cuyas nociones suministrará desde luego la razon estadística
de que hablé al principio.
Una ley general debe obligar á todos los habitantes de la segunda
y tercera clase de la comarca á formar su habitacion en el pueblo
inmediato que se halla demarcado. Esto, es verdad, que parecerá duro á
muchos de nuestros campestres, y aun algunos que presumen de filósofos
lo creerán contrario á la libertad del hombre: pero si se reflexiona
sobre ello ligeramente, pienso que no habrá un sensato que no convenga
en la necesidad de esta medida. Sin reducir las familias á poblacion,
sucederá que no tocándose sus intereses sino en los poquísimos puntos
que forman sus precisas necesidades, al menor movimiento quedarán
separados y el cuerpo social destruido. El hombre aislado y reducido
á sí mismo se hace salvage y feroz, huye de todo trabajo que no sea
el que necesita para buscar su alimento, y no acostumbrado á obedecer
ni á sufrir dependencia, prefiere siempre los medios de violencia á
los de dulzura, cuando pretende: y asi mas presto roba que pide. Se
hace duro é insensible, y como está concentrado en sí, no es capaz de
espiritu público, ni los resortes de la politica pueden obrar sobre él.
Es preciso, pues, que el gobierno ponga los principios de adhesion que
estas partes separadas necesitan, para formar una masa solida y capaz
de resistencia. ¿Y como podrá hacerlo, sino acercando los hombres unos
á otros, y acostumbrándolos á ocurrir mutuamente á sus necesidades,
poniendo en movimiento los deseos de gozar y sobresalir, de que
inmediatamente proceden la emulacion y aplicacion que hacen florecer la
agricultura, la industria y las costumbres?
Si las poblaciones facilitan estas ventajas, el comercio adquiere
por ellas muchos grados de velocidad en sus cambios, cuya repeticion
y utilidades refluyen tambien en los progresos de aquellos. La
combinacion de estos principios elementales de la felicidad pública,
acercará el tiempo en que se vean ocupadas las tierras por tantos
propietarios cuantos ellas admiten. Y entonces ¿podrá alguno calcular
el grado de poder y de fuerza verdadera que tendria el estado?
Los labradores, endurecidos con las intemperies, acostumbrados à una
vida sencilla y frugal, noblemente orgullosos con el sentimiento de
su propia fuerza, independientes de su propiedad, de la que sacan su
subsistencia y su fortuna, serán los verdaderos ciudadanos, que no
necesiten mendigar su mantenimiento del estado, ni venderse bajamente
á todo el que pueda darles un empleo ó proporcionarles una renta. Su
tierra, su hogar, su pueblo--he aquí los ídolos del labrador: en ellos
verá la herencia de sus padres, la tumba de sus mayores y la cuna de
sus hijos. Amarán siempre las leyes y el gobierno que le conserven
objetos tan queridos. El nombre de pátria se los recordará, y al primer
riesgo serán sus defensores, tan valientes como incorruptibles. En
una palabra, formar poblaciones, y fomentar en ellas la agricultura
y la industria, es formar una patria á hombres que no la tienen.
Esto manifiesta bien si está esencialmente unida la existencia del
estado al establecimiento de pueblos y leyes agrarias, que son
indispensables para su prosperidad. Pero si la triste condicion
humana obliga al gobierno à usar de su autoridad para impeler á los
hombres hácia su propio bien aun antes que la experiencia se lo haga
gustar, puede dulcificarse esta medida con el incentivo del interes
y de la propiedad. Las poblaciones han de hacerse ó sobre tierras de
algun propietario, ó sobre las realengas. En el primer caso, debe el
gobierno comprar á justa tasacion los sitios que se destinen para la
traza del pueblo, y darlos en propiedad á los labradores que hayan
de establecerse en las suertes de tierra demarcadas; brindando con
igual presente á los demas artesanos y gentes de industria que quieran
poblarse. Mas afin de que el estimulo al trabajo sea mayor, no se
conferirá el titulo de propiedad á ninguno hasta que haya formado su
casa, y cercándola del mejor modo que le sea posible; para lo cual se
les señalará un término correspondiente. Aunque no puedan desde luego
darse las suertes de tierra en propiedad, esto puede suplirse ya por
las leyes que favorescan á los arrenderos, asegurándoles el goce de
cuanto mejoren y trabajen en su hacienda, ya premiando con auxilios á
los que mas sobresalgan en la aplicacion, para que puedan comprarla á
su dueño, quien nunca podrá negarse á ello, ni valerse de la necesidad
para sacrificar al labrador. Pues la ley, que hace sagrado su derecho
de propiedad, sostiene á aquel contra las agresiones de la codicia.
Ni creo deba temerse que los propietarios se resientan de unas
providencias que, bien lejos de perjudicarlos, van á dar á sus
haciendas un valor que ahora no tienen, y que crecerá progresivamente
en razon de las medidas mismas con que el gobierno esfuerce la
aplicacion de los colonos.
Nace con el hombre el deseo de dominar y poseer: tarda mas el
conocimiento de los medios que pueden estender la esfera de estas
inclinaciones; mas una vez conocidos, se decide y los abraza con toda
la ansiedad de las pasiones. Nada creo que será mas fácil, que hacer
conocer á nuestros propietarios todas las ventajas que van á conseguir
del establecimiento de colonos en sus campos, bajo un sistema como el
presente: de manera que, tan lejos de oponerse á estas determinaciones,
pretenderán con empeño la preferencia de sus tierras para pueblos.
En las tierras baldías no tendremos estas dificultades, y el gobierno
presentará un aliciente mas poderoso, con la donacion de las suertes
de tierra á los que llame á poblarlas: sacando al mismo tiempo todo el
partido que le ofrece esta circunstancia para acelerar los progresos de
la poblacion y la labranza.
Establecidos los colonos, una policía sabia asegurará las propiedades,
destruirá los vagos, perseguirá los delincuentes, romperá las trabas
y pondrá en posesion tranquila de la libertad á todos los ciudadanos
virtuosos. Pero los dos grandes objetos á que deben dirigirse luego
los esfuerzos, son á la introduccion de la moderna agricultura, y á la
atraccion de colonos de todo el mundo, si es posible: ambos objetos
son vastos, necesitan de tantas y tan acertadas operaciones, de tantos
fondos, en fin de tanto saber y patriotismo, que se hace indispensable
establecer para desempeñarlos una junta de mejoras, ó llámese sociedad
patriótica, que vele noche y dia sobre asuntos tan interesantes,
siempre protegida con toda la fuerza del gobierno.
Yo creo que la sociedad podria escoger por modelo á la famosa de
Dublin, que tiene la gloria de haber sido la primera que hizo conocer
todo el precio de los bienes de la tierra en Inglaterra. Los notables
del reino se empeñaron, con toda la fogosidad de su carácter, en
adelantar los progresos de la agricultura, hicieron un negocio propio
á alentar è instruir al pueblo en este ramo, consagraron á este
objeto su supérfluo, destinado antes al lujo y á los vicios. Ellos
mismos instruyen, solicitan y hacen dictar al gobierno cuantas leyes
económicas aconseja necesarias la experiencia; y este espíritu,
difundido por toda la nacion, ha llevado al mas alto grado de
perfeccion la agricultura en Inglaterra.
Un movimiento semejante es el que debe dar el gobierno á la opinion de
nuestros ciudadanos, que se resienten de los errores que, adoptados
generalmente, han dirigido el sistema politico de los estados europeos
desde el descubrimiento del Nuevo Mundo. Es forzoso que se convenzan
todos de que, como dice un sabio, el oro liquidado por el ardiente
soplo de la humanidad entera, cuela y se huye de entre la criba de
naciones ociosas que lo reciben de primera mano: que cuando se detiene,
no es mas que un metal de inutil peso; que jamas es riqueza, ni la
representa si no por medio de la circulacion; que no circula sino hácia
los lugares que producen cosas útiles á las necesidades humanas; que no
puede aumentarse en un pais si no en razon del producto líquido que se
saca de sus riquezas renacientes, y de la industria que las prepara y
acomoda á los usos de la vida.
Que los sabios, los literatos, los celosos patriotas empleen los
encantos de la elocuencia, la fuerza irresistible del raciocinio y de
la conviccion, para presentarnos á la agricultura como ella es en sí.
Que los magistrados vean allí la conservadora de las sanas costumbres,
de la inocencia y de la libertad; los propietarios, la regeneracion
eterna de sus riquezas; el comercio, sus almacenes; los pueblos, su
subsistencia; los hombres en fin, la nodriza comun que los conduzca á
fraternizar y participar juntos de sus dones.
Si estos principios, autorizados por un gobierno paternal, se difunden
y vulgarizan, no es posible que dejen de electrizar á un pueblo que no
perdona sacrificio cuando lo considera útil á su patria. Ya me parece
que lo veo correr al fomento de la agricultura y de la industria, con
el mismo entusiasmo con que ha volado siempre á ofrecer sus bienes y á
sacrificar su vida por la seguridad comun. Veo que en cada departamento
se forman sociedades patrióticas, que llevan al seno de los campos las
luces y los socorros á los desvalidos labradores: que los instruyen,
no por medio de vanas teorías, sino con egemplos prácticos; que los
estimulan con los premios, con las distinciones y con los honores. Que
otros Triptolemos forman nuevos instrumentos de labranza, y enseñan
su uso á los aplicados agricultores: que hacen brotar una multitud de
plantas hasta ahora desconocidas; que mejoran las poblaciones, que
plantifican la industria en ellas y proporcionan la educacion civil
y cristiana de las generaciones reproducidas. Que arrancan del seno
de la ciudad multitud de familias que hoy vegetan ociosamente, y las
establecen con utilidad en la campaña: que hacen derramar en ella mucha
parte de los tesoros que ahora se estancan ó se guardan para animar
la industria del estrangero: que atraen, en fin, de todas partes la
poblacion, la abundancia y la felicidad.
A las sociedades, à los hombres de verdadero patriotismo, toca el
cuidado de inspeccionar los detalles, proponer los proyectos útiles
y dirigir las operaciones. El gobierno, no dando acceso jamas á ese
espiritu entremetido que se mescla en los intereses particulares de
los subditos bajo el pretexto del bien publico, debe proteger solo los
esfuerzos con la sabiduria de las leyes que proporcionen al labrador
el espéndio de sus frutos con comodidad, y con una ganancia módica,
pero pronta y segura. Para ello es necesario facilitarles mercados
inmediatos, en donde la concurrencia de compradores sea la que dé
precio á sus frutos, y proporcione los contratos útiles á la clase
agricultora y comerciante. En vano se derramarian tesoros en los
campos, en vano se establecerian familias labradoras y se formarian
leyes: todo permaneceria en la inercia, si la utilidad no siguiese de
inmediato á los trabajos. El comercio es el vehículo que introduce con
sus ganancias la fecundidad y la vida en todas las clases laboriosas
del estado, pero él no puede prosperar sino obrando en libertad.
Supuesta la libre exportacion al exterior de todo cuanto la tierra
produzca ó la industria prepare, para fomentar el comercio interior
son muy necesarias las poblaciones, porque allí encuentra el traficante
reunidos los granos y los frutos de muchos labradores, cuyos diversos
intereses le proporcionan ventajas importantes, y se le disminuyen las
demoras y los costos, que le ocasionaria la necesidad de vagar por
las habitaciones dispersas de la campaña para vender y comprar. Los
labradores, al mismo tiempo, con las noticias que adquieren en el trato
y sociedad, saben apreciar sus granos, y no malbaratarlos ó perder
ventas oportunas por ignorancia. Se ahorran los gastos de la conduccion
y los riesgos que corren en su transporte á largas distancias, como
tambien el tiempo que en ello pierden y los perjuicios que nacen de la
ausencia de sus campos.
Nadie ignora que la principal ventaja de la libertad del cultivo y
del comercio de sus producciones, está en facilitar los cambios, sin
los cuales los frutos no pueden tener su precio: de donde se infiere
la necesidad de abrir la salida y facilitar los transportes y caminos
al comercio. Todos los frutos que se ofrecen en concurrencia al
consumo estan cargados precisamente con los gastos de produccion y
transporte: estos últimos no tienen otra base que el mismo articulo, y
por consiguiente los gastos de transporte cargan sobre la produccion.
Asi, pues, para que nuestros frutos se presenten mas ventajosamente
á la concurrencia, es preciso disminuir, cuanto sea posible, los de
conduccion.
De estos principios se deriva naturalmente la necesidad de mejorar
los caminos, de facilitar la navegacion y de construir canales: pero
mientras llega el tiempo en que el estado pueda emprender estas grandes
obras, juzgo que son indispensables dos providencias. La primera, que
facilite y fomente las máquinas que reducen el volumen de los frutos, y
dejando la utilidad de la manufactura entre las familias industriosas,
minoran los gastos de su transporte. La segunda, es la que mira á
perfeccionar las máquinas que se emplean en las mismas conducciones,
haciéndolas de forma que, admitiendo mas carga, necesiten menos fuerzas
y esten menos espuestas á romperse ó desbaratarse.
Las medidas hasta aquí indicadas como necesarias, serian inutilizadas
en gran manera si no se atendiese inmediatamente, casi como objeto
primordial, á la seguridad de las fronteras de indios infieles; de
modo que el habitante de los campos no tema ver destrozadas sus
posesiones por las invasiones inesperadas de un enemigo feroz, y pueda
sin recelo entregarse á los útiles trabajos de su profesion:--á este
objeto se dirige inmediatamente la medida de adelantar las fronteras.
Pocos son los que conocen en toda su estension la importancia de esta
obra, porque no hay muchos que se detengan á considerar los intereses
verdaderos del país. Asegurar para siempre nuestros campos de las
incursiones devastadoras de sus bárbaros vecinos, hacer de ellos una
misma familia con nosotros, estender nuestras poblaciones hasta las
faldas de la cordillera famosa de Chile, formar provincias ricas en
las producciones de los tres reinos de la naturaleza, y dar un vuelo
rápido á nuestro comercio, á nuestra industria, á nuestra agricultura,
que lleven luego la opulencia á nuestra afortunada patria: hacernos
verdaderamente independientes de las provincias del continente
americano y de la Europa, por la posesion de las primeras riquezas de
las naciones--he aquí los grandes objetos que se propuso este gobierno
cuando me confió la comision del arreglo de fronteras.
Echemos un velo sobre los errores que han ahogado por el espacio de
tres siglos los grandes y preciosos frutos de una sabia y bien dirigida
economia: convenzámonos solamente de nuestro estado presente, y de
la necesidad de buscar entre nosotros las fuentes del poder y de la
prosperidad, para no ser mañana miserables, débiles y pupilos quiza
de nuestros mismos compañeros. Grabada esta verdad en nuestro seno,
marchemos denodadamente hácia el objeto, si es que aspiramos á la
gloria de restauradores de la patria.
Aquellos que, cuando se trata de los primeros intereses del estado,
ciñen sus miras á pocos años, ó adoptan á medias y temblando las
medidas grandiosas que han de establecer la felicidad de las
generaciones:--los que proceden sin un plan determinado, que,
empezándose á plantificar por ellos, haya de proseguirse constantemente
por los que les sucedan: estos hombres pusilanimes y mezquinos hacen
mas daños al estado, que los atrevidos que proyectan en grande, aun
cuando yerran en sus cálculos.
Errado fué, y muy dañoso á la humanidad, el deseo de conquistar los
indios salvages á la bayoneta, y de hacerlos entrar en las privaciones
de la sociedad, sin haberles formado necesidades, ni inspirado el gusto
de nuestras comodidades. Este plano, repito, sostenido con teson,
imposibilitaria quizá la civilizacion de aquellos hombres, pero no
expondria el estado á tantos males, como un sistema contrario, adoptado
á medias y mal conducido.
Así el inveterado concierto hóstil, sostenido por nuestros mayores
contra la tribus de los Pampas, hacia imposible su reduccion: pero al
menos establecia una barrera entre ellos y nuestros campestres que los
tenia siempre en alarma, y á los indios, cuidadosos por el estado de
guerra en que estabamos sin cesar. Desde el año de 89 se cambiaron
felizmente las ideas, y proyectó el gobierno atraer por el comercio y
buen trato á estos hombres feroces: pero, no habiendose establecido un
plan tan vasto como el objeto, ha sucedido que las fronteras se hallan
desarmadas; que muchos de nuestros campestres, cuyas costumbres, como
hemos dicho, no distan muchos grados de las de los salvages, se han
familiarizado con ellos, y atraidos por el deseo de vivir á sus anchas;
ó bien temerosos del castigo de sus delitos, se domicilian gustosamente
entre los indios. Estos transfugas, cuyos número es muy considerable
y crece incesantemente, les instruyen en el uso de nuestras armas, é
incitan á que ejecuten robos y se atrevan á hacer correrias en nuestras
haciendas. ¡Cuanto no debemos temer de estos indios, acaudillados y
dirigidos por nuestros mismos soldados!
Se presenta esta empresa con no pocas dificultades; pero entiendo que
á la distancia tienen las cosas diverso aspecto que observadas de
cerca. Todo está á nuestros alcances si empeñamos la constancia en el
trabajo, y estudiamos la moderacion y prudencia con que debemos acordar
y convenir con los indios salvages, para obtener la posesion de los
terrenos á que aspiramos, y establecer unas relaciones que los tengan
en necesidad de nuestro trato, los aficionen á la sociedad, y quizá en
la segunda generacion formen con nosotros una sola familia, por los
enlaces de la sangre. Este debe ser el fruto de nuestras tareas, si la
comision se maneja con destreza por un gefe que sepa hacer servir á las
miras políticas del estado las numerosas tribus que infestan hoy esas
inmensas campañas.
Las guardias de fronteras que tenemos, son ya casi totalmente inútiles;
porque están las mas en el centro de las poblaciones, por su estado
ruinoso, por falta de armas y soldados, y porque no pueden ofender ni
defenderse si son atacados: de modo que, las haciendas y poblaciones
avanzadas al enemigo, de 20 hasta 60 leguas al sud, estan francas y sin
reparo alguno.
En la estrecha faja que forman los rios Paraná y Salado, no caben las
poblaciones de nuestro labradores y hacendados. Se han visto precisadas
las familias, contra lo estipulado en las paces celebradas con los
Pampas, á pasar los límites del rio Salado: lo que deberia mirarse por
aquellos como una manifiesta infraccion y declaracion de guerra. Pero,
como la necesidad ha obligado á excederse por la propia conservacion, y
este exceso ha sido recíproco, resulta una tolerancia harto perjudicial
por lo aventurado y expuesto de nuestras familias en campo enemigo, é
indefensas para reparar las hostilidades que experimentan siempre que
los indios se acuerdan de sus derechos, ó sueñan hallarse ofendidos:
cuyos motivos nos impelen poderosamente á emprender sin tardanza el
adelanto de las fronteras sobre dos lineas precisas, para poder acudir
á nuestra conservacion y necesaria subsistencia.
La primera debe ser desde la confluencia al mar del rio Colorado hasta
el fuerte de San Rafael sobre el rio Diamante, teniendo por punto
central la laguna de Salinas. La segunda debe formarla la cordillera
de los Andes, en los pasos que franquea por Talca y frontera de San
Carlos, apoyando su izquierda sobre las nacientes del rio Negro de
Patagones, y su derecha en el paso del Portillo: examinando ademas
otros pasos intermediarios, si los hubiese, y guarnecièndolos del mejor
modo posible. La configuracion geográfica del terreno dá à conocer la
importancia de esta obra, y tambien que la naturaleza nos dà en los
Andes unos límites indisputables, y que brindan á los de esta parte del
norte con la posesion de tantos terrenos yermos, y de preciosidades
inestimables, ya demasiado conocidas y ansiadas por los del sud.
Los costados del cuadro irregular que forman las dos lìneas, quedan
cubiertos por el este con las orillas del Ocèano y rio Negro; por el
oeste, con la provincia de Cuyo; por el sud, con la cordillera de los
Andes, y por el norte, con las provincias de Buenos Aires y Còrdoba.
Luego que, en cumplimiento de las órdenes superiores, pude convencerme
de la nulidad absoluta de las guardias, y de la necesidad de
adelantarlas, creì indispensable reconocer las campañas que ocupan los
indios, y tomar los posibles conocimientos de los lugares para situar
bien las fronteras. A este fin propuse á la superioridad el conducir
la expedicion de Salinas, y hacer con este motivo las observaciones
precisas para emprender esta obra gefe, demarcando facultativamente los
terrenos, levantando sus planos, sin perder de vista las indagaciones
mas prolijas para calcular el número de sus habitantes, sus usos y
costumbres, y cuanto mas pudiese convenir al intento.
Marchè en efecto el 21 de octubre del año pasado de 1810, y concluì
la expedicion el 22 de diciembre siguiente del mismo año, con las
ocurrencias que señala el diario que acompaño. Uno de los primeros
frutos de mis trabajos fuè captar la voluntad de los caciques
principales, Epumur, Quinteleu y Victoriano, hermanos, y todos de razón
despejada, de poder y de respeto entre las tribus vecinas. Su amistad,
siempre constante, atrajo por convencimiento y ejemplo, à otros
deudos, que unidos protegieron mi marcha de ida y vuelta contra las
agresiones que intentaron hacerme otras naciones. Pude con la dulzura y
buen trato prevenir favorablemente los ànimos de estos caciques y sus
aliados, para que se prestasen voluntariamente à nuestros designios:
ellos se han decidido con gusto á permitirnos la plantificacion de
poblaciones indicadas, y han ratificado su consentimiento personalmente
ante este superior gobierno.
La benigna acogida que merecieron, y los dones con que se les remuneró
generosamente, dejaron airosa la garantìa que yo les dí por escrito.
Prendados de nuestras amistosas demostraciones, han celebrado varias
juntas con los caciques comarcanos, para conferenciar con ellos la
resolucion que debian tomar acerca de nuestras pretensiones. Han puesto
en obra varias de sus muchas supersticiones, para asegurar por ellas si
convendria ó no el establecimiento de nuestras poblaciones: en todas
resultó un pronòstico feliz. Me han avisado con puntualidad de ello por
un mensage, espresando que les habia ganado siempre, y que era esta
una señal segura de que yo les seria buen amigo y no los engañaria en
los tratados: pero los mas sensatos opinan que se forme un congreso ò
parlamento general, al cual sean convocados todos los caciques del sur
y oeste para declararles abiertamente nuestras intenciones. Los amigos
se muestran convencidos de la utilidad y ventajas que les ofrece este
proyecto, y creo que el resultado de la conferencia será feliz: pero
sea cual fuere, es absolutamente necesario plantificar el proyecto.
Resueltos una vez à ello, me persuaden los conocimientos que yo he
adquirido, que el cuartel general y primera poblacion debe hacerse
en las màrgenes de la laguna de Salinas, ò lo que es lo mismo, en el
parage nombrado los Manantiales, distante de ella menos de dos leguas.
Tiene aguas saludables, abundancia de leña, prodigiosos pastos, y
unos terrenos feraces en toda clase de granos, legumbres y cuanto es
necesario à la vida humana; cuyas producciones me ha mostrado un indio
araucano establecido allì, y que las cultiva para sustentarse, sin
auxilio de útiles de labranza por carecer de ellos.
Esta situacion está naturalmente defendida por el este con la laguna de
la Sal; por el norte, con elevados médanos; por el sud, con el fuerte
y poblacion que haya de formarse, y por el oeste, por una laguna que
forman los Manantiales, y una barranca harto elevada: de modo que, á
poca diligencia del arte, pueden asegurarse en circunferencia mas de
ocho leguas, para sostenerse contra la mas atrevida y numerosa invasion
de salvages.
Desde este punto central deben partir las demas poblaciones,
reconociendo antes detenidamente y con mucha exactitud los puntos
mas interesantes de la sierra de la Ventana, Guaminí, Volcan y
rio Colorado. Tomadas estas posiciones, quedaràn cubiertas todas
nuestras fronteras, y aseguradas, solo con el respeto de las armas,
de cualquiera tentativa hostil. La ventaja de estos puntos se conoce
mejor considerando su situacion geogràfica. Hàcia aquella parte el
Océano se interna en el continente, las sierras primeras se avanzan,
introduciéndose hàcia el oeste, y nuestros terrenos hasta la ciudad
forman un gran seno: de manera que, estrechándose la tierra en aquellas
gargantas, no pueden salir los indios con su presa de nuestros
territorios sin ser observados desde las guardias, y atacados en caso
necesario, ò contenidos al menos en sus agresiones por las dificultades
de escapar con los robos.
Como esta primera poblacion debe ser el granero y almacen de las
demas por algun tiempo, se establecerà en la estacion de las siembras
oportunas, para hacer las cosechas oportunamente: pues la distancia no
permite la fácil conduccion de vìveres para un nùmero tan crecido de
tropa y pobladores.
Asentada la poblacion de Salinas, mientras se examinan los puntos
para establecer la línea del este, deben reconocerse las del oeste al
mismo propòsito, para buscar las localidades mas ventajosas, á fin de
avanzar las fronteras Carolina y Bebedero, dando asì mas amplitud á
las provincias de Còrdoba y Cuyo: de modo que formen dos diagonales
fortificadas, y que sus comunicaciones aseguren las vastas poblaciones
que deben quedar intermediarias, desde las actuales fronteras hasta las
que se establezcan nuevamente. Desde ellas han de empezar à practicarse
las operaciones para el establecimiento de la segunda lìnea.
Los terrenos que con esta quedan asegurados, formarán con el tiempo
una grande y poderosa provincia. Los valles, rios, montes y minerales
que encierran, anuncian desde luego que ella se aventajarà bien presto
á las demas. Si á los tesoros con que la enriqueció la naturaleza, si
á la facilidad de sus exportaciones que ofrece su situacion, se unen
los brazos de las numerosas tribus que la pueblan, progresará con
tanta rapidez, como ventajas ofrece la sanidad de su temperamento, la
feracidad de sus terrenos, la abundancia de sus pastos, que manifiesta
bien el nùmero progresivo de ganado vacuno, caballar y lanar que hoy
los cubren, y puede acrecentarse centuplicadamente.
Ademas de los metales preciosos, ofrecen estas sierras, tan antiguas
como el mundo, una multitud de producciones inestimables, como
los alumbres, el azufre, las sales, el salitre y toda especie de
semi-metales y fósiles. ¡Cuantos ramos de comercio, cuantos manantiales
de riqueza, què aumento à la masa y velocidad de los giros, què fomento
à la agricultura, què grandeza y poderio al estado! Los rios Negro y
Colorado conducirán nuestros frutos hasta el Ocèano, desde cuyos puntos
podràn hacer nuestros bajeles sus ùtiles navegaciones à la Europa, al
Africa, al Asia y á las costas del sur y del norte de la América, con
la facilidad que ofrece su situacion geográfica. ¡Què nuevas escenas
no presentarán al mundo estos pueblos hoy nacientes y dèbiles, esas
tribus de indios que apenas pueden contarse en la clase de hombres!
Si la imaginacion se abisma al meditar la grandeza de los destinos de
estos ricos y preciosos paises, á los individuos del gobierno debe
alentar la gloria de que sus nombres formen un dia las primeras líneas
de la historia de estas naciones, y corran al travès de los siglos,
recibiendo el homenage de la gratitud y del respeto que se tributa à
los hèroes.
Entre tanto los metales que ofrecen estos afortunados países, han
despertado ya la codicia de los mineros de la otra parte de la
cordillera, y para trabajar el cerro del Payen, son muy repetidas las
instancias que hacen á sus naturales, que mesquinan y resisten por
no ser inquietados y despojados quizá á viva fuerza, como lo recelan
justamente. Nosotros, á favor de las luces de nuestro siglo, sabremos
clasificar las riquezas y adoptar los medios que sean mas análogos á
las leyes eternas de la naturaleza. La labranza y la cria de ganados
alimentaràn en su cuna à nuestras poblaciones; la dulzura, la libertad
y el conocimiento de nuevos placeres y de nuevas necesidades nos unirán
à los indios. Despues las demas riquezas harán crecer y robustecerán
succesivamente el cuerpo de esta nueva sociedad, hasta que llegue á su
perfeccion y pueda desplegar todas sus fuerzas fisicas y morales.
Conocida la grandeza del objeto y los medios de alcanzarlo, resta
allanar las dificultades que se tocan en la egecucion, por las
fuerzas que pueden presentar los indios, por el número de tropas
que se necesitan y por los fondos con que ha de subvenirse á tan
interesante obra. Los antiguos gobiernos percibian bien la necesidad
de tomar las medidas que hoy se quieren adoptar: mas, cuando los
lamentos de los infelices hacendados y labradores los estrechaban á
remediar tantos males, tocaban dificultades insuperables en el sistema
pesado de hacienda; y el genio fiscal, que era el que dirigia todas
las operaciones, convertia las providencias egecutivas en un pleito
ordinario, y así corrieron los años sin emprenderse cosa alguna.
Se creyó necesaria una entrada general por las Provincias de Cuyo,
Córdoba y Buenos Aires, para exterminar, ó á lo menos menguar mucho las
familias de los indios. Esta operacion no podia combinarse facilmente,
pues aunque lo resistian la humanidad y las leyes, no por eso se
buscaron arbítrios que enjugasen las lagrimas de nuestros hacendados,
y quedaron siempre sin cumplirse los votos de aquellos que creian
necesarias las poblaciones de Salinas, las Sierras y rio Colorado, y
sin efecto las reales órdenes que en diversos tiempos se expidieron à
este propósito.
Por otra parte, una preocupacion envejecida y transmitida sin examen,
ha hecho formar à muchos ideas abultadas del poder de los indios, de su
muchedumbre, y de la destreza con que juegan sus armas; y de este modo
ha pasado por prudencia lo que en realidad es un miedo honestado. Pero
cualquiera que sepa que estas gentes viven en tribus independientes, y
por lo general enemigas unas de otras, no mirará tan temible su masa,
por grande que ella sea. Los felices resultados de una tentativa los
hace muy atrevidos, pero un castigo severo los escarmienta para muchos
años: tenemos una prueba reciente en las fronteras de Mendoza en el año
de 1784, y en las nuestras por los de 89, en que asentaron paces que
no han quebrantado hasta hoy, sin embargo de que hemos transgredido
los límites del Salado. El carácter de estos indios es marcado por
la ferocidad y la cobardia: válense siempre de la sorpresa y de la
perfidia, y usan con crueldad de la victoria. Pero, cuando estos
caminos les son cerrados por la vigilancia, y que un aparato militar
respetable les impone, se apresuran á sacar partido y establecer
relaciones amistosas, que conservan hasta que continuadas agresiones
injustas los exasperen.
El número á que ascienden yá, por su libre reproduccion, es muy
respetable sin duda. El ocio en que viven los mantiene siempre
miserables, y sus escaseses los precisan á robarse unos á otros, y
todos se conspiran contra los hacendados españoles, en cuyos ganados
libran su subsistencia; por que casi han aniquilado los caballos
silvestres y otros animales de que se alimentaban. Esto prueba la
necesidad de acudir pronto al remedio.
Hay entre estas tribus algunas que blasonan de su origen araucano:
aunque se diferencian poco en el carácter comun de los demas salvages,
tienen con todo alguna mas aplicacion á cierto genero de labores, crias
de ganado lanar y vacuno, con que hacen sus permutas y entretienen
algun tanto la osiosidad, buscando nuestros frutos para hacer con ellos
sus cambios. Estas inclinaciones son mas decididas en los habitadores
de las márgenes de la laguna de Salinas y campañas del oeste. Al
contrario los Pampas, propiamente dicho, en la carrera de Patagones,
y tambien los que despues siguen internados hasta la cordillera de
Valdivia, que llaman Guilliches, son generalmente inquietos, invasores
de las demas tribus y siempre dispuestos al robo y á la matanza.
Fué seguramente una casualidad muy feliz la de haber descubierto y
adquirido relaciones con los tres hermanos caciques, situados en
los puntos mas interesantes, que son las primeras tolderias de las
fronteras del oeste en la laguna de Salinas y paso de las cordilleras
á Penes. La disposicion que manifiestan para allanar con los doce
caciques, sus deudos y confederados, la plantificacion de poblaciones
en aquellos puntos, aleja muchas dificultades, que sin esta favorable
circunstancia deberian tocarse.
El gobierno ha oido de boca de estos mismos caciques las repetidas
protestas de ser consecuentes en sus ofertas. No entremos ahora á
investigar el derecho con que pueden hacerse las poblaciones y ocupar
estos terrenos. Todos los hombres le tienen de la naturaleza para
poblar y cultivar las tierras que les han de mantener. Los hombres
en sociedad han establecido los suyos, y sin vulnerar aquel primer
derecho, obligan á que han de avecindarse á las poblaciones que
formaron, á cultivar las tierras que antes ocuparon, á que guarden
un cierto órden que les afiance la tranquilidad de sus posesiones.
Nosotros no podemos tener una garantia segura de las tribus salvages:
sus intereses estan en contradiccion con los nuestros. Ellos viven
en el ocio y no conocen mas derecho ni mas ley que la fuerza para
sustentarse del fruto de nuestros trabajos: asi es que la conservacion
de nuestras vidas y propiedades, parece que nos autoriza para
defenderlas con un cordon bien situado de fronteras, y oponer una
fuerza á otra.
Pero los indios amigos nos ahorran estas disputas. Si el infestar un
país, ó el poder de correrlo libremente, dá un derecho de propiedad
como el de Blasco Nuñez de Balboa en el mar del sur, nadie negará que
los caciques podrán tratar libremente con nosotros y celebrar pactos
valederos. Los caciques Quinteleu, Epumur y Victoriano nos ofrecen
sus tierras, desean formalizar tratados, estos no contendrán ninguna
condicion irritante, serán igualmente provechosos á los interesados.
¿Quién, pues, nos disputará la facultad de efectuarlos legítimamente?
¿Quién negará la justicia con que podemos rechazar las agresiones de
cualquiera tribu que intente perturbarnos en el goce de los derechos
adquiridos por un legítimo y solemne pacto con los caciques amigos?
Nosotros desconocemos ese derecho que se dice de conquista, los indios
no temerán verse esclavizados ni privados de sus bienes, de su tiempo y
del fruto de su trabajo. El convencimiento de su propio bien será quien
los decida á mesclarse con nosotros, y á entrar en nuestra sociedad:
entonces participarán proporcionalmente de las cargas que sufrimos,
así como gozarán de nuestras comodidades; y esta convencion será
perfectamente libre y espontanea.
Me persuado que no llegará el caso de usar de la fuerza, porque la
dulzura y la sagacidad triunfaràn del caracter feroz y suspicaz que
manifiestan comunmente, y que á veces ostentan con estudio por ver
si sorprenden à quienes no los conocen. Desean con ardor muchos de
nuestros artículos, y no será dificil que por el estimulo de algunos
regalos los decidamos á entrar en contratas ventajosas. Como son
naturalmente desconfiados é insubsistentes, es preciso que luego sin
detencion se proceda á ocupar los terrenos que nos cedan; y para esto
se necesita una fuerza respetable que no solo les imponga, sino que
aleje toda esperanza de cometer con suceso una perfidia. Son idólatras
de sus ganados y propiedades, pasan á la posteridad cualquiera injuria
inferida á sus personas y á las de sus hijos ó deudos: jamas perdonan,
y la venganza dura tanto como la existencia de las generaciones de
agraviados y agresores. Por esta razon el gobierno debe poner el mayor
cuidado en la eleccion de gefes y oficiales subalternos que se destinen
á esta obra: al paso que la misma division de tribus y la perpetua
enemistad en que viven, abren un camino facil para conseguir los
objetos que se proponen.
El interes, que los indios conocen y defienden, les hará entrar en
sociedad, y se presentarán gustosos al servicio por el competente
estipendio: cuando adviertan que las pieles de sus caza, los tejidos
ordinarios de su industria, los vellones esquisitos de ovejas
tienen facil expendio en cambio de los artículos de su lujo ó de
sus necesidades, se haràn mas aplicados, intimarán sus relaciones,
y luego serán unos miembros útiles del estado, que tendrán un mismo
idioma, costumbres y religión que nosotros. Esta conducta, observada
religiosamente, hará mas conversiones que los misioneros _de
propaganda_.
Para proceder con seguridad en la empresa son necesarios 1,000 hombres
de tropas regladas, con la correspondiente artilleria, que subsistirán
en la frontera hasta que un igual número de pobladores les pueda
subrogar. Estos, cuya primera obligacion será instruirse en el manejo
de las armas, estarán regimentados, y servirán alternativamente por
un corto estipendio.--Como ellos deben ser propietarios y vecinos,
defenderán mas ahincadamente sus bienes, y serán los soldados mejores
para este género de guerra.
Las conducciones de familias, tropas, útiles, armas, bageles y cuanto
mas es necesario, estoy seguro que costará poco al erario, pues los
hacendados y labradores de estas campañas, en quienes inmediatamente
refluye el beneficio de su seguridad, los harán gratuitamente ó con
la mayor equidad posible. Ellos desean con ardor ver realizada esta
empresa, y muchos me han ofrecido generosamente todo cuanto pueden, por
contribuir á un objeto tan interesante.
Los demas gastos cuantiosos de este ramo de poblaciones y su
subsistencia pueden facilitarse con cargo de reintegro de los fondos
que á este efecto, sin gravámen de las provincias y vecindarios, se
establescan. Con esta consideracion, ademas de las ya referidas, he
propuesto la primera poblacion y cuartel general de Salinas, porque
desde ella han de ir adelantándose las demas, en proporcion de los
fondos y facultades que adquiera, los cuales no dudo sean luego muy
considerables.
Nada se presenta mas facil que pobladores, asi de los que lo desean,
que son muchas familias de la campaña, como de aquellas á quienes se
les hace un bien en trasplantarlas desde ella y la ciudad, donde yacen
en la miseria y sirven de pesada carga á la sociedad, sin producir cosa
alguna.
Las provincias de Córdoba y Cuyo nos daràn tambien pobladores, y
cooperarán con nosotros, por el interes que tienen en establecer
poblaciones y extender sus fronteras para asegurar sus campañas y las
haciendas de sus vecinos: por ultimo el mismo reino de Chile nos dará
numerosas familias que vendrán gustosas á situarse en esta parte de su
cordillera, siempre que el gobierno sepa presentarles el aliciente de
una pronta y conocida utilidad.
Luego que se resuelva la ejecucion de las obras indicadas, presentaré
un presupusto de los gastos que se juzguen necesarios, y ademas haré
presente los medios que parescan oportunos para establecer fondos que
auxilien estas nuevas poblaciones, y formen las rentas suficientes para
sostener todos los ramos de este objeto.
Yo debo poner fin á un discurso, demasiado largo, si su importancia
fuese conocida de todos. Cualesquiera que sean los errores en que
abunde, sin distraer del objeto, solo servirán para manifestar mejor la
necesidad de emplear los talentos de otros ciudadanos mas ilustrados.
De esta verdad estoy bien convencido, y por eso mis trabajos y mis
esfuerzos mas bien se dirigen á excitar su patriotismo que á señalar
las reglas que deban adoptarse para llevar á su perfeccion esta obra.
He empleado cuanta diligencia ha sido posible para dar el lleno á mi
comision, y no perdonaré fatiga que sea conducente á facilitar la
plantificacion de un proyecto de primera necesidad.
No cesaré de repetir unas verdades que tanto interesan, ni de presentar
por todos sus aspectos esta empresa. El arbol de la libertad é
independencia civil que acaba de plantarse, es preciso que arraige
mucho en la tierra: de otra manera los huracanes que le prepara el
contraste de fuerzas estrañas, ó de nuestras mismas pasiones, lo
arrancarán de nuestro suelo. El mineral famoso del Potosí, desentrañado
por el espacio de tres siglos con toda la avidez de la codicia, ha
venido á ser un esqueleto de gigante: apenas queda de él una memoria
de lo que fué. Los preciosos metales que vertia, y los del resto del
Perú, van á desaparecer quizá de entre nosotros. Y ¿con qué llenaremos
el vacío que dejen en nuestro comercio? ¿Qué agente substituiremos para
que acelere nuestros giros y vivifique el estado?
Hagamos valer nuestras tierras: que la industria y el comercio tomen
de ellas la materia de sus manufacturas y de sus cambios: busquemos
acá tambien nuestros metales: abramos nuevos manantiales de verdaderas
riquezas; de otra manera no puede haber poblacion, no habrá poder, y
destruido en su fondo el cuadro del estado presentará unos costados
débiles, que cualquiera fuerza romperá fácilmente. La disolucion del
estado, ó la pronta regeneración de nuestra agricultura--esta es la
alternativa en que nos hallamos: ella es terrible, pero no menos cierta.
¡Gefes! ¡Magistrados! La Patria azorada con la idea de su próxima
aniquilacion, os tiende las manos desde el borde del precipicio.
La generacion presente, y las venideras esperan de vosotros su
subsistencia y su felicidad: si se la negais, el grito de la
desesperacion, propagándose sucesivamente, llevará vuestro nombre
cubierto de horror á la mas remota posteridad. Si teneis la fortuna
de llenar sus votos, la gratitud de todos los ciudadanos presentará
vuestro gobierno como el emblema de la sabiduria y de la abundancia.
_Buenos Aires, Noviembre 26 de 1811._
=PEDRO ANDRES GARCIA.=